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ateo poeta

 

Hacía un invierno

que los arroyos no descendían

por estos cauces sólo aptos

para despeñarse o venerar la piel

fulgente a remojo.

 

Resucitar con los animales en lo tupido

o en la sed subterránea.

 

Qué frutas se desgranan

en tus labios maduros y por qué no veo

si todo hiere como siempre.

 

 

Fotografía: Julia D. Velázquez

 

 


 

Y, por sorpresa, todo enmudece.

 

Piensas en tus méritos

para alcanzar tan ambiguo estado

líquido o gaseoso.

 

Todo alrededor y, sin florituras,

la caja de resonancia donde ahora

sólo hay cuerpo.

 

De aquí no se sale

ni con las coordenadas

de la isla del tesoro.

 

 

Fotografía: Javier Campano

 

 

 

 

 

Olvidar

nadie puede.

 

Echamos arena

sobre el tiempo

de ayer

para fingir

que ya no,

que este paisaje

de ahora

es necesario.

 

Tampoco las heridas

antiguas

deberían confundirse

con la marca

de las cicatrices.

 

Incluso el silencio

enterrado

en justicia reclama

su nombre.

 

 

 

Pero qué animales somos

los humanos

cuando se trata de ponerle vendas

a las cuchilladas del amor.

 

 

 

Yo soy optimista y pesimista

a partes iguales.

 

No sé por qué tantas exigencias

para que me decante.

 

Ya harán su quehacer la naturaleza

o los desalmados de costumbre

 

y entonces sabré hacia dónde

inclinarme

para compensar.

 

 

 

Y cuando quieres rectificar

el rumbo

te das cuenta

de que ya es

demasiado tarde.

 

Como ese té frío

ahí olvidado.

 

Y te enrocas

en el pensamiento débil:

es mi naturaleza,

no hay vuelta de hoja

ni marcha atrás.

 

 

Fotografía: Guillermo Asián

 

 

 

No me importa reconocer

mis puntos débiles.

 

Lo que evito es darles bombo

para que no se atrincheren

ni me lo pongan más difícil.

 

 

Fotografía: Dara Scully

 

 

 

No soy

sin los otros.

 

Me define

lo que voy haciendo

con los otros.

 

Apenas sobreviviría

sin el reflejo

o la complicidad

de los otros.

 

De estos axiomas

no se deduce

que les deba echar

una soga al cuello

para que no escapen.

 

 

Fotografía: Alain Laboile

 

 

 

O, lo que es peor:

 

ese silencio

de ultratumba

que corta cabezas.

 

Tampoco esperes

milagros

de las despedidas

convencionales.

 

 

Fotografía: Alyona Surikot

 

 

 

Ninguna ruptura

es civilizada.

 

No lo puede ser

cuando hay un amor

brutal aún latiendo.

 

Un superviviente

de la carnicería.

 

El olor a sangre provoca

que las palabras

se afilen como cuchillos.

 

 

 

Por mucho que te dé

ni por asomo

serán satisfechas

tus necesidades.

 

Y otro tanto sucede

en sentido inverso:

por eso el amor

es un lujo asiático.

 

Ni más ni menos

merecido.

 

Sustituible

e insuficiente.

 

Inútil, contabilizarlo.

Una necedad,

su acumulación.

 

Con estos mimbres,

al final,

no quedan muchas

escapatorias:

 

aprender

de su naturaleza

excesiva y benigna,

no menos

que a despedirlo

en cuanto amenaza

con una tormenta

tropical.

 

 

Fotografia: Igor Termenón

 

 

Después del ensayo y error

al respecto de lo imposible,

siempre llega el momento

de ajustar cuentas.

 

Las utopías,

ya me lo imaginaba,

mejor para el postre

o de aperitivo.

 

 

 

Entre una ristra de surcos

sembrados de alimentos en potencia

 

y la alineación de los versos

que iluminan un instante

 

sería burdo afirmar que apenas

hay una relación de similitud.

 

 

 

Me desagradan

las medias tintas

y las expresiones

alambicadas.

 

Soy amigo

de la claridad apabullante

en primavera

y del beneficio de las sombras

en el verano.

 

Y al respecto

de la justicia social

me parece de extremada

urgencia

que lluevan los pedruscos

sobre otras cabezas.

 

 

 

Pueden razonar sin remilgos

que todo es competición,

que es preciso aunque lamentable

pisotear para que no te pisoteen,

que mejor mantenerse avizor

ante la puñalada trapera que, seguro,

planea asestarte el colega

o el vecino, el superior

o el inferior, porque iguales

apenas conocerás.

 

Y luego lloran a lágrima suelta

delante del melodrama romántico

que les sirven en bandeja

para hacer la digestión.

 

O besan a sus criaturas en la frente,

si acaso tras contarles alguna historia

macabra con su moralina infantil,

antes de concederles permiso

para ingresar en el único reino

de la libertad onírica.

 

O acarician sin fin al gato sumiso

(el que recibe en punto su diaria ración),

mientras se preguntan por qué

el amor nunca toca a su puerta

o, si la traspasa, por qué se desvanece

en un abrir y cerrar

de ojos.

 

 

 

El amor no se puede guardar

en una caja fuerte.

 

Cuanto más a seguro,

más telarañas.

 

Hay que sacarlo de paseo,

regalarlo por ahí

a discreción.

 

Derrocharlo

manirrotos.

 

Si lo aprendimos

no fue por herencia

de titularidad.

 

Pobre

quien lo acumula.

 

Se amustia

quien se avergüenza.

 

Se le pide mucho

al amor

sin haberle dado alas.

 

 

 

El mundo está plagado

de falacias instrumentales.

 

No todo -ni la mayoría-

sirve a un propósito.

 

Si no, que se lo pregunten,

-si se dejasen-

a esa inmensidad

de aguas y árboles

que preceden

a nuestros juegos

de palabras.

 

No se conformaron,

desde luego,

para satisfacernos.

 

Osadía es la proyección

de lo útil al universo que es,

ante todo, y que echa raíces

y resplandece

sin complejos.

 

Si nos sirve para subsistir

o tan solo embriaga

los estados de ánimo

pasajeros,

es materia altamente

inflamable.

 

Y la sed de comprensión

no garantiza

el provecho.

 

Lo bello, además,

anda siempre

con muletas. Fruto

singular

de tantos accidentes.

 

Por eso, también le llega

el otoño al exceso

de florituras.

 

 

Fotografía:  Julia D. Velázquez

 

 

 

Después del amor

cambia la textura del día,

de lo que nos envuelve.

 

Elegir

entre tan poco.

 

Ignorar siempre la duración

del presente abriéndose

en el pecho.

 

 

 

La belleza

reside antes del poema.

 

Lo sabes porque tus ojos

y porque tu incendio

y por lo que das

con creces.

 

No necesitas mi lógica

y yo necesito más mundo

y más amor radiante.

 

Restituir

la suavidad del aire

huérfano, como una flor

ilesa y accidental.

 

Te digo que hay un continente

sumergido en cada deseo

rocoso.

 

En mis horas siempre aterrizas

con paracaídas

y me pides que te invite

a dulces populares.

 

Vamos a prosperar

con nuestros juegos

de muñecas.

 

Vamos a sorbos de luz

y a la tesorería

de lo incontable que sufraga

nuestros excesos.

 

Antes de que puedas leer

y de mi idioma

ya sabrás de lo insólito

y de lo pobre

y sublime

sin contradicción.

 

 

 

¿Qué es renacer?

 

No una nueva moda

esotérica

para curar a los tristes

seres que nadan

en la abundancia.

 

Tan sólo ir a la cita

con el médico

y que te asegure

que todo está

dentro de los parámetros

normales.

 

Y repetirlo uno

como un eco victorioso:

bien, todo es normal,

nada grave.

 

Esa abominable palabra,

la normalidad,

a la que hoy me agarro

como a un clavo

ardiendo.

 

¿Y qué es sucumbir

al peso

de las evidencias?

 

No padecer

por las muertes lejanas

que se cuentan

y se olvidan a la par

que seguimos

fieles a nuestras

rutinas.

 

No. Solo eso, no.

Es que te llame

una amiga

para compartir

su miedo

porque le acaban

de diagnosticar

un cáncer.

 

Es el dolor

impalpable y próximo,

ese ejército

de lo oscuro que busca

manifestarse.

 

El inframundo

llamando a la puerta

y al que no queremos

abrir:

no, ahora no, gracias,

no me interesa,

no tengo suelto.

 

Vivir y enfrentarse

a la finitud

de la vida. Por qué

hoy. Por qué hoy

el recuerdo

de que esas dos cosas

pueden suceder

al mismo tiempo.

 

 

Ilustración: Emiliano Ponzi