Apenas queda,
después de todo,
esta claridad del vacío.
Lo de menos es
que esta sea una maldita
noche cerrada.
Fotografía: Robert Frank
Apenas queda,
después de todo,
esta claridad del vacío.
Lo de menos es
que esta sea una maldita
noche cerrada.
Fotografía: Robert Frank
Escisión
y cicatriz.
Y vuelta a empezar.
Es tan simple
que da pavor.
Fotografía: Robert Frank
Deseo
que la fotografía en blanco y negro
y el ángulo muerto
desentrañen mi deseo.
Reside voraz en la cadencia
de un pensamiento turgente,
en la vigilia.
La alienación del cuerpo laminado,
la alienación del negativo.
La alienación del sujeto sin las armas
del deseo.
Sé que roturas un suelo yermo
con una precisión metafísica y el fulgor
ultravioleta y los tallos del maíz
y la suerte de la plebe
celebran el equinoccio.
Planean bajo
o exhaustos por una morada, esos aviones
distinguibles a través de la tanza.
También quienes adquieren la obesidad
de la correspondencia en su punto
de anclaje.
Vienes y te vas.
Ni los juguetes eróticos, ni la sal
en la llaga.
Ir, venir, esa perpetua ley.
Mis ojos culminan.
Fotografía: Robert Frank
Palpas
en busca de mis costillas.
Mi canibalismo
no deja restos en el plato.
Columna ocre y artificial
como tus labios excedentes
y tu otoño lascivo.
Crepito en unas hojas pardas.
La osamenta fracturada
bajo los pilares congelados.
Si las agujas
perdieran el norte. Si gimen
los elefantes por el ayer.
Si los enemigos te nutren
con su hilaridad.
Entonces una nueva condición
arbitraria para el árbol
sin gobierno.
Rosa púrpura intraducible.
Lamo
sustancias tras la cáscara
de tu nombre.
Has de juzgar
en qué medida se edifica.
Articulaciones dulces
encuentro.
Sólo esta noche.
Sólo esta noche turbia y blanca.
Sólo la leche de tus dientes.
Fotografía: Robert Frank
Las orquídeas están
poniéndose mustias.
Sí, ya sé que el bolero
solo hablaba de gardenias.
Aunque eso del ecuador de la vida
es una ficción estadística que solo sirve
para satisfacer el vano optimismo
de nuestro ego,
una vez que lo superamos
nuestra heroicidad se vuelve cómica,
las ambiciones de antaño, una mota de polvo,
se oxidan los engranajes y la memoria, sí,
va siendo horadada por necesidades
mucho más perentorias.
Únicamente queda un difuso bienestar
de vuelo, la razón salvaje curándose
a la sombra como la carne herida
y un manual propio de instrucciones
que nunca se acaba de corregir.
Repasas, entonces, tus historias de amor
y sabes que a ese respecto ya no
vas a dar más consejos inutiles.
Ilustración: Christine Wu
Ha llegado el momento
del ajuste de cuentas.
Esta vez no será tan fácil
que escapes de la única compañía
de tu propia sombra.
Fotografía: Celia Díaz
Yo no sé
qué voy a hacer con mi dolor.
Dejad
que nieve, es el oro.
Abrid
las palmas con rabia.
Yo no sé
con qué propósito se sufre
al modo antiguo.
Quién silba,
qué te van a dar
en consagración.
Intentaron persuadirme:
es gratis y cálido
y a mí me apetecían los árboles.
Dejad que la nieve tiña
las palabras en la garganta.
Yo estoy indefenso,
no poseo marfil.
La mujer que se manifiesta
bebe lentamente.
Una conmoción
turquesa, eso sí
que surte efecto.
Las horas bajo rasante
yo no sé
por qué duelen multiplicadas.
Apagad
esos candelarios
o el desierto atacará
de nuevo.
Hablo como la omisión,
una gama de nieves.
Desde el limbo absoluto.
Las señales están equivocadas.
Yo objeté
pero nadie vive en éxtasis.
Este sentimiento es difícil
y es difícil que sea reparado.
Encriptais
la música pero estáis en huelga.
Y cómo se amnistía
este fuego en un conjunto
vacío.
Cumple con tu presagio.
Para qué escorarse
más.
Fotografía: Alexey Dubinsky
Kandinsky sollozaba a la sombra de los sauces
que auguraban el alimento de un nuevo orden solar.
Los delirios eléctricos en los pinceles de Hundertwasser
también rendían pleitesía al vientre vacío del que todo mana.
Bach se levantaba muy temprano, con el incienso aún
impregnando el aura del clavicordio, y recorría hipnótico,
adelante y atrás, sus juegos y amoríos de la infancia
mucho antes de que el matemático Möbius deslizara
sus dedos por la más entrañable geometría.
Desde la otra punta del mundo, esos nombres exóticos
me cautivan igual que cualquier enigma acerca
de la función del arte.
Ilustración: Jean Giraud
Otra mañana aprendiendo
a respirar hondo, a calmar
ese atajo de nervios desbocados
y que vuelven al redil
mansamente, no importan
los tigres ni el ruido
estremecedor, ni los disparos
al cuerpo o a las excrecencias
morales.
Abro la ventana como un rito,
me asomo a contemplar
la faena de los obreros
colocando esos hierros oxidados,
tablones de madera rancia y
tuberías, a varias decenas de metros
por encima de la gente que va
de lado a lado, cumpliendo
sus constantes vitales,
borrando sus huellas
del pavimento y de cualquier
atisbo de historia.
No me explico cómo ascienden
hasta aquí las mariposas
con sus delicadas alas,
ni los insectos insidiosos
que mato al vuelo con mis manos
sin escrúpulos, aunque luego sí
pienso en lo triste y frágil
que es la supervivencia,
en la dicha del alimento,
en las sonrisas que se desvanecen,
y entonces ordeno algunas cosas
y limpio los cadáveres y cierro
la puerta tras de mí.
Otro suelo
que se derrumba, otra
ambición volviendo al agua,
corriente abajo.
Rondar
entre los pliegues
de un estado insaciable
de apariencias.
¿No sería más sencilla
la provisión de esferas secantes
donde albergar lo más preciado?
Cómo las voces periféricas
pueden arañar su derecho
al jardín de lo mundano.
Fotografía: Andrew Gallo
Somos rehenes
de las ficciones que un mal día
inventamos como mero
pasatiempo.
Nos devorarán
nuestros hijos imaginarios
si no pagamos el rescate.
Ilustración: Asma Kazi
Un curso fluído
de sustancias sin destilar,
tan cara su invocación.
Por muy lúgubres y espinosas
las sendas, poco más en vano
trazar los surcos de la piel.
Esperar paciente
a que se module la luz de todo
pues todo sacia
y tienta al vacío.
Fotografía: John Wehrheim
Es muy pronto,
no suelo madrugar
pero subió hasta aquí
el murmullo del tráfico
y me dejé envolver
por la primera luz.
Cualquier día vale
para inaugurar
una cierta perspectiva,
un propósito:
mi complicidad
con el silencio desnudo.
No hay más opciones:
o esta conciencia
o sucumbir
al filo de la navaja.
O perseguir el sueño
o ver las olas pasar.
Escribo listas,
ordeno lo esparcido
por los suelos,
ventilo la casa
y hago acopio de fuerzas
para salir a la calle
y sumergirme
en el anonimato.
A estas horas
la inquietud del tiempo
y de las ausencias
aún no ha saltado
por la ventana.
Ilustración: Christine Wu
Los actos protocolarios
son un auténtico paripé.
Todos lo saben
y eso es lo que más me divierte.
Excepto algunos pedantes
que hasta en las mascaradas
pretenden hacer sus negocios
como si tal cosa.
Fotografía: Celia Díaz
Miraba lejos,
me hacía el remolón.
El tiempo discurría
sin importarle
su destino de marismas.
El exterior allí,
seguro, tan presente
y a punto de desaparecer
como este verano
moribundo.
Fotografía: Celia Díaz
Enseguida
el sujeto del presente
reconocerá
los vínculos
de todo lo orgánico
con lo material.
Ahí nace todo derecho,
la deuda
y la obligación.
Y una larga historia
de lamentaciones.
Meticulosa gratitud
hacia los elementos
y dimensiones
que nos surten
incluso en la más aciaga
brevedad.
Fotografía: Walter Chapell
Con las piedras hablar
y con las fachadas tristes y caducas
y eludir el parpadeo mecánico
de los semáforos porque, si no,
apenas vería quién los cruza.
Sea locura propiamente o llano
desapego de las figuras bélicas
del mundo, hablar con el júbilo
celeste que se disemina
y con la virtud del agua.
De estas conversaciones con lo material
dar cuenta en caso de ser interrogado
por las cicatrices.
Fotografía: Dimitar Variysky
Fútiles las palabras desgajadas
de la complexión del cuerpo.
Acaso ir a otro lugar, deshacer
los ejercicios espirituales y la estridencia
mantenerla a raya.
Elogio, en cambio, del acercamiento afín
a las partículas de la brisa.
Ilustración: María Mjollnir