Y cuando quieres rectificar
el rumbo
te das cuenta
de que ya es
demasiado tarde.
Como ese té frío
ahí olvidado.
Y te enrocas
en el pensamiento débil:
es mi naturaleza,
no hay vuelta de hoja
ni marcha atrás.
Fotografía: Guillermo Asián
Y cuando quieres rectificar
el rumbo
te das cuenta
de que ya es
demasiado tarde.
Como ese té frío
ahí olvidado.
Y te enrocas
en el pensamiento débil:
es mi naturaleza,
no hay vuelta de hoja
ni marcha atrás.
Fotografía: Guillermo Asián
No me importa reconocer
mis puntos débiles.
Lo que evito es darles bombo
para que no se atrincheren
ni me lo pongan más difícil.
Fotografía: Dara Scully
No soy
sin los otros.
Me define
lo que voy haciendo
con los otros.
Apenas sobreviviría
sin el reflejo
o la complicidad
de los otros.
De estos axiomas
no se deduce
que les deba echar
una soga al cuello
para que no escapen.
Fotografía: Alain Laboile
O, lo que es peor:
ese silencio
de ultratumba
que corta cabezas.
Tampoco esperes
milagros
de las despedidas
convencionales.
Fotografía: Alyona Surikot
Ninguna ruptura
es civilizada.
No lo puede ser
cuando hay un amor
brutal aún latiendo.
Un superviviente
de la carnicería.
El olor a sangre provoca
que las palabras
se afilen como cuchillos.
Por mucho que te dé
ni por asomo
serán satisfechas
tus necesidades.
Y otro tanto sucede
en sentido inverso:
por eso el amor
es un lujo asiático.
Ni más ni menos
merecido.
Sustituible
e insuficiente.
Inútil, contabilizarlo.
Una necedad,
su acumulación.
Con estos mimbres,
al final,
no quedan muchas
escapatorias:
aprender
de su naturaleza
excesiva y benigna,
no menos
que a despedirlo
en cuanto amenaza
con una tormenta
tropical.
Fotografia: Igor Termenón
Después del ensayo y error
al respecto de lo imposible,
siempre llega el momento
de ajustar cuentas.
Las utopías,
ya me lo imaginaba,
mejor para el postre
o de aperitivo.
Entre una ristra de surcos
sembrados de alimentos en potencia
y la alineación de los versos
que iluminan un instante
sería burdo afirmar que apenas
hay una relación de similitud.
Me desagradan
las medias tintas
y las expresiones
alambicadas.
Soy amigo
de la claridad apabullante
en primavera
y del beneficio de las sombras
en el verano.
Y al respecto
de la justicia social
me parece de extremada
urgencia
que lluevan los pedruscos
sobre otras cabezas.
Pueden razonar sin remilgos
que todo es competición,
que es preciso aunque lamentable
pisotear para que no te pisoteen,
que mejor mantenerse avizor
ante la puñalada trapera que, seguro,
planea asestarte el colega
o el vecino, el superior
o el inferior, porque iguales
apenas conocerás.
Y luego lloran a lágrima suelta
delante del melodrama romántico
que les sirven en bandeja
para hacer la digestión.
O besan a sus criaturas en la frente,
si acaso tras contarles alguna historia
macabra con su moralina infantil,
antes de concederles permiso
para ingresar en el único reino
de la libertad onírica.
O acarician sin fin al gato sumiso
(el que recibe en punto su diaria ración),
mientras se preguntan por qué
el amor nunca toca a su puerta
o, si la traspasa, por qué se desvanece
en un abrir y cerrar
de ojos.
El amor no se puede guardar
en una caja fuerte.
Cuanto más a seguro,
más telarañas.
Hay que sacarlo de paseo,
regalarlo por ahí
a discreción.
Derrocharlo
manirrotos.
Si lo aprendimos
no fue por herencia
de titularidad.
Pobre
quien lo acumula.
Se amustia
quien se avergüenza.
Se le pide mucho
al amor
sin haberle dado alas.
El mundo está plagado
de falacias instrumentales.
No todo -ni la mayoría-
sirve a un propósito.
Si no, que se lo pregunten,
-si se dejasen-
a esa inmensidad
de aguas y árboles
que preceden
a nuestros juegos
de palabras.
No se conformaron,
desde luego,
para satisfacernos.
Osadía es la proyección
de lo útil al universo que es,
ante todo, y que echa raíces
y resplandece
sin complejos.
Si nos sirve para subsistir
o tan solo embriaga
los estados de ánimo
pasajeros,
es materia altamente
inflamable.
Y la sed de comprensión
no garantiza
el provecho.
Lo bello, además,
anda siempre
con muletas. Fruto
singular
de tantos accidentes.
Por eso, también le llega
el otoño al exceso
de florituras.
Fotografía: Julia D. Velázquez
Después del amor
cambia la textura del día,
de lo que nos envuelve.
Elegir
entre tan poco.
Ignorar siempre la duración
del presente abriéndose
en el pecho.
La belleza
reside antes del poema.
Lo sabes porque tus ojos
y porque tu incendio
y por lo que das
con creces.
No necesitas mi lógica
y yo necesito más mundo
y más amor radiante.
Restituir
la suavidad del aire
huérfano, como una flor
ilesa y accidental.
Te digo que hay un continente
sumergido en cada deseo
rocoso.
En mis horas siempre aterrizas
con paracaídas
y me pides que te invite
a dulces populares.
Vamos a prosperar
con nuestros juegos
de muñecas.
Vamos a sorbos de luz
y a la tesorería
de lo incontable que sufraga
nuestros excesos.
Antes de que puedas leer
y de mi idioma
ya sabrás de lo insólito
y de lo pobre
y sublime
sin contradicción.
¿Qué es renacer?
No una nueva moda
esotérica
para curar a los tristes
seres que nadan
en la abundancia.
Tan sólo ir a la cita
con el médico
y que te asegure
que todo está
dentro de los parámetros
normales.
Y repetirlo uno
como un eco victorioso:
bien, todo es normal,
nada grave.
Esa abominable palabra,
la normalidad,
a la que hoy me agarro
como a un clavo
ardiendo.
¿Y qué es sucumbir
al peso
de las evidencias?
No padecer
por las muertes lejanas
que se cuentan
y se olvidan a la par
que seguimos
fieles a nuestras
rutinas.
No. Solo eso, no.
Es que te llame
una amiga
para compartir
su miedo
porque le acaban
de diagnosticar
un cáncer.
Es el dolor
impalpable y próximo,
ese ejército
de lo oscuro que busca
manifestarse.
El inframundo
llamando a la puerta
y al que no queremos
abrir:
no, ahora no, gracias,
no me interesa,
no tengo suelto.
Vivir y enfrentarse
a la finitud
de la vida. Por qué
hoy. Por qué hoy
el recuerdo
de que esas dos cosas
pueden suceder
al mismo tiempo.
Ilustración: Emiliano Ponzi
A este ritmo
el gran colapso
acaecerá
más pronto
que tarde.
Las lamentaciones
y llamadas
a la sensatez
se hundirán
en el légamo.
Nada nuevo,
es lo habitual,
para qué
escuchar
a un árbol.
Los gorriones
petrificados
y envueltos
en una tóxica
nubosidad
como egregios
representantes
de la memoria
del canto.
Se habrán vertido
ríos de sangre
inocente
y unas gotas
escasas
de la culpable.
Aunque ya
no será tiempo
para distingos
morales.
Hasta los números
irracionales
y transcendentes
perecerán
devorados
por el mismo
magma.
Y quién calculará
los días dulces
del verano
cuando todo
el pálpito apenas
exprese
su agonía.
Hoy sólo
deseo
un suicidio
purgador
de quienes
tienen la sartén
por el mango.
Al resto
de criaturas
no nos queda
más remedio
que ir
preparándonos
para lo peor.
Y que no
esperen
que compartamos
los milagrosos
instantes
de felicidad
que se nos crucen
en el camino.
Como no sea
con el propósito
de amargarles
la vida.
También los fines de semana sirven
para que el terror sin piedad campe
a sus anchas como una rutina.
Hay noches en las que me inunda
la claustrofobia al cerrar los ojos,
aunque abrace a un cuerpo de seda.
En las fronteras disparan a matar
con mucha frecuencia. El humo
que se respira extermina a todas
las clases sociales.
He echado de menos algunas veces.
Hay imágenes tuyas que laceran
y no rectifico al estar tan solo.
Por recolectar escaramujos,
por la impunidad que rodea
a la esclavitud. ¿Es que sólo
podremos poner tiritas?
La masajista ciega se aplicaba
con el mismo tesón y siempre
me pregunto a dónde va a parar
mi dinero.
Las revueltas pueden cambiar
de bando. Las palabras pierden
su lustre. Nada surge de los rescoldos
y debemos tomar partido.
Perdóname, sé que me desearías
más presente, que no mezclase
ese mundo descompuesto
con lo frágil por construir.
Mi cuerpo
lleno de cicatrices.
No es una condición
imprescindible,
pero ahí están.
Dicen que teníamos
una capacidad
primigenia,
en teoría.
Hablo de querer, amar
o como prefieras
enunciarlo.
A fin de cuentas,
incluye, en su centro,
las palabras.
Fotografía: Guillermo Asián
Y que conste:
que los poemas más
furibundos
aún no han visto la luz.
Fotografía: Alicia Eggert
Los placeres de ahora
no son ninguna justa recompensa,
el mundo no es justo,
que se lo vayan a decir
a quienes agonizan y sólo conocen
el camino que lleva al día siguiente.
Los placeres de ahora
son los restos, el descarte, lo que queda
por omisión cuando has renunciado
al absurdo, a las obsesiones malnacidas
que sólo buscan mecanizar tu cuerpo
y adocenar tu alma.
Los placeres de ahora
carecerían de todo sentido
sin las fauces del dolor, sin haberlas
probado antes, sin haberte asomado
al abismo y al riesgo de congelación,
sin la claustrofobia ni la rabia
ante tanta violencia gratuita.
Los placeres de ahora
son apenas una contraseña
de acceso, un espejismo tan efímero
como el aire que aprietas al cerrar
las manos y al abrazar ese amor,
de nuevo, tan imposible.
Fotografía: Anastasia Chernyavsky