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ateo poeta

León y Olvido

León y Olvido

 

Marta Larralde es la co-protagonista, junto a Guillem Jiménez, de León y Olvido, dirigida por Xavier Bermúdez y que vio la luz, después de largos empeños, en 2005. Es una película ambientada en La Coruña, pero sin pompa, austera, cruda y conmovedora. Apenas se escucha alguna melodía a lo largo de la proyección. León tiene síndrome de Down y convive con su hermana, Olvido, la cual trabaja en un taller textil desde que ambos se quedaron huérfanos. Lejos de una parábola psiquiátrica o pedagógica acerca de la condición de vivir con síndrome de Down, el relato va enmadejándose a partir de las intensas ambivalencias que suponen su mutua convivencia y dependencia, y sus respectivas aspiraciones. Nada es fácil y todo está a punto de quebrarse. La inestabilidad laboral, los abusos de autoridad y la libido de todos los personajes, son finamente implantados como marcapasos de corazones frágiles y fuertes a la vez. Ni complacencia, ni conmiseración: León y Olvido luchan por no caer por el acantilado de las adversidades. Pocas veces se ven regalos de flores, silencios y declaraciones de amor con tanta sinceridad. A Marta Larralde la recordaba por otra gratificante película, tres años atrás, rodada en Vigo: Lena (dirigida por Gonzalo Tapia, 2001). Allí también era huérfana de madre y también estaba empleada en una fábrica portuaria, y también le tocaba cargar con las miserias de su padre alcohólico. Allí también intentaba abrir pequeñas vetas para su libertad aunque todo a su alrededor se pusiera en contra. A través de sus ojos y de esas ciudades cercanas, puedo reconstruir mis paisajes humanos, afilar mis dientes, llenar de aire los flotadores. No aptas, pues, para almas pusilánimes.

 

old songs

old songs

When you dance, do your senses tingle?
Then take a chance?
In a trance, while the lonely mingle
with circumstance?

I've got something to tell you
you make it show.
Let me come over, I know you know
When you dance I can really love.

I can love, I can really love, I can really love
Like a mountain that's growing
a river that rolls.
Let me come over, I know you know

 

When you dance I can really love.

 

 

Neil Young, When You Dance I Can Really Love


promiscuidad

promiscuidad

 

promiscuidad: a efectos literarios, aplíquese aquí a la proliferación de entradas en la presente bitácora durante el mes de diciembre debido a un terrible pánico a la hibernación por venir

 

otra campaña de publicidad

 

Gracias a este blog sabrás qué pasa en mi vida.

¿O será lo que pasa en la tuya?

Las ficciones son sólo un pretexto

para que nos miremos a través del espejo.

 

los amantes

los amantes

 

¿Quién los ve andar por la ciudad
si todos están ciegos?
Ellos se toman de la mano: algo habla
entre sus dedos, lenguas dulces
lamen la húmeda palma, corren por las falanges,
y arriba está la noche llena de ojos.

Son los amantes, su isla flota a la deriva
hacia muertes de césped, hacia puertos
que se abren entre sábanas.
Todo se desordena a través de ellos,
todo encuentra su cifra escamoteada;
pero ellos ni siquiera saben
que mientras ruedan en su amarga arena
hay una pausa en la obra de la nada,
el tigre es un jardín que juega.

Amanece en los carros de basura,
empiezan a salir los ciegos,
el ministerio abre sus puertas.
Los amantes rendidos se miran y se tocan
una vez más antes de oler el día.

Ya están vestidos, ya se van por la calle.
Y es sólo entonces
cuando están muertos, cuando están vestidos,
que la ciudad los recupera hipócrita
y les impone los deberes cotidianos.

 

Julio Cortázar, Los amantes

 

cortazarianos

cortazarianos

 

en Madrid, hace años, conocí a unos cuantos cortazarianos a quienes he perdido el rastro, era de esperar, ya nos reencontraremos en el momento más inesperado

 

en Radio-3 nos han embelesado a menudo con las pocas palabras grabadas de aquel ilusionista del lenguaje apasionado y perplejo,

 

en mi última trashumancia obelixar, otro cómplice recreador de sentidos, me prestó un disco donde resonaban frescos y atemporales los recitados del argentino


publicidad contra el propio tejado

 

 

En este blog los coloretes de las palabras no llevan a ningún sitio.

Son licencias ornamentales.

 

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Este es un blog para compartir animales, plantas y cosas que me emocionan.

 

 

monalissa

monalissa

 

La vida es real y surrealista a la vez. Lo real y lo irreal están comunicados sutilmente. El sábado por la noche Monalissa Rarajazz revivieron en La Galería de Vigo. A Mónica de Nut, su cantante, la había conocido en una de las “repichokas” hace años. Enseguida compartimos discos de Maria João y Mário Laginha, esos dos eclécticos del jazz afro-portugués. Días antes, yo acababa de ver a la João junto a Joe Zawinul en Oporto y aún no me había recuperado del trance. El sábado, nada más leer en el periódico la agenda de conciertos de la noche, en el disco de mp3 que llevaba en el coche sonó, por mor de la función de reproducción aleatoria, una canción de Maria João. Mónica hacía las mismas piruetas guturales, todas las diosas se reproducen. Por la noche, al acabar el concierto descubrí a Manolo Pipas entre las sombras y a otro viejo amigo insumiso. Salió este blog a relucir, un ejemplar físico del “viaxe ao país das nubes”, nuestros pasados comunes y nuestros presentes tangentes. Mónica había dejado en el aire todos sus juegos de voz, sus boleros free-style y sus “few favourite things”. Aspiramos ese humo de diamantes hasta que el sueño nos devolvió a nuestras guaridas flotando sobre los mapas.

 

 

dos advertencias y una súplica

dos advertencias y una súplica

 

Las pocas veces

que he sido feliz

he tenido un profundo miedo

¿cómo iba a pagar la factura?

 

Sólo los insensatos

-o los no nacidos-

son felices sin temor.

 

 

 

Tú querías que el placer fuera una casa

y vivir eternamente en su morada.
Pero el placer era un cuarto de alquiler.

 

Tú querías que el placer fuera un castillo

con anchos muros como ancas de mujer.

Pero el placer era agua

no era piedra

iba y venía

se secaba

como los cauces de los ríos antiguos.

 

 

 

Se busca musa. Abstenerse flacas

resentidas travestidos y envidiosas.

Sueldo escaso

noches de amor intenso

y libros como hijos.

 

 

 

Cristina Peri Rossi. Estrategias del deseo

 

 

viaxe ao país das nubes

viaxe ao país das nubes

 

os muros da finca

do consejo indigena

recibenme co mural

da comunitaria radio guetza

pero eses micros estan pechados

pola pinche represion

 

seis meses despois

a emisora subiu as comunidades

e segue livre no seu rincon

 

 

 

lembro

os chiquitos versos

de ángel gonzález

na voz de pedro guerra

 

como llevaba trenza

la llamabamos trencita

como llevaba trensa

la llamabamos trensita

 

 

 

güero güero

así me chamaban os presos

dende detras das reixas

cando ia polos pasillos

a visitar a jose

os güeros

somos de pel clara

e sempre levamos cartos

 

 

 

na foto

todas estamos

mais ou menos como somos

ocupando o noso lugar

nese tempo nese espacio

entre tantas culturas

e mestizos movimentos

pero agora

ollando a estampa

penso nos corpos que faltan

e penso en ti que non saes

porque estas detras da camara

 

 

 

de pura arcilla os camiños

el color de la madre tierra

puros soños dos meniños

 

mil estrelas sobre o planton

mil petates mil cobijas

mil abertos corazons

 

 

 

Manolo Pipas, viaxe ao país das nubes

 

el país de las nubes

el país de las nubes

 

 

si algo aborrezco de las críticas literarias sobre poesía es que no citen poemas enteros, que el comentario se convierta en una letanía ornamental y vacía, que no emerja ni una huella de las subjetividades biográficas de quien escribe, de quien lee, y de sus relaciones, por muy virtuales que sean,

 

viaxe ao país das nubes” (editorial Chilacayote, Vigo –supongo-, 2006) es más que un libro de poemas: un relato de viajes en verso y en imágenes sobre la experiencia de su autor colaborando con el CIPO (Consejo Indígena Popular de Oaxaca) y con La Otra Campaña que ha circulado por México animada por el EZLN (Ejército Zapatista de Liberación Nacional),

 

Manolo Pipas es el autor, un nombre artístico que comenzó como un apodo debido a su afición por cultivar calabazas y llevar habitualmente sus frutos en el bolsillo, que siempre ha defendido hablar y escribir en gallego, y con quien he compartido muchas vivencias en el MOC (Movimiento de Objeción de Conciencia) desde que llegué a Vigo en 1993, y después en otros espacios comunes como aquellos recitales iniciáticos -para mí, al menos- (“a repichoka”) que acontecían tan clandestina y cómplicemente en A Cova dos Ratos,

 

una persona para mí, pues, entrañable,

 

en blanco y negro (a excepción de las ilustraciones coloridas y mágicas de Pedro, otro libertario en las mismas redes de afinidad y solidaridad) acompaña un buen puñado de fotografías tiernas y melancólicas que él mismo fue atesorando,

 

me sorprende de Manolo su progresiva aceptación de los aparatos fotográficos, telefónicos, informáticos, aerotransportadores, él que nunca se olvidaba de portar lápiz y papel, y de mostrarlos con el alarde del hombre primitivo que ha alcanzado las más altas cumbres de la trascendencia, me sorprende que haya llegado a mezclar ese castellano mexicano con su gallego de siempre, militante, con indigenismos crujientes como el maíz, deslumbrantes y enigmáticos, como si fuera uno de esos poetas de la época beat que tan lejos le quedan, me sorprende que siga reacio a las normas ortográficas, a la acentuación, insumiso a las letras mayúsculas y capitales, algunas veces,

 

y debo decir que me gustan las personas que me sorprenden, y que este libro de viajes o de poemas, o de poemas y de viajes, consigue hacerte, poco a poco, uña y carne con todas esas vidas que lo nutren

 

 

 

 

 

aquella noche le brillaban los ojos como joyas,

como embalses, pero no quiso esconderlos

a las decenas de miradas que le interpelaban

en las escaleras del metro, en cada vagón,

entre el tumulto, a dónde vas, qué anhelas,

cuáles son tus coartadas, pero no quiso esconderse

de su memoria, de las melodías hipnóticas

que repercutían en su tristeza, las cadencias otoñales

de George Winston, esos lamentos de Antony,

aquellos blues de Ali Farka Touré & Ry Cooder,

Nick Cave, otra vez, qué animal con secretos

se escondía indomable, infranqueable tras la luz

que escupían sus poros y era salpicada por la lluvia

tenaz, Madrid, Puerta del Sol, diciembre,

tantos años a cuestas y esa mirada en guerra,

de niño ávido por desvelar las cartas marcadas

de tantas niñas en guerra, sus lenguas cortantes

en La Boca del Lobo, los cuerpos húmedos,

no podría esconderse, hacerse invisible, mobiliario

urbano, para conocer las armas de la seducción

debía jugar en la oscuridad, bailar hasta la muerte,

apostar sus ojos, arriesgarse a perder y vagar,

pagar las copas a siete euros, recubrir con algodón

sus pepitas de oro, se subió al búho, abrió el periódico

por el artículo sobre los “low cost” que había dejado

a medias y volvió, somnoliento, seguro, a una casa

que flotaba sobre los mapas

 

 

tenías el don de la palabra

y yo sólo te ofrecí puntos suspensivos

 

buceaste en mis ojos sin oxígeno asistido

y yo sólo me abracé a la perla de mi secreto

 

despejaste una utopía entre la maleza de instantes

y yo sólo añadía más incógnitas al calendario

 

arropabas con tu dicha mi melancolía

y yo sólo sucumbía al terror de mis fantasmas

 

te alejaste con la templanza de los héroes anónimos

y yo seguía librando batallas contra el viento

 

 

 

Panero

Suave como el peligro atravesaste un día

con tu mano imposible la frágil medianoche

y tu mano valía mi vida, y muchas vidas

y tus labios casi mudos decían lo que era el pensamiento.

Pasé una noche a ti pegado como a un árbol de vida

porque eras suave como el peligro,

como el peligro de vivir de nuevo.

 

 

Vosotros, todos vosotros, toda

esa carne que en la calle

se apila, sois

para mí alimento,

todos esos ojos

cubiertos de legañas, como de quien no acaba

jamás de despertar, como

mirando sin ver o bien sólo por sed

de la absurda sanción de otra mirada,

todos vosotros

sois para mí alimento, y el espanto

profundo de tener como espejo

único esos ojos de vidrio, esa niebla

en que se cruzan los muertos, ese

es el precio que pago por mis alimentos.

 

 

Digo yo si este espejo vale para que tú seas

frente a mi imagen arruinada, si este espejo

vale para los dos y si este cuerpo

canta en tu sexo y brilla

algo la cúpula bajo la cúpula del techo,

digo yo si tú quieres que mi vida sea,

ahora que mi alma se quiebra entre los dos,

como por un abrazo.

 

 

Te ofrezco en mi mano

los sauces que no he visto.

 

 

Leopoldo María Panero, Last River Together

películas con adolescentes

películas con adolescentes

 

Little Miss Sunshine” pertenece al subgénero de películas que me permiten compartir buen cine con mis hijos sin tener que ceder, por mi parte, al bombardeo de superproducciones llenas de efectos especiales y dirigidas a “todos los públicos” infantilizados y atolondrados por la industria del espectáculo (tipo “King Kong”, “El señor de los anillos”, “Piratas del Caribe” y similares). Al verla, me acordé de otras películas que también ponen patas arriba esa dictadura del “éxito a toda costa”, esa división del mundo entre “triunfadores y fracasados”: “Las mujeres de verdad tienen curvas” o, la más reciente, “C.R.A.Z.Y.” Estas mismas películas, con su modesto presupuesto y su sabiduría a la hora de narrar historias mínimas y mimarnos con simpáticos detalles existenciales, son un ejemplo patente de lo poco que es preciso para “triunfar” en la vida, para ser alguien, para que tenga sentido, para que la sintamos acompañados. A veces, echo de más su excesivo énfasis en la unidad familiar, con esas frases estridentes del tipo “y recordad que, por encima de todo, somos una familia” (habitualmente pronunciadas por la mamá, última garante del viejo pacto de sangre). La familia como si fuese el único sustento social de las almas desamparadas o, simplemente, despistadas. Pero lo cierto es que cuanto más humor, sencillez y cariño se respiran en tales cintas, más a gusto me siento compartiéndolas con mis chicos ya casi adolescentes, con mi familia, a fin de cuentas. De hecho, los sábados por la tarde hemos recurrido con frecuencia a retrospectivas del sarcástico Woody Allen y de los no menos Monthy Python, y a otras simpáticas desventuras como aquella de los hermanos Cohen, “O Brother!”, o “Elling”, la de aquellos dos tiernos chiflados nórdicos que son externalizados de un hospital psiquiátrico y confrontados a vivir por sí mismos en un piso supuestamente tutelado (uno de ellos, para más sorna, regalaba sus poemas dejándolos en el interior de los alimentos envasados del supermercado).

 

En “Little Miss Sunshine”, la protagonista, podríamos decir, es una niña de siete años que desea fervientemente participar en un concurso de belleza. Pero es un poco gordita y viste, además, unas gafas que le cubren media cara. Su abuelo, que ha sido expulsado de la residencia de ancianos por esnifar heroína, le ha ayudado a preparar su actuación. Olive, la niña, tiene un hermano de unos quince años que lleva varios meses obcecado en no hablar, que odia a toda su familia y que sólo quiere ser piloto de aviones de combate. El padre anda a vueltas con un proyecto de escribir un libro sobre los diez pasos para ser un ganador (“refuse to lose”). De la madre, poco sabemos excepto que acaba de incorporar al hogar familiar a su hermano, un profesor especialista en Proust y homosexual que ha intentado suicidarse tras un desengaño amoroso. Todos se subirán a una vieja furgoneta a la que se le rompe la caja de cambios, entre otras averías, para acompañar a Olive a realizar su sueño en el ridículo hotel donde las niñas queman su infancia por emular a Miss California. Lo curioso es que el viaje irá también poniendo de manifiesto cuán ridículas o nimias son cada una de las aspiraciones de la singular trouppe familiar. Todo desembocará en una convulsiva transgresión de las convenciones y en la reanudación de los lazos familiares que aún subsisten, pues durante el periplo alguno se quedará por el camino. En fin, lo dicho, bonito manual de autoayuda para tomar con palomitas.

 

mi turno en el laberinto

mi turno en el laberinto

 

Mañana tengo que llevar el coche al taller. Tendré que avisar de que llegaré tarde a la reunión, pero no puedo faltar. Ya está bien de dejar que sean los mismos los que cortan el bacalao. Aún recuerdo la última vez que me tomé una semana en Praga y a mi vuelta habían decidido cambiar a todo el mundo de despacho. ¿? hola corazón, ¿qué tal te va con tu nuevo jefe? por cierto, que te hice caso y apunté a los niños a la academia de inglés que me recomendaste, a ver si así van aprendiendo algo, hija, porque en la escuela parece que este año han vuelto a estudiar los números del uno al diez… ya, ya, qué te voy a decir a ti, que eres profesora… ah, disculpa, cielo, pero te tengo que dejar que estoy en el banco haciendo unas gestiones, ya te llamo a la tarde por si quieres ir al cine cuando salgas del gimnasio, un beso. Para una mañana que me pido de asuntos propios y ya llevo aquí más de dos horas perdidas para negociar la dichosa hipoteca. Esto es un torbellino y yo parezco la mujer araña. Creo que las próximas vacaciones me iré a una isla paradisíaca, si es que queda alguna, para tumbarme a la bartola todo lo que pueda, nada de museos, ni festivales, ni tiendas de campaña ni amantes deportistas, qué cansancio sólo de pensarlo. No quiero ni acordarme del último fotógrafo que conocí por internet, vaya caso, más me valdría iniciar relaciones con un notario, si es que hay alguno que no sea un muermo, claro. Si lo peor, por mucho que diga mi madre, es enamorarse: ¿para eso tanto estudiar? Que me quiten lo bailao, pero a mí no me vuelven a cazar. Entre los hombres, los niños y la casa, al final dime tú cuando tienes un momento para leer un libro tranquilamente. Y, encima, en la asociación se han vuelto locos y quieren que comencemos una huelga de hambre para protestar por el despido de los mediadores. ¡Lo que me faltaba! Lo único bueno que le veo a la iniciativa es no tener que hacer la compra de la semana. Le voy a mandar un “sms” a la secretaria para decirles que tienen todo mi apoyo moral, esa gente sí que se lo merece, no como otros lameculos. Dos horas aquí clavada, esto es la hostia. En fin, a veces el tiempo corre de forma desesperante y todavía me quedan un montón de cosas por resolver hoy. ¿Sí, es mi turno?

hace frío en Örebro

 

¿Adónde vais en esta noche helada,

camaradas de subvenciones europeas,

qué os desvela a vuestra edad de tortugas?

Vamos a coger el avión de las vibraciones infinitas

en otro vaso de orgasmos flotando

en espumas de icebergs y ojos hambrientos.

Nos lo ha dicho Governor Andy, ese doctor

que nos ha inoculado reggae como anestesia,

durante horas de sudor y de ojos hambrientos.

Enseguida nos reconocimos, la sangre caliente

como lobos esteparios, la risa floja, basta de dioses

y de intelectualismos, brindemos por la ciencia.

En cada aeropuerto te espera una ración de danza

hasta la extenuación, mi cómplice, mi dulce

trance vagabundo, recuerda a los Speak Low

en Madrid, a los del Mojo Project en Sevilla, a aquellas

negras soberbias en Pekín. Lárgate de esos

frígidos aeropuertos, vamos a buscar los ojos

negros y hambrientos y afilados como el tiempo

que sólo quieres quemar pronto. ¿Ya habéis

encontrado la piedra filosofal de la eterna juventud,

eh, vosotros, los viajantes, los rumiantes inquietos?

Tan sólo hallamos redes inalámbricas, la memoria

efímera y colectiva de la próxima masturbación

y la vida apretada con fuerza en un puño

como la piedra que lanzarías hacia arriba.

Ahora es fácil traducirnos, cambiarnos de lugar,

mimar nuestras frágiles esencias, el baile las moldea

y la noche comienza a las tres en el círculo polar.

 

Piazza d'Italia

 

El día anterior había visto “Bombón, el perro”, una película tierna y emocionante de Carlos Sorín, con actores no profesionales. Gente con muchas historias que contar, un director que les da palabras e historias, historias que necesitan personas para enriquecer nuestras vidas. Pero, sobre todo, poesía: un ritmo, unos gestos, unos trazos de color que abren en flor nuestros sentidos. Y parecía una película. Volví a la vida prosaica. Carretera, metro, un avión a una ciudad donde nunca he estado, otro avión a una ciudad más al norte, más trenes, frío polar. Los momentos perfectos para leer y dormir a plazos, sin acabar nunca de descansar. Escogí “Piazza d’Italia”, de Antonio Tabucci. Uno de esos libros viejos que nunca pasan de moda porque, tal vez, nunca lo estuvieron. Y volvió la poesía envuelta en guerras espeluznantes en las que siempre mueren los pobres, en rebeldes que dejan huellas y también llenan los cementerios, en dramas que parecen mágicos e inexplicables cuando la cosecha y la primavera han sido fructíferas. Las metáforas y símiles que usa Tabucci son deslumbrantes y simples, como si las hubiéramos pensado ya alguna vez en nuestra vida. Los saltos en el tiempo son juguetones como nuestra memoria, como los cachorros que se mordisquean. La Historia, con mayúsculas, es envuelta en historias de esperanzas y perdedores, en poesía. Y parecía una novela. En fin, ya he tomado la ración semanal que me exige mi dieta, en cualquier latitud del mundo. A ver qué sorpresas me reserva para el viaje de vuelta ese libro de Panero que parece poesía.

 

un mundo sin memoria

un mundo sin memoria

El hombre tranquilo había aprendido a sobreponerse al estruendo ambiental. Tras unos años de juvenil desconcierto y de dar tumbos entre las múltiples obligaciones miserables que le imponía su medio social, comenzó a depurar sus ideas, a tomar decisiones contundentes con el firme propósito de hacer su vida más fácil y plena. Su recogimiento ascético pronto le apartó de bodas, despedidas de soltero, comuniones, bautizos, entierros, comidas protocolarias, partidos de fútbol y demás eventos sociales en los que sentía un tedio profundo, aunque sin animadversión alguna por todos cuantos se dejaban arrastrar por su inercia.

 

No confió su malestar a ningún dios ni a ninguna ideología al uso. Prefirió inventar su propio camino, lo cual conllevaba, inevitablemente, una actitud de desconfianza ante el atisbo de estar compartiéndolo con embaucadores de cualquier calaña. El hombre tranquilo necesitaba vaciarse de toda aquélla rémora de palabras ideales -‘felicidad’, ‘orden’, ‘amor’, ‘bien’, ‘libertad’- que desde la más tierna infancia habían pretendido inocularle. No obstante, fue creando su propio mundo interior, sembrándolo de dudas y meditaciones que apenas musitaba ni, por supuesto, osaba intercambiar con extraños. Para qué echar más leña al fuego de un mundo tan caótico y lleno de encendidas iras y beligerancias por doquier.

 

En su periplo, lento e imparable, aprendió a deshilvanar una realidad a la que no le encontraba más sentido que el de las leyes que regían la naturaleza del resto de seres y cosas no humanos. Así, sin dejar de vestirse ni de utilizar la luz eléctrica, cada vez más sus gestos se turbaban con afán reflexivo en pos de formas de vida más austeras que le librasen de la esclavitud del comercio y de las agresiones de otros hombres. Al cabo de unos años de perseverancia, el hombre tranquilo consiguió despedirse de la gran mayoría de personas con las que había intimado en alguna ocasión y apenas constaban unos pocos renglones en su agenda de contactos. Sólo esa mínima expresión en su agenda lo consideró como un gran mérito, pues era fácil percibir que muchos otros de sus coetáneos habían adquirido un semejante grado de soledad sin habérselo propuesto y, en consecuencia, se sentían irremediablemente desdichados.

 

Sus empeños por acrecentar esa esfera de paz que le iba inundando poco a poco, lejos de adormecerlo, avivaron su astucia y pragmatismo. Resuelto a no trabajar más que lo estrictamente necesario y a no someter el trabajo de nadie a sus caprichos o ambiciones, descubrió en un país lejano la existencia de un filón de primitivas criaturas fosilizadas cuyas inverosímiles figuras constituían un preciado objeto de deleite artístico para algunos de sus congéneres humanos. Se dedicó a su extracción y venta a coleccionistas de todo el mundo, siempre manteniendo un extremo sigilo y discreción pues, de hecho, era una actividad modesta que practicaba una sola vez al año. El viaje era preparado con toda delicadeza, enrolándose en algún barco de mercancías las más de las veces, y recogiendo entre los fósiles sólo un ejemplar minúsculo y deslumbrante cada vez. Después elegía el lugar del mundo que visitaría para desprenderse de la ansiada roca y, al poco, regresar a su morada. Aunque su retraimiento le había llevado a instalarse lejos del barullo urbano y a autoabastecerse en una gran medida, con el dinero conseguido por aquella insólita transacción anual cubría de sobra cualquier otra necesidad material o cultural que pudiese surgir. Como contrapartida, cada uno de aquellos desplazamientos le proporcionaba texturas más complejas a su ya acusado silencio. Las líneas profundas de su rostro y su mirada inquieta se iban alimentando de todas las gentes, lenguas, casas y parajes que inspeccionaba, pero se resistían a devolver nada. Ni una opinión, ni un consejo, ni una preferencia; nada que pudiera, por acaso, empeorar su vida propia o la de sus acompañantes eventuales.

 

El hombre tranquilo era consciente de que su modo de vida no estaba exento de riesgos. Podría sufrir un accidente o enfermar gravemente. Podrían impedirle o gravarle de forma insostenible su secreta actividad espeleológica. Una guerra o una catástrofe medioambiental también podrían obstaculizarle el acceso a sus acantilados de tesoros naturales. Podría ser expulsado de su casa por una nueva carretera que la atravesase en dos sin contemplaciones. Podría enamorarse.

 

Sin embargo, nada de ello le preocupaba en exceso. El miedo se había disipado como la niebla el mismo día en que había decidido tomar las riendas de su vida. Pocos imaginaban que aquel hombre tranquilo un día sentiría vértigo al recordar todo lo que había cambiado y lo mucho que le quedaba por hacer.