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ateo poeta

 

Las hojas secas. Los pétalos marchitos.

El mundo glacial.

 

Intrínsecas al devenir, las escalas temporales

y la finitud de ver.

 

 

 

 

¿De dónde vienen

quienes escrutan la reiteración:

 

los perplejos, los hipnóticos, los nómadas?

 

 

 

Buscando a Eric

Buscando a Eric

 

Nueva parábola político-moral de Ken Loach (y su guionista siamés, Paul Laverty) en su última película: Buscando a Eric (2009). Divertida, con sus ditirambos rocambolescos, como acostumbra, y personajes entrañables, en la línea de algunas de sus otras memorables filmaciones. Pero el aspecto épico del “working-class hero” que reaviva la máxima de “la unión hace la fuerza” y la filosofía dialéctica a la búsqueda de terceras vías posibles, no deja lugar a dudas. Es una didáctica parábola más del Loach de “Pan y rosas”, de “Tierra y libertad”, de “Riff Raff” y tantas otras. Y, en esta ocasión, con una madura dosificación del humor y del drama, de lo verosímil y de lo sorprendente. Entre esto último, la aparición del futbolista Eric Cantona en las alucinaciones esquizofrénicas del protagonista son todo un dechado de lucidez y buen humor. No menos reflexivas son las cuestiones que suscitan la maternidad y la paternidad en solitario, en un segundo plano aparentemente relegado por debajo de la sempiterna cuestión: ¿qué podemos hacer autónoma, justa y eficazmente, al margen del Estado y su monopolio de la violencia, contra aquellos (un caricaturizado mafioso, en este caso) que nos aplican su violencia en lo cotidiano? Hace años leí la respuesta de Saúl Alinsky que reproduce fielmente esta película con la ayuda contemporánea de los vídeos divulgados por internet. Pero no la adelanto aquí con ánimo de que vayáis a descubrirla en vivo (si es que esto es posible decirlo acerca de ver cine, aunque sea en una sala pública). La comercialización del fútbol, la adolescencia a la deriva, la amistad de corazón y el amor sincero son otras tantas vetas que descollan en la historia, con un realismo sutil y sin caer en sermones. En fin, una estimulante maravilla para todos los sentidos.

 

 

 

 

En la nada brillan sus filigranas.

 

 

 

 

 

Ya no tengo prisa. La perdí por el camino,

por causa de las prisas.

 

Y me paré en seco. Y seguí a mi ritmo,

meditabundo.

 

 

 

 

Enigma de lo breve: al alcance.

 

 

 

 

Tiempo para mascullar el poema.

Tiempo para engendrar la voluntad.

 

 

 

 

El tiempo todo lo cura.

El tiempo, todo locura.

 

 

 

 

Huye la esencia. ¡Invéntala! O déjala ir, con su rumor.

Sólo hay una esencia, al final, cuando la nada

te absorbe irreversiblemente. Las otras verdades,

 

interinas, son, no más, los olores de la vida.

El pulso.

El zumbido.

El resplandor.

La única institución, el único fluido.

El olvido níveo de las reglas áureas.

 

¡Vivir, vivir! Vivir

con síntesis y con muletas. Resistiendo al hielo,

combatiendo a la piedra y a los sentimientos fósiles.

Sólo gozar con la armonía

de lo intenso.

 

Batir las alas como las aves del litoral.

¡Que el silencio no te pese!

 

 

 

Gafas

Gafas

 

 

En el festival Cineuropa de Santiago de Compostela me he encontrado con esta inspiradora película: Megane (Gafas), dirigida por Naoko Ogigami (2007). La sinopsis oficial deja a la claras el argumento: “Es como pasar unas relajantes vacaciones en una playa japonesa, una historia que redescubre el placer de las cosas sencillas y lo estimulante que puede ser perder el tiempo contemplando el horizonte. Taeko, una profesora urbanita un tanto estresada, llega a un pequeño hotel junto al mar para pasar unas vacaciones. Regentado por el excéntrico Yuji, frecuentado por Haruna y espiritualmente inspirado por la misteriosa Sakura, el lugar funciona como un pequeño microcosmos donde los móviles no funcionan, echarse la siesta es casi obligatorio y la vida transcurre entre helados de judía roja, gimnasia matutina en la playa y cenas a base de langosta. Una película encantadora que deja una sonrisa permanente en los labios.” Hay muy poco drama en las escenas, escasos momentos de tensión, ausencia de conflictos serios. Sólo la turista perpleja ante la vida placentera que reina en el lugar suscita unos instantes de inquietud. Ella misma oculta las misteriosas causas que le impulsaron a retirarse a esa recóndita localidad costera donde la gente cultiva el campo, pesca y, sobre todo, come con delicadeza y deleite. La cámara de la directora se detiene una y otra vez en las comidas, en los silencios de las comidas, mostrando poéticamente toda su simplicidad, toda su necesidad. La señora Sakura sólo llega en primavera, antes de los monzones, sin equipaje alguno, y ofrece alegremente sus granizados a cambio de cualquier cosa que se le quiera dar en contraprestación, excepto dinero. También ameniza a diario una simpática especie de Tai-Chi compartida por nativos de todas las edades. Todo parece un prodigio de convivencia, de alimentos saludables y de meditaciones introspectivas contemplando la caída del sol. Eso es la vida y poco a poco asistimos a su redescubrimiento por la profesora visitante, por esa huésped que acaba abandonando su maleta de libros en una carretera y dejándose llevar por la cerveza compartida con una sonrisa, por los gestos de la reciprocidad. Todos han mirado en su pasado interior, en la muerte futura, en las ruinas de la civilización que les rodea no muy lejos de allí. Y, sin embargo, todos parecen darse cuenta de que la felicidad consiste en esa especie de “slow life”, de comunalidad respetuosa y del esfuerzo y los artificios imprescindibles para estirar el tiempo de vida. Ahí están los vasos comunicantes con el resto del mundo. Por eso no hay más huéspedes en los alojamientos turísticos de este humilde paraíso.

 

 

Alas

Alas

Una lluvia de almendras,
dos trenzas diminutas,
tres parapentes blancos,
cuatro cestas de frutas.

Cinco copas de hierro,
seis recuerdos heridos,
siete caminos largos,
ocho lirios partidos.

Nueve mareas altas,
diez sorbos de cerveza,
once alquimistas ciegos,
doce encinas que rezan.

Un día nos regala
como yo a ti te regalo ahora
alas, alas.


Trece viernes de dicha,
catorce desconocidos,
quince perfumes limpios,
dieciséis horas de olvido.

Diecisiete reyes de oro,
dieciocho decisiones,
diecinueve caballeros
con veinte preocupaciones.

Veintiuna albercas de agua
con veintidós pensamientos,
veintitrés pasos perdidos,
veinticuatro sentimientos.

 

Pablo Guerrero, Alas

 

 

en octubre: "I am all mouth"

en octubre: "I am all mouth"

 

 

The mouth of flowering’s finished. The fruit’s in,

Eaten or rotten. I am all mouth.

October’s the mouth for storage.

 

This shed’s fusty as a mummy’s stomach:

Old tools, handles and rusty tusks.

I am at home here among the dead heads.

 

Let me sit in a flowerpot,

The spiders won’t notice.

My heart is a stopped geranium.

 

If only the wind would leave my lungs alone.

Dogbody noses the petals. They bloom upside down.

They ruttle like hydrangea bushes.

 

Mouldering heads console me,

Nailed to the rafters yesterday:

Inmates who don’t hibernate.

 

Cabbageheads: wormy purple, silver-glaze,

A dressing of mule ears, mothy pelts, but green hearted,

Their veins white as porkfat.

 

O the beauty of usage!

The orange pumpkins have no eyes.

These halls are full of women who think they are birds.

 

This is a dull school.

I am a root, a stone, an owl pellet,

Without dreams of any sort.

 

Mother, you are the one mouth

I would be a tongue to. Mother of otherness

Eat me. Wastebasket gaper, shadow of doorways.

 

I said: I must remember this, being small.

There were such enormous flowers,

Purple and red mouths, utterly lovely.

 

The hoops of blackberry stems made me cry.

Now they light me up like an electric bulb.

For weeks I can remember nothing at all.

 

Silvia Plath, From ’Poem for a Birthday’

 

 

(Traducción de Jesús Pardo:

 

Floreal término. Cayó la fruta,

pudrióse o fue comida. Sólo boca

soy. En octubre, mes de almacenaje.

 

El cobertizo huele a tripa rancia

de momia: herramientas, colmillos, moho.

En casa estoy, entre cabezas muertas.

 

Dejadme que me siente en este tiesto,

ninguna araña lo verá, paróse

mi corazón como un geranio.

 

Ojalá el viento deje mis pulmones.

Los pétalos nasales. Boca abajo

las flores, sonoras como hortensias.

 

Cabezas putrescentes me consuelan,

ayer clavadas a las vigas: de estos

pupilos no será el invierno.

 

Repollos: plata mate, agusanada

púrpura, piel comida, oreja aguda,

corazón verde. Venas de tocino.

 

¡Oh, belleza del hábito! No tiene

ojos la calabaza. Estas estancias

hierven de chicas que se piensan pájaros.

 

Monótono colegio. Soy raíz,

piedra, plumón de búho,

vivo sin sueños de ninguna clase.

 

Madre, tú eres el mes único

de quien yo fuera lengua. Madre de aire,

cómeme. Sombra de dinteles vanos.

 

Dije: me acordaré, pues soy pequeña.

Había flores tan enormes,

bocas rojas y púrpura, bellísimas.

 

Los tallos de las moras me hacen daño.

Ahora me encienden como una bombilla.

Desde hace días no recuerdo nada.)

 

 

 

El secreto de sus ojos

El secreto de sus ojos

 

 

La última película del argentino Juan José Campanella, El secreto de sus ojos (2009), juega en los umbrales de varios géneros (thriller, drama y comedia) hasta permitirnos tocar la médula de su narración: la memoria de oprobios y frustaciones. Consigna el director: “Me fascina la memoria. Cómo repercuten hoy en día decisiones que hemos tomado hace veinte, treinta años. La memoria que también puede ser la de una nación. (…) Quizá pueda ser una historia como ésta, una historia de crimen, pero principalmente de amor. De un amor en estado puro. De un amor que se terminó cuando era puro capullo, sin darle tiempo a haberse marchitado.” Pero no son suficientes ingredientes tan extremos: los actores nos hacen vibrar con sus rutinas y sus osadías, los amores cercenados son muy distintos cuando dependen de elecciones propias y cuando los causan brutalidades ajenas, los sentidos de la justicia discurren por caminos tortuosos. Más allá de interpretaciones tan verosímiles y de personajes tan viscerales, la película emociona, estremece y apela a nuestras dudas con sutileza. Y nos recuerda las trampas que tiene todo esfuerzo titánico por reconstruir la memoria de lo que todavía nos constituye.

 

 

 

 

 

Sólo un loco dice: yo no estoy loco. Sólo

los mentirosos, los que se sienten seguros en sus verdades

improbables y en una vida corrediza como los seísmos.

 

Sólo una legión de dóciles afirmaría: todo se puede traducir,

transitar, transcender. Sólo los que callan y aplican

bálsamos a los susurros y a las palabras por pronunciarse.

Escuálidas, como el comercio

y la comunicación.

 

Sólo quienes tienen amputados los dedos de la melodía silbada

sobre una copa de agua. Sólo quienes ahuyentan la quietud

y nunca se han preguntado: ¿qué queda de lo común?

Esa ceremonia por deslindar las barricadas

de la artillería.

 

Sólo los solos en sus enjambres viven y mueren, malviven

mientras se malmueren, ahítos de certezas y de un mundo

siempre acabado, repleto, listo

para ser olvidado.

 

 

 

Chet Baker

Chet Baker

 

Hace unas semanas proyectaban en Madrid el documental “Let’s Get Lost”, dirigido por Bruce Weber en 1988, así que estrenado por aquí con más de 20 años de retraso (si es que no se trata de una reposición por pasar desapercibido por entonces). En estas semanas habré visto una decena de películas más, pero ninguna le llega ni a los talones a aquella obra. Cierto es que la adulación que uno siente por la voz dulce y romántica de Chet Baker, tanto como por sus fraseados inmensos a la trompeta, hace mella en cualquier valoración juiciosa acerca de las experiencias artísticas que se van inoculando en nuestra vida. El documental es más que un simple bio-pic del talentoso jazzman. Es, sobre todo, una hilación soberbia de verdaderas fotografías en blanco y negro, evocadoras de la tristeza y derivas del protagonista. Acaricia al espectador tanto como a la ficción. Acaricia la ficción: juega a contar las cosas como si cada personaje, cada escenario y cada anécdota compendiasen historias morales, dramas históricos, perlas narrativas cazadas al vuelo. Acaricia al espectador: no hay ningún misterio sobre el que aleccionar, sabemos desde el principio que Chet Baker se suicidó a los 58 años, sabemos que deambulaba entre hoteles y mujeres y una galopante y temprana toxicomanía, sabemos que estuvo en la cárcel y se olvidó de sus hijos, sabemos, no obstante, que aún no sabemos casi nada. Y nos vamos dando cuenta después de que todas esas cartas se han puesto descubiertas sobre la mesa.

 

No hay interrogatorios. Su madre, sus amantes, sus hijos, su esposa, sus compañeros de oficio: todos adoran al hombre que también se adora a sí mismo, o eso pretende hacernos creer delante del espejo narcisista de la cámara. Sin embargo, el director nos muestra una admiración más trascendental, la de aquellos que reconocen a un músico con una fortaleza estética extraordinaria y, a la vez, a un ser humano profundamente débil, dependiente, sensible y perdido. El “James Dean” del jazz lo llegaron a denominar. Uno de los pioneros del “cool” jazz. Nunca imaginé todo eso por debajo de esas canciones tan limpias y amorosas durante tantas noches en vigilia. En una de las canciones a las que Baker entrega toda su oscuridad interna transmutada en sentidas entonaciones, dice: “imagination is funny (…) imagination is crazy (…) imagination is silly”. Chet Baker, a fin de cuentas, no quiere hacer cuentas con nada ni con nadie. La imaginación no le importa porque sabe que todo está ya saldado. Sólo le aplaca el alma el milagro que se produce cuando le escuchan atentamente, cuando sus melodías parecen venir a él sin esfuerzo y ese es todo lo que nos puede ofrecer. Bruce Weber tan sólo viaja con él en sus últimos conciertos por antros y garitos de costa a costa. Nos reparte los retratos de su pasado y las arrugas prematuras del presente, y allá nosotros.

 

La semana pasada me encontré la biografía de Chet Baker en italiano en el hostal de un hospital psiquiátrico de Milán. Había unos veinte ejemplares a disposición de los huéspedes ocasionales. Sólo unos días después de ver la película, así que me animé a la lectura. Pero lo que más me sorprendió fue el lema que presidía el hostal y el hospital en general: “Da viccino nessuno é normale” (De cerca, nadie es normal). Una herencia de las corrientes de la anti-psiquiatría, muy probablemente. ¿Cuánto de cerca podemos llegar a conocer a alguien? ¿Cuán probable es desequilibrarnos a las primeras de cambio? Nadie es normal, todos somos extraños. Nuestras búsquedas, además, están salpicadas por los momentos sublimes de los que consideramos menos cuerdos y fiables. Convivir con las contradicciones será todo un arte, al menos si ellas aceptan convivir con nosotros en idéntica proporción.

 

http://www.fileden.com/getfile.php?file_path=http://www.fileden.com/files/2009/10/15/2603989/12%20LET%27S%20GET%20LOST.mp3

 

poemas en blanco

poemas en blanco

 

Tus dedos salados.

Tus dedos salados

que relamo.

Tónico para despertar.

Lo bebo.

Como bebo en tu pelo

lacio

e infructuoso.

Lo líquido no está ahí.

Está en tu boca

y en las palabras gaseosas

que salen de tu boca.

Que salen de tu boca sólida

como salen esas pompas

de jabón o de chicle

cuando me miras.

Como brota la espuma

salada.

Salada como tus uñas.

Salada como tus dedos

y tu mar de piel

que relamo.

Que relamo

en esta tierra interior.

En esta tierra

de agua dulce.

 

 

**

 

Me llenas.

Me llenas y me desbordo.

Me desbordo tanto

que me vacío.

Y me vacío

con vértigo

a no llenarme nunca más.

A no tener vértigo

nunca más.

Y con vértigo

a llenarte como me llenas.

Gota a gota.

Como te desbordas

sobre mí

gota a gota.

Y temes como temo yo

el precipicio.

A precipitarnos.

A llenarnos precipitadamente

hasta los labios.

Hasta los labios amoratados.

Los labios que no saben

cuánto hay dentro

que grita.

Que grita por salir.

Por llenarte

de nuevo.

Por llenarme

y quedar de nuevo

tan desnudos.

Como siempre.

 

 

 

Bailar sobre una baldosa

Bailar sobre una baldosa

El título de este libro de Jorge Riechmann aparecido el año pasado, tiene un título cautivador: Bailar sobre una baldosa. Una pista para ir resolviendo el enigma: sólo unos pocos, muy pocos, hacen del gozo de vivir un ejercicio de belleza, de reflexión sobre el mosaico que habitamos, y de alerta ante las señales de nuestra finitud ecológica. Voluntad de minoría, sí, pero también de agitación de mayorías. Riechmann juega a dos bandas. En una despliega toda una artillería de datos y citas sobre la actual catástrofe ecológica nunca antes experimentada en nuestro planeta (al menos, con la presencia de los homínidos). En paralelo nos muestra retazos de su biografía, aforismos de caminante, guijarros de ética, política y poética. Dice que persigue el sueño de Walter Benjamin de escribir un libro sólo con citas, pero no se resiste a darle su sentido a toda la enciclopédica recolección que hace de autores de todas las extracciones intelectuales posibles (desde la literatura hasta la sociología, la física, la neurología, etc.). Su empeño y desvelo tienen un enorme mérito. Y nos provee con una caja de herramientas cargada de sabiduría sosegada y de honestidad con sus propias convicciones en todos los órdenes de la vida. La vida, por delante de todo. Pero dentro de los límites de la naturaleza. Y la justicia y la utopía igualitaria como hilos de conexión entre todas las piezas de este collage. Para los adeptos, además, los ecos de Albert Camus o de René Char, rezumando por las cuatro esquinas. Para muestra, algunos botones:

 

“Lo que la poesía hace incesantemente es aproximar lo lejano, conectar lo desconectado, establecer vínculos que antes no existían. (…) El poeta no es un agente del orden. (…) Crear es descubrir nuevas metáforas.” (p.158)

 

“Hemos follado con diosas (que es lo que son todas y cada una de las mujeres durante un buen coito); y vamos a morir. Ante estos dos datos básicos de la existencia humana (mutatis mutandis para mujeres heterosexuales o varones homosexuales), todo lo demás palidece un poco.

 

Qué hermosa la etimología de follar: viene de la palabra latina follicare, respirar, jadear (derivada de follis, fuelle). De la misma raíz: holgar, holganza, huelga. Y de esta última la variante andaluza juerga.” (p. 388)

 

“Siempre habrá alguien a mi izquierda que me denuncie como derechista.” (p. 394)

 

“¿No convendría reparar en algo así como lo que -tentativamente- podríamos llamar acuerdo consigo mismo y con el cosmos? Esa especie de armonía, ¿no debería pesar mucho más que el aprecio o censura por nuestros méritos e iniciativas que recibamos por parte de la sociedad?

 

¿No deberían considerarse criterios decisivos de éxito o fracaso vital la veracidad con que uno vive su propia vida? ¿El grado en que contribuye a hacer mejor o peor la vida de la gente más cercana? ¿La felicidad subjetiva, el disfrute en la cotidianidad? (…) La pregunta decisiva es, a la postre: qué significa para mí vivir bien.” (p. 634)

 

 

 

Pandoras

Pandoras

Ahora esconde las manos.

 

Esas manos buenas de mi abuela

con las que me acariciaba el pelo

y me llamaba rosa

vida, ángel rubio y guapo.

Esas manos.

 

Esas manos sabias de mi abuela

que hicieron cálido el invierno tejiendo

mantas mejores que las de cualquier

Penélope, que convertían la tristeza en risa

sólo con dejarme la caja de botones

para jugar.

Esas manos.

 

Hoy se apuntó a un curso de internet

y no quiere

que nadie vea esas manos,

dice que están viejas, feas, oscuras

de tanto trabajar en el campo.

 

Ahora, mi abuela, esconde las manos

y no se atreve a tocar el teclado del ordenador.

Y yo, tan lejos como sigo estando de mí misma,

no le digo que esa manos

me hicieron creer en la vida tantas veces,

no le digo que son las manos

más hermosas que jamás tocaron

la tierra.

 

Sofía Castañón, 23 Pandoras

 

 

 

Abandona el cuarto y se abandona a la ducha,

prendiendo a conciencia su olor en las baldosas.

Se asoma silenciosa antes de marcharse del todo.

Él duerme.

Ya descubrirá de día que las princesas madrugan.

 

Carmen Ruiz Fleta, 23 Pandoras

 

 

...Todo lo demás está comprobado.

Todo menos los pequeños trozos de papel

Rasgado en el cenicero.

Cosa tuya, supongo. Tenemos suerte

esa suerte del principiante,

todavía

hay abundancia de alimentos en el frigorífico

Como si conmemorásemos el nacimiento del placer

abrimos y cerramos las puertas blancas, la piel en la nuca

de pronto tensa, nos miramos riendo

y no habitamos en el horror ni en el adversario,

 

Tenemos el resuello de los héroes,

no nos molesta ya

la flaca verbigracia de las niñas y sus paréntesis

ni ese aire tremendo de agotamiento en las cortinas

Autoritarias y voraces, levantando en sus lenguas

Solicitando

Por defecto.

 

También los libros educados por colores

El ritmo de los lo en la cocina por la tarde

Y la lógica dialéctica de un enfermo

Muy

Enfermo.

Y la porción de un abismo apagado en la bola

Del mundo.

 

La contienda del azar, las puertas con sus candados

Los pasatiempos del periódico el orgullo de un pájaro

El ojo como un hueso clavado en la garganta.

 

Este vínculo de articulaciones por la noche y en la

Cama.

Los mensajes morse de unos párpados que tiemblan.

 

Safrika, 23 Pandoras

 

 

Me sorprende que todos os empeñéis

en ser mis madrastras,

mis enanitos,

mis espejitos mágicos,

mis manzanas venenosas.

 

Soy la Blancanieves negra

inmune a vuestro cianuro,

que escupe

a esos príncipes perfectos

plastificados y púberes.

 

Soy la Blancanieves

menstruante,

la princesita preñada,

la impúdica y casquivana

Blancanieves de taberna.

 

La niña despierta,

mientras se hace la dormida.

La Blancanieves

de látigo húngaro,

de katana japonesa

y de puño americano.

La Blancanieves con metralleta.

 

La princesa de la voz agria,

la de los gritos duros,

la de la cerveza amarga.

 

Blancanieves sin madrastra,

sin príncipe,

sin enanos.

 

Sonia San Román, 23 Pandoras

 

 

No soy dueña de nada

mucho menos podría serlo de alguien.

No deberías temer

cuando estrangulo tu sexo,

no pienso darte hijos ni anillos ni promesas.

 

Toda la tierra que tengo la llevo en los zapatos.

Mi casa es este cuerpo que parece una mujer,

no necesito más paredes y adentro tengo

mucho espacio:

ese desierto negro que tanto te asusta.

 

Miriam Reyes, 23 Pandoras

 

 

LA REPONEDORA MURIEL

 

sólo tú haces de un día vacío todo el día

eres el demiurgo sencillo de un universo diminuto

arrastrando en el círculo sexto sección láctea

todo el palé de la tristeza

repones el ansia con el ansia

y el tiempo con el tiempo

sólo tú tienes la contradicción misma

de los dioses

te vanaglorias de un orden

que será siempre destrozado

y al levantarte con el cuerpo tan antiguo

miras los pasillos inexactos

sección deseo llena de realidad

sección verdad llena de historia

a una simple voz tuya todas la bandejas dicen carne

los mostradores revelan la verdad subconsciente de sus 10 grados

se alinean las hileras

surgen anaqueles rebosantes de todo lo que pueda desearse

sólo tú tienes como todas las mañanas

tres horas justas para crear un día

 

María Eloy García, 23 Pandoras

 

 

VIVIENDAS FUNDACIÓN BENÉFICO-SOCIAL

(Sector Sur, Córdoba, 1961-1965). Arquitecto: Rafael de la Hoz

 

Teníamos un tiesto con claveles,

las coplas dedicadas por la radio

y un corazón de periferia

con vistas a la diáspora y al tizne.

 

Yo contaba dos años, tan blanca la memoria

que no recuerdo nada, pero he visto mi barrio

en una exposición de arquitectura

que muestra las vanguardias y el enjambre moderno.

 

La vivienda social era una huida

de los asentamientos marginales.

Así, pensando en los más pobres

y en nuestra natural inclinación

al revoltijo y a la bronca,

nos construyó el franquismo un polígono

de casas protegidas, de refugios al margen,

como nidos aislados de hipoteca.

 

En medio de un solar sin jardineras,

ni césped verde ni inglés ni toboganes,

se edificó una urdimbre de bloques tan idénticos,

con sus cubiertas de teja a dos aguas,

como idénticas jaulas de tristeza

para pájaros torpes o vidas que no logran

alzarse, y a ras de asfalto se mueven

con sus muros de carga paralelos.

 

Viviendas solidarias, dijeron los ministros.

No dijeron más dignas que nosotros,

criaturas sin modales ni costumbre,

casi bestias del campo a la intemperie.

Porque un techo no basta. Porque no hay dignidad

ni en la pobreza ni en el hambre.

 

Teníamos un cielo lapislázuli,

igual que en las películas.

Y un corazón a dos aguas de cauce turbulento,

y un corazón a dos lavas de volcán siciliano,

y un corazón a dos sangres fluyendo por los días.

Teníamos un arte de realismo puro:

fachadas de ladrillo visto,

polvaredas del natural,

secuencias al estilo de Vitorio de Sica.

Y un corazón al revés, a dos aguas.

Pero con una sola muerte.

 

Isabel Pérez Montalbán, 23 Pandoras

 

 

 

Umbrales

Umbrales

La última película de Cesc Gay lleva el irónico título de V.O.S (o sea, Versión Original Subtitulada, supuestamente) y, en consecuencia, desarrolla con mucho humor el rodaje de la misma película que estamos viendo. El bucle que genera es deconcertante por momentos, pero pronto se aprecia que hay dos historias entrelazadas como en una banda de Möebius. El director ha desdibujado a propósito el umbral entre ambas historias, pero esa edulcoración le añade una pizca de buen humor y sorpresa que mantiene activo y crítico al espectador. En el fondo del relato, pues, aparece la historia de un “making off” en el cual un director de cine está rodando una película y podemos distinguir ahí al tropel del equipo técnico de operarios trabajando en esa película, las entretelas de los escenarios y los ensayos de los actores. En ese plano se nos muestran las condiciones de trabajo de todo ese colectivo de jóvenes a la moda alternativa iniciándose en el mundo del cine, sometidos a las órdenes del director y de los productores, casi sin hablar, pero con gestos y guiños sutiles que son todo un poema. En el otro plano de la narración se nos ofrece un drama salpicado de escenas que parecen una parodia de las comedias románticas norteamericanas o de Bollywood, sin dejar de ser verosímiles. Menos mal que cada diez o quince minutos se vuelve al otro lado del telón para darnos el toque de humor y credibilidad que nos incita a relativizar muchos de los problemas que representan los personajes. Éstos son dos hombres y dos mujeres de mediana edad (jóvenes maduritos viviendo en Barcelona) cuyo drama no deja de ser singular, aunque ya manido con frecuencia en las pantallas. Por una parte, una pareja (él, profesor de cine y guionista; ella, promotora de una escuela infantil alternativa) que busca piso, se van a vivir juntos y, al poco tiempo, rompen su relación. Por otra parte, un chico (diseñador de páginas web) y una chica (de familia acomodada, con piso en propiedad o cedido por su familia) que han decidido tener un hijo “en común” pero sin tener una relación amorosa por medio ni vivir juntos, por lo menos hasta el momento en que lo intentan. De nuevo Cesc Gay se ha vuelto a lucir con sus tretas para hacernos comprender el cine y los típicos problemas sentimentales de profesionales acomodados de clase media desde la paradójica mirada de un profesional del cine de la misma condición social, al que no vemos pero que intuimos constantemente. Cine inteligente y sugerente aunque es una pena que no haya tiempo para conocer más detalles de los dramas de las dos parejas retratadas. Una excelente crítica que he leído sobre la película ahonda más en las mismas cuestiones y no escatima halagos para esta amena y recomendable cinta: http://babel36.wordpress.com/2009/07/12/v-o-s-cesc-gay-2009/

 

 

Sermón de la montaña

Sermón de la montaña

 

 

Un curtido y joven escalador está a punto de morir

en una montaña de Pakistán a más de 6.000 metros de altitud.

 

Con los huesos quebrados tras precipitarse al vacío,

ahora suspendido sobre el vacío gracias a los arneses resistentes y encallados

en alguna muesca de las rocas justo en el momento de la caída,

enfrentado al vacío final de su vida desde esa cornisa inmanente y esa pared

invencible a las hazañas, divisando los fondos inmensos y diminutos

de la cordillera cuando la ventisca gélida y célere aplaca

sus mordidas batientes.

 

            Las hemorragias y el dolor le golpean por dentro.

Es una tortura implacable que sólo amaina por momentos, como la ventisca,

al perder toda noción de consciencia, quién sabe si atisbando ese nirvana

ideado por lo monjes de aquellos santuarios no muy lejos de allí,

en las cimas del mundo.

 

            Sabe que ya no tiene sentido preguntarse: ¿por qué estoy aquí?

¿ha merecido la pena vivir de esta manera, llegar hasta aquí?

¿a quién le podré transmitir ahora mis conocimientos de las cumbres,

del método de ascender, de la voluntad de resistir a las inclemencias?

¿a quién la humanidad vislumbrada, la humanidad mínima, el eslabón

perdido que sólo emerge con la ayuda mutua de quienes suman

sus fuerzas a los mismos desafíos?

 

Tal vez otros lo harán, tendrán tiempo para preguntarse, dudar

y meditar sus respuestas. Allí, inmóvil sobre una cornisa de la cara virgen

del Latok II, ya no es posible crear más tiempo, seguir siendo dueño

y señor de la propia vida, construir su esencia y su espíritu, comoquiera

que eso sea. Allí ya no hay tiempo, el tiempo se agota objetivamente,

fluye indiferente a ese dolor, a cualquier esperanza como en las clepsidras

y los relojes de arena que aún se ven en los museos, sin ninguna

consideración afectiva, sin teleología, firme y concluyente

como una ley natural.

 

            La expedición de rescate que envió el gobierno ha claudicado

en sus intentos y nadie sabe si se recuperarán los restos físicos

del escalador en caso de mejorar las circunstancias ambientales

por lo que se honrarán las exequias sin su presencia.

 

Me encuentro a más de 6.000 kilómetros de distancia de aquel lugar,

contemplando el amanecer al oriente desde el pico del Teide, a más de

3.700 metros sobre el nivel del océano Atlántico, en una de las llamadas

Islas Afortunadas o Elíseas o Paradisíacas. Se ubican al noroeste rico del hambriento

continente africano, rodeados por un mar de cámaras de vigilancia

y guardacostas que impiden las migraciones de aquellos cuyo pasaporte

no va acompañado de una tarjeta de crédito o débito con fondos abundantes.

 

            Hemos ascendido de madrugada con una temperatura fría pero suave,

no más de hora y media de pendiente desde el refugio veinte euros la noche,

sin apenas material de montaña especializado, siguiendo a los franceses, rusos,

vascos y catalanes más adelantados, perdiendo las huellas de sus linternas,

alumbrados sólo por la luna escueta en cuarto creciente. Leves dolores

en los cuádriceps, abductores y gemelos, pero soportables y pasajeros.

La respiración y los pálpitos cardiacos más acelerados de lo habitual, pero

sólo es un día más de turismo antes de volver a tomar el sol y las olas

en las playas de arena negra y salpicadas de rocas volcánicas.

 

            Sobre las nubes que rodean la isla de La Gomera se proyecta

la sombra piramidal del Teide instantes después del alba y de que todos

se tomen las fotografías de rigor y de sonrisas por un día más de vida y ocio.

Me pregunto por qué hemos subido hasta allí. Es más: ¿qué motivaría

al primer ser humano a subir hasta allí, a dejarse quemar su piel y sus ojos

(el cristalino, los nervios ópticos, la retina), a invertir su tiempo de vida

escasa en una proeza incierta y gratuita o incluso ingrata? ¿qué calzado

y qué abrigo, por necesidad austeros, usarían? ¿cómo superarían

las amenazas de sus dioses trascendentes, del mundo animista

que tendría en el propio volcán a una de sus expresiones más magníficas

y fantásticas de omnipotencia? ¿y qué buscamos los observadores

actuales de estos desiertos mostaza y piedras porosas dentro de

nuestras propias cavidades, latencias y erupciones posibles?

 

            Tendremos mucho tiempo más para seguir preguntando

y para meditar y para aplazar sine die las respuestas. Podremos, incluso,

elevar nuestras aspiraciones e invertir en equipos técnicos más

profesionales e intentar alcanzar los techos del mundo más nobles

para regresar a los mismos interrogantes y sentir dolores más intensos

y angustias más verdaderas. Con nuestros pasaportes y tarjetas de débito

y crédito podremos llegar a los paisajes donde habitan aquellos que carecen

de esa misma documentación para hacer el viaje a la inversa y para poder

aspirar a subir sus cumbres sagradas y preguntarle a sus dioses

las mismas cuestiones que atenazan a cualquier creador de tiempo.

 

            Al descender hasta la Montaña Blanca, donde quedó aparcado

el coche alquilado al borde de la pista forestal, se avistan innúmeros lagartos

y lagartijas al paso -esta es su verdadera patria- inmunes a las colinas

áridas, a los valles silenciosos y a las lenguas de lava que callan las heridas

que infligieron sin premeditación en cualquiera de las convulsiones

del pasado. Pasamos por la base del teleférico y allí se arremolinan

cientos de turistas esperando su turno para ascender por veinticinco euros

sin el menor esfuerzo físico, pero con sus particulares vacíos

metafísicos, a los miradores desde los que se otean los confines de la isla,

los mares de nubes y el sol abrasador del mediodía (sólo en horario de nueve

de la mañana a cuatro de la tarde).

 

            Algunos han leído o escuchado las noticias del escalador fallecido

en las alturas del continente asiático, mas el rayo gélido atravesando

la espalda es olvidado rápidamente en pos de la única y auténtica vida

cotidiana. Es agosto y estamos de vacaciones.