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ateo poeta

 

Irme lejos, aislarme,

que sean nubes y alas

quienes limen aristas,

en donde se fragüe

la nuez, la destilación,

el amor al hueso sobrio,

que florezca el verdín

de lo húmedo, cálido

y respirable.

 

Regresar al abrazo

y a la convulsión sudorosa

del bosque concreto,

incorporarme a ligaduras

y urdimbres, al alba,

a lo que subyace bajo

las apariencias de meseta,

rotar de perspectiva

con mis semejantes.

 

En cada opción y veta

en destello, sin más sostén

que un devenir craso,

arrogante, tan turbio,

sólo décimas de segundo

que son días sin sueño,

me das de beber

ese agua fría e hiriente,

amaina la muy densa

certeza, la luz

y la espiga se inclinan

a mi lado.

 

Fotografía: Michal Giedrojc

 

 

 

 

En la sociedad se crean vínculos

a menudo casi sin querer y también

se rompen de forma brusca o premeditada,

como quien te deja con una estela

de silencio, un dolor sin palabras,

una omisión de toda promesa.

Nada más acontecerá en donde

existió lo mutuo y compartido

o simplemente atisbado.

Sólo quedará un remanente

y delgado hilo de preguntas

sin respuesta, un perpetuo

monólogo en el desierto informe.

Ya fuere por voluntad o por accidente,

ese vacío luctuoso jamás se calma

ni anega. Convive con otras especies

familiares en esas lagunas

de rechazos y estigmas,

en la violenta memoria

del tacto reflejo del fuego

y de los límites que azoraron

a nuestros deseos.

Convivimos con nuestros muertos.

Los llevamos inscritos

en las aguas de nadie que sitian

toda certidumbre.

Mueren, desaparecen, se van,

dejan de hablarnos aunque

siguen observándonos, atentos,

desde su punto ciego.

Han arrasado los viejos cultivos

para que emerjan otros

campos de trébol, tallos

más vigorosos, una suerte

de vana esperanza.

Para qué lamentarse, para qué

obstinarse en la pérdida.

Ya cumplieron su cometido

y la dádiva. Sólo cabe brindar

por su huella y legado,

por lo que es traducible

en cualquier país de residencia.

Y si, improbables, regresan, tan sólo

celebraremos la metamorfosis

de su joven piel luminosa,

lo imprevisto de su mirada.

Como si el día encendiese

una nueva encarnación.

 

Fotografía: Julia D. Velázquez

 

 

 

 

La vida en el pueblo parece estancada, lánguida,

como una corriente sin prisa por morir.

Mis familiares van sufriendo los achaques

de la edad pacientemente, médico tras médico,

cura tras cura, y los chopos de la ribera

se talan cada lustro.

El más anciano se pasa dieciocho horas al día

conectado a unos tubos de plástico que le suministran

oxígeno y la máquina emite un sonido amorfo

como una batería de jazz

que perturba este silencio ocre de agricultores

jubilados y cultivos mecanizados.

La Virgen Milagrosa rula de casa en casa, cándida

dentro de su caja de madera y cristal, un pedazo

de porcelana con pálidos colores al que se respeta

por costumbre, sin esperar en serio a que ejerza

alguna vez lo sobrenatural.

El ayuntamiento proporciona ahora contenedores

para la recogida selectiva de basuras y acceso

gratuito a internet, pero apenas quedan sombras

deambulando por mis recuerdos

de bullicio y libertad.

Aquí sólo se luchaba por unas hectáreas de tierra,

por que escupiese a tiempo sus legumbres y cereales,

la remolacha y el lúpulo, y después

se cobrasen por algo más

que el umbral de la miseria.

En mi infancia se trillaba el trigo en las eras,

encendíamos hogueras en la orilla del río

para asar patatas y cangrejos,

cada día se pastoreaban unas cuantas decenas

de vacas que se devolvían mansas

a sus rediles al atardecer.

No había asfalto ni tampoco basuras,

todo se aprovechaba y todo circulaba

en aquel enjambre de necesidad

que ahora tachamos como pobreza.

Aquel niño urbano vuelve siempre

a la memoria de estos prodigios austeros,

a la soledad y las noches en que se refugiaba.

El mismo relente, la misma caducidad

de las sorpresas, el mismo territorio cíclico.

No cesamos de imaginar que tenemos raíces

en algún lugar de este mundo al que nunca

fuimos invitados y en el que sólo pretendemos

existir, con algún sentido, hasta que nos fallen

las fuerzas o la intención. Mímesis,

evocación, generosidad, en fin, con todo

lo leve y único que nos nutre.

 

Fotografía: Henri Cartier-Bresson

 

 

cuatro poemas de Roberto Bolaño

cuatro poemas de Roberto Bolaño

 

 

Esperas que desaparezca la angustia

Mientras llueve sobre la extraña carretera

En donde te encuentras

 

Lluvia: sólo espero

Que desaparezca la angustia

Estoy poniéndolo todo de mi parte.

 

**

 

Las pelucas de Barcelona

 

Sólo deseo escribir sobre las mujeres

de las pensiones del Distrito 5º

de una manera real y amable y honesta

para que cuando mi madre me lea

diga así es en realidad

y yo entonces pueda por fin reírme

y abrir las ventanas

y dejar entrar las pelucas

los colores.

 

**

 

Un poeta chino en Barcelona

 

Un poeta chino piensa alrededor

de una palabra sin llegar a tocarla,

sin llegar a mirarla, sin

llegar a representarla.

Detrás del poeta hay montañas

amarillas y secas barridas por

el viento,

ocasionales lluvias,

restaurantes baratos,

nubes blancas que se fragmentan.

 

**

 

Para Edna Lieberman

 

Dice el saltimbanqui de las Ramblas:

Este es el Desierto.

 

Es aquí donde las amantes judías

Dejan a sus amantes.

 

Y recuerdo que me amaste y odiaste

luego me encontré solo en el Desierto.

 

Dice el saltimbanqui: éste es el Desierto.

El lugar donde se hacen los poemas.

 

Mi país.

 

 

Roberto Bolaño, La Universidad Desconocida (1993)

 

Ilustración: Nazario Luque

 

 

Te he visto en el primer verano de mi infancia.

Te he visto siempre y te he deseado

pues te bañabas sin temor a las piedras.

Te quitabas casi toda la ropa

y los aviones cargados de gente anónima

y de mercancías ligeras manchaban el cielo

con esas franjas blancas.

Eras morena, rubia, pelirroja, tal vez

poco oriental.

Todavía no estaban de moda los tatuajes

y ya te llevaba impresa aunque, a veces,

la sombra toma su propio camino.

Eras un puerto de mar verde y picado.

Te desnudabas pero conservando

la mirada en salmuera tras tus gafas variables

y las horquillas te sostenían los mechones

de eternidad, que también envejecen.

Te he visto oculta durante mucho tiempo.

Mucho antes de que las conversaciones

acabaran indefectiblemente

en una consulta al teléfono móvil.

Te ocultabas a propósito, siempre jugando

al escondite.

Dudo que te pueda fotografiar.

 

Fotografía: Cintia Massafra

 

 

registrar el hecho,

categorizarlo bajo una u otra rúbrica

incontrovertible,

añadirlo a una serie

estadística más

y, sin embargo, rendirse a la evidencia

de que ya nunca nos explicará

por qué decidió quitarse la vida

 

 

 

Nada en especial. Ha estado lloviendo buena parte de la mañana, así que nos hemos quedado en casa. Estuve indagando cómo piratear las redes inalámbricas de la zona y, después de muchas horas e intentos, ha sido un fracaso más a añadir a mi vida. Aunque siempre se aprende, claro, es lo que se dice, queda ese consuelo no poco amargo. También me dediqué a corregir la propuesta de libro que enviamos hace meses a esa editorial inglesa. Respondimos a los cinco evaluadores y ahora toca esperar a que nos den el visto bueno. Otro asunto que se va aplazando y que progresa adecuadamente, a paso de tortuga. Sin embargo, es como si también incrementara la sensación de agotamiento, las innúmeras dependencias alrededor, la aceptación inevitable de que siempre quedan cosas fuera de tu alcance. Un golpe más de realidad. Por la tarde se fueron los chicos a esa fiesta del agua y me dijeron que pasarían la noche fuera. Yo me fui con la bicicleta a Cangas y me encontré a Manolo, un viejo amigo y hablamos de otras viejas amistades y al final me dijo que Luis Villaverde se había suicidado hace más de un año. Había salido tímidamente el sol y el paseo marítimo se llenó de súbito de gente endomingada o aprovechando unas horas de playa, distendida, distribuida por las terrazas de los bares, como si la vida continuase lánguida de la misma manera que lo solía hacer. Al principio reaccioné con incredulidad y hasta me sorprendió mi falta de empatía al escuchar lo de Luis. A fin de cuentas, la gente muere por distintas circunstancias y a distintas edades, y a todos nos toca tarde o temprano. Los niños jugaban con la arena encharcada, el mar estaba picado aunque el oleaje que descansaba en la orilla era débil, armónico en su irregularidad. Hace veinte años que vine a Vigo por primera vez. Luis era uno de aquellos compañeros insumisos que, al cabo de los años, fue encarcelado. Recuerdo que volviendo en autobús desde Alcalá Meco, después de protestar frente a la cárcel en solidaridad con otros insumisos presos, vimos Léolo y me dijo que era una de sus películas favoritas. Hace unos meses la volví a ver y a menudo me viene a la mente la imagen del chico que entrena duro para ponerse cachas aunque nunca consigue eliminar el miedo que le tiene a un enclenque matón del barrio. Todos los miembros de la familia acaban en el manicomio, incluido el forzudo y el niño a través del cual vamos viendo lo asombroso y absurdo que es vivir. A Luis me lo encontré luego de vecino en Madrid, haciendo la compra y, sobre todo, entrando y saliendo constantemente de la Filmoteca. Nunca aceptaba que tomásemos algo juntos en los bares de la zona y las conversaciones que teníamos eran, por lo general, fugaces. Apurábamos unos breves comentarios sobre las películas que nos gustaban o queríamos ver y enseguida se marchaba raudo. Siempre solitario y austero. Volví en el último barco y no dejé de pensar en Luis, azorado, con un nudo en el estómago, con ganas de llorar pues es lo más fácil cuando nadie puede verte, pero también perplejo por seguir vivito y coleando en este mundo cruel. No me lo pensé dos veces y entré en los cines Norte donde también había coincidido decenas de veces con Luis. Elegí "Siempre feliz", una película nórdica sobre dos parejas que viven en un pueblo perpetuamente nevado. Una de ellas, formada por dos profesionales liberales, tiene un hijo negro adoptado y huyen de la reciente infidelidad de ella en la ciudad. La otra pareja tiene un hijo rubio de similar edad al otro, aliado con su padre, no menos rubio, en una permanente humillación de su ingenua y sufrida madre (de pelo negro y deslumbrantes ojos claros). A lo largo del relato se producen nuevas infidelidades, se descubre una homosexualidad negada durante años, se mezclan el juego y la dominación. Incluso en esos países ricos y con esas mujeres níveas que parecen salidas de cuentos de hadas, no es fácil vivir, o convivir, que no es lo mismo pero casi. El título de la película, evidentemente, era engañoso. Pero no escondía un pesimismo feroz sino una recurrente moraleja: hay que enfrentarse a los dilemas y dolores de cada día, no esconderlos debajo de la alfombra; y no hay ninguna garantía de éxito por más cultura, dinero y experiencias que nos creamos haber acumulado. La noche estaba templada y fresca, como aquellas noches de hace veinte años en que nos íbamos a pegar carteles después de las asambleas y yo también volvía a casa en bicicleta, contento y convencido de que nuestros afanes antimilitaristas plantarían alguna semilla de un mundo nuevo. Aunque, mientras, algunos iban a la cárcel y otros se quedaban por el camino. Y los ejércitos se hacían más profesionales y esquilmaban mejor nuestros recursos colectivos. Quizá todo haya sido inútil. Estoy seguro de que Luis se merecía una vida mejor y más duradera, pero creo que admiraré siempre sus convicciones y su coherencia, como la de Manolo y tantos otros, por mucho que me duela la pérdida de alguien tan entrañable. A mí también me complacen altas dosis de soledad y esa actitud aparentemente evasiva que, no obstante, adopto para comprender toda la maraña de objetos, animales y personas en la que estamos envueltos. O, por lo menos, eso pretendo. Al llegar a casa aún pasé un buen rato con el ordenador auscultando las capturas de paquetes de datos volátiles que había dejado activas en mi ausencia y luego me masturbé con un vídeo porno y me acosté leyendo un libro extraordinario de poemas de Roberto Bolaño. Escribí unos versos recordando a Luis y, la verdad, me resultó difícil conciliar el sueño.

 

 

 

un poema de Néstor Barron

un poema de Néstor Barron

 

 

Mi belleza es arrasadora

cuando te tengo arrodillada

delante de mí y acaricio

tu nuca con mis dos manos.

No me exilies de tu boca todavía,

no me escupas tan pronto de regreso a

la fealdad

de mi maravilloso mundo muerto.

 

Néstor Barron, Las Otras. Historias del misógino que amaba a todas las mujeres, 2008

 

Ilustración: Diderot

 

extracto de un cuento de Vlady Kociancich

extracto de un cuento de Vlady Kociancich

 

 

"Cuando su editor le anunció que la novela ya aceptada no se publicaría, Alejandra, impecablemente vestida, clara como la rosa de la publicidad del maquillaje, cruzadas las piernas en displicente exhibición de medias francesas y zapatos italianos de taco alto, se había echado a reír con su risa apaciguante, cálida.

 

-Otro libro que engrosa mi biblioteca inédita.

 

No se enojó, no reclamó. Aunque esa novela le había dado un sentido a su mustia vida cotidiana. Tal vez porque escribirla era olvidarse. Tal vez porque escribiendo para otros sentía la necesaria frescura del deseo, unas gotas de agua en la tormenta de arena que duraba dos años. Francamente, ya no tenía importancia. La novela se había sumado a la lista de conflictos inútiles que Alejandra, cada día más sabia, eliminaba de su visión del mundo.

 

¿Para qué publicar otro libro si tantos se estaban publicando? ¿Para qué esforzarse? En escribir. En publicar. En levantarse de la cama. En alimentarse. En caminar. En hablar. Miles de millones de seres humanos lo hacían, ciegos a las monstruosas cifras del crecimiento demográfico, fieles al sueño de ser únicos, de ser indispensables.

 

Y Alejandra se ruborizó.

 

-Qué egoísmo -dijo, mirando la taza-. Estar viva sin ganas, ocupando un lugar en un planeta donde sobra la gente."

 

Vlady Kociancich, Cuando leas esta carta, 1998

 

Fotografía: Julie de Waroquier

Más preguntas, un poema de Juan Gelman

Más preguntas, un poema de Juan Gelman

 

nuestro amor es sencillo/

tiene un plumero de fuego en la mano/

no hay cosa más sencilla que un plumero de fuego/

tiene el mango con rabia y limpia las telarañas del sur/

 

sacude el tiempo sobre líricos griegos

que llenaban con vino copas y tazas hasta el borde/

para olvidar dolores entre luciérnaga y luciérnaga/

penas y todo lo que es independiente de la voluntad/

qué pájaros ésos

 

que dejaron sus plumas en el plumero que le pasás al infinito/

a las ventanas que fingen reír/

a los hombres que sudan en la noche

porque están enseñando a su esqueleto el oficio de esperar/

 

¿y si los sustantivos estuvieran equivocados?/

¿si la palabra esqueleto no fuera un esqueleto?

¿si el esqueleto fuera un perfume o música que va a la fiesta

abriéndose en una esquina del sur?/

 

¿si el esqueleto frente a frente fuera un árbol?/

¿tuviera en una hojita la cara de los compañeros?/

¿en otra hojita los compañeros combatiendo de nuevo?/

¿los compañeros descansando en sombras de donde van a volver?/

 

te pienso/amor/porque pensar es amarte/

cuando volás por el aire lleno de hombres y mujeres

que cuidan el sur/

le arrancan malayerbas/

para que brillen los ojos del cielo/

 

todavía conozco los hechos de tu vientrre/

vos tenés un plumero en la mano/

limpiás los días y el amor/

y la palabra libertad/

 

 

Juan Gelman, Los poemas de José Galván (1988)

 

 

 

Se me acumulan las tareas.

Llegan una tras otra, en cadena,

sin que se les haya cursado

invitación alguna a esta fiesta.

 

A las más insistentes y extrovertidas

les cuelgo, por desidia,

las etiquetas de "trabajo", "muy

importante" y "por hacer".

 

A pesar del ajustado nudo de esas sogas,

permanecen siempre a flote

gracias a algún extraño mecanismo

de supervivencia.

 

Hay otras tareas que se presentan

con alambicados señuelos:

"necesitas ir al médico", "debes

comprar víveres", "venga usted

el día d a la hora h" y "no se olvide

de abonar sus facturas".

 

Por muy sencillas y convenientes

que resulten para ocupar

el tiempo ocioso, al final del día

uno se queda con el alma a cuadros,

como una marioneta cuyos hilos

mueven a su antojo unos dioses

de vacaciones.

 

En fin, también las hay no menos

insidiosas aunque murmullen

sus cuitas en tono de confesión:

"soy una perla de tu niñez", "dame

más amor", "por qué se afligen

los caballos de viento".

 

A estas últimas obligaciones me

aplico con tesón y procuro que no

les falte alimento. No obstante, gruñen

y protestan y hasta invaden mi cama

robándome el sueño cual gato

panza arriba. Nunca se dan por

satisfechas así que, a menudo, me inclino

por taparme los oídos.

 

Todavía me pregunto por qué no

se agolpan con la misma fruición

playas tropicales, lúcidas locuras

y hedonistas devociones

de toda índole.

 

un poema de Paula Varela

un poema de Paula Varela

 

Hay un ministro
que se lamenta por la tragedia,
lo rodean
otras figuras de cera.

Todos parecen humanos.
La voz se oye quebrada,
pronuncia frases preciosas.

Cualquiera podría creerle.

 

 

Paula Varela (http://mundosentidos.blogspot.com.ar/)

 

Ilustración: Luego (http://luegoestudio.es/)

 

un poema de Idea Vilariño

un poema de Idea Vilariño

 

Uno vive

con los muertos

que están ahí

con los sufrientes vive

y con los despojados

y con los presos

vive.

 

 

Idea Vilariño, Vuelo ciego (2004)

 

 

 

un poema de Víktor Gómez

un poema de Víktor Gómez

 

ceniza y viento

las ranas enmudecen

 

el sol caído

 

han sembrado mi hambre

las horas del saqueo 

 

Víktor Gómez Valentinos, Trazas del calígrafo zurdo, II (2012)

 

Ilustración: Anton Stankowski

 


Súplica de la vida, un poema de Macedonio Fenández

Súplica de la vida, un poema de Macedonio Fenández

 

Luz de la vida

engañadora

voluble oleaje de la existencia

con brisa amarga

o embriagadora

henchiendo el seno de somnolencia

de un siglo nuevo

a la ribera

cruel o sonriente ¿quién lo supiera?

el alma frágil

nos has traído

sobre la cresta de una quimera.

 

Los otros vasos

si quieres llévalos.

De la celeste pasión la copa

hasta los bordes

tan sólo déjanos,

y en el engaño de los engaños

mecidas siempre

de un sueño único

juntas, doquiera

y hasta la playa del suspiro único

estas dos almas

llévanos. Sea.

 

Macedonio Fernández, Manera de una psique sin cuerpo (1901)

 

Ilustración: Nazario Luque

 

 

 

 

Después de deambular y empaparme de lo extraño,

de trazar rutas innecesarias sólo para contemplar

el latido de la vida y miradas que me miran, abro

el periódico Página 12, dicen que ya oficialista,

y emerge la foto de Videla esposado, el dictador

(nunca ex-dictador para quien redacta la noticia)

y sus acólitos sanguinarios que rinden cuentas

en un tribunal por el asesinato de un dirigente

montonero.

 

En las librerías al raso del Parque Rivadavia de

este sábado gélido de mis antípodas, me doy

de bruces con "Interrupciones 2" de Juan Gelman

y busco un lugar donde leerlo, donde los pálidos

rayos de sol me recuerden a julio, donde recrearme

a la vez con esos pibes que juegan al fútbol bajo

las insignias de "lucha" y "paz" que orlan el busto

agigantado de Bolívar:

 

"qué hicieron de aquel día lleno de tigres suaves

como tu piel/ o nidos locos

donde temblaban tus telitas"

 

o también (sin dejar de inquietarme sus barras

inclinadas, sus versos queriendo encadenarse):

 

"contra la muerte que llega contra

los sueños que soñamos/ volvemos a soñar/

atados a la ternura del agua

que manaba de vos/ es decir/

 

de libertad en libertad va tu cuerpo/

malherido de tiempo/ riachuelito

que no se secó la angustia/ fresco/ alto/"

 

En el mismo periódico relatan que, ayer, miles o

decenas de miles recorrieron las calles de Madrid,

que clamaban contra las últimas medidas infligidas

por el gobierno contra los más, como si fuesen

semejantes formas de la gangrena, del desierto,

de esa sádica administración de la miseria que

solivianta mis instintos, que erupciona siempre

en mis exilios.

 

Sería muy cómodo recurrir a la equivalencia

entre dictaduras militares y económicas, entre

esquirlas de tantas modalidades de la violencia,

si no hubiera que hacer balance de los quebrantos,

del dolor macerado, de la inflación de máscaras

y adverbios con que se encubre tanto oprobio

sin contención y nos achica la dulzura de la

mañana.

 

En realidad, ya no sé si esto es un poema o un

poema político o si sólo me refugié en mi

silencio para invocar tus besos de pueblo, tu

limón de besos, para aprenderte de memoria

porque estás en ese Madrid bullicioso y yo

sumergido en este invierno bonaerense, tomando

un respiro, anhelando, cerrando heridas:

 

"Quien se limita a contemplar no tiene hambre, no se acuerda de sí, de sus raíces, ha olvidado a su madre, se limita a buscar información. Le pasó lo más terrible: no desea.

 

El deseo es necesidad de cambiar lo contemplado para mezclarse, darse."

 

Ilustración: Juan Carlos Mestre

 

 

 

dos poemas de Felipe Benítez Reyes

dos poemas de Felipe Benítez Reyes

 

El poema

 

Tan extraño

como llegar a una ciudad

y ver cómo la luz

inventa esa ciudad de la que nunca

has logrado salir.

 

**

 

Acuarelas

 

Qué rápido.

                  Adiós.

                            El tiempo

qué rápido va,

                      dejando

rastros de bestia herida por la nieve.

 

 

Felipe Benítez Reyes, El equipaje abierto (1996)

 

Ilustración: Eduardo Úrculo

 

 

Zureos divisando Avenida Rivadavia

Zureos divisando Avenida Rivadavia

 

Hasta la planta décimosegunda

de este mirador lánguido

sobre la abigarrada ciudad porteña

vienen las palomas a exigir

la simpatía de quienes habitamos

en el aire sin obviar el vértigo

de las alturas, la gravedad y caída

necesaria de los conceptos

todoterreno, la equivocación

virtuosa y el frío añil que se

dispersa entre los cuerpos

encogidos.

 

Por una suerte de resurrección

buscamos el pan fragante

del día que se esmera y nos

tutoriza, auscultamos las

edificaciones por si se cimbrean

y vierten su perfil enhiesto

sobre el hormigueo de la vida,

y la dulce novedad del acento

de cada traslación, la motilidad

fina de quienes ensayan

lo opaco y lo translúcido,

sabernos engullidos por

sus bocanadas.

 

Mi apetito de contraluz incesante

participa en la serenidad

de la crepitación, sale a perderse

entre los aromas furtivos

de calles sin nombre porque

era justa otra constelación

histórica, porque la claridad

del ser discurre sinuosa tal que

enredadera, y el humo negro

de los colectivos tiñe la

esperanza insólita de hallar

los baobabs y los rinocerontes

en esta latitud.

 

Fotografía: Miguel Martínez

 

 

A veces pasan tres o cuatro días sin vernos

y entonces experimento el nado de espalda,

cotejo los documentos apócrifos con sus

originales emuladores y el oftalmólogo

dilata mis pupilas de rumiante con un colirio

artificial.

 

A lo largo de tres o cuatro días hay entidades

nada metafísicas que son capaces de contemplar

la inmensidad, relamer helados en invierno y

abrazar la espuma cósmica del papel amarillo

para leer entre líneas.

 

En el transcurso de tres o cuatro días nos podemos

barnizar y sustraer y afinar en el extravío como

se aprecian el fruto y la raíz, como al músculo

le inspira el movimiento, como la lengua prologa

a la fecunda palabra.

 

Tres o cuatro días pueden azorar al letargo y

poblar la corpulencia aleatoria, hacer que sucedan

el iris turquesa y la piel en vilo, el caballo precursor

y la huelga por excelencia, el robusto silogismo

y la carta de los antónimos.

 

Por una módica inconclusión, en ese lapso de tiempo

se cosecha la piromanía y la añoranza de eternidad,

se suturan las fisuras en un hemisferio del alma,

silbas tu himno de mapamundi y tiende a elevarse

nuestro peso atómico neto.

 

Ilustración: Anton Stankowski


 

Bailábamos

repletos de perversiones

(trazándolas en la esfera de lo posible).