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ateo poeta

 

Todo es posible.

Todo es imposible.

 

Y no comprendes nada.

 

Depende del punto de vista

del hablante.

 

De los círculos de fuego

que le rodean.

 

En la concreción

de su alimento regular

o a salto de mata.

 

De su cuerpo débil,

o vulnerable o convaleciente,

o entrenándose para encarar

los desafíos.

 

Las palabras valen

en la medida

en que guían ahora

y para mí y en el espacio

de intersección.

 

Si el poder se banaliza

cargaremos los muertos

a la espalda.

 

 

Ilustración: Wendy MacNaughton

 

 

Como buen extremista

 

tiendo a combatir

mi claustrofobia

 

con largas marchas

sobre los riscos

 

que no conducen

a ninguna parte

y suscitan quemaduras

de primer grado.

 

No hay edad

que cure tanta

imprudencia.

 

 

Fotografía: Ana Nieto

 

 

 

 

 

Su lengua sabía

a jengibre.

No pude quitarme

de la cabeza

a las hormigas escalando

por mi espalda.

Cualquier aceleración

del movimiento

implicaba un río

de sudoraciones.

¿Cuántas veces podré

decir ’te quiero’

sin morir de sobredosis

de amor?

Alguien me tendía

los brazos al cuello

y no comprendí

su idioma.

Pero todos bailaban

sin preocupaciones

aparentes.

¿Habrán aceptado

su destino?

¿Es esa su religión?

Incluso desnudos

sé que siempre estamos

al borde

de la impotencia.

Las señales de tráfico

son muy absurdas

en las situaciones

aumentativas.

La mujer rubia

y la mujer de ojos

rasgados

ascienden rápido

a la cumbre.

Una antología

de caderas.

Me acordé de ti

al masticar

las onzas de chocolate

que quedaron en la cocina.

Debes estar

en una góndola.

¿Cuántas pedaladas

se necesitan

para tomar impulso?

Todo podría rodar

con menos gasto

energético, con menos

conflictos

lamentables.

Tú me entiendes

porque no riegas

las orquídeas casi.

Yo no prefiero

los cactus sino

alguna perspectiva

visual.

En el mar negro

los peces vuelven

a su trabajo.

Ella sabía a agua

alimonada, a lactante

sin prescripción

médica.

Su boca tibia.

Lo que nunca

pronunció.

Me dijo que todo

su cuerpo sí,

pero que censurase

su rostro.

Las fotografías

eróticas

pueden caer

en manos perniciosas.

Nunca nos besábamos

después del cine.

Fuimos al parque

a beber soja

malteada por diez

dólares.

Con los borrachos

y los solitarios.

Pensé en tus

pezones

sonriendo.

¿En qué manos

yacerán ahora?

Se necesitan reflejos

para mantener

el equilibrio.

Debo dormir

más horas y más

profundamente.

La brusquedad

del barco

me marea.

Hay más mujeres

insólitas que saben

amar y leen

el periódico.

Tú ya no me escribes

con tus dientes

ni me arañas.

Ese triste y antiguo

silencio.

Pero tu azul

sigue en vela

enfrente de mí.

Ningún náufrago

desea la huida.

Solo aplacar

el exceso

de horizonte.

Ni llegar

satura

el sentido.

Mis hermanos

están lejos

y tu luz me abrasa

en la garganta.

Ya he pagado

muchos peajes.

La levedad del ser

no es materia

metafísica.

Ella permanece

volátil y galopa

y apuesto

a que mi hombro

le sirvió a su causa.

¿Por qué emergía

tan violentamente

verdadera?

 

 

Ilustración: Sayaka Maruyama

 

 

 

Mucha gente recuerda

con fetichismo

el primer beso.

 

Yo no puedo olvidar

la primera vez

que follamos

sin preservativo.

 

Fue desolador

alcanzar el éxtasis

en apenas quince

segundos.

 

 

Fotografía: Richard Kern

 

 

 

No sé qué añoras

cuando me besas.

 

Te precipitas hacia mí

o te aseguras

de la proximidad de mi pecho

y de no errar la puntería

al disparar

tus labios.

 

Nadie desea ponerle

término

a tales arrebatos

aunque claudique

la conciencia.

 

Al besar de forma ciega

y reiterada

lo más probable

es que desemboquemos

en otro estadio

de desnudez.

 

Me confunde mucho

toda la ternura

al servicio

del abismo.

 

Desconozco

cuán sutil y precisa es

tu perspectiva temporal

pero me sumerge

en un sueño ebrio

y sin vergüenza.

 

Con pocas palabras

das lugar

a un humor

excelente.

 

 

Fotografía: ateopoeta

 

 

 

 

Tu voz lacónica

al otro lado

del teléfono.

 

Ni siquiera

un par de preguntas

de cortesía.

 

Huyes del amor

como si fuera

un delincuente

al acecho.

 

Sería una estupidez

repetir

los efectos secundarios,

debes pensar.

 

Cuando nos vemos

eres directa

y calculadora

 

y esa bestialidad

nos vapulea

en lo más oscuro.

 

Sé que has trabajado

duro.

 

Tu obstinación.

 

Enseguida me quedo

en silencio,

a solas con mis cuatro

paredes.

 

Esas son tus leyes

y reconozco

su plena

vigencia.

 

 

Fotografía: ateopoeta

 

 

 

 

 

También es vago

u otro mito

el concepto de hogar

o morada.

 

Definido por oposición

a la calle donde circulan

cuerpos ajenos

y rotos,

a la vida bulliciosa

que funda

lo común.

 

Es afuera

donde se garantiza

la propiedad,

el uso estable

y la licencia para convivir

con nuestros fantasmas

presentes.

 

Solo las tumbas

carecen

de ventilación.

 

 

Fotografía: ateopoeta

 

 

 

 

No es solo

cuando te quitas

la ropa.

 

Ni cuando unas rachas

de oscuridad

te iluminan.

 

Ni tu boca

de pez respirando

sedienta.

 

Ni los pliegues

de tejidos

donde se nace

al dolor.

 

Esa luz

inconclusa.

 

El esquivo cuerpo

infinito.

 

Nada de ello,

sin la agitación,

sin tu cintura feliz

y aquella música

antes,

me sobrecogería.

 

 

Fotografía: ateopoeta

 

 


 

El deseo

testarudo.

 

Que se alimenta

de un no.

 

Y hace planes

quiméricos.

 

Sin descanso.

 

 

Fotografía: ateopoeta

 

 


 

Te veo madurar

y sonreír

sin perder un ápice

de picardía.

 

Esos ejercicios de ayuno

y meditación

han debido surtir

buenos efectos.

 

Yo, en cambio, sigo

saboreando

todo lo que se insinúa

en mi boca.

 

También puedo pasar

las horas eternas

contemplándote

con lascivia.

 

 

Fotografía: Richard Kern

 

 

 

 

 

En el Otro Lugar

unos hombres metálicos

y esculturales

fijan su mirada

en el infinito.

 

La marea les inunda

los pies o el torso,

según su posición

en la playa.

 

El agua es oscura

como chocolate.

Circulan buques,

a lo lejos, que llevan

contenedores.

 

Se ven torres blancas

de molinos a pleno

rendimiento.

 

A pesar del merecido

sol, hay ráfagas

de aire frío

y gente que pasea

y dunas y varias

construcciones

en la línea de costa.

 

Me pregunto

a cuántos metros

de profundidad

habrán enterrado

los pilares

de esas figuras

enigmáticas,

y por qué

me ponen la carne

de gallina

si apenas imitan

a los humanos.

 

Con la inquietud

y el oleaje del silencio

volvemos al hotel

y mi hijo dice

que está llorando

y que prefiere

dormir

en lugar de ver

a unas bandas

de rock crudo

y garajero.

 

Es de noche

y de vez en cuando

nos hacemos

preguntas

en inglés.

 

 

Fotografía: ateopoeta

 

 


 

Con exquisita

puntualidad,

como es su costumbre,

se atienen a la ley

de lo efímero

 

la belleza

y el amor,

los placeres mundanos

y los labios más

deliciosos.

 

Algunos recalcitrantes

ocupan sus días

en conjurar

esa maldición.

 

 

Fotografía: Richard Kern

 

 

 

 

Es fácil

surcar las olas

y dejar que la luz

inunde tu piel

desnuda

y aterida.

 

Sería mucho pedir

que además

saciara el clamor

de las profundidades.

 

 

Fotografía: Anton Corbijn

 

 

 

 

Es solo degustación

de los cuerpos

incendiados.

 

La sustancia más

sabrosa

perdura en el aire.

 

 

Fotografía: Richard Kern

 

 

 

Sería una ingenuidad

pretender

conciliar el sueño

a tu lado.

 

No es porque demos

más vueltas

de lo normal.

 

Es más bien

porque la explosión

sigue causando

estragos colaterales.

 

 

Fotografía: Richard Kern

 

 

 

 

Circula por ahí

un exceso de masculina

recreación

en el cortejo casquivano

y en adular las proezas

de su errática

promiscuidad.

 

Viejos lobos

con piel de cordero.

 

Tienden a olvidar

que son las mujeres

infieles

las únicas soberanas

para transgredir

las inercias

del deseo.

 

No hay otros aullidos

que iluminen más

la noche.

 

 

Fotografía: Richard Kern

 

 

 

¿Qué extraordinario e inasible

se incuba

en tus pliegues de memoria

y cuerpo?

 

¿Y de qué fulgor es capaz

la adición

de nuestros flancos débiles

y las batallas

perdidas?

 

Ni siquiera los sonoros orgasmos

le hacen sombra

a ese rugir

de turbulencias.

 

 

Fotografía: Julia D. Velázquez

 

 


 

La luz que no se halla

al final del túnel

 

solo admite preguntas

sucesivas,

 

como el niño pájaro

insaciable,

 

como el anhelo

de una lengua común.

 

Tu cuerpo y tu infinito:

sólo puedo imaginarlos.

 

¿Acaso existe otra forma

de desear?

 

 

 

Entiendo y admiro los bailes

agarrados.

 

La proximidad de la piel,

la invitación a jugar,

intuir la certeza del futuro

implacable.

 

Siempre quise ser más hábil

en ese arte, no lo niego

pero, a cambio, nos quedaba

la algarabía.

 

Tampoco por saltar con frenesí,

a mi aire,

he volado mucho más

alto.

 

 

 

 

Con tu abrazo viene el deshielo.