Después de cometer
tantos crímenes de tapadillo,
su caída de bruces
por un tropiezo tonto
nos concedió, por lo menos,
una merecida dosis
de justicia poética.
Ilustración: Rosalie Gascoigne
Después de cometer
tantos crímenes de tapadillo,
su caída de bruces
por un tropiezo tonto
nos concedió, por lo menos,
una merecida dosis
de justicia poética.
Ilustración: Rosalie Gascoigne
¿Qué grietas
y resquicios
para practicar
la rebeldía
conocerán
esos chavales
de apenas
siete años
que van
mendigando
por los bares
de Atenas
ofreciéndote
rosas?
En todo caso,
ya he perdido
toda confianza
en tanto
discurso
redentor.
Fotografía: Steve McCurry
Una mujer mayor
y triste
se nos acerca
a vendernos
pañuelos
de papel.
Casi nadie
le compra
y todos siguen
tomando su café
y conversando
envueltos
en humo.
Fuman mucho
en los bares
de Atenas.
La señora
descansa
en una mesa
esquinada,
pensando
en el dinero
que le queda
hoy
en el bolsillo
y nos mira
como un juez
impotente
para ejecutar
su sentencia.
Fotografía: Constantine Manos
Con qué facilidad
nos dejamos
arrastrar
por la cabeza
de la tormenta.
Es una suerte
que a su paso
deje más rastros
fértiles
que señales
de la devastación.
Asciendes
a lo más alto
y obtienes
una panorámica
general
sobre la ciudad:
con esa vista
de pájaro
comprendes
tu levedad
e insignificancia,
pero no remueves
ni un solo
cimiento.
Fotografía: Ana Nieto
¿Cómo recorrer
y atravesar
cada una
de las escalas
de lo posible?
¿Y cómo percibir
su propio alcance,
su necesaria
fugacidad
de nube,
de aire,
de suelo raso,
de una lengua
subyacente
e inconclusa?
Vivir
podría ser
tomar
las riendas
del tiempo,
concederle
atributos
al espacio,
dislocar
los espejos
y sueños
del rostro.
Ojalá, por qué no.
Fotografía: Edouard Boubat
Cada cierto tiempo
no queda más remedio
que regresar al nivel
de los principiantes.
Fotografía: Edouard Boubat
A mi derecha,
salvando el cordón
sanitario
del pasillo,
una pasajera
que se dirige
a la tripulación
con su perfecta
dicción inglesa,
ojea una gruesa
revista de moda.
Pasa las páginas
sin perder el tiempo
pero prestando
una medida atención
a los anuncios
de ropa, joyas
y perfumes
de lujo
que acaparan
el noventa por ciento
del volumen
y se exhiben
junto a modelos
delgadísimas,
hieráticas,
tersas
y dotadas
de singulares
atributos
físicos.
Hay trabajos
más penosos
en esta vida,
sin duda,
pero no deberíamos
menospreciar
todo ese esfuerzo
por estar al día
y seleccionar,
entre tanta oferta
distinguida,
qué comprar,
qué vestir,
qué complementos
añadir
a esta efímera
existencia.
Visto lo visto,
ni siquiera
acumulando tanto
se ejerce de verdad
el derecho
a la pereza.
El directivo de banco
que entabló conversación
conmigo durante el vuelo
no tenía ni idea del tipo
peligroso de pasajero
que soy.
No me faltaron palabras
para lanzarle a la yugular.
Que si su hija estudiaba
en un colegio religioso
y privado, que si la culpa
del desaguisado se debe
al estado de las autonomías,
que si veraneaba con dos
premios nobel, que si
le obligaban a viajar
a Brasil un día y volver
al día siguiente...
Mostró cierto interés
en mis razonamientos
acerca de las clases sociales,
como si se tratase
de ciencia punta.
Le recomendé, en fin, la película
El Capital, pero ni se inmutó
mientras le desvelaba la trama.
Menos habría entendido
de V de Vendetta,
eso seguro.
Después de unos días
dando tumbos por ahí
ya iba siendo hora
de pasar a limpio
todos los esbozos
de poemas.
Más bien, debería
completarlos hasta
dejarlos redondos.
O, pensándolo mejor,
quizá me convenga
empezar a escribir
de nuevo.
He visto cosas
demasiado graves
como para ponerme ahora
a sacarles el lustre.
Ilustración: Rosalie Gascoigne
Volver a casa,
recordar
cada uno de los pasos
irregulares
de las escaleras,
darles de beber
a mis ascéticas
plantas
y sonreír feliz
al contemplar
los brotes nuevos
del rosal,
harto ya
de este invierno
(el rosal, yo
no tanto).
Fotografía: Edouard Boubat
Es agotador
-es cierto-,
permanecer en una alerta
constante,
por muchos peligros
que nos acechen.
El arte reside
en que no se note.
Mantener la calma,
respirar con sosiego,
hacer gala
de una paciencia infinita
sin levantar la más mínima
sospecha.
Puedo perder
una disputa tras otra,
una batalla tras otra,
todas las guerras.
Lo que nadie
me puede arrebatar
es mi definición
íntima e irrenunciable
de la disputa,
de la batalla
y de las guerras
que merecen la pena
librarse.
No es menos frágil
lo que aún permanece
íntegro.
No es más frágil
quien ya conoce
el dolor.
Los cuerpos de luz,
los hilos ausentes
que los unen:
pueden quebrarse
tanto como ser objeto
de reparación
y soldadura.
La misma fragilidad
antes y después.
La misma sed
consustancial.
Fotografía: Ake Lange
Evitar que la máscara
se adueñe
de tu rostro.
Reconocer
su presencia
y caducidad.
Fotografía: Mathew Rolston
Sé que el deseo no faltará.
Las subidas y bajadas de la marea
ya son otro cantar.
Narramos la historia
asfixiada, la sigilosa,
aquella que dio sus frutos
y pequeñas victorias.
Sólo para alentar
los ánimos rebeldes
de sucesivas
generaciones.
Por más que nos lean
algunos opresores
o sus intelectuales a sueldo,
nada impedirá
que los volvamos
a pillar por sorpresa.
Llevaba varios días
buscando textos, cifras y mapas,
consultando otros programas,
manuales y libros de referencia
para los profesores
más veteranos,
cavilando qué sentido tiene
hoy
enseñar
y aprender
en este mundo escindido
y saturado.
Escogí entonces la lectura
de James C. Scott
para ocupar el trayecto en metro
hasta los juzgados
de lo penal,
esas primeras mazmorras,
esas antesalas del oprobio
y de la farsa
donde unos compañeros
eran acusados de daños
y usurpación,
en realidad, de plantarle cara
a las mafias orquestadas
con sus guantes blancos
y sus sucias manos.
Y no hicieron falta
más disquisiciones: toda
aventura de conocimiento
consiste en afilar
los cuchillos,
en poner a prueba
su resistencia.
Fotografía: David Turnley
Si no encuentro
una alternativa
satisfactoria,
me largaré
con mis alas
a otra parte.
Ilustración: Julie de Warroquier