Blogia

ateo poeta

 

Mi ajuar

no está formado

por demasiadas

pertenencias,

y ninguna

que merezca

heredarse

pues se trata

de bienes

sustraídos

a la mera

contemplación.

 

En realidad, sé

que todas esas

bicicletas rodando,

la mirada sincera

del deseo,

el pálpito

de los libros

entre mis dedos,

el clamor

de los días

transparentes,

las ciudades

demorándose,

la sed

de justicia

y los añorados

sabores

como un milagro,

permanecerán

aquí,

poco importa

cuándo o adónde

me vaya.

 

Conservar

su memoria viva

es el único presente

que acepto

sin objeciones.

 

 

Fotografía: Max Cardelli

 

 

 

 

Ahora no estás aquí, es verdad,

pero se trata de una simple

vicisitud, una circunstancia

temporal a la que podemos

poner remedio en cuanto

se nos antoje.

 

 

Fotografía: Matt Blum

 

 

 

 

Yo que casi soy un emigrante, que casi voy a dejar de existir aquí para no saber cómo voy a ser allí. Yo no sé qué palabras merecen la pena ya, si se vendrán conmigo o se plantarán aquí como cardos, borrajas, inexplicables amapolas. ¿Cómo se pronunciarán en idiomas exóticos? Antes de tomar esta decisión me hubiera gustado cerrarles la boca, coserles las palabras, exprimirles todas sus naderías. Sacarles los colores a quienes se molestaban, en voz baja o cínica, por quienes fueron casi inmigrantes aquí, a quienes nos arengan a los casi emigrantes allí, no sé dónde. Otro no lugar como todos estos no lugares que han esparcido por aquí, sin dejar rastro de sus números de cuenta corriente. Quién soy yo. Necesito preguntármelo cada día que pienso en desplazarme, nunca tuve patria, en eso me adelanté. Cómo pasa el tiempo, al menos necesito preguntármelo. Saber que sí, que hay un aliento ahí, una indignación aquí, miles de kilómetros que nos unen o nos separan, según el punto de vista. El archipiélago como destino. Recuerdo aquellos horizontes de secano de mi infancia, trigo, cebada, cuervos. Esos pueblos despoblados y, ahora, estas ciudades en armas, llenas de cadáveres que casi se quedan, que no acaban de expirar. Hay indicios de inventores entre tanto fragor, a su manera, elevándose a su cielo no trascendental. Haciendo a un lado la devastación. Lo que me llevo, inevitable, es mi definición de la guerra que, en verdad, vale la pena librar.

 

 

Fotografía: Olmo Calvo

 

 


 

¿Cómo salir

de un círculo

cuyo perímetro

se desplaza

a la misma velocidad

que el fugitivo?

 

¿Trazando otros

círculos interiores

que disipen

la atracción

de la frontera?

 

¿Cortando las vías

de suministro

del pensamiento

de la huida, librando

la batalla frente

a la necesidad

de una geometría

habitable?

 

¿Entregando las armas

a la inmovilidad

o al desplazamiento

reversible

que se agazapa

en la excepción

de un proyecto?

 

Esta ontología

tan frágil y precaria,

¿sirve para arrojar

piedras y ladrillos

a los escaparates

de la reproducción?

 

 

Aunque están subiendo

las temperaturas,

lo más que consiguen

es que me desprenda

del abrigo ceñido.

 

Al final, no queda

más alternativa

que enfrentarse

a la misma intemperie.

 

 

Fotografía: Margot Mifflin

 

 

 

Los besos también

pueden ser de martes,

invencibles y salados,

albaceas,

solo lo que ellos digan

cuando descansen las palabras,

un sí en contorsión,

la elipsis por mudanza

o cese de negocio,

reptiles

eternos

-hasta la próxima

estación-,

cuencas mineras,

un tercer ojo y acceso

o sala de estar,

metáfora de muchos caramelos

de eucalipto,

atlas de blanda textura,

narración

de un porvenir convulso,

umbral

acaso franqueable,

que me lleve la muerte

si no,

como raíz

que absorbe la forma líquida

del sentido a través del ser,

que murmulla

y desconfía hasta que no,

híbridos

y nada ascéticos,

lechosos,

contingentes,

ucrónicos de solemnidad,

o labios que aspiran a

la verdadera magnitud

de su don.

 

 

Fotografía: Angela Lindvall y Mikael Jansson

 

 

Las abstracciones

grandilocuentes

sobre el amor

suelen hacer agua.

 

En cambio,

si nos reímos

al conversar,

y si escuchamos música

y la brisa cálida

de nuestros gestos,

es fácil que asome

alguna certeza.

 

Por ejemplo, así

al albur: que eres

una línea de horizonte

tangible.

 

 

Fotografía: Ralph Gibson

 

 

De los almendros

floridos, aspirar

su juventud.

 

Canela y miel

de tomillo sobre

las naranjas

desnudas.

 

Que el día

conserve húmedos

tus labios.

 

 

 

La primavera es nuestra.

 

Que no cunda el pánico:

no la queremos en exclusiva.

 

 

Fotografía: Humans of New York

 

 

 

En cuanto limas las asperezas,

haces abstracción de lo superfluo

y echas por la borda todo el peso

accesorio,

 

emergen en su plenitud

esos simples

y bellos trazos

primitivos.

 

 

 

Cada mudanza alberga

el telúrico proyecto

de la fertilidad.

 

Irnos

para dejar ir

y nacer.

 

Cambiar de lugar

y de aires:

sedimentación,

extrañamiento.

 

Que nos inspiren

otros ángulos y equilibrios

de fuerzas.

 

De ultramar: simbiosis,

urdimbres, adjetivaciones.

 

Que la piel

se regale la piel, ungida

por el afán de luz.

 

Voluntad de amar

la brisa dulce y salada,

los contrarios

virtuosos.

 

Rehuir, al fin,

toda decepción

genérica.

 

 

Ilustración: Cristobal Toral

 

 

 

Apartamos exequias

y cenizas

 

porque un rumor

de aves

sube por tu espalda

 

cuando amas

la ciudad

en bicicleta.

 

 

Fotografía: Herbert List

 

 

Los días suceden

rápidos

y a mí me urge

la lentitud.

 

Las lluvias copiosas

y el deshielo

han nutrido toda

esta presente

luminosidad.

 

Al lado

de las leyes

hacen las trampas

y nuestro afán,

en cambio,

es de instantes

sublimes.

 

 

Fotografía: Britanny Markert

 

 


 

Nuestras agendas

estaban desajustadas.

 

Cuando yo te busqué

desde mi vacío,

tú sonreías distante

cimbreando

toda esperanza.

 

Cuando regresó

súbita

tu presencia

desde el olvido,

mi deseo pertenecía

a otra vegetación.

 

O bien esa fuerza

se repliega por siempre

en su mundo

de posibles,

o bien estalla sola

el día que nos reúna

desprevenidos.

 

 

Fotografía: Britanny Markert

 

Después de apartar

todos los velos

alcanzarás, al fin,

la epidérmica

superficie.

 

El acceso

a lo más profundo

requiere la inevitable

incisión

quirúrgica.

 

Con o sin anestesia.

 

 

Ilustración: Aleka

 

 

Son los asiduos.

Les delatan sus rostros

impacientes, sumidos

en la evasión.

Hacen tiempo,

matan el tiempo

antes de volver a entrar

en la sala de los sueños.

Planifican minuciosamente

cada próxima película

en función de su parca

sinopsis.

Merodean alrededor

de la taquilla

y en los aledaños

de ese hipnótico edificio.

 

Los reconozco al instante

porque a mí también

me han atraído siempre

esas mismas fuerzas

oscuras.

 

 

Fotografía: Carl Westergren

 

 

Puede que sea un ejercicio

desesperado por quebrar las líneas

divisorias, por saciar el norte boreal

e ingerir el licor que disuelve

la única vanidad.

 

Tu sexo incandescente y alucinógeno:

una cometa revoloteando

entre el perfume de este mes

de abril.

 

 

Fotografía: Jerónimo Laborde

 

 

 

Herida por una luz

abrasadora, por un seísmo

y la negación de las apariencias

tan caras

y fecundas.

 

Hay visos de que maduren

las rosas del prójimo

en mi boca.

Inexorable, la señal.

 

Te cercioras

de la justa ternura,

no obstante el silencio

más bien tardío.

¿Siempre en su niebla

de pálpito? ¿Aún lo dudas?

 

Comprendo el albor,

la lascivia diáfana. Sabes

que necesito esta levedad,

días crípticos

para regresar a otra forma

de armonía.

 

 

Fotografía: Robert Adams

 

 

Que siga su cauce.

Que bucee

en su devenir compulsivo

y que toque fondo, piedras,

la serenidad del remolino

interior.

Que la fragilidad solitaria

ceda al auxilio

de la espuma,

de la floración inminente.

Que las grietas

como resplandores y que

la sustancia del secreto

peor guardado

resista la violencia

de la ola, despunte, lamine

hasta el párpado.

 

 

 

Tendría unos ocho años

y recuerdo cómo sometía

a escrutinio, con ansiedad,

cada noticia de una tragedia

bélica, todo el odio que a todo

impregnaba, los accidentes

de tráfico y los consustanciales

al mero impulso de vivir.

 

Signos infalibles

de que jamás habría dios

alguno ni orden

en este naufragio.

 

 

Fotografía: Ana Nieto