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ateo poeta

la huella sonora

 

Alabados sean los pies del viajero

La huella sonora que persigo yo

Que se aleja y vuelve en alas del viento

Pájaro del ánima del pensador

 

A la media luna giró la fortuna

A la noche entera que el viento cambió

Y asoma la luz por la décima espera

Y besa la nube rosal trepador

 

Ay de mí morena que soy un espectro

Somos renegados, cautivos los dos

Y aprueba la luna su filo en el cielo

Oscura cadena, dorado eslabón

 

A la media luna giró la fortuna

A la noche entera que el viento cambió

Y asoma la luz por la décima espera

Y besa la nube rosal trepador

 

Bajo la muralla de Palma del Río

Hermosa cautiva me diste tu amor

Y soñamos hijos psicodélicos

Plaza de los tópicos utópicos

Peleando con los tiempos críticos

Ebrios del aroma de la eterna flor

 

A la media luna giró la fortuna

A la noche entera que el viento cambió

Y asoma la luz por la décima espera

Y besa la nube rosal trepador

 

 

Juan Perro

 

antídoto

 

Ten cuidado, si te descuidas caes en manos de él

Poderoso es el pasado, para perderse en él

Bien lo sabe el vendedor de nostalgia

 

Pasa del vendedor de nostalgia

Sé forjador de sueños vivos

Mirando atrás, mirando al frente

Pisando en el presente, firmemente

Mirando atrás, mirando al frente

Pasando de uno a otro, sin quedarte

 

Ten cuidado, siempre caro es su precio

Pues te revende tus recuerdos a precio de futuro

Pinta sueños muertos el vendedor de nostalgia

 

Pasa del vendedor de nostalgia

Sé forjador de sueños vivos

Mirando atrás, mirando al frente

Pisando en el presente, firmemente

Mirando atrás, mirando al frente

Pasando de uno a otro, sin quedarte

 

El futuro es un veneno

Si no tienes el antídoto del pasado

El pasado es un veneno

Si no vives el presente

Mirando atrás, mirando al frente

Mirando atrás, mirando al frente

Pisando en el presente, firmemente

 

Potato

 

canciones

canciones

 

687 kilómetros conduciendo pueden ser una eternidad o una simple etapa de un viaje hacia no se sabe dónde. Poco después de pasar Haro hay dos señales que indican distancias a numerosas ciudades, todas muy alejadas de Logroño, mi punto de destino. 693 kilómetros a Alicante, decía. Y me acordé de mis amigos allí y de los amigos de otros amigos y de quien se pasa la vida en la carretera de un lado a otro. Es curioso, todo continúa. ¿Qué señalizaciones excéntricas habrá en Alicante: Huelva, Faro, Port Bou, Ámsterdam…?

 

El domingo había amanecido radiante en Galicia. Un domingo templado, otoñal, imprescindible. Desde que se inició el crepúsculo del día, adelantado ahora a poco más de las seis de la tarde por mor de los designios tecnocráticos, una luna llena, repleta, saciada y sublime, se dejaba vislumbrar entre algunas nubes veloces y regalaba, por su cuenta, toda su luz a raudales. Durante todo el viaje, como siempre, me dediqué a rastrear músicas entre las bolsitas de los “cds” y a adivinar en qué momento y con qué frecuencia se resintonizaría de nuevo “radio 3” después de Ourense, antes del Padornelo, entre Benavente y León, el vacío mesetario al atravesar Palencia, 94.3, 99.9, 101… Otras veces, cuento y recuento velocidades medias, minutos por kilómetro, kilómetros entre ciudades, sólo para no dormirme.

 

Después de escuchar viejos temas de los Doors, Fela Kuti, Lou Reed y Van Morrison, me pasé a la sección de skatalíticos y alter-latinos, desde Los Fabulosos Cadillacs, Manu Chao y Amparanoia, hasta otras cancioncillas de grupos menos conocidos como Ki Sap, Nen@s da Revolta, Os Diplomáticos de Monte Alto y los inimitables, e irrepetibles, Hechos contra el Decoro. Sería por la luna, sería por las meditaciones que provoca todo viaje, dos canciones me laceraban las cuerdas vocales, como si las estuviese inventando yo mismo. Como si el tiempo no les hiciera mella: “Antídoto” de Potato y “La huella sonora” de Juan Perro.

 

punto de ruptura

punto de ruptura

 

Los vi mientras esperaba en la cola de la caja número dos. No los había deseado antes. Ni siquiera había reparado en su existencia cuando, en otras ocasiones, hacía la compra con hastío y disciplina por igual. Aunque en las últimas semanas la irritación de la garganta iba a más, la opción de tomar caramelos de eucalipto estaba lejos de mis cábalas acerca del remedio más adecuado. Un destello fugaz en la memoria me retrotrajo a aquellos domingos de la infancia en los que matábamos el tiempo eligiendo y degustando golosinas de variadas texturas y colores. Y estos dos paquetes de caramelos, por favor, añadí al silencio rutinario y a los códigos de barras antes de abonar mi avituallamiento semanal.

 

El fin de semana anterior había sido propicio para echar candados y soltar lágrimas. Nos habíamos dejado. Es un eufemismo, ya lo sé. Ella te deja, yo lo dejo, nosotros nos dejamos, y no sabemos ni el qué, ni el porqué. Es como un fenómeno meteorológico más, imprevisto, pero necesario, natural. Por alguna extraña razón, los fines de semana se prestan a ese tipo de escenas: vamos a hablar de lo nuestro, pero si no tenemos nada de qué hablar, es que tengo dudas, pues lo dejamos y ya veremos más adelante. Durante los días laborables todo fluía con menos turbulencias. El trabajo nos parecía sagrado. Como un templo a salvo de llamadas de teléfono de cariz amoroso. Y, cuando las había, eran mínimas y concisas como la pólvora a punto de incendiarse. Y, cuando llegaba la noche, cada humano animal calculaba con tiento y astucia los deseos propios y los recíprocos, o cerraba los ojos plácidamente.

 

Los caramelos mentolados esos me entretenían como si de una droga del olvido se tratase. Jugaba a trasladarlos de un carrillo a otro. Forzaba su adherencia a las encías y me divertía creando prominencias perceptibles desde el exterior. Entrenaba la mandíbula, ensalivaba con frecuencia y hasta me sentía más ligero y ocurrente. Comprobaba en los espejos, en cuestión de segundos, si mi nueva imagen podía competir con la seguridad misteriosa que parecían transmitir los fumadores empedernidos. En todo caso, las decenas de ingredientes no identificados que constaban en el envoltorio de mis caramelos no inspiraban, que se diga, una gran tranquilidad.

 

Enseguida descubrí el punto de máximo placer e inquietud. El momento justo en el que pasas de saborear una unidad clara y distinta, para encontrarte de bruces con una miríada de pedazos en tu paladar. Poco a poco, empecé a paralizar mi lengua todo lo posible antes de que se resquebrajase la última lámina frágil en la que se había convertido el caramelo. Como si de un rito tántrico se tratase, de esos en los que se inmoviliza mentalmente la eyaculación al objeto, dicen, de prolongar el éxtasis. En realidad, más que descubrir tales divertimentos, tan sólo reconocía con más atención lo que alguna vez ya había sentido. Nada es nuevo, pero hasta lo más viejo te puede volver a sorprender. Ese punto de ruptura reclamaba toda mi concentración, se transformaba en un estado mental de lucidez. Era como el umbral desde el que asomarse perplejo a la vida siempre a punto de quebrarse, al mundo, siempre lleno de cristales rotos. Como esos domingos de la infancia, como ese domingo en que dejamos de lamernos las heridas.

 

 

llego al final del libro –Estrategias del deseo, Peri Rossi-

y vuelvo a empezar, por si me había perdido algo

-una batalla memorable, un resplandor, unas gotas

de esencia de enebro-

mientras, he ido doblando las esquinas de las páginas

más luminosas, como quien subraya los apuntes

del profesor,

pero sólo las esquinas superiores: no admito

siameses, dos buenos poemas consecutivos

-cuándo tendría tiempo para su digestión-

al paso también he ido podando las marcas publicitarias

y toda escena poco erótica,

para qué me sirve si no me rasga las vestiduras

ni multiplica mis deseos hasta el rubor, y el grito

-para no dar envidia a los vecinos, ya me he cerciorado

de que la música esté bien alta-

por fin, lo he comprendido todo: nadie me ha embriagado,

no hay nadie a quien pedirle la cuenta,

ella ya está de vuelta, ya lo sabía: esa fuerza motriz

siempre es fugaz, intermitente -¡solitaria!-

si gana, pierde; si pierde, no se deja ganar,

sólo busca un libro en blanco, cada vez

 

la sangre de los fósiles

la sangre de los fósiles

Siempre es difícil encontrar libros de poesía que merezcan la pena. Escuchando el programa de Radio 3 “La estación azul” escuché a José María Micó recitar algunos de sus poemas en su último libro, “La sangre de los fósiles” (editorial Tusquets, 2005), y me gustó su lenguaje prosaico, aforístico y circunspecto. El libro, al final, no me ha entusiasmado del todo ni me parece redondo, pero son recomendables algunos extractos.

 

oigo el mercado,

toco un cuerpo joven,

percibo mi propia juventud,

la que fue y ya no es,

la que estuvo y no está,

paseo sobre cáscaras de frutos,

entre los gases de los coches,

y veo y huelo y gusto y toco y oigo

sólo lo que está fuera de las cosas.

El fruto es siempre ausencia,

placer vaciado.

 

 

yo soy.

Tú eres.

Él es.

Nosotros somos.

Ellos son.

Pero si me creéis, allá vosotros.

 

  

el olor del jazmín es casi tacto.

 

 

algunas noches

las mujeres se suben

a la cabeza.

 

En la taberna,

el mundo vocifera,

tú me sonríes.

 

Esa sonrisa

es una de las formas

de la esperanza.

 

Es el instante,

y no un vodka con hielo,

lo que ahora apuro.

 

Cualquier esquina

en que bese tus pechos

será mi casa.

 

Si te desnudas

verás desanudarse

todas mis dudas.

 

No nos miremos.

Es hora de tocarse

sin miramientos.

 

Estamos solos,

y encima de esta cama

sobran los versos.


vía verde

vía verde

En Logroño comenzaron las fiestas de San Mateo el sábado. Toda una orgía de vino y sangre de toro. Me fui a Calahorra, a cuya entrada un cartel la presentaba como “la capital de la verdura”. A los pocos kilómetros de pedalear por la vía verde, comencé a mirar fijamente hacia aquellos montes arcillosos y secos que bordean los ríos. Para los geólogos son conglomerados depositados allí por las aguas hace millones de años, no verdaderos montes, cárcavas sometidas a una intensa erosión. Para mí, eran sólo nichos de buitres leonados, sombras fijas y sombras móviles que te acompañarían todo el trayecto. Cuanto más silencio y majestuosidad me inspiraban, más comenzaban a ronronear los pensamientos. Nunca hago estas rutas demoledoras para huir, sino para encontrarme. Para medir mis fuerzas, tomarle el pulso a la soledad, examinar el curso de mi vida y de sus sedimentos. También para impregnarme del conocimiento local, de los pueblos que aún respiran. La vera del río Cidacos me hizo recordar los nombres de esos botes de conserva que conoces desde la infancia. Al igual que todas esas naves industriales de Autol donde cultivan champiñones. Son palabras y lugares que hasta entonces sólo eran etiquetas abstractas de alimentos. Septiembre está ya muy avanzado. En las higueras muchos frutos han fermentado y su alcohol dulce atrae a los depredadores más tardíos. Me empacho poco a poco de ese regalo salvaje, y de las últimas moras casi decrépitas. Sonrío, tomo velocidad y la mente se me obnubila. Los olivos, los nogales, los manzanos, las matas de lúpulo, los almendros con sus vulvas abiertas, y toda esa milagrosa maleza de ribera van quedando atrás hasta que me adentro en nuevas huertas y no puedo evitar inundar mi paladar con uno de esos tomates hirviendo al sol del mediodía. Entre Arnedo y Arnedillo el río desaparece entre un lecho de guijarros. Y me pregunto si eso es otra metáfora. Crecidas de agua y sequías transitorias, remontar el río hasta sus orígenes a pesar de los espacios vacíos. El paisaje está dentro de uno, sólo hay que leerlo. Junto a las aguas termales busqué un lugar con vistas para comer y a mi lado se sentaron una familia de marroquíes, primero, todo hombres, y de ecuatorianos, después, esta mixta y también de todas las edades. Y furgonetas con música. Subir a la montaña siempre gratifica, pero no son necesarios los sermones. Sólo la contemplación serena del afuera y del adentro, de cada una de las sílabas que le dan sentido. Volví a descender atravesando aquellos tenebrosos túneles por los que circuló el ferrocarril antes de que lo liquidaran. Ahora todos aspiran a su todoterreno y a convertir las huertas en piscinas y los senderos en chiringuitos con parque municipal adyacente. A medio camino la bicicleta se averió. Las horas de gozo nunca duran eternamente, pero el percance lo interpreté tan sólo como una advertencia del destino para correr menos, para dejarme guiar por las oropéndolas y por los silbidos de la brisa.

 

 

hoy, que no existes, que sólo eres la primera lluvia

de septiembre, que ni te imagino, con quien he sentido

el júbilo de encontrarnos por azar y el peso ligero de mis huesos

y mis movimientos cuando nos hemos despedido, hoy,

a años luz del día en que me dí de baja de la cola de mendigos,

no dejo de interrogarme: ¿qué puedo aprender de ti, mi zafiro?

¿qué puedo aprender de nuestra tierra en común?

¿en qué facetas podría crecer junto a ti antes de morirme en vida?

¿por qué sólo te deseo como una experiencia artística?

hoy aprecio mi equilibrio ante el movimiento de rotación

de un planeta que está lleno de locos, mis pisoteados conjuntos

de puntos que sustentan ese equilibrio, la dinamo que me imprime

luz y arrojo, combustibles líquidos, sólidos y gaseosos,

todo ese magma que cobra un orden natural cuando lo digieres,

y duermes, y respiras, y tragas, y exhalas sentimientos sublimes,

pensamientos generosos, nuevas líneas de horizonte

 

madres

madres

 

el cortometraje “Madres” (Mario Iglesias, 2005) ganó el “Festival de Cans” en su edición de 2006, no sé si merecidamente pues no pude asistir, pero de lo que no cabe duda es de que la historia estremece, emociona, hace pensar, ¿y qué más le podemos pedir a la ficción?

 

el festival de Cans se ha celebrado ya tres años en la localidad de Cans, en el ayuntamiento de O Porriño (Pontevedra) de forma paralela al de Cannes, y gracias al mismo, los premios otorgados allí sirvieron para que se proyectasen de nuevo las películas ganadoras en el “Festival da Poesía” de Salvaterra de Miño,

 

“Madres” presenta a una pintora artística que regenta una escuela de pintura en una localidad costera gallega, tiene una niña de unos tres o cuatro años todo el día pegada a ella, y también está embarazada de un nuevo retoño, sin que se haga ninguna mención en la narración a padre alguno, como si no fuese necesario ni importante para la crianza, pero sugiriendo una cierta tensión entre la autosuficiencia de la protagonista (Isabel Rey) y su extrema y solitaria sensibilidad,

 

un día se presenta una señora en el estudio solicitándole un retrato de un hijo de ocho años que murió junto a su padre en un accidente de tráfico, sin embargo, la señora no dispone de ninguna foto del hijo, sólo de una del marido a la edad de 38 años y le pide a la pintora que “le quite 30 años a esta foto”… el encargo no le deja dormir durante semanas tras todo tipo de intentos fallidos y de preguntas acerca de la evolución de alguien que no pudo llegar a ser, y de la vuelta atrás de alguien que ya fue…

 

no hay mucho más que decir sin desvelar lo que va sucediendo, todo parece una melodía de la naturaleza, de la forma en que la complicamos los humanos, de los cruces de caminos que nos plantea la vida y de cómo, al final, cuando no le damos la espalda, damos a luz algo que realmente merece la pena, también para nosotros

 

la buena vida

la buena vida

Llegar a la playa a última hora de la tarde. Las aguas mansas, el cielo despejado, cediendo a la explosión lenta de colores en el horizonte. En este caso, la playa de A Fontaíña, en Vigo. Jugar con mis niños a las raquetas, hacer el tonto, aspavientos, sumergirnos, correr. Dejar que el tiempo pase y que caiga la noche. Olvidarse de todo, hasta de comer. Como si se pudiese sobrevivir, vivir y hasta gozar con muy poco. En lo más profundo, liberado de todos los lastres. Como la mañana paseando por el monte Aloia, es otro ejemplo. Alzándonos hasta coger las brevas violetas y las manzanas con coloretes, escudriñando las últimas moras estivales. Sudar entre árboles centenarios, recostarnos al lado de una poza y de viejos molinos, en el lecho de las libélulas, los tritones, las ranas, los zapateros. Pan de maíz en casa, tierno y oloroso, como si las manos de quien lo amasó aún estuvieran acariciándolo. Cerrar los ojos y pensar en todos los lugares del mundo donde has estado, y parecerte un milagro que sigas aquí, que estés vivo. Como si estuvieses viviendo en todos esos lugares a la vez, como si nunca hubieses estado allí, como si tampoco estuvieses aquí. Pero sólo ver el rostro de personas con las que alguna vez has hablado, su sonrisa, su presencia, parece que te explica el milagro. Cuanto más tiempo hace que las conociste, mayor es la celebración del encuentro, aunque no intercambies ni una palabra. Aunque nunca hayas hablado con nadie. Ellos están vivos, yo también, todos tenemos muchas vidas dentro. Muchas lenguas. La buena vida es también alimentar nuestro pensamiento y nuestra sensibilidad. Con ideas de libertad. Con ideas que se bailen. Como “Dios ke te krew” el viernes, como “Che Sudaka” el jueves, como “Galegoz” y “Kogito” hace una semana. Poesías rebeldes. Discurriendo sin prisa, la noche es larga, la noche estrellada y cálida y dulce. La buena vida es sólo cada uno de esos instantes de felicidad y paz interior. Son sólo ejemplos. La buena vida es un secreto a voces, aunque hay tantos empeñados en el negocio de fabricar, envolver y regalar tristeza, vidas plastificadas y amargadas.

entre la máxima quietud y el máximo insomnio

de la tormenta desatada por volver a verte, por incardinar

en tu vientre neurálgico las palabras de sedación,

por fosforescer a tu lado en los eternos crepúsculos de agosto,

entre la máxima ausencia del apocalipsis a largo plazo y su tiempo

lánguido e imprevisto como una víbora para las víboras, como tantos

que se beberían la sangre, y nuestra máxima sudoración

de lujuria, presta a zambullirse, a la zalamería, a que las lenguas

se relaman con los mismos trocitos de hielo del presente,

entre el torbellino de ojos y fechas de entrega, de empellones

y lluvia de misiles fugaces, que te zarandea, que aturde,

y el torbellino en el que entras y sales, como un anfibio,

dulcemente, hasta que el placer ha erosionado toda tu dermis,

toda tu resistencia al desorden orgásmico del sol, del ser,

del apaciguamiento telúrico que llega a tus pies descalzos,

 

estamos, vivimos, es una frontera, no es simple ni banal

pero es simple también, el punto de condensación del mundo

 

Verano en Berlín

Verano en Berlín

La formidable película dirigida por Andreas Dresen, Verano en Berlín (2005), resulta más verosímil si la ves en verano, en un verano caluroso, repleto de tiempos lentos, nunca muertos del todo. Pero que nadie se llame a engaño. Lo de menos es el verano. Lo que importa es la ternura, la vida pesada como una barra de acero que a veces se deja moldear, la sensación de que el tren pasa siempre a la misma hora. Los diálogos son tan sencillamente irónicos que te inundan de interrogantes: ¿cómo salir de los nudos en los que la amistad es puesta en entredicho? ¿qué deseas de una pareja y a qué estás dispuesto para tenerla cerca? ¿qué es la humanidad?

 

Cuando vi la cartelera pensé: “hummm, otra película sobre la vida cotidiana, puede ser interesante”. La mejor actitud desprevenida para que los impactos emocionales te golpeen por la derecha y por la izquierda, directamente al estómago, con un amago de gancho. Katrin (Inka Friedrich) busca trabajo, malvive con los que va encontrando, se deja caer en el alcohol, se deja salir del alcohol, tiene un hijo casi adolescente y casi enamorado (Max: Vincent Redetzki) que es su mejor raíz a este mundo, aunque sea sólo un lastre más para los empresarios que podrían contratar a una mujer de cuarenta años. Nike (Nadja Uhl) regala su trabajo cuidando a ancianos en sus domicilios, y lo regala porque les lee libros, les escucha su música, les acompaña con la misma ternura y convicción que espera recibir ella cuando envejezca. Y cuanto más se excede de su horario laboral, más reprimendas tendrá de sus jefes. Ambas son amigas, se quieren, tal vez se desean, y ambas desean a algunos hombres, a veces al mismo hombre, aunque casi ninguno da la talla. El balcón de Nike en un viejo edificio de Berlín Este es su atalaya contemplativa. Otros edificios simples, otros hombres simples, sus propias vidas llenas de complicaciones. Katrin pinta cuadros de esos edificios e intenta, sin éxito, vender uno para poder comprarle unas zapatillas de correr a Max. Max corre detrás de una niña que sale todos los días a correr ciudad arriba, ciudad abajo, para suplicio de ese niño que nunca la alcanzará. Ni siquiera invitándola a su atalaya particular, una buhardilla con viejos sofás y una azotea desde donde vuelven a verse edificios simples, sentimientos desnudos, el cielo diáfano.

 

Podría parecer una película bodegón, un realismo descarnado con unas gotas de atardeceres naranjas, noches de luna amarillenta, unas melodías aflamencadas, bicicletas, perros, cervezas, girasoles. O la vida complicada de dos mujeres que comparten su soledad con tres pisos, y muchos deseos, por medio. Pero no hay una sola escena que te deje indiferente. La vida está llena de perplejidades, de personas con necesidades vitales y necesidades de otras personas, y no puedes pasar por ella sin decidir, o decidiendo quedarte al margen. Te puedes hacer adicto al alcohol, a un ideal de hombre protector o, como le ocurre al camionero de alfombras (Ronald: Andreas Schmidt), a un modo de vida que se columpia sobre las debilidades de los demás. Quien ayuda, también necesita ayuda. No es necesario ser profesional, es más, la película muestra a más de un profesional con todas sus arbitrariedades. Las adicciones, como las contradicciones, son objeto de nuestra filosofía necesaria, debemos tener una caja de herramientas preparada en el armario. Como he leído en un comentario de otro espectador/a: “parece un grito para mujeres, abrid los ojos y aprended a quereos a vosotras mismas porque los cuentos de hadas no existen y, si existen, terminan irremediablemente”. Un grito, quererse, cuentos: lo cotidiano es siempre una amalgama de todo eso, de estaciones que se nos van pasando. Ni siquiera el conductor del tren viaja sobre seguro.

existimos

existimos

os necesitaba conmigo, camino del este

entre los surcos baldíos y las preguntas con olor a lavanda

en nuestra condición primitiva de arañas

seres acuáticos, saurios, alumbradores

a la sombra del vértigo, de los vigilantes carroñeros

en el corazón frágil de las aguas más sabias, veloces

como la conciencia de lo efímero

como lo aprendido con las yemas de los dedos

siervos de la libre promiscuidad, siervos

de las almendras, los atardeceres, el humo y el ruido

de los festejos rutinarios, para ebrios, a lo lejos

ese verano, ya lo sabremos, dimos un buen estirón

y acariciamos metros y metros de nuestra infancia

 

invitación 2

invitación 2

aunque la selección de poemas del libro de Storner es nutrida (Adrienne Rich, Ezra Pound, Jorge Luis Borges, Wallace Stevens, W.H. Auden, etc.), aquí transcribo sólo uno más de los sugerentes hallazgos en esa caja de alegorías espaciales: The Tunnel (de Mark Strand), e invito, de nuevo, a que alguien proponga una traducción para los no anglo-parlantes,

 

 

 

A man has been standing

in front of my house

for days. I peek at him

from the living room

window and at night,

unable to sleep,

I shine my flashlight

down to the lawn.

He is always here.

 

After a while

I open the front door

just a crack and order

him out of my yard.

He narrows his eyes

and moans. I slam

the door and dash back

to the kitchen, then up

to the bedroom, then down.

 

I weep like a schoolgirl

and make obscene gestures

through the window. I

write large suicide notes

and place them so he

can read them easily.

I destroy the living

room furniture to prove

I own nothing of value.

 

When he seems unmoved

I decide to dig a tunnel

to a neighbouring yard.

I seal the basement off

from the upstairs with

a brick wall. I dig hard

and in no time the tunnel

is done. Leaving my pick

and shovel below,

 

I come out in front of a house

and stand there too tired to

move or even speak, hoping

someone will help me.

I feel I’m being watched

and sometimes I hear

a man’s voice,

but nothing is done

and I have been waiting for days.

 

invitación 1

invitación 1

¿qué buscamos obsesivamente en los libros? ¿de qué huimos? ¿por qué no somos capaces de ir sin un libro debajo del brazo, en la mochila, en el pensamiento? ¿por qué cuando llegamos a un nuevo lugar nos ponemos enseguida a husmear en cualquier tienda o en cualquier rincón donde pueda haber novedades para nuestra sed de palabras?

 

cuanto más leemos en internet, menos imprescindibles parecen los libros como fuente de conocimiento manejable, con nuestras manos y vista, nada más; pero todavía siguen poseyendo una fuerza atractora: una especie de fetichismo, un estímulo provocándonos diálogos infinitos y, a veces, solipsistas, pero casi siempre en el más absoluto de los mutismos, hasta que los compartimos con alguien más,

 

en Pekín no es fácil seguir con el vicio, pero tampoco es imposible: desconociendo el idioma chino, sólo queda la opción del inglés y aunque libros en este idioma se encuentran por todo el mundo, su precio aquí es desorbitado, así que para los paseos por los parques y para matar las horas muertas, tan sólo me he provisto (en una librería de Dashanzi, el barrio fantasma de vanguardistas galerías de arte incrustadas en viejas fábricas) de una antología titulada “Poems for Architects” que ha editado con toda delicadeza y esmero Jill Storner,

 

invito a quien se quiera animar, a sugerir una traducción para una de las muchas piezas inquietantes y hermosas que contiene: One Art (de Elizabeth Bishop)

 

 

The art of losing isn’t hard to master;

so many things seem filled with the intent

to be lost that their loss is no disaster.

 

Lose something every day. Accept the fluster

of lost door keys, the hour badly spent.

The art of losing isn’t hard to master.

 

Then practice losing farther, losing faster:

places, and names and where it was you meant

to travel. None of these will bring disaster.

 

I lost my mother’s watch. And look! my last, or

next-to-last, of three loved houses went.

The art of losing isn’t hard to master.

 

I lost two cities, lovely ones. And, vaster,

some realms I owned, two rivers, a continent

I miss them, but it wasn’t disaster.

 

-Even losing you (the joking voice, a gesture

I love) I shan’t have lied. It’s evident

the art of losing’s not too hard to master

though it may look (Write it!) like disaster.

 

Tsotsi

Tsotsi

ni el ganar un Oscar les sirve a muchas películas para salir de las catacumbas, aunque los cinéfilos clandestinos de todo el mundo hacen su labor sigilosamente y por 5 Yuanes / RMB (renminbí), 0,5 € al cambio, te la puedes encontrar pirateada (sólo con subtítulos en inglés, ¡oh sorpresa! no importa lo que constase en la carátula) en un puesto callejero de Pekín,

 

es del año 2005 y está dirigida por Gavin Hood, aunque es, sobre todo, la verosímil y versátil interpretación del protagonista, Presley Chweneyagae, la que estremece a medida que se suceden las imágenes,

 

narra la historia de un joven, Tsotsi, que vive en uno de esos guettos de Johannesburgo, el famoso Soweto, con casas hechas a remiendos, donde coexisten la máxima miseria, el analfabetismo, los ladrones de coches y personas que buscan su dignidad y supervivencia a pesar de las ruinas de esta civilización,

 

en el “trailer” de la película se presenta el guetto, de una forma harto sensacionalista, como “un lugar donde no hay esperanza”, donde “la vida no tiene sentido”; en un momento dado de la narración, un policía se pregunta cómo encontrar al joven delincuente en esa maraña de un millón de habitantes, aunque al final, gracias a la delación de una residente del guetto, acabarán dando con él,

 

pero Tsotsi no es sólo un joven delincuente con tres acólitos a su mando, su sangre fría tiene una explicación y las contradicciones morales de todos los implicados y del propio espectador emergen desde los primeros minutos, cuando el protagonista se hace cargo de un bebé, sin saber muy bien cómo…

 

la mayor virtud de la película es que te mantiene constantemente pegado a la pantalla y ni siquiera el final estremecedor te da un descanso,

 

de hecho, no hay una sola escena que no contenga una tensión dramática, un duelo moral, un trance vital ante las duras circunstancias en que se encuentran los más marginados (y también algunos privilegiados que, por azar, han sido objeto de su violencia),

 

todo ello sin necesidad de grandes efectos especiales, sólo una embriagadora luz y hermosos enfoques fotográficos, diálogos lacerantes y personajes que parecen más reales que la vida misma:

 

sirva de ejemplo cuando el mismo Tsotsi se enfrenta a un mendigo parapléjico, desahuciado por un sistema que le dejó sin recursos después de seccionarle las piernas en una mina de oro, y que toda su razón de vivir es, tan sólo, que le gusta sentir el calor del sol en sus manos… y es que, incluso en la miseria, todavía hay jerarquías sociales,


por desgracia, ni esperanza, ni salvación, ni redención, tal como pretende vendernos la publicidad del largometraje, son los futuros presumibles para esta historia, en la ficción o en su descarnado presente en innúmeras metrópolis del planeta, pero nos abre tantas puertas a la comprensión de la privación social y de nuestros recíprocos privilegios, que merece la pena asomarse a ellas

deleites retóricos

deleites retóricos

por causa del absurdo afán por destacar, por conseguir afectos o por preservar su poder, los humanos han inventado lenguajes esotéricos, técnicos, no aptos para profanos ni plebeyos,

 

se puede pensar que atentan contra lo común, que disparan a la médula de los tópicos, de la comunidad, de la comunicación, o de sus horizontes,

 

pero también es fácil dejarse embaucar por quienes se atrincheran en el lado de lo simple, lo supuestamente puro, auténtico y popular,

 

como si la realidad no tuviera varios ángulos, como si no tuviéramos derecho a componer nuestro léxico favorito, a unos segundos de dicha con las palabras que nos deslumbran, o a hacer mofa con aquellas que otros han considerado sagradas,

 

por eso, hay tres palabras deliciosas y algo mágicas –aunque tecnicismos retóricos, a fin de cuentas- que le vienen al pelo a este espacio,

 

palíndromo. (Del gr. πλιν, de nuevo, y δρμος, carrera). 1. m. Palabra o frase que se lee igual de izquierda a derecha, que de derecha a izquierda; p. ej., anilina, dábale arroz a la zorra el abad.

 

Pueden llegar a ser cansinos y a perder la gracia cuando se digieren a montones, pero sé de un caso, al menos, (“A torre da derrota”, de Gonzalo Navaza, en gallego) que los hacía entretenidos y poéticos. Aplicado a los números tenemos otro encantador y sonoro pariente cercano: ‘capicúa’.

 

oxímoron. (Del gr. ξμωρον). 1. m. Ret. Combinación en una misma estructura sintáctica de dos palabras o expresiones de significado opuesto, que originan un nuevo sentido; p. ej., un silencio atronador.

 

calambur. (Del fr. calembour). 1. m. Ret. Agrupación de las sílabas de una o más palabras de tal manera que se altera totalmente el significado de estas; p. ej., plátano es/plata no es.

 

“ateo poeta” es claramente un tipo de palíndromo, pero también se podría incluir en la categoría de oxímorons (¿qué trascendencia busca el que no cree en divinidades del más allá?) y hasta en la de calambures, si nos lo tomamos con sorna (en plan dedicatoria a un tal Teodoro: a Teo, poeta)

 

atlas de experiencias

atlas de experiencias

en Chicago, hace casi dos años, rebuscando en las librerías de segunda mano, encontré uno de esos libros que alguna vez han sido algo así como “best sellers” y de los que ya nadie parece acordarse: “The Atlas of Experience”,

 

estaba cargado de aforismos, citas y rutas a través de ideas y sentimientos,

 

estos días, en Beijing / Pekín me encuentro con los mismos dilemas abiertos en vena por aquel libro: ¿qué buscas cuando viajas? ¿a quién buscas?

 

la primera vez que vine a este extremo oriente lo tenía muy claro: haré la compra, subiré en autobús, iré a las obras y a las oficinas, me levantaré a las horas de ir al trabajo,

 

en la película “El cielo protector” alguien decía que viajero es el que nunca sabe cuándo va a regresar a casa, y yo añadiría que es el que se mezcla hasta donde sus miedos le permiten,

 

y algo más: el que va trazando su mapa de experiencias, el que las busca y las recrea, los lugares son sólo excusas,

 

de hecho, sólo acabas recordando aquellos lugares que has vivido intensamente, el resto son postales,

 

turista debe ser cualquier otra cosa, una forma más de no ser parte de nada, de consumir la soledad, la extranjería,

 

ayer vi una camiseta con el siguiente slogan: “a world without strangers”, y por la noche un grupo de punk bastante experimental, “Hang on the Box”, me dejó igual de intrigado: ¿qué habrá dentro de la caja?


lo que nos une

Lo que nos une es frágil.

Siempre a punto de quebrarse a causa de mis torpezas y mis indefiniciones.

¿Adónde voy? ¿Cuánto podremos ir juntos?

 

Cuanto más lejos te encuentras de tu casa, cuanto menos entiendes a tu alrededor, más claramente distingues lo esencial.

Un abrazo, la confianza incondicional, la integridad personal.

¿Y si ya no tienes casa? ¿Será eso igual de esencial?

 

Lo que nos une no es tangible, pero es de este mundo: necesita víveres, una linterna, bosques, semáforos.

pasos fronterizos

pasos fronterizos

aunque llevaba muchos años sin celebrar mi cumpleaños, en una de esas fechas me regalaron un hermoso libro titulado "Mis 80.00 palabras favoritas",

 

al final del mismo había espacio para componer tu propia lista,

 

todo es mentira, pero da igual: en el libro había menos de 80.000 palabras, mi lista final se va rehaciendo cada día,

 

las dos últimas que me han deslumbrado son "ósmosis" y "buenaventura",

 

tal vez el diccionario de la RAE también diga mentiras


ósmosis.
(Del gr. σμς, acción de empujar, impulso, y -sis). 1. f. Fís. Paso de disolvente pero no de soluto entre dos disoluciones de distinta concentración separadas por una membrana semipermeable. 2. f. Mutua influencia entre dos personas o grupos de personas, sobre todo en el campo de las ideas.

 

buenaventura. (De buena y ventura). 1. f. Buena suerte, dicha de alguien.

 

seleccionando palabras, cada cual va marcando sus territorios de vida