Pensamos
que una pasión
alucinógena
y un cuerpo
voluptuoso
pueden salvarnos
de este infierno.
Y, sin embargo,
enseguida nos conducen
a otro callejón
sin salida.
Fotografía: Mona Kuhn
Pensamos
que una pasión
alucinógena
y un cuerpo
voluptuoso
pueden salvarnos
de este infierno.
Y, sin embargo,
enseguida nos conducen
a otro callejón
sin salida.
Fotografía: Mona Kuhn
El amor,
qué gran tontería
química.
(De acuerdo con el boletín
de divulgación.)
No el amor mayúsculo
y superlativo,
ese que se dice
por la humanidad
o por los gatos
con modesta
grandilocuencia.
Ni el que sirve
de práctico envoltorio
en los meses fríos.
Sino el salvaje
e indomable,
el de acepción peligrosa
y droga dura
que quita el sueño
e invita a aullar.
Aún no me explico
por qué no se legaliza
y administra
en farmacias
con su adecuado prospecto
de efectos secundarios.
El filo del cuchillo
está siempre preparado
para la incisión,
para rasgar la superficie.
Al menor descuido
penetra
en la carne viva.
Todas la alarmas
convocan
a frenar la hemorragia.
Las instrucciones
deben ser certeras.
La parálisis del tiempo.
Por más que las reconozcas
fugaz y dolorosamente,
no es momento éste
para explicaciones.
Ni para divertirte
con tus metáforas
favoritas.
Fotografía: María Sánchez
Limpiar y esclarecer
la herida lenta
y sediciosa,
furtiva.
Hermana de un secreto
al que debes gratitud.
Acercarme a ese umbral
permite vivir, esparce
sustancias
que dan un amor
de liquen y piedras.
Esa raíz
desprende la licencia
para purgar.
Intuyo tu dicha
de enjambre e hipnosis,
y me encuentro
con esa respiración.
De alguna manera,
estamos en continuo
desplazamiento.
Si conjugo las horas
con el fondo intocable
de tus ojos.
Si alguien define
una línea ética
al amanecer.
Si mueren los augurios
de pesimismo
y abrazamos días
de paciencia.
No afirmo
que sea tarea fácil,
gesto inerte,
disposición corporal.
Es algo que nos sucede
a la par y en lo múltiple,
en forma de océano.
Ahora sólo me queda
acostumbrarme
a esta anómala
claridad.
Fotografía: Anna Marcell
Me pierdo
en tus piernas atléticas,
en tus piernas frondosas,
en el jugo milagroso
que mana de tus piernas
casi verdaderas.
Fotografía: Man Ray
Me pides noticias de China
y no te las puedo suministrar
muy halagüeñas.
Su meteórica producción
industrial
ha devastado voluntades
y el otrora inmenso y claro
espacio de los pájaros
reveladores.
El puño de hierro
del Estado
no deja títere con cabeza
y persigue a cualquier libélula
de encendida palabra
por alta traición.
El afán acumulativo
teje urdimbres
que corrompen hasta la última
virtud taoísta
de aquella ancestral
gastronomía.
De momento,
la única tranquilidad
que depara el rojo vivo
de los indicadores
(macroeconómicos)
es que apenas amenazan
con aventuras bélicas
allende sus mares
plateados.
¿Y sobre el concepto
de comunismo? Mejor
rebuscar
en las enciclopedias
bellamente ilustradas
con edénicos
jardines.
Ilustración: Qin Tianzhu
Antes de hincarle el diente
tomaron fotos de cada plato,
sonriendo y aplaudiendo
con su sonrisa oriental
y con las palmas de sus orientales manos
y apartando su pelo lacio oriental
para que no perjudicase
a la instantánea.
Sospecho
que no pretendían
recabar pruebas
en caso
de intoxicación.
Hay que ver cómo cambian las cosas
cuando se altera
el punto de vista.
Hong Kong, por ejemplo.
Cuando era una colonia,
los comunistas clamaban por democracia
(y el regreso a la madre patria).
Cuando se extinguió el régimen colonial,
los comunistas prefirieron volver al seno
de la madre patria
(y se mofaron de las nociones retrógradas
de la democracia).
Las banderas británicas se incendiaban
hace décadas más como desinfección
de una soberanía
teledirigida,
que como un gesto punk.
Ahora, rayando el patetismo,
los jóvenes se revisten
con aquellas mismas banderas
para poner su granito de disidencia
frente a las bocas cosidas
por el partido único.
A los gobernadores ingleses
se les exigían derechos políticos
y vivienda social,
y se amenazaba con la insurrección
en las horas álgidas
de la guerra fría.
A las élites acaparadoras del presente
apenas se les piden manos limpias
y menos petulancia
en los magnos negocios que van inflando
la burbuja.
Cualquier panorama, en fin,
puede ser desalentador
por mucha reforma
que presida la mesa.
Siempre estará en riesgo la autonomía,
siempre al borde del abismo.
Quizá no tenga otra razón de ser.
Siempre nos rodearán los trileros
liberales, con sus juegos de magia
y su utopía de los centros
comerciales.
Me suenan, ya las he vivido antes,
estas transiciones
de medio pelo y el maquillaje
sibilino de las palabras
ancianas.
Como si la mayor osadía,
en este contexto (también),
fuese apuntar más allá
de los límites
donde se amontonan
los despojos y los cadáveres.
Apenas sin esfuerzo,
llego al despacho y observo
cómo se ensanchan las grietas,
más y más, del tiempo
de trabajo.
Lo tengo fácil, ofrezco mi rostro
a esa brisa templada que viene
de todos los rincones del mundo
y señala para quién
deben ser útiles
mis palabras.
A veces hilvanar,
a veces acupuntura.
Siempre someter a juicio
la escisión.
A menudo tengo pesadillas
y nostalgia del arcoiris
que alegraba
nuestra historia.
Al despertar, es extraño,
me vuelvo a topar
con una soledad
en blanco y negro.
Ni siquiera las sombras
hacen acto
de presencia.
Fotografía: Junku Nishimura
Éramos los colibrís,
las piruletas,
los meteoritos rampantes,
la sagacidad del beso
irrefrenable,
éramos más jóvenes
y felices, promulgamos
el vínculo, lo anudamos
bien anudado
hasta que la intemperie
lo despellejó,
éramos carne de cañón,
idioma en su salsa,
lencería fina,
corredores de fondo,
más ávidos
y más presentes,
éramos la sed
y la agonía,
aeroplanos en giro,
polvo del ártico,
perpendiculares
en cada batalla,
el axioma de la luz,
más verdad
que todo este desierto.
Fotografía: Man Ray
Nunca le encuentro
mucho sentido al viaje.
Sólo me fío
de las motivaciones
más peregrinas:
asistir a algún evento,
obligaciones familiares
y, sobre todo, la huida.
Huir de lo asfixiante,
del tedio, de la agenda
sobrecargada.
Luego deambulo
sin muchos planes
y consumo las horas
observando
las vidas ajenas.
Sólo esta terapia
me refresca las ganas
y me levanta el ánimo.
Después del trajín
y de la ausencia
siempre surgen razones
para volver
a desearte.
Fotografía: Belén Fernández Suárez
He visto a las mujeres celestiales
de Shanghai.
He visto sus labios de violento carmín
y su mirada abismal y serena.
Las he visto sentadas en el club de jazz,
en las heladerías, en los vagones del metro
donde ya no orinan los niños.
Andaban con sus tacones de aguja,
serpenteando entre el humo, indelebles
como si nada pudiera quebrar
su cristalino espectro.
He visto cómo bebían champán
y cómo se maquillaban cada grieta
de su tez olímpica.
Y he visto sus gestos de indiferencia
a mis abundantes canas moteando
la mortalidad.
El subsuelo de Shanghai temblaba
con cada destello de sus muslos puros
y aterciopelados.
Y pensé en cómo perfumarían a sus amantes
antes de que su verga fuese a morir
en el arrozal negro de sus caderas.
He visto mujeres blanquecinas sin sombrilla
y mujeres doradas como templos pacientes
y como las flores de loto donde reinan
las contradicciones del quimérico comunismo
y de las tarjetas de crédito.
He visto las bellísimas mujeres del brazo
de la verdad y del susurro.
Las mujeres leves pugnando por un paraíso
en este mundo disfrazado.
Las mujeres notas de violín y signos luminosos
entre los más de veinte millones de almas chinas
que residen oficialmente y se agolpan
y se acarician cada día sin saberlo
y sin poder evitarlo.
Las mujeres de piedra y las lacias adoradas
como las cabezas del pescado.
He visto cómo se adherían a este extrañamiento
igual que yo y que mis dientes
y cómo las selectas hojas de té
se cotizan entre los artículos de lujo.
He visto sus pestañas postizas antes de la vejez
y de la maternidad, sus vaginas preciosas
e indomables, sus parpadeos adolescentes
tras consultar la última gracia
en sus teléfonos móviles.
He visto su reflejo efímero en el hormiguero
y la polución tóxica del aire por culpa de las fábricas
incesantes.
He podido concentrarme en todas estas visiones
porque los sinsabores y los claroscuros
del viaje me podrían haber conducido sin remedio
a sucumbir de nuevo en la tristeza.
Fotografía: Daido Moriyama
Reconozco
esos ojos brillantes y exclamativos,
casi saliendo de sus órbitas,
del chaval que me mira fijamente
cuando paso a su lado
en bicicleta.
Reconozco
su devoción por el viento
y por los árboles generosos,
por los caminos desconocidos,
su alegría de verano,
sus ansias de libertad.
No somos tan distintos,
nos separan algunos años
de aventuras y desazones,
pero sé que un día él también
pedaleará por el mundo
sin preocuparse demasiado
por el destino final.
Ojalá que cuando pase el tiempo
hagamos un balance
más ecuánime
de todo esto.
Por lo pronto, devolvamos
los cuchillos
a la cocina.
No me leas más,
por favor.
Después de tanto tiempo
corrigiendo erratas,
ha llegado la hora
de decir:
qué triste,
qué triste,
qué triste.
(Es un trabalenguas
por omisión,
como bien se sabe.)
A partir de este momento
es mejor que continuemos
arañándonos
en la penumbra.
No se me ocurre ninguna
rima ni adjetivo original
para murciélago.
Sólo vista perezosa
o aguda audición.
Pues así,
en la caverna,
cada cual
con sus oscurísimas
veleidades.
En la primavera
o mucho antes, volverá
a brotarnos el sentido
del humor.
Se cae el telón
y aparece otro
en el fondo.
Recuerdo
los besos
como rocío,
aquel don
en la mañana.
Abrazar la proximidad
del bosque,
instituir
un fulgor azul
de viento.
La ternura,
después de todo:
una superstición.
Tú leías
manos,
piernas,
cuello.
Yo escribía
sin rumbo.
Tú llegaste
lejos,
tibia,
abisal.
Yo dormía
poco.
Tú en tu luz.
Para siempre.
Yo resucitando
bajo tierra.
En el centro
hay un vacío.
Me asomo:
ni blanco
ni oscuro.
Sólo incertidumbre
y, a la vez,
palpitación.
De ahí
ya he bebido
antes.
Sería una locura
volver a probar.
¿Es que no hay
otras fuentes
de significado?