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ateo poeta

 

Esas máquinas de estudiar

con el cerebro joven

y los huesos firmes

aún soportando sus osadías

ante el mundo,

siguen ahí clavados

a las sillas.

 

Al menos no soy el único

que pringa en esta factoría

de relatos perecederos

un viernes por la noche.

 

 

 

No pretenderás

que te cuente mi vida

en tan poco tiempo.

 

Y al poco de decirlo

se esfumó para siempre,

dejándome con la miel

en los labios.

 

Me dieron ganas

de enmarcar sus palabras

en una camiseta.

(La consigna fácil

y el pensamiento breve

nunca pasan de moda.)

 

 

 

Fotografía: Mona Kuhn

 

 


 

¿Por qué no paro

de imaginarme tórridas

escenas eróticas,

muslos temblando

y labios que instruyen

cómo proseguir,

 

mientras corrijo

estos soporíferos textos

de estudiantes que desdeñan

los más elementales

signos de puntuación?

 

Podían facilitarme

un poco las cosas.

Así no hay

quien se concentre.

 

 

Fotografía: Henri Cartier-Bresson

 


 

¿En qué resplandor desclavabas puntas

afín a una levedad agostada y tardía?

 

Son necesarios los pies al aire y señalar

el límite mullido de cada divergencia,

un trayecto que oímos reverberando

dulce y caudaloso.

 

El dinero sería un lastre para suspender

la noción de lo táctil. Mejor una vela

blanca, nadar hasta los huesos, que los labios

pronuncien con cuidado y pudor.

 

 

Fotografía: Mona Kuhn

 

 

Concluye el libro.

El día llega a su fin.

Han cesado las operaciones

amatorias en la alcoba

de los vecinos.

 

A mí no me quedan

arrestos ni para juntar

dos sílabas que signifiquen.

 

En consecuencia:

hay más cadáveres

que no nombro.

 

 

 

No alcanza el verbo a tocar lo último.

Hay afectos en silencio o una luz vaga

que arrastran mucha más broza a su paso.

 

Renovación de la hojarasca por un vendaval,

este refresco de mis ojos incrédulos y oscilantes

hacia donde tú miras y callas.

 

Alternos dominios de conciencia y hermandad

con un vasto cielo de porvenir, acaso replique

el trayecto de aguas y minerales.

 

 

Fotografía: Agatha Wall Knee

 

 

 

Recibo un cargamento de quesos variados

y de mieles aromáticas, pimentón de la Vera

y aceite de oliva que adoro como a la única

agua bendita, unas decenas de libros

y esa antología de Char en la que instiga

a que el poema, al leerlo, descienda dentro de ti.

 

La felicidad, a menudo, se resume

en esas pocas cosas, frugales y excelsas a la par,

a las que sólo añadiría unos brazos cálidos,

el beso y el rostro bello e incandescente

del que emana la conversación.

 

 

Ilustración: Asit Kumar Patnaik

 

 

Las narraciones simples y cotidianas

que te abren el corazón a los mismos dilemas

de los seres en lugares remotos

y, a la vez, fraternos.

 

Ni grandes inversiones, ni efectos especiales

son necesarios para la conmoción.

 

Esa verdad desnuda que nos decimos

como brisa y secreto.

 

 

 

Supongo que el amor

es un buen tentempié

para soportar el ayuno

entre horas.

 

Y les sienta

como anillo al dedo

a quienes dejaron atrás

la angustia

de enfrentarse cada día

con lo peor y lo mejor

de sí mismos.

 

(Ese dichoso espejo

que preside

el cuarto de baño.)

 

El resto nos alimentamos

de las migajas del banquete

cuando no se trata

de reparar

algún que otro

órgano amputado.

 

 

Fotografía: John Wehrheim

 

 

 

Me gustas tú,

me gusta ella,

me gustan muchas

y no me hace caso

ninguna.

 

Es mejor así.

La gestión múltiple

de los afectos

suele dejarme

vapuleado.

 

 

Fotografía: Miroslav Tichy

 

 

 

Estabas lejos, en el bazar,

donde el humo verde y con sándalo

en el pelo. Tienes unos ojos

negros y horizontales que tiñen

los desiertos de lotos y arroz,

por eso doné mi piel

transparente, sin regateos.

¿Cuánto océano puedes beber?

¿Con qué músculos el viento

despeja lo triste de tu hogar?

Mis dedos han criado cactus

pero tuve que domesticarlos

con melodías para avispas.

Ahora ya pueden desnudarte

de lo glacial y que la espuma

vuelva a coronar tu sonrisa.

Cuando los oasis están aquí

y no están porque ya hubo

demasiadas utopías, entonces

me hago el muerto. Ningún

espíritu acude a mi rescate

así que me olvido de la cuenta

atrás. ¿Qué te ha sobresaltado

a ti en la cándida geometría?

¿Iremos allá con cien pies?

Te diré que tampoco el otoño

esconde las fisuras. Además,

otras emociones con anillos

pulsan el termómetro. ¿Quién

no aborrece tanta comodidad

plana y asfáltica? Lo único

obsceno es desechar la rama

engendrando en silencio.

 

 

Fotografía: Rimantas Dichavicius

 

 

 

La melancolía no sirve para impugnar

el suelo resquebrajado.

 

Tus huellas como palios de álamos y fuentes

claman al cielo.

 

Escisión de las manufacturas. Complejo

de móviles soberanos. ¿Qué almíbares

osáis elegir?

 

En estas nubes copiosas se aventura

una resurrección muy material.

 

Del reino de los gatos infantes nada

se desprende sin un arañazo

a modo de automatismo fácil.

 

Como las únicas figuras con atributos

divinos que vagan por las aceras

y hacen sus compras pero nunca

a la ligera.

 

Esqueleto sin máscara, próximo.

 

Lo demás solo es ternura.

 

 

Graffiti: Neorrabioso

 

 

 

Dar clases de filosofía

puede parecer sencillo.

Al fin y al cabo, ahí están

esos textos canónicos.

 

Es como cuando era joven

y pinchaba música

en la radio: afinad los oídos

y yo tan sólo acompaño

con alguna nota al margen.

 

No se trataba de pontificar.

Lo más importante

ya estaba dicho.

Mucho más densos

y suculentos eran

los programas de crítica

y debate. O los contra-

informativos.

 

En todo caso, el color
y la profundidad

pueden acontecer

de cualquier manera:

es cuestión de gestos

y actitud. Incluso

en lo breve y preciso

puede bullir

una deliciosa

seducción.

 

 

Estás desbordado,

roto,

hecho trizas,

impaciente,

rumiando qué, cómo,

hacia dónde,

 

y no se te ocurre

otra cosa que hacer

el avestruz

y esconderte en otro

libro de poemas.

 

 

 

Lo único

que me quita el sueño

ahora

es el orden oculto,

la sintaxis que a nadie

pertenece y que huye,

el inmenso

y sencillo poder

de las palabras unas

tras otras,

esclareciendo, refulgentes,

dotadas de una sonrisa

clara

y que solo despierta

cuidado y ternura

y que abre los pulmones

y la mirada

a una insólita

lucidez.

 

Después me pregunto

si no responderán

a la misma lógica

o expedirán idéntica

belleza

los cuerpos consecutivos

que dicen y pretenden

amarse.

 

 

Fotografía: Miroslav Tichy

 

 

 

 

 

Ellas, las palabras exactas,

se disipan cuando más

falta hacen.

 

Tú, en cambio, sólo

manifiestas tu presencia

en esa nebulosa.

 

 

Fotografía: Miroslav Tichy

 

 


 

En las medusas de la mujer

que no fuiste y amarías

con los músculos de la voluntad desgranada.

 

Prometed una hora de plata

para el archipiélago en su emancipación

del celebérrimo presente.

 

Por la espalda tus anillos me hacen daño.

Empero, proliferan amagos de crisálida

a las doce menos diez.

 

A resarcir los sinsabores

de las uvas pasas por un jornal de miseria

excepto por lo que toca a la lengua

y al ojo silvestre, sin más jurisdicción.

 

Es un ferrocarril soberano y que declina.

Y vienen los pájaros a beber la música

que cifráis con paciencia.

Así se pone a remojo esta especie.

 

 

Fotografía: Miroslav Tichy

 

 

 

 

De regreso

a las oscuras cavernas.

 

El amanecer soleado,

el añil crepuscular,

incluso el trapo rojo

de las revoluciones.

 

¿Quién se atrevió

a darlos por muertos?

 

Preguntad entonces

a esa criaturas

por qué corren

a sus escondrijos.

 

 

Fotografía: Miroslav Tichy

 

 

Porque del corazón

ya tenemos suficientes

historietas.

 

Que si maltrecho

y hecho añicos.

 

Que si comieron

perdices.

 

O han perdido el juicio

o, de verdad, están

pidiendo a gritos

un trasplante.

 

 

Fotografía: Miroslav Tichy

 

 

 

A solas con él,

muchos años

compartiendo sombras.

 

A cara de perro,

desafiándonos.

 

A la mínima,

nos lanzamos

a la yugular.

 

El silencio

no se anda

con chiquitas.

 

Si se descuida

le arranco

ese poema del hígado

o de los riñones

como una mala

bestia.

 

 

Fotografía: Miroslav Tichy