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ateo poeta

 

Vivir es igual a morir en pequeñas dosis,

en cómodos plazos, pagando por anticipado

el cheque en blanco que nos concedió

la eternidad, ese brevísimo lapso de tiempo,

esa insignificancia en lo absoluto del tiempo.

 

Y cuando se nos caen las cosas de las manos

y se quiebra nuestra frágil ambición

de control, y cuando apenas nos amamos

a nosotros mismos por pretender cotas

más elevadas de comprensión, porque no

otro fin anhela el amor correspondido,

¿qué libertad podemos entonces esgrimir?

 

Que no te mate la angustia del cosmos, que no

asfixie tu humilde reptar la insoportable

luz de lo invisible, que no te amilanen los

administradores de la muerte fulminante ni

la superficie rala de una vida simple y hueca,

convertida en mera fuerza de trabajo,

apariencia manipulable que esconde la

belleza de la flor y el abrazo de la tierra.

 

Ilustración: Ed Templeton

 

unos versos de Julio Cortázar

unos versos de Julio Cortázar

 

"Este amor que de la nada se alimenta,

esta ala sin pájaro, esta incierta vanidad

de seguir, como una triste

costumbre de verano."

 

Julio Cortázar

 

Ilustración: Michele del Campo

 

Hoy quería escribir sobre esta

"incierta vanidad de seguir"

que señalaba Cortázar, sobre estos

tiempos aciagos, sobre los azotes

que nos propinan quienes

nos mal gobiernan, sobre las oscuras

persecuciones que se reiteran

cíclicamente, como bucles insaciables,

sobre el innombrable papel del amor

en todo esto y, sin embargo, tan sólo

me he quedado absorto y circunspecto

al ver las huellas de los pies del gato

-pies, sí, porque también nosotros

metemos la pata- sobre la portada

blanca de ese libro de Zurita que

se titula Zurita, como si un ser sigiloso

y amable -pero también ascético y

confiado igual que todo animal mudo-

quebrase con su orgullo tanto

inmaculado silencio.

 

Grafito: Mobstr

Un fragmento de Rayuela, de Julio Cortázar

Un fragmento de Rayuela, de Julio Cortázar

 

"Lo que mucha gente llama amar consiste en elegir a una mujer y casarse con ella. La eligen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio. Vos dirás que la eligen porque-la-aman, yo creo que es al revés. A Beatriz no se la elige, a Julieta no se la elige. Vos no elegís la lluvia que te va a calar hasta los huesos cuando salís de un concierto."

 

Julio Cortázar, Rayuela

 

Fotografía: Ed Templeton

 


Corona (un poema de Paul Celan)

Corona (un poema de Paul Celan)

 

En mi mano el otoño come su hoja: somos amigos.

Extraemos el tiempo de las nueces y le enseñamos a caminar:

regresa el tiempo a la nuez.

 

En el espejo es domingo,

en el sueño se duerme,

la boca dice la verdad.

Mi ojo asciende al sexo de la amada:

nos miramos,

nos decimos palabras oscuras,

nos amamos como se aman amapola y memoria,

nos dormimos como el vino en los cuencos,

como el mar en el rayo sangriento de la luna.

 

Nos mantenemos abrazados en la ventana, nos ven desde la calle:

tiempo es de que se sepa,

tiempo es de que la piedra pueda florecer,

de que en la inquietud palpite un corazón.

Tiempo es de que sea tiempo.

Es tiempo. 

 

Paul Celan, La arena de las urnas (1948) 

 

Fotografía: Ed Templeton

 



 

Como no sabían abrir puertas,

derribaron las nuestras

y levantaron un mohíno muro de adoquines

en su lugar.

 

Poco se puede esperar del cemento de la ley

cuando erige tapias y venera el vacío.

 

Ningún razonamiento cabe

en su brazo ejecutor, sólo sangre

y ojos destilados.

 

Para mayor gloria de quien congela el tiempo

con su vil metal, de quien desahucia

y se pudre en el fango

de su residencia blindada.

 

Hay mucho de inefable e intangible, sin embargo,

que ya sólo pertenece a los cuerpos comunes

y a las vocaciones que amaron

aquel umbral.

 

Hay también instrumentos musicales, máquinas

libres, sombras chinescas, luces y piezas abundantes

de bicicletas que clamarán a gritos

volver a habitar.

 

Es todo muy extraño,

el mundo al revés

cuando la vida podría ser tan sencilla.

 

Podría ser

tan dulce y sublime, tan sencilla

al mismo tiempo que la revelamos.

 

Mural en el CSOA Casablanca (Madrid)

 


 

No sé si sumarlo a los derechos humanos

o a la no menos controvertida relación

de las necesidades básicas,

pero se me antoja que ese cuarto oscuro,

ese refugio como una sala de cine

o como la contemplación de los nombres

de cada belleza desnuda en una floristería,

ese tiempo perdido y mosaico

que alberga toda evasión,

se lo merece.

 

Fotografía: Julia D. Velázquez

 

Mi querida bicicleta (dos fragmentos de un relato de Miguel Delibes)

Mi querida bicicleta (dos fragmentos de un relato de Miguel Delibes)

 

"Me alejaba de nuevo, sorteaba el cenador, topaba con la casa, giraba a la izquierda, recorría el largo trayecto junto a la tapia hasta alcanzar el fondo del jardín para regresar al paseo central. Mi padre iba ya caminando lentamente hacia el porche.

—Es que no me atrevo. ¡Párame tú! —supliqué al fin.

Las nubes sombrías nublaron mi vista cuando oí la voz llena de mi padre a mis espaldas:

—Has de hacerlo tú solo. Si no, no aprenderás nunca. Cuando sientas hambre sube a comer.

Y allí me dejó solo, entre el cielo y la tierra, con la conciencia clara de que no podía estar dándole vueltas al jardín eternamente, de que en uno u otro momento tendría que apearme; es más, con el convencimiento de que en el momento en que lo intentara me iría al suelo. Entre las ramas se oían los gorjeos de los gorriones y los silbidos de los mirlos como una burla, mas yo seguía pedaleando como un autómata, bordeando la línea de la tapia, sorteando las enredaderas colgantes del cenador. ¿Cuántas vueltas daría? ¿Cien? ¿Doscientas? Es imposible calcularlas pero yo sabía que ya era por la tarde. Oía jugar a mis hermanos en el patio delantero, la voz de mi madre preguntando por mí, la de mi padre tranquilizándola, y persuadido de que únicamente la preocupación de mi madre hubiera podido salvarme, fui adquiriendo conciencia de que no quedaba otro remedio que apearme sin ayuda, de que nadie iba a mover un dedo para facilitarme las cosas; incluso tuve un anticipo de lo que había de ser la lucha por la vida en el sentido de que nunca me ayudaría nadie a bajar de la bicicleta, de que en este como en otros apuros tendría que ingeniármelas por mí mismo. Movido por este convencimiento, pensé que el lugar más adecuado para el aterrizaje era el cenador. Debería llegar hasta él muy despacio, frenar junto a la mesa de piedra, afianzar la mano en su superficie y, una vez seguro, levantar la pierna y apearme. Pero el miedo suele imponerse a la previsión y, a la vuelta siguiente, cuando frené e intenté sostenerme en la mesa, la bicicleta se inclinó del lado opuesto, y yo me vi obligado a dar una pedalada rápida para reanudar la marcha. Luego, cada vez que decidía detenerme, me asaltaba el temor de caerme y así seguí dando vueltas incansablemente hasta que el sol se puso y ya, sin pensármelo dos veces, arremetí contra un seto de boj, la rueda delantera se enrayó con las ramas y yo me apeé tranquilamente.

Mi padre ya venía a buscarme.

—¿Qué?

—Bien.

—¿Te has bajado tú solo?

—Claro.

Me dio en el pestorejo una palmada cariñosa. (...)

 

Pero cuando la bicicleta se me reveló como un vehículo eficaz, de amplias posibilidades, cuya autonomía dependía de la energía de mis piernas, fue el día que me enamoré. Dos seres enamorados, separados y sin dinero, lo tenían en realidad muy difícil en 1941. Yo veraneaba en Molledo-Portolín (Santander) y Ángeles, mi novia, en Sedano (Burgos), a cien kilómetros de distancia. ¿Cómo reunirnos? El transporte, además de caro, era muy complicado: ferrocarril y autocar, con dos trasbordos en el trayecto. Los ahorros míos, si daban para pagar el viaje no daban para pagar el alojamiento en Sedano; una de dos. ¿Qué hacer? Así pensé en la bicicleta como transporte adecuado que no ocasionaba otro gasto que el de mis músculos. De modo que le puse a mi novia un telegrama que decía: ’Llegaré miércoles tarde en bicicleta; búscame alojamiento; te quiere, Miguel’. Creo que la declaración amorosa sobraba en esa circunstancia puesto que el cariño estaba suficientemente demostrado pero la generosidad de la juventud nunca tuvo límites. El miércoles, antes de amanecer, amarré en el soporte de la bici dos calzoncillos, dos camisas y un cepillo de dientes y me lancé a la aventura. Aún evoco con nostalgia mi paso entre dos luces por los pueblecitos dormidos de Santa Olalla y Bárcena de Pie de Concha, antes de abocar a la Hoz de Reinosa, cuya subida, de quince kilómetros, aunque poco pronunicada, me dejó para el arrastre. Solo, sin testigos, mis pretendidas facultades de escalador se desvanecieron. En compensación, del alto de Reinosa a Corconte -veintitantos kilómetros- fue una sucesión de tumbos donde la inercia de cada bajada me proporcionaba casi la energía necesaria para ascender el repecho siguiente. Aquellos primeros años de la década de los cuarenta, con el país arruinado, sin automóviles ni carburante, fueron el reinado de la bicicleta. Otro ciclista, al que algún que otro peatón, un perro, un afilador, los chirriones acarreando yerba en las proximidades de los pueblos, eran los únicos obstáculos de la ruta. Recuerdo aquel primer viaje de los que hice a Sedano, como un día feliz. Sol amable, bruma ligera, brisa tibia, la bicicleta rodando sola, sin manos, varga abajo, un grato aroma a heno y boñiga seca estimulándome. Me parece recordar que cantaba a voz en cuello, con mi mal oído proverbial, fragmentos de zarzuelas sin temor a ser escuchado por nadie, sintiéndome dueño del mundo."

 

Miguel Delibes, Mi querida bicicleta (1988)

 

 

Los muertos físicos,

los muertos simbólicos,

mis yos muertos,

el dolor que siempre vuelve,

la imposibilidad de cura

definitiva de nada,

la necesidad de un

armisticio con cada uno

de los fragmentos

que se adhieren

a mi deriva.

 

Fotografía: Masahisa Fukase

 

 

Lo mejor que me puede ocurrir

después de mirarnos perpetuamente

y de no decirnos nada de lo que pensamos

y de besarnos y despedirnos

hasta la próxima interferencia,

es disponer de un inmenso lago

de tiempo nocturno

para escribirte un poema

que nunca leerás.

 

Ilustración: Michele del Campo

 

Llevas la música en tu sueño.

Floreces al despuntar la noche.

 

Una brizna de verdad, un instante.

 

Es quiromántica la lengua

que pronuncia la palabra beso.

Nada escrupulosa con su íntima

alegría.

 

Nítida en la devoción

por el cromatismo.

 

Te pienso como a una lejana playa.

Sabes a agua mucho.

 

Fotografía: Lucien Clergue

 

 

 

 

 

Pero el límite esférico echa raíces y se amalgama

a un sonido parco que instruye a los comensales,

parásitos y héroes de la aviación.

 

Un beso es un punto indeclinable, tangente, cifra

panorámica de los órganos perturbables y dilectos.

 

Mi gaya ciencia consiste en la humilde colección

de esbozos en la vigilia, ese mapa de sustratos

resignados a la finitud de lo que abarca el ojo

previsor.

 

Ilustración: Julie de Waroquier

 

 

Me faltas y esa es mi condición de ser

en búsqueda, desbrozando, interpelando

a una naturaleza roma y tupida, a los días

de nubosidad aguardando su sazón.

No serán gratuitos tus ojos destellando

en el relente nocturno, ni serán míos

porque ese sabor de oráculo desgasta

su horizonte, se enfoca a la desposesión

y es consustancial a la malva luz.

Si sólo es pálpito nuestra trémula

materia, cadencia, sucesivos golpes

de vida y flor entre zonas blancas,

fallas, vacíos donde anida lo gestante,

dime tú qué podría colmarlo sin

asfixiar esta infinitud. Masa de harina

augurando su levitación, despuntan

las fragancias del amanecer, exprimo

el almíbar de tu ausencia porque nunca

es perpetua y con poco más me sacio.

No me faltas siempre, no vienes sola,

no pronuncias idénticas oraciones.

Eres un mar de oleaje impredecible

con tierra a la vista. Es en esta suerte

de ahora que adopto la forma inversa

y me incito a nadar más adentro.

 

Ilustración: Michele del Campo

 

 

Haré un esfuerzo ímprobo por comprenderlo.

 

Mientras yo me administro las dosis regulares

de lobo solitario y las fosforescencias de la

biblioteca inabarcable, tú recorres las islas

voluptuosas donde la alquimia de la historia

calcinó el verbo de la subordinación.

 

¿Y qué saldo arrojan estos desencuentros?

 

Fotografía: Leo Cobo

 

 

Sabes que la identidad del destinatario

permanece oculta por estrictas razones

de estado poético.

 

                           Sabes que tú eres un

cuerpo genérico al que amo sobre todas

las cosas sin sustancia material.

 

                                               Y sabes

que, sin ti, nada expresaría la herida que se

halla en este margen de la frontera.

 

Fotografía: Doris Gutiérrez

 

Julian Barnes' characters about love, sex and friendship

Julian Barnes' characters about love, sex and friendship

 

"Stuart: My marriage -my second one, my American one- ended in divorce after five years. Now in England the voice-over would go, ’His marriage failed after five years.’ I mean the voice-over in your own head, the one that comments on your life as you live it. But in the States the voice-over went, ’His marriage succeeded for five years.’ They’re a nation of serial marriers, the Americans. (...)

 

Gillian: There was this suggestion in the papers recently that marriage should be treated as a business. Romance never lasts, they said, so couples should negotiate the terms of their partnership in advance: all the conditions and clauses, rights and duties. Actually, it doesn’t sound to me like a new idea at all. It reminds me of those old Dutch paintings -husband and wife side by side, gazing out at the world a little complacently, the wife sometimes holding the purse. Marriage as business: look at our profits. Well, I absolutely don’t agree. What’s the point if the romance isn’t still there? What would be the profit if I didn’t want to come back to Oliver every evening? Of course, we talk about arrangements a lot. That’s like any normal marriage. Children, shopping, meals, pick-up times, homework, television, the school run, money, holidays. Then we fall into bed and don’t have sex. Sorry, that’s one of Oliver’s jokes. At the end of a long day, when work’s been a problem and the girls have been a handful, he’ll say, ¡Let’s just fall into bed and not have sex.’ (...)

 

Stuart: Friendship can be more complicated than marriage, if you ask me. I mean, marriage, that’s the ultimate challenge for most people, isn’t it? The moment when you put your whole life on the line, when you say, here I am, this is what I stand for, I’ll give you everything I’ve got. I don’t mean worldly goods, I mean heart and soul. In other words, we’re aiming for a hundred percent, aren’t we? Now we may not get that hundred percent, most likely we won’t, or we might get it for a while and then settle for less, but we’ll be aware of that figure, that completeness, existing. What used to be called an ideal. I guess we call it a target nowadays. And then when things go wrong, when the percentage drops below an agreed target figure -say fifty percent- you have this thing called divorce. But with friendship, it’s not so simple, is it? You meet someone, you like them, you do things together -and you’re friends. But you don’t have a ceremony saying you are, and you don’t have a target. And sometimes you’re only friends because you have friends in common. And there are friends you don’t see for a while who you pick up straight away, right where you left off; and others where you have to start all over again. And there’s no divorce. I mean, you can quarrel, but that’s another thing. (...)

 

Gillian: The rule about married sex, if you’re interested -and you may not be- is that after a few years you aren’t allowed to do anything you haven’t done before. Yes, I know, I’ve read all those articles and advice columns about how to spice up your sex-life, about getting him to buy you special underwear, and sometimes just having a romantic candlelit dinner for two, and setting aside quality time to be together, and I just laugh because life isn’t like that. My life, anyway. Quality time? There’s always another load of washing. Our sex-life is... friendly. Do you know what I mean? Yes, I can see that you do. Perhaps all too well. We’re partners in the act. We enjoy one another’s company in the act. We do our best for one another, we look after one another in the act. Our sex life is... friendly. I’m sure there are worse things. Much worse. Have I put you off? He or she beside you has had their light oput for some time now. They’re doing that breathing which is meant to sound like sleep but doesn’t really. You probably said, ’I’ll just finish this bit,’ and got a friendly grunt in reply, but then you read on a bit longer than you thought. But it doesn’t matter now, does it? Because I’ve put you off. You don’t feel like sex any more. Do you?"

 

Julian Barnes, Love, etc. (2000)

 

Ilustración: Emilce Fuenzalida

 

 

En cuanto deje de mirar por el balcón

me levantaré a escribirte un poema

nostálgico, de esos que mojas en el té

sin leche cuando siento que me

digieres y te olvidas de mí hasta la

próxima necesidad alimenticia.

 

Ilustración: Eduardo Urculo

 

 

Siempre llego tarde a tus jazmines rezagados.

Por causa de las reyertas con mis propias máscaras.

 

 

 

Les pregunté a los ibis

cuyo largo pico curvo me suscitó

un exótico interés. Y no entendí

su encriptado lenguaje.

Les pregunté a los lemures de cola

rayada como un timón del aire,

pero seguían a lo suyo y se iban

por las ramas con plena asertividad.

Les pregunté a las tortugas chinas

y a los ojos chinos que las contemplaban

ajenos a toda la prehistoria anfibia

y al tráfico de millones ensordecedor

que sería lo que les cobijaba

en su mutismo y en el susurro esbozado.

Les pregunté a las entidades verticales

poco orgánicas, por si alguien

se hallaba detrás del espejo dando

el pecho, respirando sin escabrosos

sentimientos de culpa.

Les pregunté a los añicos de mi memoria,

a lo que quedaba de mis anhelos oxidados

en caso de que pudiera aún

reconocerme en la tosca y tortuosa

voluntad de existir.

Después de veinte horas de vuelo

transcontinental regresé a casa

e interrogué desde el mismo silencio

a los rostros que me inspiraban

profundidad de campo y la caricia

naranja de estas tardes otoñales,

espléndidas y acrisoladas.

Todo ha sido inútil, no hay explicación

posible para amortiguar los golpes

de la decepción, su vaporoso

repercutir en alguna latitud incógnita

como la que ocupaban esas islas

barridas del mapa por algún furioso

ciclón tropical.

 

Fotografía: Miguel Martínez

 

 

 

Hong Kong Skyline

Hong Kong Skyline

 

El silencio interrumpe. Viene cargado

de vacío, pulcro y aseado, como el hijo

menor del tifón tropical. A dejar

paso a los delfines albos que se ríen

de las predicciones meteorológicas

y me palpita el futuro, me socorre

ese temblor acomplejado por su

docta ignorancia. Bebo, siempre bebo,

o lo intento, de las ubres del piso

dieciocho, las que más saben al

espacio imperfecto y encinta

de la lluvia que tarda. Vienes al

corazón sangrando. Es así como

se evita la herrumbre. Destilas una

pretensión de aroma, necesaria y

suficiente, hilemórfica, que ni

el almizcle más testicular. Saco

la voz de su cáscara fósil y emite

su grito mudo, constreñido, y por

qué duele esa herencia melliza.

La luciérnaga también duda

y, no obstante, se reproduce en

un alarde democrático de leyes

sin señorío que las tutele. Aquí,

solo, vástago, puedo incluso

desear un amarillo entero.

 

Foto: Miguel Martínez