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ateo poeta

 

La idea

(con el paso del tiempo,

al madurar)

es:

 

decir más

con menos.

 

 

Fotografía: Mies Van der Rohe

 

 


 

Apelación al coro del universo:

 

cómo recita, a veces apasionadamente,

la mímesis y lo discontinuo,

lo múltiple arraigándose o esporádico,

la circularidad

de lo que vive pleno

y se entrega a morir sin más ídolos

ni daños,

suscitando más consciencia

en cada golpe de aire

inspirado.

 

 

Ilustración: Qin Tianzhu

 

 

Mis ojos de lobo sangrantes.

¿De qué manera hacerme noche, uña,

germinación?

 

Los cuerpos dúctiles se enuncian

y caen al vacío.

 

Deseo de orfandad, de bisagras,

de una luz que no hiera más.

 

Subsanar

la amenaza de los desastres naturales

y preferir la caricia sin compasión.

 

Ojalá las entrañas

emplearan un lenguaje celeste.

 

 

Ilustración: Maria Lassnig

 

 

Sueñas con múltiples

perversiones con arreglo

a la normativa

vigente.

 

Hasta ahí,

ningún peligro.

 

Lo más inquietante sucede,

como una dulce resaca,

cuando ellas insisten

en permanecer a tu lado

el resto del día.

 

A sortear

las más perjudiciales

tentaciones, contraatacas.

Pero esas entelequias

ni se inmutan.

 

Al fin y al cabo sólo piden

un poco de agradecimiento

por alegrarte

la jornada.

 

 

Fotografía: Peter Franck

 


 

Cuando pasa un huracán

comprendes el valor de un refugio

y de las escasas palabras que,

de verdad, importan.

 

Es cuestión de tiempo, de esperar

a que transcurra el tiempo.

Y luego apreciar, con no menos

melancolía, las huellas

de esa irremediable

devastación.

 

Una calma bajo la piel

se manifiesta después, en plenitud

en cuanto reconoces lo absurdo

de ajustar cuentas

con nadie.

 

 

Ilustración: Ana Nieto

 

La esperanza

ya está perdida

hace varios

lustros.

 

Ahora tocaría

que se apagase

la llama

del humor

mordaz.

 

Entonces sí

que estaríamos

plenamente

derrotados.

 

 

 

Hay noches apacibles

como las vísperas

de un día festivo

en el umbral del otoño.

 

Veo a familias y grupos

de amigos cenando

en las azoteas,

con los farolillos

de rigor o luces coloridas,

con ese júbilo poco

efusivo que se gasta

por aquí, dejando

que la nueva brisa

acaricie los rostros.

 

Mientras me asomo

al balcón y escucho

baladas de jazz

y desconfío de esa

luna tan blanca y oronda

como de un regalo

inesperado, sé que

en otros barrios

los dragones de fuego

andan haciendo

de las suyas.

 

Con tanta belleza

alrededor uno debería

olvidarse de todo

lo que duele

y seguir contando

mentiras, que por

algo son parte

del oficio.

 

 

Ilustración: Robert Gorzel

 

 

 

Hay mucho mito

sobre las sustancias

afrodisíacas, ya lo sé,

nunca he sido muy

creyente de casi nada,

 

pero hay veces

que me gustaría

estar equivocado

y poder matar el tedio

con alguna de esas

golosinas.

 

 

Fotografía: Gloria Rodríguez

 

 

 

 

Antes somatizaba

los reveses

en la garganta.

Las pústulas

o la afonía,

burlándose,

con su mensaje

alto y claro:

 

dejarás de hablar

de una vez,

imperará,

por fin,

el silencio.

 

De un tiempo

a esta parte

las desgracias

afectivas

tampoco vienen

solas

y se hacen notar

en los tibios

ojos

como diciendo:

 

dejarás de ver,

hartazgo

de tanta lectura

y de tanto mirar

insaciable.

 

Con paciencia

aguardo

a la tercera edad

que se avecina

con sordera

senil,

como si atinasen

de lleno las mofas

-o magisterios-

de los parientes

chimpancés:

 

dejarás de escuchar

sandeces,

es la hora

de atender al canto

único y solaz.

 

Sólo espero,

como mal menor,

que unas atrofias

de los sentidos

no se acumulen

con las anteriores.

 

 

Cumpliendo

el papel otorgado

a una persona madura,

respondí a tu pregunta:

me gustan divinas

y con una pizca

de misteriosas,

avispadas y rebeldes

con causa,

y que no se agoten

con mi absurda

conversación.

 

Pensándolo mejor,

el problema reside

en que las acabo

eligiendo

como un novicio

adolescente.

 

 

Hacia la religiones,

las compras compulsivas,

la obediencia ciega

y otros opios del pueblo

siempre he sentido

una repulsión

visceral.

 

Para el amor tóxico

y adictivo tampoco

he encontrado

remedio.

 

 

 

Puedo hacer

ímprobos esfuerzos

para dejar de extrañar

los lugares hoscos

y los apáticos

aborígenes

que me rodean.

 

Afinar las dotes

camaleónicas,

reírles sus bromas

inexplicables

y olvidar,

sin vuelta atrás,

cualquier tentación

de añoranza.

 

Estas recetas

poco me sirven,

sin embargo,

para habituarme

a tu cósmico

silencio.

 

 

Fotografía: Alexander Bassano

 

 

 

Qué manía

la de tratarnos

como turistas.

 

Y qué cara

venden

su ignorancia.

 

Con esos métodos

tan sólo pretenden

desviar la atención

de sus pifias

cotidianas.

 

Quienes no

picamos

el anzuelo,

aún tenemos

mucha ciudad

con la que seguir

peleando.

 

 

Fotografía: Daido Moriyama

 

 

 

Veo muchas luces

ahí afuera.

 

Y también la oscuridad

que les da sentido.

 

Hoy veo, sobre todo,

la oscuridad.

 

Quizá mañana

me incline

por cerrar las cortinas.

 

 

Fotografía: Miguel A. Martínez

 

 

 

Podrías ser adorable como el trino

y los caballos sin arneses refulgiendo

al poniente con su negro azabache.

 

Las hojas de té precisan ráfagas

de emulsión y soledad

antes de que bajen sus cadáveres

al fondo del tiempo.

 

He interrogado sin éxito por qué

toda minería depara

una vida triste y el oro

de los artificios pierde,

en suma, su valor.

 

Podrías igualar a la madera noble

y sabia y húmeda y longeva,

podrías confundirte con el ósculo

del infinito y con la música

de los espectros,

y la savia de tus pechos podría

endulzar, sin un solo abalorio,

las amarguras.

 

Lo que no entiendo es por qué

se prolongan la escarcha

y el hermetismo.

 

 

Toda entrega

a brazo

partido

 

conduce

indefectible

a una amputación.

 

 

Fotografía: Helmut Newton

 

 

 

Amarás

a punto

y aparte.

 

 

Fotografía: Virna Haffer

 

 

 

Corazones afilados, qué herida lejana

o con qué otro armamento

fueron abatidos.

 

Arenas en mis pies cansados

de la propaganda.

 

Interrumpo la rutina cruda del dolor.

 

Muere tanta inteligencia en su larva

que hay una misión encabezando

al contendiente.

 

Rastrojos

en sindicación con un ártico

oasis por ser.

 

Ansiedad del eclipse si subsiste

la levadura madre.

 

Tiritan las premisas categóricas

en su muy externo

fuero.

 

La omisión de la palabra

y cualquier renuncia te devuelve

a la coyuntura.

 

El cuerpo en trance

de su naufragio radical

no resulta baladí.

 

 

Fotografía: Daido Moriyama

 

 

Es inexplicable el huracán,

la luz que no cesa, el ventilador

que rasga mis ojos.

 

En mi garganta nadan los peces

como un torbellino y dejan sus

espinas clavadas.

 

Me subiré a ese ferrocarril

sin cuerpo. En el desplazamiento

cabe esclarecer la consistencia

de las uvas dulcísimas.

 

Allanar el terreno

para el óxido y la floración.

 

Que esta calma no perturbe

el ruido porque la disyuntiva

es atemporal. Me fijo

en los lóbulos de los transeúntes

y no adivino qué comprenden.

 

Arracimándome a estos

corpúsculos de vacío aquí,

aspirando al mar sin tregua.

 

 

Ilustración: Robert Gorzel

 

 

 

En la medida en que el lenguaje me traiciona

igual que una fiera desobedece al domador

con su natural y súbito arrebato,

un trayecto preciso de libertad

se instituye.

 

Eran los pétalos tersos,

una dulzura no empalagosa,

liviana, mártir,

una infinita comprensión del pálpito

lo que se disipaba de mi alcance en la carrera

como se disipan las huellas

y el sudor del esfuerzo.

 

La arquitectura

con su ropaje de andamios,

sobrevivir a la erosión de la intemperie,

suspender la ley que proscribe la afinidad

de la pieles iridiscentes.

 

Y arrancar ese anzuelo de las encías

por amor a las escamas

y a la corriente helada.

 

 

 

Fotografía: Daido Moriyama