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ateo poeta

 

La oscuridad también acoge el aliento,

evocaciones como luciérnagas deambulantes

si el pálpito acelerado es tolerable.

 

Un hombre descansa, pierde la noción

de las horas que yacen maduras y las luces

se refractan en sus ojos incrédulos.

 

Las arenas y los fósiles tienen consecuencias.

La lumbre tiene consecuencias.

La calma de esta noche puede asfixiar.

Un hombre debe digerir todos los cambios

de ritmo.

 

En las escalas del mundo lo que es significante

para un día o un alga, apenas forma el suelo

que pisan los múltiples simios e ignoran

las estrellas. Ahí la tarea.

 

Por qué afligirse.

Reverdecen inmensos montes preñados.

La libertad es el silbo pasajero, el refugio

melodioso al que me inclino.

 

 

Fotografía: Ilse Bing

 


 

¿Alguien escribe otra cosa que mensajes de amor

en los teléfonos móviles con la yema de sus dedos?

 

¿Alguien, acaso, no demanda, impreca o grita sutilmente

su ración diaria de amor, su derecho inalienable

a unas palabras que reemplacen el amor o que lo invoquen?

 

¿Alguien puede vivir todo el tiempo sorteando los labios

que pronuncian el amor con estridentes circunloquios

cuando no lo hacen en su nítido y dulce secreto?

 

¿O es que toda esa compulsión narrativa a lo largo

y ancho de las pantallas táctiles únicamente

pretende aplacar la sed que sigue a todo sorbo de amor?

 

 

Ilustración: Paul Jackson

 

 

 

 

¿De dónde sacar las fuerzas?

Pienso en los días de perros,

en los cielos plomizos,

en el corazón de la tormenta

donde no se oye rugir

porque se carece de exterior.

 

Yo te quería lacia y voraz,

te quería imposible, unísona,

aromática. ¿Cómo galopar

sobre este oleaje de silencio

ahora? En la ceguera,

en las ruinas de la aspiración.

 

Me abrazo al frío.

Al paladar que cultivabas.

A los animales vagabundos

e indiferentes a la multitud.

 

 

Fotografía: Ilse Bing

 

 

El amor de los hijos

también se gana.

 

No lo regalan por ahí,

no viene inscrito en los genes,

no te lo deben

en compensación

por los alimentos recibidos.

 

Cuánto derroche

de palabrería

naturalizándolo

como otra forma

de autoridad.

 

Y qué catástrofe

de cosecha

cuando sólo

se han sembrado

truenos.

 

 

Fotografía: Robert Frank

 

 

 

Las formas de la huida,

el rastro de polvo que ya nada dice,

elijo a animales afilados y postergo

las cartas que harían llover,

quién por un trayecto reducido

a una experiencia cada vez más leve,

el amor se sumerge con la piedra

al cuello, su opacidad invita,

prefiero seguir en los labios,

no sé cómo, pero tú pronuncias

olas blancas y encrespadas.

 

 

Fotografía: Guillermo Asián

 

 

 

Incluso viviendo solo

desaparecen los calcetines.

 

Como si una ley general

condujese a la pérdida

irremediable,

y no sólo

a la erosión

de las cosas.

 

Qué no podrá hacer

con elementos más volátiles

de los que tan ufanos

nos sentimos.

 

 

Ilustración: Enrique Maté

 

 



 

He visto gatos mansos

y gatos ariscos, y he visto

cómo todos eran devorados por los buitres

y cómo éstos eran devorados por otros buitres

y la primavera florecía de nuevo

y las mariposas tenían prisa por libar.

 

He visto a agentes de inversión

que preguntan cuánto beneficio quiere usted

y no tema por las huelgas ridículas,

ni por los árboles invisibles, ni piense

por momentos en los niños ni en las estrecheces

de esos pobres diablos, ya que eso, al fin y al cabo,

no es de nuestra incumbencia.

 

He visto a los hombres y a las mujeres más

inteligentes y más sensibles y con las manos más

finas, y he visto ascender el humo

de todas sus loables y éticas palabras

mientras admiraban colecciones de arte

o volaban a destinos paradisíacos.

 

He visto huracanes carnívoros

y oradores carroñeros.

 

Y a las orquídeas perder su extraordinaria

locuacidad.

 

Y, sinceramente, no quisiera verme nunca

en su pellejo.

 

 

Fotografía: Guillermo Asián

 

 

 

Lo mejor que puedo hacer es dormir, aligerar

el peso de otro día en combustión.

 

Mis aullidos desde el precipicio huelen

a una criatura reciente y al óxido

de las alambradas.

 

Me acerco a un nadir frente al que bate

la espuma, donde picotean las luces

benevolentes y desearía otros

antepasados.

 

Tu cuerpo en transparencia ya no se apodera

de mi escasez, se olvidó de los nichos

y de las marismas.

 

Lo mejor que puedo hacer es incorporar

cada uno de tus rescoldos.

 

 

Ilustración: Enrique Maté

 

 

 

 

Dice Deleuze que, si nos dedicamos a la filosofía,

nos encontramos constantemente en conversaciones

o en negociaciones y en guerra de guerrillas

contra nosotros mismos porque a la vez lo hacemos

contra los poderes que no se conforman con ser

exteriores sino que se introducen en cada uno

de nosotros.

 

Fin de la cita. Temblando. Sin comillas.

Sin ubicación de autoridad. Encarnando

la alerta del pensamiento. Órgano esencial

del poema, no línea de fuga. Primitiva

dialéctica, a modo de palanca y resistencia.

 

Una vez establecido el campo de batalla,

sólo nos queda encontrarnos a nosotros

mismos.

 

 

 

Vuelvo a casa fiel a la rutina.

Los mismos segmentos de suelo que ceden

al pasar por ellos, paisajes inertes.

 

No soy roca ni océano, pero las ausencias

brotan como líquenes.

Fracciones de la memoria que tienden

a la dispersión, a una vida sin centro.

 

Es hora de que lo fluido adquiera

corporalidad. Busco después el gradiente

dócil y el armisticio con el sueño.

 

 

Fotografía: Guillermo Asián

 

 

 

 

Yo no tengo las llaves.

Algunas puertas están abiertas, pero nadie

es culpable por atravesarlas.

Lástima de religiones y de las escuelas

donde lavan los cerebros.

Lástima de charlatanería que se pretende

seria y respetable.

 

Con el martillo de la realidad se aplastan

flores nacientes.

Grandes embaucadores hacen malabarismos

con los juegos de lenguaje.

¿Y quién da la batalla contra la hegemonía:

ilustrando otra praxis, sin dobleces?

¿Y cómo tender puentes desde aquí hacia

lo germinal en bruto y su ternura?

 

Estoy pensando, más que nada, en un cristal

capaz de herir los privilegios.

 

 

 

Esas caderas en trance,

sus piernas jugueteando

y sin maquillaje,

la risa que todo lo cura,

sus bocas empapadas

de cerveza.

 

Para dejar de mirarlas

me habrían tenido

que arrancar los ojos.

 

 

Ilustración: Iris Scott

 

 

 

Acabo de mirar en la nevera

y no me queda tiempo congelado.

El que está disponible

sigue derritiéndose

a gran velocidad.

 

Habrá que ir pensando

en una expedición por ahí,

a ver en qué alma ingenua

encuentro una dosis.

 

 

Ilustración:  Dora Alis Mera

 

 

Si no puedo salir a la calle

sin las gafas ni las prótesis,

sin algún disfraz apropiado

a las circunstancias,

entonces no soy más real

que esos adjetivos.

 

Si trafico con palabras

y discursos en la boca ajena,

y si se contaminan

con números esporádicos,

entonces equivalen

al temblor de mi piel.

 

Si sangra el corazón

como le corresponde

y si se vacía la morada

en su horario regular,

a mí que no me pidan

explicaciones.

 

Hace ya mucho

que deseo habitar

únicamente

todo lo que me habita

con recíproca

dilección.

 

 

Fotografía: Anna Blanch Llovera

 

 

 

 

 

Entonces preferí arrendar

todas mis dubitativas propiedades

intelectuales y empezar de nuevo.

 

Si hay tantas vidas por vivir, qué día

de la semana conviene regar las plantas

para que declamen a borbotones

los derechos orgánicos.

 

Poco a poco, alguna explosión

se apoderará de los restos calcinados

que aún no han mutado en diamantes

preciosos ni en aureolas.

 

Es posible el hiato, démosle su ración.

Para qué hemos combatido, si no,

con barro y escaramuzas. Ahora bien,

de qué cargar las alforjas.

 

Todos esos siglos padeciendo diagnósticos

graves ya no me apesadumbran.

Mis animales de compañía son altamente

agradecidos: casi no les cuesta existir.

 

Ahora bien, por qué me miran esos ojos

de gato desde lo oscuro. No son menos

inocentes.

 

 

 

Y de pronto sucede

la noche,

la ciudad desierta,

el balcón transparente,

cenar sin ganas

delante de ese paisaje

de cartón piedra,

 

y un arrebato

por escribir, con íntima

delectación,

las aventuras amorosas

más inverosímiles.

 

 

 

Mendigar sexo

es mucho peor

que pedir limosna.

 

Nunca sales indemne,

se devuelve con creces

y continúas igual

de hambriento.

 

Lo que no deja de fascinarme

es la discreta elegancia

con que se suele disimular

el intercambio

feroz.

 

 

 

Y yo que esperaba

que fueran ellos

quienes me contagiaran

a mí una pizca

de juventud.

 

Y bailar

toda la noche

como si rompiera

todas las cadenas.

 

Para la meditación

ya tengo suficiente

con mis propios

demonios.

 

 

Ilustración: Christine Wu

 

 

 

 

Ahora mismo

la tentación se presentaría

sugerente, flotando

por los pasillos,

pícara, feliz por haber

acabado la jornada,

perfumada de noche.

 

En cambio, sólo oigo

a los guardias de seguridad

haciendo la ronda.

 

 

Fotografía: Diane Arbus

 

 

Antes, a mí Corelli

tampoco me decía nada.

Donde estuvieran

los Clash,

para qué tantas noñerías

o torpes imitadores.

 

Será que la vejez

acecha y me vuelvo

solidario con los ilustres

antepasados,

pero hasta la música barroca

me salva del hundimiento.

 

 

Fotografía: Ilse Bing