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ateo poeta

 

Me ofrecías nieve

y la erupción

de lo inconcluso.

 

Púrpura claridad,

el espejo de un bosque

futuro e imágenes

concretas.

 

La desnudez crepitando,

la ausencia

de los labios enigma,

encrucijadas

insalvables.

 

Bebí todas tus algas

y eclipses,

me alimentabas

con una conjugación

montañosa.

 

¿Por qué debería

hallar un equilibrio

en semejante

ebriedad?

 

 

Fotografía: Pedro Meyer

 

 

 

El amor, todo el mundo lo sabe,

puede romperse en mil pedazos.

 

También puede repartirse

en mil pedazos,

que duele menos.

 

Vaso medio lleno.

Teóricamente.

 

 

Fotografía: Guillermo Asián

 

 

 

En el fondo de sus ojos negros

la promesa de una noche

luminosa.

 

 

Fotografía: Nobuyoshi Araki

 


 

La profesora de yoga.

La vecina recatada

que sube en el ascensor.

La nadadora.

La orgullosa

de sus poderes literarios.

Las que bailan

y conservan la sonrisa

después.

La confiada

y que no espera.

La de piernas

trascendentales.

La que te ofrece el cambio

con sus dos manos

a la vez.

Las que te acompañan

involuntarias

hasta la siguiente estación.

La pizpireta.

La directora de cine.

La que se relame

de gusto.

La aventurera con causa.

La polivalente.

La madre universal

y la que engendra

soberanía.

La que atravesó

el desierto y amanece.

La que ama (también)

a los gatos.

 

Con tantas mujeres

deseables,

¿por qué habríamos

de confiar

nuestro amor

a una sola?

 

 

Fotografía: Nobuyoshi Araki

 

 

A la administración de la muerte

a cuentagotas:

la llaman orden, gobierno,

razón de Estado.

 

No tiene ninguna gracia

la socarronería

de los privilegiados

cuando, por fin,

se resquebraja

la máscara.

 

 

Fotografïa: Héctor González de Cunco

 

 

Entre las prendas

deshilachadas

y esparcidas por el suelo,

pasan la jornada

ese puñado de chavales.

 

El ruido incesante

de las máquinas de coser

a destajo.

 

Algunas tejedoras silban

o canturrean

sin llamar mucho la atención.

 

La mirada fría del capataz

se distrae con su teléfono

móvil.

 

De los cables colgantes

saltan chispas

de vez en cuando.

 

Y los techos se desplomarán

cualquier día.

 

En el consejo de accionistas

alguien golpea la mesa

con vehemencia

por culpa de esos canallas

que les exigen mordidas

y comisiones.

 

 

 

¿La vida?

 

En lo que a mí respecta,

sólo sé

que llegará a su fin

el día menos pensado.

 

Para el resto del personal,

el bullicio seguirá su curso

como de costumbre.

 

 

Fotografía: Robert Doisneau

 

 

Tu boca

vertical dice

silencio

y alud,

brisa

y niñez

que apaciguan

y no.

 

 

Fotografía: Nobuyoshi Araki

 

 

 

 

Es inútil

sustraerse

a esa pulsión.

 

El deseo muerde

y desgarra

por dentro.

 

Enfila hacia el dique,

inunda.

 

Desordena

la monotonía.

Su quietud apenas

es ojo avizor.

 

Sed de mar

y rendición

al naufragio.

 

La palabra verdadera,

el pacto de sangre

circular.

 

Es inexplicable, pues,

que yo continúe aquí

diligente y amarrado

a las funciones

encomendadas.

 

 

Fotografía: Nobuyoshi Araki

 


 

Tu paraguas

ser,

por tu mano asido

y cerca,

entre aire y lluvia,

tangencial

a tu promesa

de cuerpo

y luz.

 

 

 

El universo

en un vaso de agua

y observar

las sedimentaciones.

 

Las casi imperceptibles,

las bruscas y groseras.

La leve marejada

de la superficie,

el hermoso cuerpo líquido

de una transparencia

aumentativa.

 

El universo, a su antojo,

también es admirable

como clepsidra

o como pecera.

 

Sospechamos

que nos incluye

en esa síntesis,

mientras acontece,

gota a gota,

la evaporación.

 

 

Alguien llega

a la zona de intersecciones

y durante un tiempo

produce turbulencias

intangibles.

 

Desconocemos si consigue

explorar los callejones

oscuros del corazón

o si sólo deambula

por los aledaños

y las áreas periféricas.

 

Si le preocupa servir

a propósitos ajenos

sin recibir a cambio

una inmediata o equiparable

satisfacción.

 

La ciudad duerme y calla

con la melancolía

de costumbre.

 

Los nuevos interrogantes,

por lo menos, se alojan

en la atmósfera

de las noches

en vela.

 

 

Fotografía: Stanko Abadzic

 

 

 

Te quería

por muchas razones.

 

Pero, sobre todo,

porque no necesitaba

ninguna razón

para quererte.

 

Ahora todo parece

agua de borrajas.

 

Con qué pasmosa

facilidad

hacemos limpieza

de la memoria.

 

 

Fotografía: Miroslav Tichy

 

 

Hay una tendencia

a la geometría

de las clases sociales,

de los afectos,

del tiempo.

 

Engastadas en pirámides,

trazando círculos,

apuntando con sus flechas.

 

Se les pone así

alambradas

de tres dimensiones:

 

las figuras que se invierten,

las adiciones de parámetros

y el sentido doble,

quedan todos sujetos

a la misma lógica

perversa.

 

Se olvida entonces

lo fértil de cada seno,

el límite borroso,

la díscola ensoñación.

 

Siempre hay participantes

que se arrogan la facultad

de definir el orden

y su contrario

como si no hubiera

escapatoria.

 

 

Ilustración: Santiago Ortiz

 

 

 

 

 

Atrás han quedado

el laberinto

 

y los sumideros

del ultraje.

 

Que te condenen

al ostracismo

quienes rigen

en esas parcelas

es toda

una bendición.

 

 

Ilustración: Alexi Zaitsev

 

 

 

El punto medio

que no acaba de despuntar.

 

Se insinúa

como la belleza insólita

de los pétalos entumecidos

o las alas caprichosas

que pugnan por abandonar

su crisálida.

 

Las leyes de la oscilación,

sin embargo, empujan la línea

hacia uno de los extremos

tan a menudo aborrecibles:

 

del amor conducen al odio,

de la tristeza a lo exultante,

del ocaso al alba.

 

El punto medio podría ser

un buen antídoto

frente a los delirios

de pureza

si se aceptasen las espinas

de la rosa

y la metamorfosis

de los gusanos de seda.

 

Lo que observamos,

en su defecto,

son segmentos quebrados

y la virtud moribunda

del conjunto vacío.

 

 

 

Después de abrir una

seguir hasta la próxima

y no parar por muchas

puertas que se crucen

en el camino.

 

Es posible que nada

ocupe el vacío

entre una puerta

y la siguiente.

 

Que la primera solo

contenga a las demás.

 

Que lo realmente

notable o esencial

ni siquiera consista

en avanzar sin fin.

 

¿Qué sucede

con los goznes

y umbrales,

con los cerrojos

que han quedado

atrás?

 

¿Son idénticos

a los que están

por venir?

 

La naturaleza

se revelará

el día en que

las paredes hablen.

 

 

 

El ramalazo llega

sin avisar.

 

Ignoro quién es

el domador

y sus intenciones.

 

Esclarece

si lo percibo

a tiempo

y ato los cabos.

 

En caso contrario,

se larga raudo

con el cuento

a otra parte.

 

Siempre deja ahí

su escalofrío.

 

 

Fotografía: Héctor González de Cunco

 

 

 

 

 

 

Qué otro lujo
asiático
que la contemplación
de este infinito.

 

Cada vez
pierdo mejor
el tiempo.

Es encomiable
la soledad.

Nada la iguala
en mérito para ir
perfeccionando
este arte.

 

 

Fotografía: Jean Loup Siefff