Blogia
ateo poeta

otras inspiraciones artísticas

una guerra más...

una guerra más...


El domingo pasado volvieron a proyectar en el CCCB (Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona) un nutrido grupo de documentales sociales y políticos. Bajo el título de “Exodus: Los márgenes del imperio”, rememorando el eterno clamor de Bob Marley, nos ofrecieron una muestra más de multitud de experiencias y voces críticas ante las demencias incesantes de este mundo. Es sorprendente y alentador que en ese lugar se abran a tanta gente estos trabajos y su acceso, además, sea gratuito. Los archivos también pueden consultarse fuera de los días de proyección pública y merecen toda la atención de video-activistas dispersos por doquier: http://www.desorg.org/. El documental que más me conmocionó fue “Cartas desde Beirut: La guerra de 33” (Big Noise Films, 2007). Quizás porque, incluso en los momentos de mayor impotencia ante las bombas, desprendía ese sentido poético de la vida que me alienta cada día. El rostro compungido, pero firme, de la periodista Hanady Salman que va leyendo las cartas enviadas a un blog cualquiera (http://beirutjournal.blogspot.com/), enviadas modesta y sinceramente al aire del ciberespacio tras cada ataque israelí el pasado verano de 2006. La vida cotidiana en las playas o en su oficina, alternando con un adolescente rebuscando entre los escombros de los edificios bombardeados o con una niña hospitalizada que había perdido a toda su familia. Las manchas de aceite y los colores difuminando las figuras al cambiar de escenarios. El pulso templado de los acontecimientos dolorosos. No es sólo una crónica desesperada de la masacre y de las complicidades internacionales, de nuestra pasividad, sino un ejercicio de resistencia solitario. Una forma de confiar en los detalles y en las pequeñas solidaridades que alumbran las ganas de vivir, a pesar de los pesares. Por eso son conmovedoras estas cartas, escucharlas de viva voz, pausadas, dignas, conminándonos a decir y a hacer algo a cada uno de los que estamos delante de la pantalla... En fin, una guerra más, un horror más con la venia y la complicidad interesada de quienes mandan. En una cadena musical he visto hoy el vídeo de Green Day haciendo una versión de otra canción clásica de aquellos músicos utópicos que ya no parecen abundar: “Working class hero”, de John Lennon. En las imágenes intercalaban crudas declaraciones de supervivientes de otro genocidio contemporáneo, el de Darfur (en Sudán). Entonces, de nuevo consternado, recordé que entre los documentales del pasado domingo se proyectó uno muy didáctico y agitador de tantos sentimientos de pequeñez, “Desobediencia” (Patricio Henríquez, 2005). Un desertor del ejército israelí, otro del ejército estadounidense (un joven que es, vaya paradoja, el hijo de aquel viejo sandinista nicaragüense, Carlos Mejía Godoy, que también cantaba en tiempos revolucionarios frente a la agresión militar de Estados Unidos) y un alto mando militar chileno que se negó a ejecutar los asesinatos sumarísimos impuestos por la cúpula militar golpista de 1973. Eran elocuentes en su mensaje: una guerra más -injusta e innecesaria como todas- y un soldado menos.



En el mundo a cada rato

En el mundo a cada rato


No sé si es por causa de las fechas navideñas o porque Cayetana Guillén Cuervo, la presentadora de Versión Española, no pierde oportunidad para aportar su granito de arena en pos de causas perdidas, pero la noche del viernes pasado (21 de diciembre) nos dio una auténtica bofetada moral con las cinco historias que forman la magnífica película “En el mundo a cada rato” (2004). No sé si de verdad estos esfuerzos de UNICEF, la instigadora de estas filmaciones, llegan a remover algo de este mundo tan demente: consumo desenfrenado, niños-soldado, masacres religiosas, esclavitud legal, penas de muerte, compra-venta de armas, locos en la carretera... Lo que sí logran es conmocionarte, arrancarte un grito de rabia, enfurecerte de impotencia. O no. ¿Por qué escribo, si no? ¿Por qué trabajo, educo, comparto, quiero, pienso, valoro... si no? No sé.


En “El secreto mejor guardado”, Patricia Ferreira puso a algunos actores de la India a contar el denodado empeño de Ravi por conseguir un uniforme con el que ir a la escuela, aunque siga con los pies descalzos, vendiendo comida en la calle, viviendo con su abuela como todo parentesco... y padeciendo las secuelas del SIDA que, probablemente, le legaron sus padres desaparecidos. “La vida efímera”, de Pere Joan Ventura, llega aun más lejos: varios niños mueren de malaria delante de las cámaras en un hospital de Malabo (Guinea Ecuatorial) donde la luz se corta en medio de las operaciones quirúrgicas y nadie ha visto jamás un “banco de sangre”. “Las siete alcantarillas”, dirigida por Chus Gutiérrez, no ahorra tampoco en fallecimientos y carencias de lo más básico, a los que se suman malos tratos a una madre, delincuencia de un chaval adolescente, “coleccionismo” de basura por parte de un padre y un paisaje sin asfaltar en una villa-miseria de Córdoba (Argentina). Javier Corcuera (el magnífico director de otra película que también me estremeció hace años, “La espalda del mundo”) presenta aquí “Hijas de Belén”, donde el trabajo duro en la economía informal de Iquitos (Perú) puede ser la única vía para que unas niñas, tenazmemente protegidas por sus madres y abuelas, vayan a la escuela y escapen de la prostitución. Finalmente, el optimismo y la risa por doquier estallan en la soberbia grabación de Javier Fesser, “Binta y la gran idea”. En la extrema región de Casamance, en Senegal, los prejuicios de la tradición patriarcal y una simpática anécdota en torno a una carta, se conjugan con sesiones escolares variopintas y, en particular, con una representación teatral de “concienciación” (al estilo del “teatro del oprimido”) acerca de los padres que no permiten a sus hijas ir a la escuela. Un enjambre de niños, colores y griteríos, al fin, dejan una estela de emociones y razones encontradas en el espectador.


¿Por qué persiste este mundo con millones de niños y niñas sin los más elementales derechos humanos? ¿Qué puede hacer una película por ellos? ¿Qué hacemos los que la vemos? ¿Es incluso el “arte realista” una evasión más para ciudadanos con “mala conciencia” por su propio bienestar en abundancia? No sé. Sólo puedo decir que estas obras (documentales al pleno, por lo menos las tres últimas, y gran parte de las dos primeras) merecen muchas más palabras, atención y acción que cualquiera de las decenas de películas comerciales, más o menos vacías e intrascendentes, que estrenan todas las semanas en los cines.


 

La boda de Tuya

La boda de Tuya

Algunas de las últimas películas chinas que he visto no son fáciles de explicar a vuelapluma. Me ocurrió eso, de nuevo, cuando traté de contarle a otra persona la historia de La boda de Tuya (Wang Quan'An, 2006). Se me mezclaban duros paisajes de montaña, anécdotas inverosímiles para un occidental (imagino que también para muchos chinos) y reflexiones inacabables sobre la virtual universalidad de los sentimientos y la aplastante fuerza que ejercen las condiciones de vida sobre ellos. Los avatares de Tuya y su familia (un marido inválido de una pierna, un hijo de unos ocho años y una hija de unos dos) transcurren en una zona árida y despoblada de la parte de Mongolia, la llamada “Interior”, que está dentro de la República Popular China. La de Tuya es una familia que sigue pastoreando ovejas, cabalgando caballos y camellos, y soportando penosos trayectos diarios para obtener agua potable. Se alimentan básicamente de carne que riegan con frecuentes tés y aguardiente. Viviendo en tan duras condiciones, las cosas empeoran cuando la vigorosa Tuya, sobre quien recaía el peso de todas las tareas domésticas y ganaderas, sufre los primeros achaques y decide divorciarse y buscar un nuevo esposo con recursos suficientes para mantener a toda la familia: incluido su anterior esposo convaleciente, al que no quiere abandonar... Los pretendientes son pintorescos y el envite se muestra cada vez más insostenible. Aunque todo parece abocado al fracaso y a que se derrumbe esa frágil economía de subsistencia, nadie se dará plenamente por vencido.


Durante la proyección, me pregunté todo el tiempo si es posible quererse profundamente y cultivar el amor en los límites de esa miseria; por qué una mujer tan fuerte y autosuficiente aceptaba la humillante venta de su cuerpo y su vida al mejor postor como nuevo marido; lo dramático de esa China rural en desaparición y del no menos terrible futuro de explotación y discriminación que les espera a muchos de esos habitantes rurales y de etnias minoritarias cuando emigran a las superpobladas ciudades. La película, no cabe duda, es excelente a la hora de plantear esos y otros desafíos, tiñéndolos de toscos y hermosos parajes esteparios, casi desérticos. El ritmo, a veces, puede parecer lento, aunque sospecho cada vez más que esta es una valoración culturalmente muy relativa. Además, es digno de mencionar que, excepto la protagonista, el resto de intérpretes no son actores profesionales lo cual le confiere aun mucho más realismo, si cabe, al relato. Al final te queda la sensación de que la tristeza, como si se tratase de una fina niebla que aparece por sorpresa y lo impregna todo con su humedad, campa a sus anchas por esa estampa tradicional y aleccionadora.



documentales sobre anarquismo III

documentales sobre anarquismo III

“El honor de las injurias”, de Carlos García-Alix, recorre la vida de otro personaje que abrazó el anarquismo en su vertiente más violenta: Felipe Sandoval. Éste llegó a ser uno de los principales ejecutores de “quintacolumnistas” en el Madrid asediado despiadadamente por las tropas de Franco durante la Guerra Civil. Antes se había iniciado en estafas, atracos, secuestros y asesinatos selectivos de pistoleros derechistas que, a su vez, se dedicaban a aniquilar a sindicalistas revolucionarios. La voz en off del narrador y la abundancia de imágenes en blanco y negro extraídas de múltiples archivos, ofrecen una visión trágica, sangrante, abrumadora y apocalíptica. El narrador y director, aunque no deja de guiarnos de forma explícita, se coloca en una tierra de nadie, existencialmente distante tanto del fascismo rampante que asoló el país, como de los utópicos anarquistas que quisieron hacer la revolución “aquí y ahora” en uno de los momentos más convulsos del siglo XX. Ni siquiera por omisión se pueden deducir sus preferencias: su descripción de los acontecimientos (más bien, de carácter contextualizador, demasiado puntuales y salpicados) no se retrae de comentarios que denotan un profundo escepticismo ante la política. Pero la elección de Sandoval como hilo conductor no parece fortuita: quien nace en los arrabales de la miseria tiene derecho a la revancha, a dejar de servir. El problema, más bien, parece residir en los medios que se emplean para esa emancipación y en lo que hacen los demás actores -amigos, enemigos y terceros. Si algo consigue esta cinta, por lo tanto, es bañarnos en una estética sucesión de postales de época a la vez que suscitarnos dudas de todo tipo ante aquellos revolucionarios abocados a la acción pistola en ristre. ¡Qué lejos de aquellos magníficos cinco minutos de “colectivización” representados en Tierra y Libertad, de Ken Loach!



documentales sobre anarquismo II

documentales sobre anarquismo II

“Lucio”, escrito y dirigido por José María Goenaga y Aitor Arregi, posee un extraño magnetismo desde el primer momento, fruto tanto de lo insólito de las hazañas de su protagonista, como del acertado dinamismo que agita toda la narración. Su cercanía en el tiempo y el hecho de que Lucio Urtubia siga vivo actualmente (nació en 1931) excita aún más las cábalas del público. Además, los arreglos artísticos e infográficos le dan a la cinta, intermitentemente, un agradable aire simpático y cómplice con las “fechorías” narradas. La biografía de este albañil navarro está fraguada de un constante inconformismo ante las injusticias que le rodeaban desde que tuvo uso de razón: en la mili, por ejemplo, sustraía todo lo que podía del cuartel para distribuirlo entre sus parientes, hasta que fue descubierto y huyó a Francia. En París trabó relación con Quico Sabaté, el “forajido” anarquista más buscado durante el post-franquismo hasta que fue abatido al atravesar los Pirineos en 1960, y usó sus armas para cometer los primeros atracos, o “expropiaciones”, a bancos. Al poco comenzó a falsificar billetes y “se vio envuelto” en el secuestro de un director de banco de cuya acusación salió absuelto gracias a las piruetas diplomáticas del momento entre Francia y España (finales de la década de 1970). Toda esta trayectoria militante clandestina, paralela a una aparente vida rutinaria como obrero de la construcción, culminó con su golpe más decisivo: la falsificación masiva de cheques de viaje del Citibank. Aunque Lucio fue encarcelado por este delito, los directivos del banco acabaron accediendo a negociar con el reo y éste incluso consiguió, junto a la libertad, unos cuantos millones de dólares más a cambio de devolverle al banco las placas de imprenta, tan pluscuamperfectamente imitadas, y todo el stock de cheques falsos ya impresos. Como él mismo confiesa, nunca se afilió a ninguna organización anarquista, desconfiaba de la inercia autoritaria de toda organización política o sindical y se puede afirmar que su anarquismo era bastante ecléctico y autodidacta. De hecho, grandes sumas del dinero falsificado fueron a parar a todo tipo de organizaciones izquierdistas y terroristas que poco tenían que ver con el anarquismo. Los múltiples admiradores que consiguió, no obstante, destacaban siempre el altruismo y honestidad de sus esfuerzos militantes, así como su innata inteligencia práctica sin haber cursado estudios reglados de ningún tipo. Es una lástima que, al final, se pase rápidamente por el intento fallido de Lucio de crear una empresa cooperativa en el ramo de la construcción y que acabe formando su propia empresa de corte capitalista de la que también desconocemos el número de empleados y sus condiciones de desempeño. Por lo demás, se trata de un excelente ejercicio que pone de relieve algunos de los intersticios del “sistema” dominante.



documentales sobre anarquismo

documentales sobre anarquismo


El pasado miércoles asistí en los cines Golem de Madrid a la proyección de tres documentales sobre el anarquismo gracias a las invitaciones que recibí gentilmente del programa de Radio 3 “El séptimo vicio”. Ante todo, mis más sinceros agradecimientos a Tolentino y a sus compañeros cinéfilos por ese programa que nos dan lo que en materia literaria (y sabrosa teatralidad radiofónica) nos quitaron ya hace años en esa emisora, flor y nata de mi adicción desde la adolescencia.



“Casas Viejas”, de Basilio Martín Patino, reconstruye los sucesos de 1933 en los que más de una veintena de personas fueron brutalmente masacradas por la Guardia Civil después de que en esa aldea de jornaleros andaluces proclamaran el “comunismo libertario”. Aquella valiente e ingénua revuelta acabó en una matanza que escandalizó al país entero cuando se conoció con algún detalle, y hasta una comisión parlamentaria se desplazó al lugar de los hechos para escuchar los testimonios de los supervivientes. No obstante, sus responsables militares y políticos quedaron impunes, igual de ufanos que los señoritos terratenientes a quienes éstos defendían. El documental no escatima en imágenes que ponen el dedo en la llaga y utiliza el original recurso de combinar entrevistas a ancianos y a un cineasta británico que vivieron aquel acontecimiento, reconstrucciones por parte de dos catedráticos de historia (uno, mi ex-profesor Antonio Elorza) y de un histórico líder de la CNT (García Rúa), con amplios recortes del metraje que en su día grabó con fervor propagandista el director soviético Ehrenburg y que Stalin decidió ocultar en algún sótano de la Historia.

La pasión de Michel Foucault

La pasión de Michel Foucault


El libro que me ha atrapado durante los últimos dos meses es una obra, ante todo, densa, espesa y extensa: La pasión de Michel Foucault (James Miller, 1993). Se trata de una biografía del filósofo francés en la que se alternan exégesis de sus principales ideas y un relato a trompicones de algunos de sus acontecimientos vitales más significativos. Me lancé a esta lectura sin reparar un instante en sus implicaciones. Podía hacerlo simplemente para seguir afinando mi dominio de las teorías que Foucault propuso en sus intrincadas publicaciones (Las palabras y las cosas, Vigilar y castigar, Historia de la sexualidad, etc.) y que tan afanado me tuvieron durante años (desencriptando, primero, y evaluando, después). Pero también podía tomarme la lectura con un distanciamiento literario, dejándome llevar por la curiosidad hacia vidas ajenas, por el carácter sorprendente y novelado de un personaje singular del siglo pasado. Posiblemente fueron ambas cosas las que me motivaron, pero no menos lo hicieron numerosos interrogantes acerca de mí mismo que ese espejo desnudaba desde la primera página.


Del Foucault “activista” frente al sistema carcelario y la homofobia tenía vagas noticias y, más que nada, una simple e ingénua admiración. A este respecto Miller muestra cómo se va gestando tardíamente su politización, los gestos públicos que adopta y su progresivo distanciamiento del izquierdismo más guerrillero. Del Foucault “académico” Miller presenta de forma algo simplificada, pero precisa, las principales tesis de cada una de sus obras. Lo mejor es que las emplaza en una red de complicidades filosóficas y literarias (entre las que destacan las figuras de Nietzsche y de Gilles Deleuze) que el propio Foucault se encargará de destejer con sus habituales ademanes escurridizos. Me resultó curioso, no obstante, comprobar cuán diferente fue en su día mi lectura sociológica de los libros de Foucault y por momentos me resistía a aceptar en la biografía confeccionada por Miller esa ausencia de subrayados en el método y en las proposiciones teóricas que de forma tan brillante aportó, a mi entender y al de muchos, al análisis sociológico.


Pero lo que sin duda constituye la fuerza motriz de este libro es la recomposición “humana” de Foucault como alguien fascinado y siempre al borde de “experiencias-límite”. La muerte, la locura, la violencia y el sadomasoquismo son algunos de los ejes que, al parecer, nutrían cada uno de sus actos solitarios y sociales. Su fallecimiento a causa del SIDA, posiblemente a raíz de sus temerarias prácticas sexuales en el “mundo del cuero”, va hilando la narración hasta culminar con las disquisiones últimas del filósofo -aparentemente contradictorias con todas sus provocaciones anteriores- acerca de los límites éticos de la violencia y del conocimiento de la verdad sobre uno mismo. Este maestro de la desconstrucción crítica de los conceptos convencionales poseía, además, un magnético don para envolver sus escritos artísticamente, con ficciones estéticas y sugerencias líricas, fruto evidente de sus propias convicciones acerca de las lábiles fronteras entre distintas formas de pensamiento. Nunca imaginé, pues, que se tratara de un hombre tan excesivamente serio, tan excesivamente irreverente, tan excesivamente inquieto, y discretamente apasionado. Tan excesivo, en definitiva. Por todo ello (corolario) encuentro conmovedor este relato sobre su vida y su obra, superando con creces a muchas novelas al uso con las que te distraes en el metro y, sobre todo, poniendo de relieve cuestiones espinosas (acerca de la libertad, la ciencia o el placer, por ejemplo) que cualquier persona inconformista y sensible se suele plantear.



Padre nuestro

Padre nuestro

Los relatos fílmicos también deben apasionarte. Como tantas cosas en la vida. Si no, ¿qué nos aportan? ¿con qué presupuestos las vamos a interpretar, a integrar, a darles sentido? El conflicto puede surgir, evidentemente, con valoraciones objetivas. Pero en las obras artísticas el margen para la valoración objetiva parece más estrecho que para la apreciación subjetiva... La película “Padre nuestro” (Christopher Zalla, 2006) posee indudables valores cinematográficos de uno y otro costal: ritmo y acción, diálogos ricos, personajes consistentes, escenas inesperadas... Además, como buen relato realista (recuérdense otras películas recientes de su género como Tsotsi, Pan y Rosas, El Jardinero Fiel, Crash, etc.), plantea dilemas morales meridianos. La sinopsis es orientativa pero puede ser engañosa de los grandes logros de esta filmación: un joven mexicano analfabeto y cuya madre ha fallecido, viaja clandestinamente a New York a la búsqueda de su padre que, supuestamente, ha acumulado una fortuna después de más de una decena de años como inmigrante. La riqueza del padre, en efecto, existe, pero escondida en los fondos de una miserable vivienda de Brooklyn en la que el hombre se intoxica de alcohol, de soledad y de horas extras cosiendo flores de tela. El joven es asaltado y humillado nada más darse de bruces con el suelo neoyorquino. Su identidad, para más colmo, es suplantada por otro joven mexicano con amplias dotes delincuenciales que pondrá al servicio de su taimada relación con su recién adoptado falso padre. La ingenuidad y arrojo de uno, las artimañas e inmerecidos beneficios de otro, la paradójica frustración del inmigrante perpetuamente ilegal e invisible, o el eslabón que representan una prostituta y otros trabajadores inmigrantes, se nos ofrecen no sólo como descripciones dramáticas de un submundo, sino como ejes de unos eventos que van a transformar la vida de cada uno de ellos. Cada imagen y cada escena iluminan esas transformaciones. Las palabras no sobran ni faltan. El corazón te palpita hasta el último momento.



qué tan lejos

qué tan lejos


En la 8º semana de cine solidario de Logroño este año han proyectado películas tan acertadas como “Qué tan lejos” de Tania Hermida (2006). Las dos protagonistas se alían, casualmente, en un viaje lleno de peripecias desde Quito hasta Cuenca (Ecuador). Esperanza es una joven española aparentemente ingénua, siempre dispuesta a hacer amigos y coleccionista de postales de todos los lugares del mundo a donde se escapa siemrpe que puede gracias a los descuentos que le proporciona el trabajar en una agencia de viajes en Barcelona. Teresa se le presenta a Esperanza con el nombre de Tristeza: una ecuatoriana aparentemente fría y altiva de clase acomodada que estudia filología en la universidad, lee con fruición a Octavio Paz y cree que se halla enamorada de, y correspondida por, un biólogo “mochilero” como ella que se va a casar con otra chica por, supuestamente, presiones familiares. A raíz de una huelga indígena que ha cortado las carreteras, ambas se apean del autobús y comienzan a caminar y hacer auto-stop para alcanzar su destino lo antes posible. En el camino se encontrarán con, y se acompañarán de, Jesús, un actor aparentemente huraño que lleva en una urna las cenizas de su abuela recién fallecida a Cuenca, para cumplir su última voluntad. Nadie es lo que parece y en su periplo van a emerger cariños y aprendizajes esenciales para cada uno. Son especialmente deliciosos los juegos de lenguaje y malentendidos, o sobreentendidos, que aparecen entre el idioma español de Esperanza y el propio, y a veces ininteligible para la primera, de los ecuatorianos. También la crítica velada al trabajo infantil, representada por brillantes niñas llenas de chispa, y la presentación del desparpajo con que los terratenientes se pasean en sus coches todoterreno por el país. Los estremecedores paisajes están sacados a propósito del marco de postal que busca la turista ávida de cosificaciones. Los personajes, finalmente, se desenmadejan con naturalidad y cada uno llega, sin traumas, a un estadio más de su vida. A muchas ideas previas en contra del machismo o a favor del indigenismo, por ejemplo, se les da bruscamente la vuelta obligándonos a cuestionarlas con más radicalidad. Y todo ello bajo la apriencia de una “road movie” sencilla y sin estruendo. Pero, ya os lo decía, nada es lo que parece.



cuentos japoneses

cuentos japoneses


Leer para quemar el tiempo de los viajes. Leer porque sales a la calle cada día con una luz distinta en tus ojos. Leer porque la curiosidad es más fuerte que tu voluntad. Entre los libros insólitos que he ido rebuscando en estanterías llenas de polvo y ferias de anticuarios, esta vez le ha tocado el turno a los cuentos japoneses de Lafcadio Hearn (1850-1904). Este greco-inglés acabó dando con sus huesos en Japón y de su enamoramiento de las delicadas costumbres niponas y de la hija de un samurai, surgió su devoción hacia la literatura de aquel país. Los cuentos de Kwaidan destilan fantasía, moralinas, budismo y feudalismo. Aunque el estilo narrativo puede parecer muy clásico para quien se encuentre ávido de innovaciones, la redacción nítida y la culta prosa que emplea (el traductor, por lo menos; es de suponer que siguiendo la estela originaria del creador) destilan una agradable sensación de placidez. Los personajes meditan, sueñan, son objeto de avatares sorprendentes y muchos parecen albergar una recia y ejemplar fortaleza de espíritu. Leer es también una forma de hacer amigos, de recrear los que tienes intercambiando las voces que leemos. Por eso Enrique me ha pasado otro libro del mismo Hearn que, sin duda, me abrirá nuevas ventanas al universo del Japón ancestral. Son sorprendentes los derroteros que va tomando la vida después de cada decisión que tomas, especialmente de aquéllas que son guiadas por una insaciable, y tal vez oscura, curiosidad.

 

 

 

 


La isla de los antropólogos

La isla de los antropólogos

 

 

 

 

“La isla de los antropólogos y otros relatos” es un libro escrito por Iban Zaldua (2002) que se deja leer con facilidad. La prosa no es ampulosa ni pedante; le basta la efectividad de una narración ajustada a los hechos. El lirismo, desde luego, no es para buscarlo en estas páginas. Casi todas las historias guardan una nota de humor o de drama macabro en su final, lo que las hace culminar con aceptable dosis de sorpresa para el lector. Inquietan algunas como la de un donante de sangre que accede a los experimentos de una médica sanguinaria y, a la vez, seductora. Un relato sobre la elaboración del primer censo deja en el aire la sospecha de que se matase a la población que no daba tiempo a ser contabilizada. Un relato con formato académico narra con sarcasmo las diatribas de los antropólogos que acuden una y otra vez a una isla del Pacífico donde los nativos han aprendido a darles imágenes distintas a los observadores. Un historiador económico, como el propio autor, descubre que la archivista de un pequeño ayuntamiento ocultaba turbias relaciones con anteriores investigadores. Un espía infiltrado en las filas enemigas muestra las miserias de su exitosa integración, sin mayor pena ni gloria. En fin, agradable juego de sombras para andar en la vida con un tercer ojo avizor.

 

Lavapiés (Madrid)

Lavapiés (Madrid)

 

Mundolavapiés es un Libro DVD participativo, que habla del barrio y sus habitantes, pero en el que, sobre todo, los habitantes hablan de su barrio, que es otra forma de hablar del mundo, de los muchos mundos que habitan Lavapiés. Este es el objetivo del libro, y es lo que ha determinado su elaboración. Sin subvenciones ni dependencias, buscamos abrir un proceso en el que pudiera participar todo el que quisiera. Más de mil carteles de convocatoria, asambleas, presentaciones, búsquedas, venta de postales, difusión directa y en medios, desde la calle misma. Se trataba de crear un documento vivo, plural, una muestra medianamente sugerente y significativa de la diversidad de gentes, iniciativas y experiencias de este barrio: sus habitantes de hoy y del pasado, sus paseantes, pero también los colectivos de todo tipo, asociaciones, artistas, colegios, músicos, niños y niñas, los con papeles, los sin papeles, con o sin residencia, en un intento de poner en común y comunicar el trabajo de gentes de todas las edades, de todos los lenguajes y modos de expresión: valía con aportar una frase cortita, un poema, una propuesta, una historia, una imagen...” A veces ocurre lo inesperado: que algunos documentos (textos desde muchas voces, imágenes desde muchos puntos de vista, músicas desde los márgenes del mercado) te fascinen por su forma, por su gestación y por su sustancia. Un acercamiento antropológico y popular a un barrio que deja huellas indelebles a quien lo ha vivido rascando alguna vez por debajo de la superficie. (Autoedición de www.mundolavapies.net, 2006)

 

resistencias

resistencias

 

 

 

 

Chilavert recupera” es un documental realizado por el Colectivo Alavío (www.alavio.org) sobre una de las múltiples experiencias de “reapropiación” de fábricas argentinas por parte de los trabajadores. Después de más de un año sin pagarles su salario y después de décadas exigiéndoles sacrificios por el “bien de la empresa” y horas extra gratuitas, el empresario se disponía a vender toda la maquinaria de la imprenta, declarando la quiebra y dejando a los operarios en la calle. En ese momento, éstos reaccionan de forma espontánea impidiendo la salida de las máquinas y ocupando las instalaciones. Cuando llega la policía para desalojarles, el “baño de sangre” es evitado gracias a la concentración de personas solidarias con su situación, en gran parte provenientes del movimiento villero (de las “villas miseria”) y asambleario surgido después de diciembre de 2001. Aprendiendo de otras experiencias semejantes, los trabajadores adoptan el lema “ocupar, resistir y producir”, iniciando los trámites legales para conseguir la expropiación estatal de la empresa y su cesión (aunque no indefinida) a la cooperativa que han formado. ¿Por qué no se habían rebelado antes contra el empresario que los explotaba? ¿Siempre hay que esperar a que el drama sea irreversible, a la gota que colme el vaso, para reaccionar al robo organizado por las clases dominantes? ¿Podrá subsistir con dignidad la nueva cooperativa bajo la amenaza del propietario estatal y las inclemencias del mercado en el que son un débil peón? Y, sin embargo, las preguntas terribles no pueden empañar del todo las lágrimas de emoción ante esas pequeñas batallas ganadas.

 

 

 

(tristes) idealizaciones

(tristes) idealizaciones

 

 

El verano es el momento ideal para darse un atracón de lecturas. En la feria del libro antiguo y de ocasión de Vigo encontré unas cuantas joyas y siento lo rápido que corre el tiempo antes de que pueda sumergirme en cada libro. Unas semanas atrás, también me surtí de otros textos “alternativos” en Traficantes de sueños. Sin mucho orden ni concierto paso de uno a otro: libros de política e historia (un recorrido por la ideología de la democracia de Luciano Canfora), de sociología urbana (un ensayo hipercrítico de Jean Pierre Garnier) y de paleoantropología (una revisión del evolucionismo por Juan Luis Arsuaga), el interminable libro de aforismos de Marcos Lorenzo siempre en la mesilla de noche, y, cómo no, merodeo y picoteo en todo lo que de poesía y narrativa cae en mis manos y que tenga algún viso de despertarme alguna pasión sobrecogedora (esa quimera…). ¿Será que la vida no tiene sentido? ¿Que sólo buscamos excusas con las que tapar su vacío de fondo, su final frío y cierto? Quizás la angustia procede sólo de buscar conocimiento, poder y seguridad ante los miedos que nos asolan, en lugar de simplemente dejarse llevar, divertirse, sentir nuestra animalidad sin trascendencia alguna –con los libros o con lo que sea. ¿Por qué, a pesar de todo, me arrebatan esas personas vitalistas y apasionadas¿ ¿Es que no se dan cuentas de la ilusión en la que estamos sumergidos?

 

El último relato corto que me he encontrado se titula “El hombre de mis sueños”. Su autora es Doris Dörrie, la cual también ha dirigido algunas películas con cierta repercusión (“Hombres, hombres”, por ejemplo). La historia narra la soledad en la que se encuentra una mujer joven, Antonia, que trabaja como modelo y que fue abandonando a sus amistades izquierdosas que criticaban su forma de vida superficial, manipulada y capitalista. Ella misma experimenta, al cabo de unos años, las frustraciones sentimentales que le depara su profesión y comienza a obsesionarse con la búsqueda del “hombre ideal”. Curiosamente, éste lo halla en un retrato de Boticelli que, por casualidad, se lo imagina proyectado en un hombre, Johnny, que pide limosna a las puertas de unos grandes almacenes. El susodicho resulta que ha estudiado sociología y ciencia política, y es otro izquierdoso más que ha renunciado a integrarse en el sistema, pero que sin mucha dificultad se acopla al enamoramiento incondicional, al modo de vida y a las rentas boyantes de Antonia. Para compensar ese evidente desequilibrio, Antonia propondrá hacer un viaje “mochilero” a Perú donde descubrirá lo doloroso de sus elecciones vitales y los interrogantes irresolubles acerca de sí misma como alguien que necesita a un “hombre ideal”… Para mayor confusión de Antonia, Johnny llegará a responderle con toda crudeza: “Lo único que quiero es vivir en paz y tirarme a una chica bonita de vez en cuando.” Aunque la historia pueda parecer algo inverosímil, los personajes y, sobre todo Antonia, son unos nítidos espejos de nuestras más comunes disquisiciones acerca de quiénes somos y a quién podemos querer. Y todo ello enmarcado magistralmente en un paisaje de aberrantes desigualdades y ruindades sociales. Lástima, o no, que el final nos deje con tantas dudas como al principio.

 

 

La suerte de Emma

La suerte de Emma

 

Cuando era niño tenía un pensamiento recurrente: si en algún momento sé con certeza que voy a morir, haré todo lo posible para paliar el sufrimiento. Pensaba, sobre todo, en la morfina o en cualquier otra adormidera de los sentidos. O en alguna explosión de placer, incluso prohibida. Con el paso de los años, aquella íntima reflexión eutanásica ha ido modulándose. Películas como “Mar adentro”, “El jardinero fiel” o la que he visto la semana pasada, “La suerte de Emma” (Sven Taddicken, 2006) presentan esos estadios previos a la muerte henchidos de paz, armonía y consciencia. En esta última, el protagonista decide huir a un remoto paraíso centroamericano para beber el néctar de sus últimos días una vez que le diagnostican un cáncer irreversible. Para ello, toma todo el dinero negro amasado por él y su socio en un negocio de compra-venta de coches usados. Pero el socio le persigue y sufre un accidente del que, algo inverosímilmente, sale indemne. Es así, casi por los aires, como llega a la granja porcina de Emma. Esta huraña, solitaria y espontánea campesina se enamora inmediatamente del recién llegado, y ambos se enfrentarán a la muerte cierta agarrándose fuerte el corazón. Que nadie espere un canto sublime ni a la vida ni a su despedida. Lo que verás, simplemente, es un paisaje de luces al alba y al atardecer, de ternura y de animalidad. Todo ello al filo de nuestros apegos a lo que, necesariamente, desaparecerá.

 

derecho al delirio

derecho al delirio

 

Benito Zambrano me ha vuelto a deslumbrar y a arrancar las lágrimas de cuajo. No lo tiene fácil. Soy un incrédulo y un criticón. Los romanticismos pasteleros me suelen causar aversión. Pero Zambrano, como Julio Medem, Montxo Armendáriz, José Luis Borau y tantos otros, mide los silencios, protesta contra las opresiones, aclama la belleza de las pequeñas cosas, nos desempolva la indiferencia ante los dilemas esenciales de la vida. Años después de su inolvidable Solas (1999), ayer vi Habana Blues (2005) en la televisión (como tantas veces, de la mano conductora de Cayetana Guillén Cuervo, sabia, optimista, seductora ¡la adoro!). En su día rechacé ir a su estreno en el cine pues lo que decían los periódicos irguió en mí el prejuicio de “vaya, ahora le ha dado por hacer un musical con el simple telón de fondo de la emigración cubana y seguro que sin un atisbo de distancia a su filocomunismo”. Para buenas historias de emigración, exilio, aviación, travesía, disenso interior o como se le quiera llamar, ya había visto el premiado documental Balseros o la más tremenda y autocrítica Fresa y Chocolate. No esperaba encontrarme nada novedoso. Craso error. Los tres personajes principales de Habana Blues -Tito, Ruy y Caridad- se pelean a tres bandas. Sacan a flote todas sus contradicciones, y las de la isla. Se aman, discuten, se alejan, se seguirán amando. Sus gestos son verídicos y profundos. En el último concierto del grupo de música protagonista, Ruy lo presenta reivindicando un ambiguo “derecho al delirio y a la utopía” y la canción de la traca final recalca que “no seas cautivo de idiomas o ideologías”. El guión de Zambrano hace equilibrismos entre su devoción y sus sutiles críticas al régimen, y a la sociedad cubana. El racismo soterrado, el machismo, el hambre, las camas compartidas, los empresarios españoles desembarcando con sus contratos leoninos y su arrogancia, la prostitución masculina y femenina, los mercados clandestinos, los músicos contestatarios de la escena alternativa, la lucha por partir. Sutiles pero atrevidas. Además de aquellos edificios en ruinas y de las noches ancladas en el pasado, recuerdo de mi única visita a La Habana aquel enorme cine en el que vi, en sesión continua, Todo sobre mi madre, de Almodóvar. Al final de la película, en el coloquio, lo he vuelto a ver lleno de espectadores que veían Habana Blues. Y en ese juego de espejos es imposible olvidarse de que somos parte de las buenas ficciones. Más en:

http://wwws.warnerbros.es/movies/habanablues/

 

 

sexualidades

sexualidades

 

“Sexualidades” es el título que le han adjudicado en Portugal a la película sueca-danesa “A Soap” (Pernille Fischer Christensen, 2006). (La verdad es que en el cine-estudio del Teatro Campo Alegre de Oporto estábamos sólo tres personas en la sala. Me entristece pensar que algún día puedan cerrar este cuarto oscuro donde se proyectan tantas maravillas.) Los únicos escenarios en donde transcurre la acción son los dos apartamentos de Charlotte y Verónica, y las escaleras que los unen. Charlotte es propietaria de una tienda de cosmética y se ha trasladado a ese barrio modesto huyendo de su marido, un médico recién estabilizado y con el que iba a comprar una casa después de cuatro años de relación. Verónica es un joven transexual que ha huido de sus padres y que espera una carta en la que le autoricen a realizar la operación de cambio de sexo gracias a la que se podrá “ver” como una “auténtica” mujer. Ambos están sumidos en la tristeza y la confusión. Las visitas del ex-marido de Charlotte y de la madre de Verónica (a la que sigue llamando Ulrick) acentúan aún más sus penurias. Por medio de unos reveladores gestos y símbolos llegamos a entender el dolor y el atisbo de amor que surge, a trompicones, entre las dos vecinas. Charlotte vive en el piso de arriba y se ha entregado a un frenesí de encuentros sexuales con todo tipo de hombres que hablan y hablan sin que a ella le importen lo más mínimo. La mayor parte de sus enseres siguen empaquetados en cajas de cartón. Los reencuentros con el ex–marido suscitan una tensión in crescendo. A Verónica la visita regularmente su madre. Le trae patés y revistas. Sin embargo, acude de incógnito pues no quiere que lo sepa el padre de Verónica, mientras que ésta insiste en que se lo diga. La madre siempre se queda en el umbral de la entrada. Verónica, incluso, llegó a comprar un regalo para el cumpleaños de su padre. Mientras, ejerce ocasionalmente, y sin mucho entusiasmo, la prostitución, y sigue puntualmente una telenovela… Por esa desacralización de la sexualidad y por la ternura y comprensión que inspiran los personajes, me ha recordado a otra brillante historia que he visto este año, Shortbus (John Cameron Mitchell, 2006), aunque ésta última más colorida, lúdica y explícita. Pueden parecer típicas historias de amor para un público gay y queer (transgénero), pero la verdad es que también tienen la enorme virtud de cuestionar arraigados prejuicios a partir de conmovedoras experiencias cotidianas. Por cierto, la delicada música (Thomas Dybdahl, Antony and The Johnsons…), los flashes en blanco y negro con voz en off, y los recurrentes almendros en flor, son agradables aditamentos de la trama. Página oficial (sólo en danés): http://www.ensoap.dk/.

 

Reggae en Roma

Reggae en Roma

 

El viernes tocó durante dos horas largas el grupo “Radici nel Cemento”. Fue en el Centro Social Okupado “Villagio Globale” (también llamado Ex-Mattatoio) de Roma. Según el cantante del grupo, el mejor espacio para conciertos de toda la ciudad. Seguramente se trataba de un elogio apropiado, y no sólo de la típica arenga a la afición local (no se dan cuenta muchos cantantes de lo desfasado que a menudo suena eso de “¿qué tal la gente de Vigo (o de la ciudad que corresponda)?” o “me encanta venir a esta ciudad…”, cuando cada vez hay más foráneos y nómadas acudiendo a los conciertos). El Villagio Globale es, ciertamente, enorme. Bajo la carpa del concierto acogería, de forma aproximada, a más de 5000 personas holgadas, y eso que durante la actuación central el público la llenaba a rebosar. En el edificio principal había varios espacios (biblioteca, habitaciones para talleres, bares, patio con mesas, etc.) y, entre ellos, otra sala acondicionada como “dance hall” con su DJ particular, algo más ecléctico en cuanto a las canciones que mezclaba, pero regresando a temas clásicos del reggae a cada poco. También antes y después del concierto amenizaron aquella noche sin fin magníficos DJs que hacían flotar al personal administrando sabiamente los efluvios de todas las cosechas del reggae. Radici nel Cemento debe ser un grupo bastante veterano en la escena alternativa italiana y, a juzgar por lo visto, moviliza a miles de seguidores por todo el país. Los tres de la sección de metales se lo pasaban en grande representando sus coreografías y el cantante principal bordaba las canciones. Entre una mayoría de melodías reggae introdujeron trepidantes ritmos skas y raggas (con algunos amagos rockeros a la sazón) que hacían vibrar a tantos fieles incondicionales. Y no podían faltar las exaltaciones de la filosofía pacifista, junto con otras llamadas a la “desobediencia”, a la libertad de un preso político kurdo y a la despenalización de la marihuana. Todo muy dentro de los cánones. Para mí, sin grandes innovaciones musicales con respecto a tantos otros grupos semejantes (y, en el género mestizo, a gran distancia de aquellos conjuntos tan imitados como Los Fabulosos Cadillacs o Mano Negra), pero con una puesta en escena sin mácula, armónica, contundente y bailable hasta la extenuación. Por cierto, mucha más mezcla étnica e interclasista en la audiencia que, por ejemplo, la que había (mucho más pija) en el festival de música electrónica independiente al que asistí en otro centro social (ya no okupado, aunque lo mantengan en el nombre, el Rialto). Y los precios en el Villagio Globale, bastante asequibles: la entrada, 7 € (5 si se llegaba antes de las 22,30 h.), y los zumos y botellas de medio litro de agua a 1 €. Las actividades musicales de los centri sociali de Roma aparecen en la guía del ocio semanal de venta en los kioscos: Roma c’è. Las de carácter más social y político, como la semana zapatista en el antiguo manicomio llamado Ex Lavanderia, hay que buscarlas por otros medios: un listado de websites, por ejemplo, se puede consultar en http://matteoroma.altervista.org/.

 

parece cine

parece cine

 

Cuando en su momento vi la magnífica “Dogville” (Lars von Trier, 2003) ya dejé huérfano a este blog de mis impresiones. Ahora, después de ver la última película del mismo director, “El jefe de todo esto” (2006), no puedo prolongar más la indiferencia. Y, ante todo, lo que me gustaría resaltar es que las dos son narraciones perturbadoras y brillantes. Reconstruyen de forma verosímil varios conflictos morales en torno a la ayuda, el abuso, la venganza, la manipulación… Y son brillantes, además, porque discurren al modo clásico de “presentación, nudo y desenlace”, pero con originales e inesperados detalles en cada escena y escenario. Ahora bien, parecen cine; pero parecen, mucho más, teatro. El mismo director ha declarado hace poco que cada vez es menos dogmático con respecto a los principios del movimiento cinematográfico Dogma que contribuyó a abanderar hace más de una década. Pero en ambas películas todo se concentra en los personajes y los diálogos. A su alrededor, el paisaje crudo. Para el consumidor masivo de productos audiovisuales, la ausencia de abalorios en estas películas -de música, de movilidad geográfica y de peripecias artificiosas con la cámara- genera inquietud, pero también concentración en el relato. Puro teatro. Lo mejor de “El jefe de todo esto” es el humor que destilan los absurdos acontecimientos que le van sucediendo al insólito protagonista: un fracasado actor que es utilizado por el dueño de una empresa de informática para representar el papel de director de la empresa. Puro metateatro. El dueño ha pasado años oculto entre el resto de empleados para así ejercer mejor su dominio sobre ellos: inmiscuyéndose impunemente en sus sentimientos más íntimos (y manipulables). Ahora quiere vender la empresa a una firma islandesa y en la transacción será despedido todo el personal sin ninguna compensación. Los daneses representan el papel de los “sentimentales” habitantes del “sur” nostálgicos de su imperio colonial sobre los islandeses, ahora bajo el prototipo de más disciplinados, productivos y con mayor racionalidad empresarial. Otro metarrelato. El actor descubre un público inesperado para sus dotes interpretativas, pero también una oportunidad para ser fiel a su ética. Fiel hasta la suma contradicción. Como todos los demás. Y las consecuencias finales, inesperadas y dramáticas, ya no parecen responder a la voluntad de ninguno de los personajes en particular. Pura sociología.

 

utopías

utopías

 

Los últimos libros que he leído no son literatura al estilo clásico. Pero me permiten jugar a deslizarme desde la realidad a la ficción y viceversa, como si resbalara por una banda de Moebius. Por una parte he rescatado de la marginación “Walden Dos” de Benjamin F. Skinner (1948). Marginación en mis estanterías, pues los psicoanalistas y freudomarxistas lo asediaban implacables y lo mantenían en el ostracismo desde el día en que lo encontré en alguna librería de viejo. Skinner era un psicólogo conductista que, sin embargo, creía firmemente en la perfectibilidad humana y en un mundo futuro armonioso, cooperativo y guiado por simples principios científicos. Y así escribió “Walden Dos” que, todo hay que decirlo, no es ningún prodigio literario, al revés que ocurre, por ejemplo, con dos de las contrautopías que sí figuran entre las narraciones imprescindibles del siglo pasado: “1984” (de George Orwell) y “Un mundo feliz” (de Aldoux Huxley). Alguna otra utopía que a mí también me asombró fue “Ecotopía”, de Ernest Callenbach, quizás por su crudeza realista ante las cuestiones ecológicas y bélicas. Walden Dos es menos desalentador de lo que suponía y comparte muchos elementos con las distintas versiones de comunismos igualitaristas, aunque deja muchas lagunas de ambigüedad en manos de supuestas ingenierías de la conducta, de la cultura, del gobierno, etc. El segundo libro que, sin embargo, me ha dejado mejor sabor de boca es el relato de las aventuras y desventuras de una comuna que intentó seguir al pie de la letra las especulaciones de Walden Dos. Se trata de “Un experimento Walden Dos. Los cinco primeros años de la comunidad Twin Oaks” (Kathleen Kinkade, 1973). En este caso la historia se presenta como una crónica verdadera y la prosa es mucho más fluida. No pude evitar sonreír con frecuencia, quizás debido a que me acordaba de muchos otros libros semejantes que leía con fruición hace años (los de Pepe Riba y Keith Melville, por ejemplo) y de tantas experiencias urbanas y rurales que siempre me han apasionado. El pasado fin de semana visité, precisamente, a unos amigos que llevan unos años iniciando un nuevo intento de vida en común en las cumbres de la sierra del Suído (Pontevedra). Y en unos meses iré a un congreso sobre utopías en Plymouth (Inglaterra). Así que no debo estar tan inmunizado como pensaba. Lo que me sigue fascinando es el poder performativo de algunas palabras, de algunas historias de ficción y hasta de sociedades completamente inventadas. ¿Por qué son tan persuasivos esos “cuentos” que impelen a actuar, a creerlos y a hacerlos realidad? ¿O por qué hay gente que se deja persuadir? ¿O por qué vemos una persuasión donde sólo hay experimentos vitales que cogen algo de unos libros, algo de sus propias vidas y algo de muchas otras vidas a su alrededor? La realidad, no obstante, es más tozuda y 40 años más tarde Twin Oaks no parece haberse atenido mucho al espíritu y letra de Walden Two (http://www.twinoaks.org/clubs/walden-two/bastard.html).