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ateo poeta

 

¿Cuál es el color de este día maniatado

donde la herida insta a sus registros

sumarios, cuál el disfraz?

 

Y si el lenguaje no es el antídoto,

¿qué brizna, qué vínculo sereno, qué puede augurar

la donación impecable?

 

De unos conflictos voy a otros. No hay refugio perpetuo,

es el precio de la urdimbre. Todo lo más:

modular la exquisita caída.

 

Ilustración: Alvin Lustig

 

 

Despierto a la luz de esas naranjas

que me recomendaste orladas con

una miel negra de brezo, y huele a

mañana fresca de mayo, a rosas

lejanas, a tu presencia curva en

la memoria.

 

Con tantas fisuras en el iris maduro

ya no soy pesimista ni optimista,

aunque te invoco con la fidelidad

del presente, esperando las notas

de pimienta en la golosina de tus

besos anhelados.

 

Eres como el agua nueva en estado

impredecible, me surtes de la alegría

pectoral y del nado salino, de la elipsis

insomne por los coletazos de un

deseo añil. Estás en la metáfora,

vienes como un puente levadizo.

¿Bailas?

 

Ilustración: Aleka

 

 

 

Ahora no es el momento de encallar.

Ahora no te alejes de la señal

del escalofrío.

 

¿Acaso existe otra métrica que la voluntad

ante las encrucijadas?

 

Y cancelar el arrendamiento y horadar en la nuez

de lo incandescente.

 

Presiente la quilla sumergida, el pábilo de la luz,

los regalos antojadizos que despuntan.

Que el enhiesto perfume de lavandas

no obnubile nuestro amor

por esas raíces como labios.

 

Volver al latido circular de la rama y al sosiego

que macera bajo las sombras de los adjetivos.

Desempedrar a mano la vía

de toda desazón.

 

Fotografía: Julio Bittencourt

 

 

 

dos poemas de Jaime Sabines

dos poemas de Jaime Sabines

 

Después de todo -pero después de todo-
sólo se trata de acostarse juntos,
se trata de la carne,
de los cuerpos desnudos,
lámpara de la muerte en el mundo.

Gloria degollada, sobreviviente
del tiempo sordomudo,
mezquina paga de los que mueren juntos.

A la miseria del placer, eternidad,
condenaste la búsqueda, al injusto
fracaso encadenaste sed,
clavaste el corazón a un muro.

Se trata de mi cuerpo al que bendigo,
contra el que lucho,
el que ha de darme todo
en un silencio robusto
y el que se muere y mata a menudo.

Soledad, márcame con tu pie desnudo,
aprieta mi corazón como las uvas
y lléname la boca con su licor maduro.

 

**

 

Los amorosos callan.

 El amor es el silencio más fino,

el más tembloroso, el más insoportable.

Los amorosos buscan,

 los amorosos son los que abandonan,

son los que cambian, los que olvidan.

Su corazón les dice que nunca han de encontrar,

no encuentran, buscan.

 

Los amorosos andan como locos

 porque están solos, solos, solos,

 entregándose, dándose a cada rato,

llorando porque no salvan al amor.

 Les preocupa el amor. Los amorosos

viven al día, no pueden hacer más, no saben.

Siempre se están yendo,

 siempre, hacia alguna parte.

 Esperan,

no esperan nada, pero esperan.

 Saben que nunca han de encontrar.

El amor es la prórroga perpetua,

 siempre el paso siguiente, el otro, el otro.

 Los amorosos son los insaciables.

 Los que siempre -¡qué bueno!- han de estar solos.

 

Los amorosos son la hidra del cuento.

Tienen serpientes en lugar de brazos.

 Las venas del cuello se les hinchan

también como serpientes para asfixiarlos.

 Los amorosos no pueden dormir

  porque si se duermen se los comen los gusanos.

 

En la obscuridad abren los ojos

  y les cae en ellos el espanto.

 

Encuentran alacranes bajo la sábana

  y su cama flota como sobre un lago.

 

Los amorosos son locos, sólo locos,

sin Dios y sin diablo.

 

Los amorosos salen de sus cuevas

  temblorosos, hambrientos,

a cazar fantasmas.

Se ríen de las gentes que lo saben todo,

de las que aman a perpetuidad, verídicamente,

de las que creen en el amor como en una lámpara de inagotable aceite.

 


Los amorosos juegan a coger el agua,

  a tatuar el humo, a no irse.

Juegan el largo, el triste juego del amor.

  Nadie ha de resignarse.

  Dicen que nadie ha de resignarse.

Los amorosos se avergüenzan de toda conformación.

 

Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla,

  la muerte les fermenta detrás de los ojos,

  y ellos caminan, lloran hasta la madrugada

  en que trenes y gallos se despiden dolorosamente.


Les llega a veces un olor a tierra recién nacida,

  a mujeres que duermen con la mano en el sexo,

complacidas, a arroyos de agua tierna y a cocinas.

Los amorosos se ponen a cantar entre labios

una canción no aprendida.

Y se van llorando, llorando

la hermosa vida.

Jaime Sabines, Horal (1950)



Fotografía: Trevor Watson

 

Supurando en la herida del mundo

vendo un riñón, un glóbulo ocular, retazos de mi piel

para injertos y cirugía estética.

 

Incluso la sangre y el esperma han elevado su cotización

en proporción inversa a los quejidos de mi estómago.

 

Como las ballenas orondas

y melancólicas,

como sus agudos orgasmos

que sacuden el fiel imantado

de las brújulas.

 

El despojo y la entrega de mis miembros

mutilados se ejecuta con parsimonia: debo vivir

para firmar el contrato de servidumbre.

 

Los muertos solo hieden. Solo proporcionan, poco antes,

una gélida virtud que desata las llamas del acreedor

imponiendo el débito.

 

Porque prima su necesidad.

Porque puede saciarla.

Porque su excedente de libertad es una contingencia.

Porque sus ancestros y sus herederos y sus compinches

han adquirido a precio de ganga la astucia con la que administran

el miedo y contienen la miseria en el borde.

 

Porque siempre disponen del uso de la fuerza como última ratio,

por otras pocas monedas.

 

Porque su vacío rehuye las profundidades, lo abisal y la frecuencia sutil

en la que se invocan los grandes

mamíferos

acuáticos

y compungen a los asteroides.

 

Tullido puedo reptar, tuerto puedo ver la hiel transparente.

Mis prótesis caducan a la par que mi resignación cenital.

Con la coagulación de mis últimas cicatrices ausculto tus órganos

en lozanía y al acecho del látigo seleccionador. Ya no soy tú

si en lo inmediato se decanta el canibalismo.

 

Si no reconstituimos la armonía

de nuestro aliento que se propaga como los céfiros.

 

Como cuerpos fósiles varados en los restos pedregosos del deshielo,

sin la luz carnal que arrojar a la transacción.

 

Fotorgrafía: Alvaro Minguito

 

Negación del héroe y su furor (un poema de Enrique Falcón)

Negación del héroe y su furor (un poema de Enrique Falcón)

 

Comeremos algas cuando el puente se hunda

y trepen los caídos en mi boca por los mástiles del llanto

hablando de las cosas que provocan el luto

y quién y fue así? –Y el ahogo.

Saldrán las moscas lentas allí donde se sabe

que se cansan los faroles de puro fango lento

y la luz es verdadera

y hay críos en los cuartos

creciendo, pudriéndose, y estallando.

Serán las horas tiernas y los quiénes,

la evaporación de sus derechos,

la zambullida a ras de tierra en las basuras

y el hombre del puñal a ras de llanto

que vuelve, definitivo, a levantar el puente.

 

 

Enrique Falcón, Para un tiempo herido (Antología poética 1998-2008)

 

Fotografía: Michael Nash

 

 

Estoy cansado de dar explicaciones

a quien se tapa los oídos con la coraza

de su vasta suficiencia.

 

Morar en el seno del torbellino exige

asir verdades menores, que la inquietud

atraviese tu pasaporte.

 

 

¿Puede un poema conjugar una tríada

de sinsabores?

 

Por un lado, alargar el brazo de las disidencias

y de las investigaciones en el destello

de la cruda palabra.

 

Por otro lado, dar de beber a esa sed de infancia,

a lo desgajado y a lo proscrito.

 

En cualquier caso, que el filo de la navaja corte

con su quimérica luz una porción del envés

de la realidad.

 

Fotografía: Willy Ronis

 

 

 

"IN GIRUM IMUS NOCTE ET CONSUMIMUR IGNI" un poema de David Franco Monthiel

"IN GIRUM IMUS NOCTE ET CONSUMIMUR IGNI" un poema de David Franco Monthiel

 

Hemos venido para no hacernos los sordos,

para golpear desde la palabra,

para continuar en pie amándonos,

para mirar el rostro de la muerte,

y seguir soñando, seguir viviendo.

Hemos venido para no volver,

para despertar en el paso adelante

y ser cada día un único cuerpo

que desea una luz en carne viva,

un verbo de plural desinencia.

Hemos venido para cambiar la vida.

Nuestro terror será suave caricia

en los tiempos de mordaces bozales.

Hemos venido para formar parte,

para ser poema, para ser trabajo.

Hemos venido para esperanzarnos,

para vivir de nuestras manos,

para tener un nombre sin fiebres

deudoras o vómitos mensuales,

para ser gritos o cuchillas que desentierren

las podridas raíces.

Hemos venido para ser feroces

a pesar de mandíbulas

y de segundos despojados,

a pesar de domingos asignados

a la cómoda muerte.

Hemos venido para preguntarnos,

para vivir a la intemperie,

para ser un instante incómodo

en el tiempo pasajero de los ladrones.

 

 

David Franco Monthiel, Las cenizas de Salvochea (2008)

 

Fotografía: Aleksei Gan

 

 

Aunque el Rastro

ya no es lo que era

-te espeta ufano

cualquier gato de pro-

sigue concitando mi fascinación

y melancolía.

 

Ahora que su murmullo

asciende por mi balcón

cada mañana

dominical,

he pasado a formar parte

de sus alhajas

y marroquinería, de sus tinglados

y encurtidos,

de sus rostros

a tientas

y de los enseres

de segunda mano.

 

Me despiertan los primeros

hierros encajados,

los primeros sorbos

de cafés humeantes,

los turistas

madrugadores

sin resaca.

El caudal de cuerpos

se inflama

y arrastra la palabra

del mercado

por las aceras y calzadas

que se desdibujan.

Es tanto el barullo

que hay roces

y ósculos invisibles,

velos,

músicos apostados,

marcos vacíos.

 

Fisgones

y carteristas

que hacen su agosto.

Antiguallas

y libros amarillentos,

herramientas a la deriva,

inciensos,

oportunidades

que se aprovechan

de la aglomeración

y de la periferia.

Fotografía

pintoresca, inspecciones

policiales,

orfebres

del vivir a salto

de mata.

 

Se exalta el mediodía,

se ingiere el aperitivo,

se recogen

los bártulos y declina

el fervor

de la masa transeúnte.

Regresa el silencio

a mi estancia,

la anunciada rutina,

el personaje

que habita

una ciudad inasible.

No hay otro tiempo,

sólo este dulce

desorden.

 

Comprender la luz

y sus sedimentos.

 

 

 

 

un poema de Ana Pérez Cañamares

un poema de Ana Pérez Cañamares

 

Lanzamos mensajes de texto

correos electrónicos

entradas en bitácoras

 

igual que los náufragos

lanzaban al mar sus botellas.

Pedimos que nos rescaten

 

de nuestras islas sin playas.

Como siempre, hay mareas

turistas y mirones numerosos

 

y sólo de vez en cuando

uno entre la multitud

entiende nuestra letra.

 

Ana Pérez Cañamares (inédito)

 

Fotografía: Randy Baron

 

 

Estrictamente hablando

aquellas preguntas retóricas

sobre la teoría no constituían

teoría alguna,

cómo podrían.

Suelo ser más exigente

con las premisas

pero también yerro la diana

con demasiada frecuencia

y no queda ni rastro

de las conclusiones.

 

Todo lo que he intentado

ha sido besar lo sublime

y lo inextinguible, besar

con los párpados cerrados

e inquietos por si esa bandada

de pájaros huía, al fin,

de su eterna primavera.

 

 

 

 

Hasta que nos desplacemos

con la levedad de las medusas

desafiando el oleaje.

 

Por una suerte de mímesis.

 

Fotografía: Harley Wir

 

 

¿Una teoría más sobre el amor tormento,

el amor cuento de hadas, el amor de hoja caduca,

el amor a sangre y fuego, el amor a horcajadas,

el amor a escote, el amor tanga y liguero, el amor

en bicicleta, el amor platónico y venenoso, el amor

pareja de hecho, el amor por conveniencia, el amor

como juego olímpico, carrera de obstáculos, inyección

en vena, el amor-amor o el amor a secas,

el amor reincidente, las palabras de amor redundantes,

el amor como renta básica y con derecho a roce,

el amor excesivo y recatado, para todos los gustos,

el pudor y lo suculento, el amor de anís, el amor como

matriz universal y como aleteo en el silencio,

el amor sin amo, el amor tirano, la estancia propia

y el teléfono ardiendo, el amor a raudales,

el amor coraje, artificio, espejismo, proyecto

de las bellas artes, el amor como potencia y quimera,

el amor confusión y el tráfico de amor, el amor

a plazos y el que subyuga, el amor convaleciente e

inflacionario, el amor místico y carnal, el amor

prescrito, la alucinación amorosa, la almendra amarga,

la rosa secreta, la ambrosía y el cielo dulce,

el amor enigma, el amor infiel, el amor acrobacia,

el amor seguro, políglota, necesario, sinuoso como

el hilo de agua permeando todo lo sólido?

 

Fotografía: Trevor Watson

un poema de Märta Tikkanen

un poema de Märta Tikkanen

 

Para mí

 

el amor no puede ser nunca

dos que se quedan acurrucados

en un rincón

mientras la vida pasa de largo rugiendo

 

Para mí

el amor tiene que ser siempre

muchos que luchan hombro con hombro

-tú también, yo también-

ahí fuera en mitad de todo

en plena vida

 

 

Märta Tikkanen, La historia de amor del siglo (1978)

 

 

 

 

Me convidaste a bailar en la seda del crepúsculo,

a entablar un extremo diálogo con la naturaleza inerte

del dolor, a resguardar con mimo los filamentos

de belleza que asoman entre la mugre.

 

Al objeto de suturar lo escindido.

En la misma brigada de resistencias al oprobio,

cercados por el mismo fuego.

 

A destilar la luz verde de la turbulencia.

 

 

 

Las cerezas entre los labios.

Las orquídeas blancas

surtiendo de luz.

 

Siempre buscando una evidencia

de ti.

 

Fotografía: Alexander Chanov

 

 

Has olvidado las primeras brazadas, la angustia,

la caricia del agua, las instrucciones

y, sin embargo, sabes nadar.

 

Te has sumergido en una vida anómala, en palabras

que no alcanzan nunca a atisbar lo inefable,

aunque emulsionan, ungen, aderezan

la equivocación.

 

Nadar o volar entre los pliegues inconscientes.

Reconducir la trayectoria, postular

la deriva propicia.

 

Fotografía: Trevor Watson

 

Un amor abundante que se derrama

como la espuma del vaso, álgida,

y que se luego se pierde y se entrega

a la composición del agua, del cuerpo,

del vacío.

 

 

 

¿Por qué nadie le exige a la brizna

que ceda su identidad volátil?

 

¿Por qué nos empeñamos en la incisión

y en la llaga cuando esa piel que muta

tan solo demanda nubes?

 

¿Por qué la transparencia

de lo oscilante y de lo voluble

despierta espadas como labios?

 

¿Por qué lacera el verbo al embrión,

qué fustiga a la crisálida amaneciendo?

 

Ilustración: José Noriega