Blogia
ateo poeta

mis poemas y otros textos (provisionales)


hoy necesito regalarte algo:

una brizna almibarada de silencio,

fe en tus cartílagos y articulaciones,

aquella peonza bravía que nos arrebató

hasta los abismos prodigiosos,

pongamos por caso


dirán que son presentes volátiles,

calenturas de la imaginación, borlas

ornamentales, lenitivos de la ausencia,

qué sé yo


hoy sólo son una forma de agasajar

tu verbo cósmico, tu sed nuclear

por entender, la lumbre eterna de las cerezas

y algas que detienen la velocidad,

nuestra mutua digestión


(y te ofrezco mis excusas

por los excesos y defectos ocasionados)




me encarno en cada pliegue

de jubilosas células brincando

a resguardo de tu piel


me hospedas con el adagio

de las sombras y el incienso

como esas aves albas

levitando y musitando lo inefable


recolectamos sobrios el placton

de una vida abundante en brillos

y umbrales vaporosos


te reintegro el optimismo tropical

el gobierno del agua

somos esa galaxia en expansión

humus eslabón ternura


a tenor de tantos augurios

procede arrojarse en el abrazo




Ayer fuimos a comprar los Reyes

porque ya habían comenzado las Rebajas,

aunque, antes y después,

siento el mismo escalofrío de fracaso

cada vez que me sumerjo entre las masas

de eufóricos acólitos del mercado.

Mario expresó su maravillosa sorpresa

al comprobar cómo se coordinan,

tan espontáneamente, todas esas avalanchas

de eufóricos y fervientes acólitos

sin apenas tropezar, ni insultarse,

ni, mucho menos, cruzar sus navajas.

Para no aburrirle con zarandajas especulativas

sólo pude manifestarle idéntica y maravillosa perplejidad

y así pasar el día con un ápice menos de aturdimiento.

Después, ensimismado, como cuando suenan

esas notas de piano con una cadencia lenta

y enigmática, me pareció simpático contemplar

la coreografía de esas filas de coches retorcidas,

con urgente torpeza, para hacerle paso a una ambulancia.

Es la misma ingenuidad infantil

que me desborda cuando llueve

y me pregunto cómo se inclinarán los paraguas

de dos transeúntes enfrentados,

como si de una justa incruenta se tratara,

en cualquier acera estrecha.

Entonces vuelvo a sentir

la más hiriente derrota,

pues estos versos, desde que patean en mi vientre,

me parecen en exceso pop,

banales, prosaicos, como si huyeran solos

de los absolutos y de las academias.

Pero ya no tiene remedio

y recapacito por unos instantes:

cuántos hombres se habrán parado hoy a recapacitar,

cuántos habrán conversado sobre sus sentimientos,

cuántos se habrán hecho una docena de firmes propósitos

para el año ya estrenado, sin el menor atisbo

de que, otra vez, los astros y la lotería jueguen a su favor.

Como si siempre quedaran indemnes

los verdaderos artífices del crimen.

Hoy no he abierto la prensa

y, además, sigo fervientemente enamorado.

Por eso no me explico el porqué

de estas inútiles divagaciones.





Nos reencontramos

al filo

del solsticio hiemal,

dejando atrás las flores adolescentes.

Amarse es un bálsamo

y una eterna gratitud,

esparciéndose, polinizando.

Solfeamos venturosos.

Se yerguen los cimientos

de una flamante vitalidad.




las raudas tecnologías de la comunicación
-las que nos sostienen, acercan y besan al oído-
se me quedan minúsculas, escuetas,
hay tanto innombrable, tanto don y presagio
entre nuestras almas

tus fotografías me dan escalofríos y palpito
agitado de deseo (mi tacto corregido, convulso)
pero también esbozo sonrisas melancólicas,
me acurruco en tu recuerdo,
germino, transpiro, echo de menos
tus metamorfosis
-esa presencia hasta las entrañas-

el calendario se emborrona con quimeras,
equipajes de mano, tierras de nadie, cirugías
domésticas,
en dónde, mi amor, en dónde
nuestro lecho de pétalos armados contra el tiempo,
en dónde
el sosiego de la hierbabuena, las glosas
lentas
de nuestros cuerpos adorándose al sol,
el vigor, el fragor, el candor de los abrazos
inmortales
tanto como esos árboles inmortales

no sufro, no creas, no puedo sufrir (me colman tanto
tu reflejo, tu danza, tus promesas)
sólo es un ejercicio más para discernir la luz,
la que nos llena, lo que caminamos a tientas,
este lado salvaje de la vida, tan vasta




esgrimen bellos mapas anacrónicos

los tahures de la ambigüedad, en los umbrales

zarpar hacia las reservas ascéticas de coraje,

templar las tensas dosis de aliento

que glorifican la sed pletórica de uno mismo,

cómo azuzar esa lumbre, instar la travesía,

persistir en el culto de una ética ubicua,

consagrarme a ti y a tus labios de rocío perenne




cada día le damos el pecho

a nuestro fruto,

siento más cerca tu voz,

me regalas uvas y brisa

y me aprietas a tus costillas,

sellamos los intersticios

en los que nos concitamos,

desciendo hasta la sima de tu vigor

para empaparme y desayunar

y rememorar nuestros ejercicios

de equilibrio ante el azote de las olas,

así es muy fácil estar al lado

y al oído, exaltar lo inefable,

lo fugaz y perpetuo que nos une,

quererse con las yemas de los dedos,

sudar el aceite dorado

que nutre esta gloriosa soberanía


en la casa de nuestros seísmos

florecen las virtudes

y expiramos vientos nuevos





huésped del agua,

ahora yaces en mi seno

mientras yo acaricio tus alhajas

y el verbo nos venera

en su celeste centelleo,

donante de albas,

restañadora de los círculos,

sacias el clamor

con el lujo de tus viandas,

suturamos a zancadas

lo que nos separa, devolvemos

a su regazo el ajuar

de la tez que nos continúa,

zahorí entre plegarias

mecidas por el otoño,

por mi prudencia atemporal

y tu afán de analogías

nos adelantan las tortugas,

ganamos a los galgos,

sorteamos los precipios

y en nuestro amor brotan

labios, vuelos, sangre dulce,

las horas que asimos

como si tallaran nuestro ser,

ahora que llueven perlas

vírgenes cuando estamos,

mi escultora del aire,

ahora es cuando sé

que somos dioses transparentes,

que forjamos nuestro vínculo

tenaz, de seda y años luz,

sin demora, en humilde

imprecación y júbilo,

sin demora





En un mar tan blanco

el sosiego, tras la ignición, y de nuevo

recapacito y me recojo como los moluscos.


(No hay murmullos a babor, surca ligero.)


Es ahora, sí, todo tu ser ahora

con arrojo, detiene la resaca del pasado

expirando diamantes: te quiere lamer la sal.


(Desnudos, a los cuatro vientos: la fundación.)


Fíjate qué ufanas en medio del caos

las certezas náufragas, cada vez menos náufragas,

cada vez más dádiva y piel toda como océanos.


(A lo lejos se despeja el cénit, se despereza.)


Quema tanta luz,

una entropía que es un amor y una metafísica azul

con pasaje de ida, a ti, ya voy llegando.






Los viejos decían:

cuanto más viejo, más sabio.

Los sabios decían:

cuanto más sabes, menos sabes

(o sea: más sabes lo que no sabes).

Entonces: ¿la eterna juventud?

¿vivir a tientas y a locas?

¿buscar el maná, el éxtasis, el secreto

alquímico de la fortuna?

Cada día estoy más perplejo,

la verdad.

Hoy, por ejemplo, volví pletórico:

ebrio de luz, el ocaso glorioso,

la coreografía de cuerpos desnudos

quemando las últimas horas estivales,

yo flotando como un muerto

sobre la olas.

Y mi fuerza narcisista a punto

para declamar (otra vez soldando

los fragmentos del espejo).

Qué inútil, sin embargo.

Si tan milagroso e irrepetible es ese gozo

¿a qué viene pregonarlo?

¿qué necesidad tiene de ser reconocido?

Entonces: lo más feliz es lo más íntimo,

y lo más íntimo no tiene nombre

ni sustancia, ni futuro.

Es incomunicable.

(Ríome yo de la poesía, ergo.)

Por eso es también triste.

Intransferible, evanescente.

Todo lo que sé hacer en la playa es:

mirar a la gente, jugar a las raquetas,

devolver las pelotas con sumo cuidado,

reducir al máximo la imprecisión,

los errores, leer esos libros usados

y las miradas que me devuelven.

¿Será sólo un entretenimiento?

¿Mientras todo pasa sórdido e implacable?

Yo pensaba que todo eso era sublime.

Que la consciencia de eso era sublime.

Ahora tengo mis dudas:

¿seré más viejo y más sabio, y, por tanto,

menos sabio, más joven y más loco?

Entonces: espero no confundirte

cada vez que me ponga a descifrar

el diccionario que me pediste.

(Hacía mucho calor hoy, ya ves.)

   ¿qué siento?                       

                       ¿puedo escribirlo?                                                           

                                                    ¿no es en vano?   

                     

                      sólo vanidad 

angustia                                    alpiste para filólogos                                               

                                                 margaritas para los cerdos

                                                                                                miedo 

a apearme de la corriente / emboscarme / plantarme  

                      

                 como un junco

gritar                                        desalmado

                                                                desalmado

                                                                                 rearmado  

         

                funambulista

                                   deambulante 

todo (lo que deseo fervientemente, mi vida) lo puedo hacer por mí mismo    

        

copular           

parir           

amanecer     

                               

                (solo necesito: a little help of muy friends)                                   

               friends, sí, de verdad                                                                       

                            sin costuras / tan ciegos /                                                                       

                                                                  y desalmados, sí

para no fingir: esos muertos sí                                               

                                                tenían que ver con nosotros            

             

                         ¿pero lo siento?           

                        ¿o sólo me saco las castañas del fuego?

                                                                                                       

nunca acabas de pagar

(sólo recorres sus labios con la memoria de tus dedos, sólo)

                                                                                  (solo) 

 

 

llegas como un arcano

a este solaz

de la historia natural

donde se reúnen los fósiles

y nuestros deseos de futuro,

 

aceptas el envite

de crear seres gigantes y preñados

de rotación y traslación

y pupilas con luz propia

a merced de la meteorología,

 

y añadirás a tu ajuar secreto

las perlas de dicha y la donación,

la lavanda, la palabra

y las raíces cuadradas,

la memoria precisa

de nuestra bella ilusión óptica

 

 

Hay miedos como las estaciones,

los solsticios y los equinoccios.

Siempre llegan.

La muerte cierta, la muerte a plazos,

con interés fijo o variable.

La ausencia.

Los puntos suspensivos.

El miedo a esa maldita oscuridad

de ideas, del tiempo.

Del tiempo presente, ese sofisma.

Algunos, aún no lo entiendo,

padecen el miedo a su propia libertad.

Sin darse cuenta.

Sin hacer cuentas.

Son muchos números en juego.

Hoy subí en la moto de mi hermano,

de paquete.

Con mis miedos a cuestas.

Pero era hermoso: el cielo rosado,

las primeras luces en las calles de Londres,

las curvas meciéndome.

Me dijo que el seguro había caducado.

No importa, uno más.

Aquí todavía podemos sumergir los miedos

en una pinta de cerveza.

Es un privilegio naïve.

Hasta que acuciemos a nuestros

enemigos.

Y los niños disipen el dolor

con su papiroflexia.

 

meditaciones prenatales

meditaciones prenatales

 

Ya llevo meses aquí encerrado. Al menos, eso es lo que dicen ahí fuera. No es una cárcel, al parecer, sino que “aquí estoy como Dios”. Aunque yo, dentro y ellos, fuera; de eso no me cabe duda. Aún no tengo claro el significado de muchas de esas palabras. Tampoco soy capaz de emitirlas por mí mismo. Aunque a ellos no creo que les importe. Esperan que eso ocurra dentro de unos años, dicen. Me hacen gracia. Me tratarán casi como si fuera sordomudo. Bueno, así me dejarán más a mi bola. Con mis gorgoritos y pedorretas. Es un placer. ¿Será lo mismo a lo que ellos llaman vacaciones?

 

Desde que abrí los ojos sigo muy atento todas las conversaciones y movimientos de los de ahí afuera. La piel de mamá es muy transparente. Un poco cóncava o convexa, no sé, según se mire. Sospecho, en todo caso, que veo las cosas con más curvas que ellos. A menudo hablan de pantallas planas, encefalogramas planos y cosas parecidas. Pero ya digo que aún no he atado todos los cabos. Ya habrá tiempo, que de eso me sobra. Ellos, por el contrario, no paran de quejarse de que les falta tiempo para todo, que quieren tiempo para ellos solos y que no saben qué hacer con el tiempo libre. Una curiosa entidad filosófica esa del tiempo, no cabe duda. Habrá que seguir investigando en el futuro.

 

A veces he probado a mirarlos fijamente. Pero nada. Hacen como si no se dieran cuenta y esquivan mi inocente interpelación. Yo también me hago el dormido cuando me conviene. En realidad, es una travesura. Eso exclama la ginecóloga con su gran sonrisa latina. En cuanto la veo acercar la cámara esa al vientre, cierro los ojos y me chupo el dedo. Piensan que duermo. La foto queda perfecta y se reparten las copias: una para la colección de la doctora y otra para el álbum familiar. Me gusta posar para las ecografías. Aunque la verdad es que me paso mucho tiempo durmiendo, estar aquí solo es un poco soporífero. Estoy empezando a practicar unos pasos de baile y a tocarme otras partes del cuerpo para comprobar si estoy completo. Lo que pasa es que no hago pie fácilmente y debo parecer, más bien, una especie de astronauta saludando al resto de terrícolas subyugados por la ley de la gravedad.

 

En los últimos o primeros meses -que, al caso, son lo mismo- también ha habido algunos sobresaltos. Lo sé por las pulsaciones aceleradas de mamá y por la escenita que presencié. Nos presentamos en la oficina del jefe. Los tres, frente a frente: el jefe, mamá y yo. Aunque todos pretenden ignorarme, en este caso estoy seguro de que mi presencia era muy importante porque no dejaban de hablar de mí. Mamá no dio su brazo a torcer. “Me voy a pedir la baja anticipada, te guste o no. Y si no me renuevas el contrato, te pondré una denuncia que te cagas. Por discriminación sexual.” ¡Caramba, vaya genio! ¡Y luego dicen que los niños somos escatológicos! En los días siguientes el tema fue objeto de animado debate entre distintas personas con distintos vínculos con mamá; incógnitas todas que ya despejaré más adelante. De momento retengo los rostros y las entonaciones. Siempre que mamá no se pone un vestido demasiado grueso que no me deja ver u oír con claridad o nitidez (“hablemos con propiedad”, por favor). Entonces protesto dando algunas pataditas. Pero nada. Ella sonríe a la vez que se siente compungida: gajes del oficio. ¿Será que ya empezamos a no entendernos?

 

Por lo demás, la vida de un prenatal transcurre en cierta soledad. Te deja mucho tiempo para reflexionar. O para atesorar las reflexiones de otros. Por algo habrá que empezar ¿no? Muy distinto debe ser el caso de los mellizos. ¡Qué hacinamiento! Deben pasar la mayor parte del encierro peleando por un hueco en la placenta. En este sentido no sé si sentirme un privilegiado o alguien con una reducida vida social. Me temo que esta cuestión también entraña profundos dilemas con lo que entretenerse en los años venideros. Ahora voy a hacerme el dormido que ya veo venir a la matrona. Hoy toca salir afuera. Ya lo tienen todo preparado. Yo, a agarrarme bien, que las contracciones vienen agitando las aguas.

 

La verdad es que ya tengo ganas de que me cambien la dieta, para variar un poco. Y de entrar en la fiesta de ahí fuera, a ver si voy resolviendo enigmas. Aquí no se está mal, pero no soporto ese dicho tan carca de “todo tiempo pasado fue mejor”. También tiene sus incomodidades. Sobre todo para mamá, que se lo pregunten a ella. Yo me pregunto si algún día hablaré de todo esto con ella o con mis hijos. Si tendré tiempo. Me apetece contemplar sus ojos. Directamente, por mí mismo, sin filtros. Hasta ahora tenía que estirar mucho el cuello o conformarme con su reflejo en los espejos. Le preguntaré cuánto nos queda de vacaciones juntos. No sé si me entenderá. Tendré que ir perfeccionando mis gorgoritos.

 

 

más leves

que la gravedad

nuestros brazos

al pálpito

abrazados

 

más eterno

que el tiempo viejo

nuestro gozo

nuevo

y a corto plazo

 

al candor

de las rosas empuñadas

al rocío

entre los pechos erguidos

se pliega la noche

cansada

en su feudo de alba

 

mañana

murmullos de caracolas

repicarán

sin cesar los gemidos

más y más

quiero más

que se ahogue el futuro

que salga a flote la sed

de los labios

cansados

de beber

 

un cuento erótico

un cuento erótico

 

El sol ya había caído. Con los últimos estertores de luz, las playas iban quedando desiertas. Unas playas mediterráneas que aun irradiaban en sus arenas el calor intenso de una típica jornada estival. Magda y Estrella caminaban descalzas. Atravesaron varias calas aprovechando el súbito y merecido frescor del atardecer. No hablaban mucho. En las viejas amistades los lugares comunes van dejando paso a las complicidades y los silencios apacibles. Esos que no incomodan aunque se dilaten durante muchos minutos. La cadencia de su paso era regular, pero sin urgencia. Cada regalo a la vista de aquel horizonte merecía su atención. Vivir a menudo es sólo eso, deleitarse con la belleza circundante. Ir a su encuentro. Componerla dentro de cada una. Ser comprendida.

 

Llegaron a uno de los arenales más largos y menos alterados por la codicia humana. Esa plaga sobre el mundo. A medida que avanzaban divisaron con más claridad al último bañista que aún no se había recogido. Parecía meditar en una de esas posturas orientales. Estaba completamente desnudo sobre su toalla. Cuanto más se acercaban las dos paseantes, más frecuentes eran las miradas del hombre hacia ellas. Enseguida se dieron cuenta de que tenía su pene erecto y lo agitaba suavemente con una mano. Magda y Estrella no dudaron en seguir caminando. Aquella escena no pareció importunarlas, según dedujeron de su rápido intercambio de miradas. Era su derecho. No tenían por qué sentirse agredidas. Tampoco especialmente halagadas. Hubiera dado igual que llevaran una túnica o ropa de montaña en lugar de sus ligeras vestimentas veraniegas. Aquel hombre supliría los obstáculos con su calenturienta imaginación. Eran dos figuras femeninas. Se movían con agilidad. Sus piernas descubiertas. Sus senos seguros. Intuidos. Mientras, el hombre proseguía diligente con su manipulación.

 

Al pasar a su lado, las siguió atento con la mirada. No dejó de masturbarse. Esperando, como si no quisiera llegar rápidamente al fin de su gozo. Magda y Estrella habían frecuentado playas nudistas y eso, en cierta medida, las predisponía a aceptar aquella situación sin preocuparse demasiado. Adoptaron, en todo caso, una espontánea actitud de defensa ante el comportamiento incierto del exhibicionista. Implícitamente convinieron en no devolverle la mirada. Magda tomó del brazo a Estrella y sonrió. Percibió la piel tibia de Estrella, más cálida que la suya. Por un instante, Estrella no pudo evitar la tentación y giró con naturalidad su cabeza hasta cruzarse con la mirada del hombre. En cuestión de segundos. Sin soltarse del brazo protector de Magda. Volviendo a reencontrarse con el gesto jovial de ésta. Con sus pechos grandes y sugerentes. El rostro de Estrella se sonrojó como si acabase de engullir pimientos picantes. La temperatura de su piel siguió ascendiendo. Siguieron caminando. El hombre permaneció sentado en el mismo sitio, devoto de su erección.

 

El vestido de Magda era flojo y ventilado, como de viscosa. La brisa lo adhería caprichosamente a sus curvas voluptuosas. Estrella, sin embargo, llevaba una camiseta de tirantes ajustada a sus pechos menudos y una falda blanca muy corta. Era de un talle más fino. Y de una voluptuosidad quizás más interior y tormentosa. En lugar de corresponderle la sonrisa a Magda, su mirada se desvanecía en un pozo de excitación. A cada paso sentía sus nalgas y sus caderas como si aquel hombre las estuviese dirigiendo con las palmas de sus manos. Y si Magda lo hubiese querido comprobar con sus propias manos, las podría haber sumergido en la copiosa humedad de las bragas de Estrella. No hizo falta. Mientras aminoraban el paso, Estrella la miró fijamente. Voy a ir. Sólo me preocupa una cosa: no tengo condones, y no creo que él tampoco tenga. Magda, sorprendida, se contuvo unos segundos antes de responder. Vete. Por los condones, no te preocupes. Esto no es verdad, sólo somos dos personajes de un cuento erótico. Vas a tener la suerte de hacer realidad una fantasía sexual. Aquí no hay enfermedades venéreas. Esto es literatura, no una película porno. Yo me quedaré por aquí cerca, por si acaso. Y la besó en aquella mejilla ruborizada a la vez que liberaba su brazo.

 

Las palabras de Magda la dejaron un poco confusa y aliviada a la vez. Estaría bromeando. Pero no osó replicarla. Dio media vuelta y se dirigió con resolución hacia donde estaba el hombre aún friccionando su miembro. No siempre ocurrían estas cosas en la vida. Por qué eludirlas. Así que se plantó delante del hombre sin poder ocultar el candor de su piel y los ojos brillantes como un manantial. Él no dudó un instante en indicarle que se diera la vuelta. Ni siquiera necesitó erguirse para quitarle las bragas empapadas. Estrella sintió como descendían por sus piernas. Cerró los ojos. Sabía lo que vendría inmediatamente después. Las manos del hombre comenzaron a hurgar por debajo y por fuera de la falda. Se recreaban en cada pliegue. Sus dedos se insinuaban ocasionalmente por los labios vaginales. En cualquier momento la penetraría. Estaba oscureciendo y la brisa era más intensa. El salitre y las algas putrefactas mezclaban sus sabores con las dos respiraciones jadeantes. Antes de clausurar sus párpados, de llevarse su propia mano a la boca y de agitar su melena lacia, vio sentada a Magda a una distancia de unos cien metros. Por qué no se iría. A fin de cuentas, sólo se trataba de una fantasía. Y cuanto más riesgo, mejor. Para su regocijo, el hombre besó dos veces sus pantorrillas. Luego, sus dedos gruesos recorrieron con impaciencia las piernas suaves y aún extendidas de Estrella. Por fin, ya sin ningún género de dudas, el hombre acabó por atraer las caderas de Estrella hacia el pene que seguía firme e hinchado.

 

Se acoplaron sin dificultad. Él marcaba la pauta de las operaciones. Evitaba los gestos violentos, pero su cuerpo era fuerte y estaba decidido a apretar sin prejuicios a aquella mujer desconocida. Volvió a besarla. Ahora en el cuello, antes de deshacerse de su camiseta y de encerrar sus pechos entre las manos. Estrella se mordió los dedos. Gimió ostensiblemente, sin temor a quebrar el silencio de aquella playa, aquel crepúsculo de grillos. Ya era bastante atrevido fornicar allí a la vista de su mejor amiga. Sin preservativo. Con un hombre del que sólo tenía vagos indicios de su vida. Los que rodeaban a su desnudez, una toalla grande y rizada, una mochila discreta. Un hombre instrumento de sus deseos prohibidos. O ella como instrumento de los deseos de él, daba igual. Los gemidos dejaron paso a gritos más efusivos. Sus propios dedos se movían cada vez con más frenesí por su clítoris. La minifalda estorbaba un poco, pero ya era tarde para intentar desprenderse de ella. La verga estaba totalmente sumergida en su marea de secreciones. La percibía llegando muy adentro, rozando millones de terminaciones nerviosas. Era imparable. Llegaba, llegaba. Sus pezones hervían de placer. El sudor manaba febril de sus torsos. Magda llegó a escuchar los gritos más prolongados de los dos fornicadores. Consecutivos, no muy alejados uno del otro. Sus onomatopeyas finales.

 

No hubo muchas más caricias antes de separarse. Estrella recogió su camiseta de asas y sus braguitas rebozadas en arena. Y se alejó con el mismo mutismo con que se había aproximado. Idéntica discreción había profesado aquel compañero intempestivo. Como si hubiera prevalecido una simetría artística en todo momento. Era una locura, lo sabía. Estaba segura, no obstante, de que Magda no la iba a censurar por eso. Tampoco le pediría explicaciones ni detalles, ni se lo recordaría con burla en el futuro. Como si no hubiese ocurrido. Como si todo hubiese sido sólo una fantasía literaria que se habían querido contar con algo más que con palabras aquella tarde de verano. Todo eso se lo dijeron en una mirada fugaz de reconciliación. Después de muchos años de compañía y transacciones sentimentales. Volvieron a tomarse del brazo y prosiguieron su ruta. Estaba oscureciendo. La amistad debe ser eso, compartir los límites de la realidad y los manjares que proporciona la naturaleza.

 

 

cómo podemos vivir

inmunes

a todos esos crímenes

ahí fuera,

cerca, lejos,

ubicuos,

y dormir en paz,

aspirar

este delirio de flores,

desear sin culpa

un nuevo trance

 

nuestras islas

y clanes

siempre a punto

de extinguirse

 

no sería tan absurdo

claudicar

ante este absurdo

 

si no fuera

por la aurora

de esos domingos

en que no abrimos la prensa

 

 

escuela primaria

escuela primaria

 

Todavía duerme. Los domingos por la mañana nos gusta remolonear. A veces, como hoy, me despierto la primera y me quedo unos minutos pensando. Pongo un libro en mi regazo, por si se despierta. Hago como que leo. Para que no me pregunte en qué pienso. Es una pregunta irritante. Los pensamientos vienen y van mientras la luz vespertina se intuye tras las cortinas. En verdad, son los pensamientos los que me desentumecen bruscamente. Como si te asestaran un golpe de conciencia. Un golpe de timón: esta es tu vida, eres feliz, pero cuidado, todo lo que llega a inundarte se puede esfumar a la misma velocidad. Los domingos como hoy me gustaría ir a dar un paseo largo por un bosque fresco y húmedo. Pero vivimos en pleno centro de Madrid. Y, además, cuando Juan se despierte seguro que hacemos el amor. Como dos cachorritos que se van arrebujando mutuamente, con toda naturalidad. Sólo tengo que esperar a que los rayos de sol empiecen a herir sus párpados. Es el día de la semana en el que el tiempo es más lánguido, se estira y no consulta el reloj de mis pensamientos.

 

A lo que más vueltas le doy es a la idea del destino. Bueno, por llamarla de alguna manera. Algo así como: ¿Por qué estoy aquí, con este hombre maravilloso a mi lado? ¿Cómo voy a vivir lo que viene enseguida, en unas horas, mañana, en los próximos años? No siento pánico, ni mucho menos. Por mi edad aún podría permitirme ser arrogante y desafiar el futuro. Casi cuarenta, en lo mejor de la vida. Aunque desde niña sé que en cualquier momento la vida puede ser traicionera y todo puede acabar de repente. Soy precavida, incluso en el refugio de mis meditaciones. Es un milagro que esté aquí, ese cuerpo mecido por los sueños. Pero cualquier día puede dejar de estar. Por eso me gusta deleitarme con cada instante.

 

Juan ha sido un regalo reciente del destino. Hace sólo un año que vivimos juntos, pero nos conocemos de toda la vida. Es como si te reencontraras contigo misma, con todo lo que has sido. O, mejor, con todo lo que podías llegar a ser cuando tan sólo eras una niña. Juan iba a mi clase hasta sexto curso de primaria. En séptimo, sus padres se mudaron a León y lo hicieron desaparecer de mi infancia llena de pájaros en la cabeza. Casi no me di ni cuenta. Era lo normal, los niños venían y se iban, como los días, los cursos, los pensamientos y la regla, poco después. De Ponferrada, aquella pequeña ciudad de provincias con montañas de carbón amontonadas en cualquier lado, yo también me fui unos años más tarde. A estudiar sociología en Madrid. Pero regresaba regularmente a aquel vergel de cerezas resplandecientes y recuerdos de libertad. Juan había sido uno de aquellos niños con los que nos escapábamos con las bicicletas cruzando puentes y ascendiendo colinas. Terribles cuestas que hoy veo demasiado empinadas y lejanas. Aunque ahí siguen, inamovibles.

 

Con diez años ya jugábamos a darnos besos en los servicios del colegio y hasta en la capilla de aquel curioso colegio de monjas donde tuvimos nuestras primeras clases de educación sexual gracias a un profesor seglar que tocaba la armónica y parecía un santo. Eran unos besos inducidos. Fruto de un “a qué no te atreves”, “te toca besarte con Juan”, “se trata de besarse en silencio porque como nos pillen se nos cae el pelo”. Beso, verdad o consecuencia. Nunca me olvidaré de aquel cosquilleo entre las piernas y haciendo temblar todos los poros de mi cuerpo. Hasta que la sangre se concentraba en los pómulos sonrosados y ardientes como los de caperucita roja. En una de las excursiones campestres que se hacían para celebrar el magosto recuerdo que el guión marcado en el juego exigía besos con y sin lengua, breves y de varios minutos de duración, acompañados o no de caricias en aquellos muslos desnudos apenas cubiertos por nuestras faldas a tablas. Los días y los años transcurrían a velocidad de vértigo. Igual de fluctuantes eran los niños que te gustaban. Juan había estacionado en mis deseos por algún tiempo de aquel inestable transcurrir. Y un verano se evaporó de repente, aunque supongo que sus huellas seguían ahí varadas, inamovibles como aquellos gigantescos cucuruchos de carbón.

 

Más que suponerlo, hoy tengo la certeza de que nuestro reencuentro hace poco más de un año desanudó aquellos miles de cosquilleos de la infancia. Las miradas en clase. Los juegos a pillar en el patio. Los escondites entre las habitaciones perfumadas y prohibidas del colegio. Sus padres habían alquilado durante décadas la casa que dejaron en Ponferrada hasta que hace cinco años Juan volvió a ocuparla. Se había convertido en ingeniero agrónomo y los cerezos, los castaños o las vides del Bierzo, constituían una porción de su paraíso perdido que había decidido recuperar. Me dijo que había preguntado por mí a alguna compañera de escuela. Lo cierto es que ya no conocía a casi nadie y la misma ciudad, con nuevas zonas urbanizadas, se había tornado irreconocible y un poco extraña incluso para él que la tenía grabada en cada estría de su cerebro, categoría alevín. Quizás me lo dijo para halagarme. El día del reencuentro, con aquel fogonazo. Durante esos años yo casi no iba a visitar a mis familiares a Ponferrada, pues el trabajo me obligaba ya a bastantes viajes, cuando no me reclamaban mis amigas madrileñas para otros viajes o para curarnos mutuamente las heridas de la edad. Todas insistían en que la vida es corta y el mundo muy grande. Hay mucho que ver y “tú no puedes dejar de lucir tus ojazos de vampiresa”, me decían con su habitual picardía. Tenían razón. Romper con mi pareja después de una larga década de estéril noviazgo no sólo me había dejado unos kilos de más, realimentados en gran parte por los sucesivos viajes fundamentalmente gastronómicos. También una cierta sombra de desesperanza en la mirada. Alguien tendría que soplar lejos esos polvos de maquillaje.

 

A Juan le gustaba andar por el monte y los campos de cultivo. Curtiendo su piel al sol. O bajo la lluvia torrencial del otoño. En ese medio parece una suerte de zahorí, atento a cualquier signo de la naturaleza para contrastarlo con su libro secreto de taxonomías o para llevarse algo al paladar. En la ciudad, sin embargo, parece un niño grande y perplejo. Algo despistado. Así me lo encontré sentado en la terraza de una cafetería en la plaza de la Encina. Enfrascado en un libro, rodeado de varios periódicos y revistas desperdigados por la mesa. Quizás nos habíamos cruzado ya en varias ocasiones a lo largo de los años que él llevaba ya instalado en Ponferrada. Hasta podíamos habernos sentado antes espalda contra espalda en la misma plaza donde nos reconocimos después de tantas travesías. Quién sabe. Aunque me estremece sólo el pensarlo. Cuántos instantes le habríamos sacado de ventaja a los milagros de la vida. En cualquier caso, llegó para no marcharse. Y yo le ofrecí otra estancia en las ruinas de mi castillo, todavía con aquellas almenas de carbón en el fondo de un pasado cada vez más borroso y alejado. Nada en él destacaba especialmente. Sin embargo, no tuve ninguna duda de que era el viento que necesitaba, el abrazo seguro a una felicidad aletargada durante mucho tiempo.

 

Está a punto de despertarse. Las cafeteras de los vecinos silban a coro. Una aspiradora. Ambulancias. A veces me arrepiento de haberle extirpado de la ciudad de sus sueños. Aquí, el pobre, ha acabado trabajando en una editorial. Pero supongo que los dos nos necesitábamos. O, por lo menos, necesitábamos a alguien que replicase aquellos amores sencillos, descuidados y escalofriantes de la infancia. Nada más. Y no nos valían sucedáneos. En eso hemos sido intransigentes. O así me gusta pensarlo. O será que ahora, ante cualquier deriva o zozobra, sólo nos queda la esperanza de amarrarnos a nuestro pasado. Al que nos proporcionó la más salvaje sensación de dicha. No sé. Ya hemos andado mucho. Muchas aventuras y tentativas. Ahora tenemos este nicho. Sólo los domingos por la mañana parece que me doy cuenta de su verdadero valor. Luego, todo vuelve a desvanecerse en la rutina. Mientras, él sigue aquí. Ya empieza a rebullir. Se despereza. Posa sus dedos en lo más alto de mis muslos y me dice que hoy iremos a dar un largo paseo por un bosque fresco y húmedo. Y entonces me siento nadando en la abundancia.

 

 

hay ciudades tan saturadas de turistas

que me olvido de aquellas lecciones enciclopédicas

de los profesores de latín y de historia,

con sus sonrisas satisfechas de saber

y de saber que les prestaba atención con mi cándida

avidez, sin sospechar qué futuro me deparaban

mis extravagancias, esta constante ingenuidad,

la incredulidad, el solipsismo, no sé, este uso tan etéreo

de la ciencia, fijándome en la gente que vuelve a casa,

en las facturas sangrantes de los restaurantes,

en los ojos azules y el vino rojo como el comunismo

que nunca existió, respondiendo que necesito más tiempo

para entender los planos, y luego desaparecer

tras el rastro de otro nicho anónimo, de la esperanza

de amores verdaderos e imposibles, con la única

certeza de que sólo los desesperados viven sin prisa,

conocen la brutalidad a la vuelta de la esquina,

desconfían de los escaparates y del funcionario,

me hacen gracia, de verdad, todos esos turistas

agolpados junto a los monumentos, quemando

el tiempo, cumpliendo fielmente las rutinas,

ignorando los derechos, la vida minuciosa

entre frutas, vecinos y bicicletas, olvidando,

tras la última digestión, todas esas informaciones

inútiles que dictan las agencias de viajes y los

especuladores, y, sin embargo, echo de menos a aquellos

profesores a quienes interrogaba extenuante,

que no censuraban mis disensos, que escuchaban

a los inmuebles y conversaban con nativos y foráneos

en vez de de posar para fotografías de sobremesa,

tal vez es sólo un remordimiento de clase media,

querer renunciar a los privilegios, una intención vaga

de ser ciudadano, habitante, miembro de esa amalgama

contradictoria, no sé, me pierdo, es difícil poner

un punto y final, hay barreras por doquier

y formas de esquivarlas, de residir en la ausencia,

la proximidad siempre se halla perforada

por soledades intangibles y por tácitas confianzas,

pero esto no es un ensayo, ya está bien, sólo quería

declamar bien alto que el halo poético del consumo,

del urbanismo y que etcétera, etcétera

no conducen a nada más que a estos insulsos

arrebatos de vanidad y nostalgia en los hoteles

 

ejercicio de eternidad

ejercicio de eternidad

No importa lo que creas.

Tan sólo actúa dentro de ti.

Con la lentitud del manantial en la cumbre.

Reconoce la paz cristalina que te habita ahora.

No importa mañana.

Desanuda las trabas que te impiden caminar.

Deja a un lado las culpas que obturan tu hálito.

Tu aurora es ahora.

Puedes asir las manos cálidas.

Las que te acarician la conciencia de infinitud.

Disipan el ocaso.

Liman las aristas.

Puedes nutrirte de la belleza del horizonte.

El universo entero es abundante y generoso.

Todo lo que vive, morirá.

Todo lo que vive nace de lo que feneció.

Todo lo que muere, se regala.

No necesitas forzar esas mutaciones.

Sólo goza en tu austeridad.

Hasta olvidar lo que duele y se debilita.

Estos instantes son los que importan.

Cuando reúnes la virtud de traducir.

Y te hermanas con lo imprevisto.

Te deslizas suavemente.

Tu luz da.

Compartes el banquete de dicha.

En el silencio oyes el crujir de las hojas.

Y el vientre del cosmos que te engendró.

Sólo así sientes tu libre albedrío.

Es un sueño hilvanado con el tiempo.

Coraje solar.

Semillas de voluntad.

Deseos de ser.