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The Mother's House

The Mother's House

 

Entre las películas que se han presentado acerca de la dureza de las condiciones de vida en países africanos, “The Mother’s House” (Francois Verster, 2005) fue la que, sin duda, mejor calidad narrativa y fílmica demostró. Parecía una auténtica obra de ficción. Las protagonistas parecían ajenas a la presencia de las cámaras la mayor parte del tiempo. Se peleaban, lloraban, se intoxicaban como si de un “reality show” se tratase. A través de los dilemas y sufrimientos de Miché desde que cumple once años hasta que llega casi a los dieciséis, se nos muestran las dificultades de su madre seropositiva que tiene un nuevo bebé y que vive conflictivamente con su hermana, su sobrina y la matriarca de todas (madre de unas, abuela de otras). Ésta última, una operaria de cadena de montaje que no ha conocido más horizonte en su infancia que luchar contra el Apartheid y mantener una estricta disciplina en el seno de su familia. Pero la madre de Miché, abandonada por su marido y aún enclaustrada en la casa materna junto a sus propios hijos, descarga toda su ira sobre la pobre adolescente. Miché sólo piensa en abandonar cuanto antes esa familia opresiva y el propio gueto en el que viven, pero tras una breve estancia en Johannesburgo con una tía igual de autoritaria, regresa a casa y acabará cediendo a las tentaciones del cristal, la cocaína y la heroína que constituyen la primera afición de sus amigos más próximos. Aparte de una tímida tentativa final de Miché por acudir a un centro de desintoxicación, apenas hay aquí acciones que cambien radicalmente las circunstancias de vida. De nuevo parece que las personas se dejan arrastrar por la condición social que les ha tocado en suerte o, más precisamente, en desgracia. Ni siquiera en la democracia post-apartheid hay escapatoria. Y sospechamos que Miché no será nunca esa doctora que le gustaría ser de mayor para hacer algo que cure a su madre y con ello conseguir, por fin, que ésta la quiera.

 

Kha-Chee-Pae

Kha-Chee-Pae

 

Kha-Chee-Pae” (Miroslav Janek, 2005) es, sobre todo, una obra poética, un difícil juego de funambulistas entre los sentimientos de ausencia de los niños de un orfanato checo. Entre los niños hay ternura y agresiones, fantasías desbocadas, juego e incertidumbre. Lo mejor del relato es que los mimbres se van tejiendo con sorpresas continuas para el espectador. Unas veces son los propios niños los que filman e inventan sus propios cuentos. Otras veces parece que los cineastas les regalaron historias de animación a los niños. Las entrevistas directas a los niños son breves, nada condescendientes por parte de los entrevistadores, y no se acumulan académicamente. Lo primero era jugar y grabar jugando. Los adultos casi no se dejan ver, pero sabemos que están por ahí, detrás de las cámaras, por sus sombras, acciones y referencias. Los niños, finalmente, no aparecen como dulces angelitos o tristes víctimas de situaciones familiares trágicas. Son muy distintos entre ellos, más o menos activos, conscientes de sus vínculos con otros niños y con sus propias ficciones. No se trata sólo de una descripción de un recinto institucional de reclusión, sino de ir destapando velos y conflictos gracias a una actitud de entrega al juego por parte del director (y suponemos que también del resto de su equipo) del documental. Toda una lección de arte participativo. Y en medio de la penumbra anoté dos frases que me recorrieron la columna vertebral como un escalofrío: ¿Habéis visto toda la belleza que hay alrededor? Llenad las horas de felicidad como un jardín de flores.

 

Estrellas de la Línea

Estrellas de la Línea

 

En “Estrellas de la línea” (Chema Rodríguez, 2006) se vuelve al manido tema de la prostitución. En este caso es un barrio de la capital de Guatemala. Las prostitutas parecen ejercer por libre, sin patrón por medio. Pero también sin amparo legal ninguno, sufriendo abusos policiales, clientes violentos, la tiranía de sus toxicomanías, las necesidades de sus hijos, el aislamiento de sus familiares, el encarcelamiento de sus parejas. Una línea de ferrocarril es el centro de la calle y en ella juegan al fútbol el hijo y marido de una de las prostitutas. Una mujer anciana que también fue prostituta en el pasado y ahora es alcohólica, casi ciega y a la que el huracán Mitch le dejó sin sus paredes y techos de cartón, les vende condones a las prostitutas jóvenes y les lava la ropa. Y canta boleros divinamente. Y tiene un compañero también anciano que la quiere y le está reconstruyendo un nuevo habitáculo. Lo fascinante de la historia es que un joven homosexual anima a las prostitutas a constituir un equipo de fútbol y a aprovechar los partidos para exigir respeto y denunciar sus calamidades ante el resto de la sociedad. Las chicas se entrenan, juegan, pierden casi todos los partidos, se divierten, viajan y entre medias nos van relatando sus penurias, sus conflictos inacabables, enredados en múltiples elementos ajenos e inherentes, a la vez, a su voluntad. No hay ningún final feliz. Eso es lo más estremecedor del relato. Los momentos de felicidad son tan escasos y milagrosos que constantemente esperas alguna resolución sorprendente. Pero no. La vida sigue ahí enredada, el barrio convertido en un gueto con sus muros invisibles. Han intentado cambiar algo en sus vidas, no hay duda, y han recibido ayudas externas que las respetaban y las dejaban decidir, y todo eso es ejemplar. Pero las losas sobre esas vidas son duras y pesadas. El director del documental se va desolado, nos deja desolados. Un capítulo más del feminicidio mundial que no parece indignar a gobernante alguno, ni en Guatemala, ni en México, ni en Tailandia, ni en España.

 

 


play-doc

play-doc

 

Esta tercera edición del festival Play-doc me ha venido como anillo al dedo. Si ya me había fascinado la programación de documentales sociales los dos años anteriores, en esta ocasión me he sumergido en casi todas las proyecciones a modo de terapia. El desencanto con la realidad académica no me desangra, no paraliza mis inquietudes con las realidades urgentes, invisibles y estremecedoras que nos atraviesan. En un festival como este, además, no se trata sólo de relatos en una pantalla sino de un encuentro social donde compartir comentarios, conocer algunos detalles y opiniones de quienes idearon las filmaciones, reconocer a quienes se reúnen junto a ti para aceptar la interpelación de esas historias. Historias muchas de ellas distantes y dolorosas, casi todas alejadas del preciosismo naturalista, a buen seguro fruto del agudo criterio de los organizadores que con tanto afán se entregaron a convocar, difundir y seleccionar las obras. Me produjo una tremenda empatía sólo atemperada por la distancia que siento ante cualquier evento que exija mucho dinero, hoteles y consumo ostentoso. Pero habilitaron un bar con precios muy asequibles, derrocharon música y amabilidad a raudales, subvirtieron las vallas publicitarias de la ciudad, nos regalaron juegos de luces y de signos mínimos para nuestros sentidos, invitaron a gentes extravagantes a compartir sus vanguardias. La terapia, como se ve, es sólo eso: una bocanada de aire fresco, de sociedad, arte y denuncia de este miserable mundo que aplasta tantas vidas.

 

Y los documentales que me maravillaron: “Estrellas de la línea” (Chema Rodríguez, 2006), “Kha-Chee-Pae” (Miroslav Janek, 2005), “The Mother’s House” (Francois Verster, 2005), “Pensando en soledad” (Marcos Nine, 2006), “Bullshit (Pea Holmquist y Suzane Khardalian, 2005) y “Popaganda: The Art and Crimes of Ron English” (Pedro Carvajal, 2005). Más información en www.play-doc.com

 

exámenes

exámenes

 

“(…) Ha pasado semanas preparando este examen del que, una vez más, depende la continuidad. Años atrás hubiese dicho que es un examen crucial, pero con el tiempo ha aprendido que todos los exámenes son cruciales, hasta el punto de que un examen que no fuese crucial no le parecería, no sería, un auténtico examen. Acaba de leer las cinco preguntas y respira tranquilo. De las cinco sabe cuatro a la perfección. Por lo tanto, puede ya considerarse aprobado (como mínimo). Gira la vista hacia los otros examinandos y ve cómo cunde el nerviosismo: la mayoría escribe deprisa; como si se les fuese a acabar el tiempo, llenan una hoja tras otra, con cara quebrada. Hay dos que piensan intensamente. Se nota porque miran hacia el techo, con el ceño fruncido; uno de ellos muerde, además, la punta del bolígrafo. Otro ha agachado la cabeza para esconderse de la vista del examinador y dirigirse al del pupitre de al lado: mueve los labios vocalizando lentamente una palabra, pero el del pupitre de al lado no le entiende; le responde arrugando la boca y levantando los hombros. El que vocaliza en silencio repite la palabra una y otra vez. Llevan así un buen rato, y continúan hasta que el examinador empieza a pasear por los pasillos que las tres filas de pupitres dejan entre sí. El que se agachaba se yergue con una seriedad exagerada y delatora. Como si a él también le pudiesen pillar en falta, el examinando se endereza también y decide empezar de una vez. Saca el capuchón del bolígrafo y escribe su nombre. Empieza a contestar la primera pregunta, con letra clara y equilibrada, una palabra tras otra, en líneas apretadas y rectas. Cuando acaba la primera pregunta empieza con la segunda. Pero a las pocas líneas se siente desfallecer de nuevo y deja de escribir. Está cansado. Pero sólo los últimos días de estudio intenso no le pueden haber causado tanto; quizá lo que le agota ya es el continuo de exámenes que ha tenido que ir superando desde la infancia, uno tras otro. Si como mínimo divisase el final. Pero después de aquel examen habrá otro, y tras ése, otro. Sabe que prepararse requiere esfuerzo, que de hecho nunca se sabe lo suficiente, ni se demuestra suficientemente cuánto se sabe, sea suficiente o no. Pero ese convencimiento no le impide preguntarse si habrá algún día un último examen. (…)

 

¿Por qué continúa examinándose? De hecho, ¿de qué le sirve y para qué le servirá? ¿No sería mejor dejarlo ya, inmediatamente? Igual que no recuerda los primeros exámenes, ha olvidado también el objetivo final que debe haber más allá del de convertirse, momentáneamente, en examinador. Sabe que los examinadores (que han tenido que superar la serie de exámenes por la que él pasa ahora) se examinan a su vez, pero no sabe para qué. ¿Para convertirse (¿momentáneamente también?) en examinadores de los examinadores? Ni tan sólo es seguro que convirtiéndose en examinador lo sepa. Igual que tampoco sabía, cuando empezó de niño, que el primer objetivo (ése al cual cree acercarse) es convertirse en examinador. Empezó, cree recordar, porque sus padres (como absolutamente todos los padres) querían que estudiase. (…)”

 

 

Quim Monzó, Tres bocetos

 

línea de fuga

línea de fuga

 

 

“(...) Con la libertad uno se engaña demasiado entre los hombres, ya que si el sentimiento de libertad es uno de los más sublimes, así de sublimes son también los correspondientes engaños. En los teatros de variedades, antes de salir a escena, he visto a menudo ciertas parejas de artistas trabajando en los trapecios, muy alto, cerca del techo. Se lanzaban, se balanceaban, saltaban, volaban el uno a los brazos del otro, se llevaban el uno al otro suspendidos del pelo con los dientes. ‘También esto’, pensé, ‘es la libertad para el hombre: ¡el movimiento excelso!’ ¡Oh, burla de la santa naturaleza! Ningún edificio quedaría en pie bajo las carcajadas que tamaño espectáculo provocaría entre la simiedad.

 

No, yo no quería libertad. Quería únicamente una salida: a derecha, a izquierda, adonde fuera. No aspiraba a más. Aunque la salida fuese tan sólo un engaño: como mi pretensión era pequeña el engaño no sería mayor. (…) Repito: no me cautivaba imitar a los humanos; los imitaba porque buscaba una salida; no por otro motivo. (…) Y aprendí, estimados señores. ¡Ah, sí, cuando hay que aprender se aprende; se aprende cuando se trata de encontrar una salida! ¡Se aprende de manera despiadada! (...)”

 

 

Franz Kafka, Informe para una Academia

 

 

la vida de los otros

la vida de los otros

Berlín Este. 1984 (no por casualidad). En un periódico, bien avanzada la narración, aparece Gorbachov. En otro momento, unos intelectuales críticos de la República Democrática Alemana simulan escribir una obra de teatro conmemorando los 40 años del régimen socialista. La película: La vida de los otros (Florian Henckel von Donnersmarck, 2006). El protagonista, Wiesler (Ulrich Mühe), es un diligente mando de la Stasi, la siniestra policía política. Su misión: vigilar individualizadamente, uno por uno (aspiración totalitaria no exenta de incertidumbre), a toda la población potencialmente sospechosa de desafección a la razón de Estado. Los interrogatorios, torturas, encarcelamientos, asesinatos, delaciones, confidencias y ultrajes de todo tipo constituían los “procedimientos”, su manual de uso. Muchos estaban tentados a saltar al otro lado del muro, o a arriesgarse a las ráfagas de metralleta si los descubrían escondidos en los bajos del coche. En lugar de mostrarnos abiertamente toda esa crueldad, el director opta por sugerirla tangencialmente. A cambio, nos ofrece, de forma más explícita, una historia más apasionante: el proceso de resensibilización del protagonista. Por su propia iniciativa y por su sagacidad para detectar personajes sospechosos, se le encarga el seguimiento y control de un escritor que vive con una atractiva actriz y que se codea con un nutrido y bohemio círculo de artistas. El escritor y su mujer se aman profundamente. Además, eran admirados como intelectuales del pueblo y respetados por el Partido.

 

Wiesler en su anodina vida como espía de esas vidas ajenas, comienza a emocionarse, a identificarse con sus ideales (la perfectibilidad humana, la capacidad de cambiarse a uno mismo y a los otros…) y a comprenderlos. Comienza a cuestionar su propio trabajo y, en un desliz de su férrea formación policial, a intentar ayudar a la pareja. Pero sus ayudas incrementan las calamidades que todos van a padecer. En la trama del relato, un ministro de cultura perseguirá y chantajeará a la actriz. El escritor se implicará en la redacción de un artículo publicado en el Oeste denunciando que en el Este no hay estadísticas de suicidios, a raíz del que acaba de cometer un director de teatro primero ensalzado y después censurado por el Partido. La engrasada maquinaria represiva del Estado se encarna en sucesivos personajes robotizados, en una cadena de obediencias, ambiciones y recíprocas suspicacias que se vienen a romper, precisamente, por el eslabón del protagonista. Wiesler muestra las contradicciones y la fragilidad de un sistema que no deja títere con cabeza. A todo el que criticase no sólo al gobierno, sino a cualquier instancia del Estado, se le preguntaba el nombre. Las bromas políticas eran un pasaporte seguro a las mazmorras o a la degradación profesional. Una mirilla de la puerta de una vecina. Un niño con un balón en un ascensor. Un experto en máquinas de escribir. Unos sótanos donde se registran las cartas. Un cielo de invierno con ramas desnudas. No hay una sola escena que deje de emocionarte y de envolverte en esa atmósfera de “gran hermano”. Al final, la reunificación de las dos Alemanias no cesa de inquietarnos al comprobar cómo continúan dichas y desdichas desigualmente repartidas.

 

La película brilla con luz propia al mostrar de una forma sutil y elegante los distintos flancos desde los que se criticaba, desde dentro, al régimen socialista o, también llamado, capitalista de Estado. Y cuida magistralmente el suspense, los detalles escénicos y las semillas de humanidad que se destilan entre tanta vida gris. Más de dos horas sin pausa para preguntarse por las relaciones entre la política y nuestro sistema nervioso.

 

crítica a los test...

crítica a los test... Crítica a los test de parejas por internet: si alguna vez has tenido la tentación de asomarte a esas páginas web que auguran contactos sentimentales para los ávidos por encontrar su media naranja, habrás percibido, a poco que te asole una mínima intranquilidad poética, que hay muchas ausencias, fallas y simas volcánicas, en los llamados “perfiles personales” (un interrogatorio policial más, una simplificación más, papel de lija, erosión de lo que deviene); aquí va una lista incompleta de algunas de ellas:

 

-forma de colocar el cepillo de dientes

-modo de usarlo, ¿salpica?

-olor corporal, en las zonas más erógenas y en las menos

-sensibilidad en la comisura de los labios

-hora del día en la que prefiere fornicar

-espacio de la cama empleado para dormir

-apego físico, o desapego, durante las horas de sueño

-número de veces que puede soportar la cama deshecha

-irritación con las formas y aspectos de otros enseres domésticos

aunque cada cual pague su hipoteca o alquiler respectivos

-tasa de tolerancia, adaptación y sacrificio

ante las preferencias invariables del otro

-grado de autocrítica y, a la inversa, de autocomplacencia

-coincidencia léxica básica en torno a conceptos como ‘amor’,

‘sexo’, ‘amistad’, ‘in-fidelidad’ y otros más escabrosos

-número de horas de soledad, y tipo,

que no está dispuesto a compartir con nadie

-ídem que sólo compartiría con terceros

-secretos sólo confesables bajo coacción

-deseos y fantasías que no comportarían ruptura marital

-partidos políticos por los que nunca tomaría partido

-formas de mirar a amigos y demás miembros del mismo

o diferente sexo en cada escenario de interacción

-pasión, o vicio, por el maquillaje, el deporte,

las compras, el trabajo, el dinero, etcétera

-grado actual de desintoxicación y tendencias emergentes

-gusto por hablar durante los prolegómenos orgásmicos

-traumatizaciones y dramatizaciones infantiles

-incredulidad acerca de las estadísticas de separaciones

y divorcios

-confianza ciega en que el amor, o como se llame, no es imposible.

 

Nota anexa importante: Los creyentes impenitentes alegarán, por supuesto, que todo es subsanable, antes o después, lo importante es contactar. Los escépticos nihilistas sospechan que esa nueva simulación también está abocada al fracaso: tales rasgos ni se pueden poner por escrito, ni decidir unilateralmente de antemano. De ahí la gracia por descubrir en vivo y en directo al sujeto de deseo. Lo otro, el negocio del emparejamiento cibernáutico, es sólo una zarandaja.

 

León y Olvido

León y Olvido

 

Marta Larralde es la co-protagonista, junto a Guillem Jiménez, de León y Olvido, dirigida por Xavier Bermúdez y que vio la luz, después de largos empeños, en 2005. Es una película ambientada en La Coruña, pero sin pompa, austera, cruda y conmovedora. Apenas se escucha alguna melodía a lo largo de la proyección. León tiene síndrome de Down y convive con su hermana, Olvido, la cual trabaja en un taller textil desde que ambos se quedaron huérfanos. Lejos de una parábola psiquiátrica o pedagógica acerca de la condición de vivir con síndrome de Down, el relato va enmadejándose a partir de las intensas ambivalencias que suponen su mutua convivencia y dependencia, y sus respectivas aspiraciones. Nada es fácil y todo está a punto de quebrarse. La inestabilidad laboral, los abusos de autoridad y la libido de todos los personajes, son finamente implantados como marcapasos de corazones frágiles y fuertes a la vez. Ni complacencia, ni conmiseración: León y Olvido luchan por no caer por el acantilado de las adversidades. Pocas veces se ven regalos de flores, silencios y declaraciones de amor con tanta sinceridad. A Marta Larralde la recordaba por otra gratificante película, tres años atrás, rodada en Vigo: Lena (dirigida por Gonzalo Tapia, 2001). Allí también era huérfana de madre y también estaba empleada en una fábrica portuaria, y también le tocaba cargar con las miserias de su padre alcohólico. Allí también intentaba abrir pequeñas vetas para su libertad aunque todo a su alrededor se pusiera en contra. A través de sus ojos y de esas ciudades cercanas, puedo reconstruir mis paisajes humanos, afilar mis dientes, llenar de aire los flotadores. No aptas, pues, para almas pusilánimes.

 

películas con adolescentes

películas con adolescentes  

Little Miss Sunshine” pertenece al subgénero de películas que me permiten compartir buen cine con mis hijos sin tener que ceder, por mi parte, al bombardeo de superproducciones llenas de efectos especiales y dirigidas a “todos los públicos” infantilizados y atolondrados por la industria del espectáculo (tipo “King Kong”, “El señor de los anillos”, “Piratas del Caribe” y similares). Al verla, me acordé de otras películas que también ponen patas arriba esa dictadura del “éxito a toda costa”, esa división del mundo entre “triunfadores y fracasados”: “Las mujeres de verdad tienen curvas” o, la más reciente, “C.R.A.Z.Y.” Estas mismas películas, con su modesto presupuesto y su sabiduría a la hora de narrar historias mínimas y mimarnos con simpáticos detalles existenciales, son un ejemplo patente de lo poco que es preciso para “triunfar” en la vida, para ser alguien, para que tenga sentido, para que la sintamos acompañados. A veces, echo de más su excesivo énfasis en la unidad familiar, con esas frases estridentes del tipo “y recordad que, por encima de todo, somos una familia” (habitualmente pronunciadas por la mamá, última garante del viejo pacto de sangre). La familia como si fuese el único sustento social de las almas desamparadas o, simplemente, despistadas. Pero lo cierto es que cuanto más humor, sencillez y cariño se respiran en tales cintas, más a gusto me siento compartiéndolas con mis chicos ya casi adolescentes, con mi familia, a fin de cuentas. De hecho, los sábados por la tarde hemos recurrido con frecuencia a retrospectivas del sarcástico Woody Allen y de los no menos Monthy Python, y a otras simpáticas desventuras como aquella de los hermanos Cohen, “O Brother!”, o “Elling”, la de aquellos dos tiernos chiflados nórdicos que son externalizados de un hospital psiquiátrico y confrontados a vivir por sí mismos en un piso supuestamente tutelado (uno de ellos, para más sorna, regalaba sus poemas dejándolos en el interior de los alimentos envasados del supermercado).

 

En “Little Miss Sunshine”, la protagonista, podríamos decir, es una niña de siete años que desea fervientemente participar en un concurso de belleza. Pero es un poco gordita y viste, además, unas gafas que le cubren media cara. Su abuelo, que ha sido expulsado de la residencia de ancianos por esnifar heroína, le ha ayudado a preparar su actuación. Olive, la niña, tiene un hermano de unos quince años que lleva varios meses obcecado en no hablar, que odia a toda su familia y que sólo quiere ser piloto de aviones de combate. El padre anda a vueltas con un proyecto de escribir un libro sobre los diez pasos para ser un ganador (“refuse to lose”). De la madre, poco sabemos excepto que acaba de incorporar al hogar familiar a su hermano, un profesor especialista en Proust y homosexual que ha intentado suicidarse tras un desengaño amoroso. Todos se subirán a una vieja furgoneta a la que se le rompe la caja de cambios, entre otras averías, para acompañar a Olive a realizar su sueño en el ridículo hotel donde las niñas queman su infancia por emular a Miss California. Lo curioso es que el viaje irá también poniendo de manifiesto cuán ridículas o nimias son cada una de las aspiraciones de la singular trouppe familiar. Todo desembocará en una convulsiva transgresión de las convenciones y en la reanudación de los lazos familiares que aún subsisten, pues durante el periplo alguno se quedará por el camino. En fin, lo dicho, bonito manual de autoayuda para tomar con palomitas.

 

canciones

canciones

 

687 kilómetros conduciendo pueden ser una eternidad o una simple etapa de un viaje hacia no se sabe dónde. Poco después de pasar Haro hay dos señales que indican distancias a numerosas ciudades, todas muy alejadas de Logroño, mi punto de destino. 693 kilómetros a Alicante, decía. Y me acordé de mis amigos allí y de los amigos de otros amigos y de quien se pasa la vida en la carretera de un lado a otro. Es curioso, todo continúa. ¿Qué señalizaciones excéntricas habrá en Alicante: Huelva, Faro, Port Bou, Ámsterdam…?

 

El domingo había amanecido radiante en Galicia. Un domingo templado, otoñal, imprescindible. Desde que se inició el crepúsculo del día, adelantado ahora a poco más de las seis de la tarde por mor de los designios tecnocráticos, una luna llena, repleta, saciada y sublime, se dejaba vislumbrar entre algunas nubes veloces y regalaba, por su cuenta, toda su luz a raudales. Durante todo el viaje, como siempre, me dediqué a rastrear músicas entre las bolsitas de los “cds” y a adivinar en qué momento y con qué frecuencia se resintonizaría de nuevo “radio 3” después de Ourense, antes del Padornelo, entre Benavente y León, el vacío mesetario al atravesar Palencia, 94.3, 99.9, 101… Otras veces, cuento y recuento velocidades medias, minutos por kilómetro, kilómetros entre ciudades, sólo para no dormirme.

 

Después de escuchar viejos temas de los Doors, Fela Kuti, Lou Reed y Van Morrison, me pasé a la sección de skatalíticos y alter-latinos, desde Los Fabulosos Cadillacs, Manu Chao y Amparanoia, hasta otras cancioncillas de grupos menos conocidos como Ki Sap, Nen@s da Revolta, Os Diplomáticos de Monte Alto y los inimitables, e irrepetibles, Hechos contra el Decoro. Sería por la luna, sería por las meditaciones que provoca todo viaje, dos canciones me laceraban las cuerdas vocales, como si las estuviese inventando yo mismo. Como si el tiempo no les hiciera mella: “Antídoto” de Potato y “La huella sonora” de Juan Perro.

 

vía verde

vía verde

En Logroño comenzaron las fiestas de San Mateo el sábado. Toda una orgía de vino y sangre de toro. Me fui a Calahorra, a cuya entrada un cartel la presentaba como “la capital de la verdura”. A los pocos kilómetros de pedalear por la vía verde, comencé a mirar fijamente hacia aquellos montes arcillosos y secos que bordean los ríos. Para los geólogos son conglomerados depositados allí por las aguas hace millones de años, no verdaderos montes, cárcavas sometidas a una intensa erosión. Para mí, eran sólo nichos de buitres leonados, sombras fijas y sombras móviles que te acompañarían todo el trayecto. Cuanto más silencio y majestuosidad me inspiraban, más comenzaban a ronronear los pensamientos. Nunca hago estas rutas demoledoras para huir, sino para encontrarme. Para medir mis fuerzas, tomarle el pulso a la soledad, examinar el curso de mi vida y de sus sedimentos. También para impregnarme del conocimiento local, de los pueblos que aún respiran. La vera del río Cidacos me hizo recordar los nombres de esos botes de conserva que conoces desde la infancia. Al igual que todas esas naves industriales de Autol donde cultivan champiñones. Son palabras y lugares que hasta entonces sólo eran etiquetas abstractas de alimentos. Septiembre está ya muy avanzado. En las higueras muchos frutos han fermentado y su alcohol dulce atrae a los depredadores más tardíos. Me empacho poco a poco de ese regalo salvaje, y de las últimas moras casi decrépitas. Sonrío, tomo velocidad y la mente se me obnubila. Los olivos, los nogales, los manzanos, las matas de lúpulo, los almendros con sus vulvas abiertas, y toda esa milagrosa maleza de ribera van quedando atrás hasta que me adentro en nuevas huertas y no puedo evitar inundar mi paladar con uno de esos tomates hirviendo al sol del mediodía. Entre Arnedo y Arnedillo el río desaparece entre un lecho de guijarros. Y me pregunto si eso es otra metáfora. Crecidas de agua y sequías transitorias, remontar el río hasta sus orígenes a pesar de los espacios vacíos. El paisaje está dentro de uno, sólo hay que leerlo. Junto a las aguas termales busqué un lugar con vistas para comer y a mi lado se sentaron una familia de marroquíes, primero, todo hombres, y de ecuatorianos, después, esta mixta y también de todas las edades. Y furgonetas con música. Subir a la montaña siempre gratifica, pero no son necesarios los sermones. Sólo la contemplación serena del afuera y del adentro, de cada una de las sílabas que le dan sentido. Volví a descender atravesando aquellos tenebrosos túneles por los que circuló el ferrocarril antes de que lo liquidaran. Ahora todos aspiran a su todoterreno y a convertir las huertas en piscinas y los senderos en chiringuitos con parque municipal adyacente. A medio camino la bicicleta se averió. Las horas de gozo nunca duran eternamente, pero el percance lo interpreté tan sólo como una advertencia del destino para correr menos, para dejarme guiar por las oropéndolas y por los silbidos de la brisa.

 

madres

madres

 

el cortometraje “Madres” (Mario Iglesias, 2005) ganó el “Festival de Cans” en su edición de 2006, no sé si merecidamente pues no pude asistir, pero de lo que no cabe duda es de que la historia estremece, emociona, hace pensar, ¿y qué más le podemos pedir a la ficción?

 

el festival de Cans se ha celebrado ya tres años en la localidad de Cans, en el ayuntamiento de O Porriño (Pontevedra) de forma paralela al de Cannes, y gracias al mismo, los premios otorgados allí sirvieron para que se proyectasen de nuevo las películas ganadoras en el “Festival da Poesía” de Salvaterra de Miño,

 

“Madres” presenta a una pintora artística que regenta una escuela de pintura en una localidad costera gallega, tiene una niña de unos tres o cuatro años todo el día pegada a ella, y también está embarazada de un nuevo retoño, sin que se haga ninguna mención en la narración a padre alguno, como si no fuese necesario ni importante para la crianza, pero sugiriendo una cierta tensión entre la autosuficiencia de la protagonista (Isabel Rey) y su extrema y solitaria sensibilidad,

 

un día se presenta una señora en el estudio solicitándole un retrato de un hijo de ocho años que murió junto a su padre en un accidente de tráfico, sin embargo, la señora no dispone de ninguna foto del hijo, sólo de una del marido a la edad de 38 años y le pide a la pintora que “le quite 30 años a esta foto”… el encargo no le deja dormir durante semanas tras todo tipo de intentos fallidos y de preguntas acerca de la evolución de alguien que no pudo llegar a ser, y de la vuelta atrás de alguien que ya fue…

 

no hay mucho más que decir sin desvelar lo que va sucediendo, todo parece una melodía de la naturaleza, de la forma en que la complicamos los humanos, de los cruces de caminos que nos plantea la vida y de cómo, al final, cuando no le damos la espalda, damos a luz algo que realmente merece la pena, también para nosotros

 

Verano en Berlín

Verano en Berlín

La formidable película dirigida por Andreas Dresen, Verano en Berlín (2005), resulta más verosímil si la ves en verano, en un verano caluroso, repleto de tiempos lentos, nunca muertos del todo. Pero que nadie se llame a engaño. Lo de menos es el verano. Lo que importa es la ternura, la vida pesada como una barra de acero que a veces se deja moldear, la sensación de que el tren pasa siempre a la misma hora. Los diálogos son tan sencillamente irónicos que te inundan de interrogantes: ¿cómo salir de los nudos en los que la amistad es puesta en entredicho? ¿qué deseas de una pareja y a qué estás dispuesto para tenerla cerca? ¿qué es la humanidad?

 

Cuando vi la cartelera pensé: “hummm, otra película sobre la vida cotidiana, puede ser interesante”. La mejor actitud desprevenida para que los impactos emocionales te golpeen por la derecha y por la izquierda, directamente al estómago, con un amago de gancho. Katrin (Inka Friedrich) busca trabajo, malvive con los que va encontrando, se deja caer en el alcohol, se deja salir del alcohol, tiene un hijo casi adolescente y casi enamorado (Max: Vincent Redetzki) que es su mejor raíz a este mundo, aunque sea sólo un lastre más para los empresarios que podrían contratar a una mujer de cuarenta años. Nike (Nadja Uhl) regala su trabajo cuidando a ancianos en sus domicilios, y lo regala porque les lee libros, les escucha su música, les acompaña con la misma ternura y convicción que espera recibir ella cuando envejezca. Y cuanto más se excede de su horario laboral, más reprimendas tendrá de sus jefes. Ambas son amigas, se quieren, tal vez se desean, y ambas desean a algunos hombres, a veces al mismo hombre, aunque casi ninguno da la talla. El balcón de Nike en un viejo edificio de Berlín Este es su atalaya contemplativa. Otros edificios simples, otros hombres simples, sus propias vidas llenas de complicaciones. Katrin pinta cuadros de esos edificios e intenta, sin éxito, vender uno para poder comprarle unas zapatillas de correr a Max. Max corre detrás de una niña que sale todos los días a correr ciudad arriba, ciudad abajo, para suplicio de ese niño que nunca la alcanzará. Ni siquiera invitándola a su atalaya particular, una buhardilla con viejos sofás y una azotea desde donde vuelven a verse edificios simples, sentimientos desnudos, el cielo diáfano.

 

Podría parecer una película bodegón, un realismo descarnado con unas gotas de atardeceres naranjas, noches de luna amarillenta, unas melodías aflamencadas, bicicletas, perros, cervezas, girasoles. O la vida complicada de dos mujeres que comparten su soledad con tres pisos, y muchos deseos, por medio. Pero no hay una sola escena que te deje indiferente. La vida está llena de perplejidades, de personas con necesidades vitales y necesidades de otras personas, y no puedes pasar por ella sin decidir, o decidiendo quedarte al margen. Te puedes hacer adicto al alcohol, a un ideal de hombre protector o, como le ocurre al camionero de alfombras (Ronald: Andreas Schmidt), a un modo de vida que se columpia sobre las debilidades de los demás. Quien ayuda, también necesita ayuda. No es necesario ser profesional, es más, la película muestra a más de un profesional con todas sus arbitrariedades. Las adicciones, como las contradicciones, son objeto de nuestra filosofía necesaria, debemos tener una caja de herramientas preparada en el armario. Como he leído en un comentario de otro espectador/a: “parece un grito para mujeres, abrid los ojos y aprended a quereos a vosotras mismas porque los cuentos de hadas no existen y, si existen, terminan irremediablemente”. Un grito, quererse, cuentos: lo cotidiano es siempre una amalgama de todo eso, de estaciones que se nos van pasando. Ni siquiera el conductor del tren viaja sobre seguro.

Tsotsi

Tsotsi

ni el ganar un Oscar les sirve a muchas películas para salir de las catacumbas, aunque los cinéfilos clandestinos de todo el mundo hacen su labor sigilosamente y por 5 Yuanes / RMB (renminbí), 0,5 € al cambio, te la puedes encontrar pirateada (sólo con subtítulos en inglés, ¡oh sorpresa! no importa lo que constase en la carátula) en un puesto callejero de Pekín,

 

es del año 2005 y está dirigida por Gavin Hood, aunque es, sobre todo, la verosímil y versátil interpretación del protagonista, Presley Chweneyagae, la que estremece a medida que se suceden las imágenes,

 

narra la historia de un joven, Tsotsi, que vive en uno de esos guettos de Johannesburgo, el famoso Soweto, con casas hechas a remiendos, donde coexisten la máxima miseria, el analfabetismo, los ladrones de coches y personas que buscan su dignidad y supervivencia a pesar de las ruinas de esta civilización,

 

en el “trailer” de la película se presenta el guetto, de una forma harto sensacionalista, como “un lugar donde no hay esperanza”, donde “la vida no tiene sentido”; en un momento dado de la narración, un policía se pregunta cómo encontrar al joven delincuente en esa maraña de un millón de habitantes, aunque al final, gracias a la delación de una residente del guetto, acabarán dando con él,

 

pero Tsotsi no es sólo un joven delincuente con tres acólitos a su mando, su sangre fría tiene una explicación y las contradicciones morales de todos los implicados y del propio espectador emergen desde los primeros minutos, cuando el protagonista se hace cargo de un bebé, sin saber muy bien cómo…

 

la mayor virtud de la película es que te mantiene constantemente pegado a la pantalla y ni siquiera el final estremecedor te da un descanso,

 

de hecho, no hay una sola escena que no contenga una tensión dramática, un duelo moral, un trance vital ante las duras circunstancias en que se encuentran los más marginados (y también algunos privilegiados que, por azar, han sido objeto de su violencia),

 

todo ello sin necesidad de grandes efectos especiales, sólo una embriagadora luz y hermosos enfoques fotográficos, diálogos lacerantes y personajes que parecen más reales que la vida misma:

 

sirva de ejemplo cuando el mismo Tsotsi se enfrenta a un mendigo parapléjico, desahuciado por un sistema que le dejó sin recursos después de seccionarle las piernas en una mina de oro, y que toda su razón de vivir es, tan sólo, que le gusta sentir el calor del sol en sus manos… y es que, incluso en la miseria, todavía hay jerarquías sociales,


por desgracia, ni esperanza, ni salvación, ni redención, tal como pretende vendernos la publicidad del largometraje, son los futuros presumibles para esta historia, en la ficción o en su descarnado presente en innúmeras metrópolis del planeta, pero nos abre tantas puertas a la comprensión de la privación social y de nuestros recíprocos privilegios, que merece la pena asomarse a ellas

atlas de experiencias

atlas de experiencias

en Chicago, hace casi dos años, rebuscando en las librerías de segunda mano, encontré uno de esos libros que alguna vez han sido algo así como “best sellers” y de los que ya nadie parece acordarse: “The Atlas of Experience”,

 

estaba cargado de aforismos, citas y rutas a través de ideas y sentimientos,

 

estos días, en Beijing / Pekín me encuentro con los mismos dilemas abiertos en vena por aquel libro: ¿qué buscas cuando viajas? ¿a quién buscas?

 

la primera vez que vine a este extremo oriente lo tenía muy claro: haré la compra, subiré en autobús, iré a las obras y a las oficinas, me levantaré a las horas de ir al trabajo,

 

en la película “El cielo protector” alguien decía que viajero es el que nunca sabe cuándo va a regresar a casa, y yo añadiría que es el que se mezcla hasta donde sus miedos le permiten,

 

y algo más: el que va trazando su mapa de experiencias, el que las busca y las recrea, los lugares son sólo excusas,

 

de hecho, sólo acabas recordando aquellos lugares que has vivido intensamente, el resto son postales,

 

turista debe ser cualquier otra cosa, una forma más de no ser parte de nada, de consumir la soledad, la extranjería,

 

ayer vi una camiseta con el siguiente slogan: “a world without strangers”, y por la noche un grupo de punk bastante experimental, “Hang on the Box”, me dejó igual de intrigado: ¿qué habrá dentro de la caja?