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ateo poeta

 

Será por la distancia

o por el abismo

en el que me precipito.

 

Pero es vital

que vaya pronunciando

uno a uno

los nombres

que aprendí.

 

Algo más que

mi pensamiento

o mi identidad

está en juego.

 

 

Fotografía: Miguel A. Martínez

 

 

 

Estoy a punto

de escribirte una carta

y me arrepiento.

 

Ya no son como antes, las cartas

y las imágenes.

Ahora disparan como un instante

fatídico, carecen de su don

oracular.

 

Quién comprende la sangre que despiden

unas manos escribiendo.

 

Puedes recibirla cortando zanahorias

y el cuchillo desviarse

hasta mi yugular.

 

Enviar misivas o epístolas o sinónimos

según los condimentos al gusto

no siempre resulta en los efectos

deseados, sino en altas probabilidades

de los más perniciosos.

 

Yo he meditado en silencio sobre el silencio

pero no me deja tranquilo, es un silencio

estruendoso y no encuentro

las palabras para decírtelo.

 

Ayer veía a soldados asesinando

y tú solo quieres que te acaricie los oídos

con palabras o sílabas o fonemas o sinónimos

de amor.

 

Y a mí se me atragantan las nubes.

 

Ojalá tuviéramos más sentido del humor

y vástagos del jazmín y crustáceos antológicos

de una fragilidad infinita.

 

Los taladros no nos perturbarían el sueño.

 

Desayunaríamos nuestra ración de sales minerales

y yo ensalzaría al unicornio

sin pelos en la lengua.

 

Diría opalescente y sublime rosa nívea

sólo para apreciar el ligero temblor

de tus músculos faciales y beber

de la jugosa claridad.

 

Qué dicha la del pacifista

que es capaz de sobreponerse

en las más diversas circunstancias.

 

Mis gestos de inquietud

no tienen remedio, sólo pecan

de abstracción y universalidad

si tú no me lees en primera persona.

 

Nos empeñamos

en el esplendor y acabamos rendidos

a su polvo de estrellas.

 

A pesar de todo, quizá no pueda

dejar de escribirte algo.

 

 

Fotografía: Tina Kazakhishvilii

 

 

 

¿Cómo que los pantalones cortos,

las camisetas sin mangas,

las pulseras de cuero

y el mentón barbilampiño

no te ayudan a rejuvenecer?

 

 

Ilustración: Lucio Fontana

 

 

Suspendida en una perpetuidad

de magnolias y días nacientes,

la escritura

desde el hígado,

la voz aterida y despellejada.

 

Quiero un centro níveo para la migración.

 

En las cúpulas dirimir: alas o abismos.

 

A más de cien metros de altitud

reincido en idénticas

obsesiones.

 

El vehículo del cuerpo

extremo, de una ciudad desnuda

a otra, es la metáfora.

 

Animales con ojos mudos,

reptantes, animales acuáticos,

congéneres.

 

Reservad un saldo azul

antes de cribar

las supersticiones.

 

 

Ilustración: Ayse Mihci

 

 

 

Llega septiembre

resoplando su frescor,

apagando los incendios

del monte bajo

y las tercas pasiones

tantas veces en llamas.

 

Esta brisa es un alivio

aunque en el horizonte

se insinúen meteoros

mucho menos benignos.

 

 

Fotografía: Olmo Calvo

 

 

 

Deberías creer en el amor,

en la primavera y el manantial.

 

Los labios encarnan

la suerte y el destino.

 

Grietas verás, pero no menos

que la oscura depredación.

 

Fíjate en cómo se lanzan

imitando a los ángeles

desde el trampolín.

 

Has iluminado la tristeza

pero los cangrejos sobreviven

a la injusticia.

 

Deduzco otras especies abstractas

a partir del crecimiento sigiloso

de mis uñas y cabellos.

 

Debería confiar

en la ausencia de ataduras

de tanta belleza salvaje.

 

¿Qué veneno propaga el dulce olvido?

 

¿Sabrás ser diligente

en las épocas de fermentación?

 

Hay más pasiones que amor,

hay más amor en el bosque

y en la roca.

 

Escucho cómo vocalizas,

el temblor sencillo.

 

Diluvia y apenas se inmutan:

es un buen presagio.

 

 

 

Apenas queda,

después de todo,

esta claridad del vacío.

 

Lo de menos es

que esta sea una maldita

noche cerrada.

 

 

Fotografía: Robert Frank

 

 

 

Escisión

y cicatriz.

 

Y vuelta a empezar.

 

Es tan simple

que da pavor.

 

 

Fotografía: Robert Frank

 

 

 

Deseo

que la fotografía en blanco y negro

y el ángulo muerto

desentrañen mi deseo.

 

Reside voraz en la cadencia

de un pensamiento turgente,

en la vigilia.

 

La alienación del cuerpo laminado,

la alienación del negativo.

La alienación del sujeto sin las armas

del deseo.

 

Sé que roturas un suelo yermo

con una precisión metafísica y el fulgor

ultravioleta y los tallos del maíz

y la suerte de la plebe

celebran el equinoccio.

 

Planean bajo

o exhaustos por una morada, esos aviones

distinguibles a través de la tanza.

 

También quienes adquieren la obesidad

de la correspondencia en su punto

de anclaje.

 

Vienes y te vas.

Ni los juguetes eróticos, ni la sal

en la llaga.

Ir, venir, esa perpetua ley.

 

Mis ojos culminan.

 

 

Fotografía: Robert Frank

 

 

 

Palpas

en busca de mis costillas.

 

Mi canibalismo

no deja restos en el plato.

 

Columna ocre y artificial

como tus labios excedentes

y tu otoño lascivo.

 

Crepito en unas hojas pardas.

 

La osamenta fracturada

bajo los pilares congelados.

 

Si las agujas

perdieran el norte. Si gimen

los elefantes por el ayer.

 

Si los enemigos te nutren

con su hilaridad.

 

Entonces una nueva condición

arbitraria para el árbol

sin gobierno.

 

Rosa púrpura intraducible.

 

Lamo

sustancias tras la cáscara

de tu nombre.

 

Has de juzgar

en qué medida se edifica.

 

Articulaciones dulces

encuentro.

 

Sólo esta noche.

 

Sólo esta noche turbia y blanca.

 

Sólo la leche de tus dientes.

 

 

Fotografía: Robert Frank

 

 

 

Las orquídeas están

poniéndose mustias.

 

Sí, ya sé que el bolero

solo hablaba de gardenias.

 

 

 

Aunque eso del ecuador de la vida

es una ficción estadística que solo sirve

para satisfacer el vano optimismo

de nuestro ego,

 

una vez que lo superamos

nuestra heroicidad se vuelve cómica,

las ambiciones de antaño, una mota de polvo,

se oxidan los engranajes y la memoria, sí,

va siendo horadada por necesidades

mucho más perentorias.

 

Únicamente queda un difuso bienestar

de vuelo, la razón salvaje curándose

a la sombra como la carne herida

y un manual propio de instrucciones

que nunca se acaba de corregir.

 

Repasas, entonces, tus historias de amor

y sabes que a ese respecto ya no

vas a dar más consejos inutiles.

 

 

Ilustración: Christine Wu

 

 

 

Ha llegado el momento

del ajuste de cuentas.

 

Esta vez no será tan fácil

que escapes de la única compañía

de tu propia sombra.

 

 

Fotografía: Celia Díaz

 

 

 

Yo no sé

qué voy a hacer con mi dolor.

 

Dejad

que nieve, es el oro.

Abrid

las palmas con rabia.

 

Yo no sé

con qué propósito se sufre

al modo antiguo.

 

Quién silba,

qué te van a dar

en consagración.

 

Intentaron persuadirme:

es gratis y cálido

y a mí me apetecían los árboles.

 

Dejad que la nieve tiña

las palabras en la garganta.

 

Yo estoy indefenso,

no poseo marfil.

 

La mujer que se manifiesta

bebe lentamente.

 

Una conmoción

turquesa, eso sí

que surte efecto.

 

Las horas bajo rasante

yo no sé

por qué duelen multiplicadas.

 

Apagad

esos candelarios

o el desierto atacará

de nuevo.

 

Hablo como la omisión,

una gama de nieves.

 

Desde el limbo absoluto.

 

Las señales están equivocadas.

Yo objeté

pero nadie vive en éxtasis.

 

Este sentimiento es difícil

y es difícil que sea reparado.

 

Encriptais

la música pero estáis en huelga.

 

Y cómo se amnistía

este fuego en un conjunto

vacío.

 

Cumple con tu presagio.

Para qué escorarse

más.

 

 

Fotografía: Alexey Dubinsky

 

 

 

Kandinsky sollozaba a la sombra de los sauces

que auguraban el alimento de un nuevo orden solar.

 

Los delirios eléctricos en los pinceles de Hundertwasser

también rendían pleitesía al vientre vacío del que todo mana.

 

Bach se levantaba muy temprano, con el incienso aún

impregnando el aura del clavicordio, y recorría hipnótico,

adelante y atrás, sus juegos y amoríos de la infancia

mucho antes de que el matemático Möbius deslizara

sus dedos por la más entrañable geometría.

 

Desde la otra punta del mundo, esos nombres exóticos

me cautivan igual que cualquier enigma acerca

de la función del arte.

 

 

Ilustración: Jean Giraud

 


 

Otra mañana aprendiendo

a respirar hondo, a calmar

ese atajo de nervios desbocados

y que vuelven al redil

mansamente, no importan

los tigres ni el ruido

estremecedor, ni los disparos

al cuerpo o a las excrecencias

morales.

 

Abro la ventana como un rito,

me asomo a contemplar

la faena de los obreros

colocando esos hierros oxidados,

tablones de madera rancia y

tuberías, a varias decenas de metros

por encima de la gente que va

de lado a lado, cumpliendo

sus constantes vitales,

borrando sus huellas

del pavimento y de cualquier

atisbo de historia.

 

No me explico cómo ascienden

hasta aquí las mariposas

con sus delicadas alas,

ni los insectos insidiosos

que mato al vuelo con mis manos

sin escrúpulos, aunque luego sí

pienso en lo triste y frágil

que es la supervivencia,

en la dicha del alimento,

en las sonrisas que se desvanecen,

y entonces ordeno algunas cosas

y limpio los cadáveres y cierro

la puerta tras de mí.

 

 

 

Otro suelo

que se derrumba, otra

ambición volviendo al agua,

corriente abajo.

 

Rondar

entre los pliegues

de un estado insaciable

de apariencias.

 

¿No sería más sencilla

la provisión de esferas secantes

donde albergar lo más preciado?

 

Cómo las voces periféricas

pueden arañar su derecho

al jardín de lo mundano.

 

 

Fotografía: Andrew Gallo

 

 

Somos rehenes

de las ficciones que un mal día

inventamos como mero

pasatiempo.

 

Nos devorarán

nuestros hijos imaginarios

si no pagamos el rescate.

 

 

Ilustración: Asma Kazi

 

 

 

Un curso fluído

de sustancias sin destilar,

tan cara su invocación.

 

Por muy lúgubres y espinosas

las sendas, poco más en vano

trazar los surcos de la piel.

 

Esperar paciente

a que se module la luz de todo

pues todo sacia

y tienta al vacío.

 

 

Fotografía: John Wehrheim

 

 

 

Es muy pronto,

no suelo madrugar

pero subió hasta aquí

el murmullo del tráfico

y me dejé envolver

por la primera luz.

 

Cualquier día vale

para inaugurar

una cierta perspectiva,

un propósito:

mi complicidad

con el silencio desnudo.

 

No hay más opciones:

o esta conciencia

o sucumbir

al filo de la navaja.

O perseguir el sueño

o ver las olas pasar.

 

Escribo listas,

ordeno lo esparcido

por los suelos,

ventilo la casa

y hago acopio de fuerzas

para salir a la calle

y sumergirme

en el anonimato.

 

A estas horas

la inquietud del tiempo

y de las ausencias

aún no ha saltado

por la ventana.

 

 

Ilustración: Christine Wu