Existe entre nosotros algo mejor que un amor: una complicidad.
Marguerite Yourcenar
Ilustración: Nazario Luque
Existe entre nosotros algo mejor que un amor: una complicidad.
Marguerite Yourcenar
Ilustración: Nazario Luque
Ahora entiendo por qué tanta aflicción
se aplaca con onzas de chocolate negro
y helados de licor y pistacho, por qué no
es posible mencionar la palabra futuro
sin que brote la sangre culpable de los labios
y tiemblen la clorofila y el espantapájaros.
La garganta sedienta y la voz rota abdican
de sus responsabilidades. El amor se extiende
como una metástasis hasta topar con lo
perplejo y la moral. Hay intérpretes de los
movimientos pendulares y el ardor dactilar
que ignoran el calibre adecuado, la mesura,
el fiel de una oxidada balanza donde se agazapa
un tahúr subjetivo.
Es incomprensible que desee envolverte con
un manto de estrellas y, a la vez, se rinda
mi respiración en el fondo deslumbrante del
océano voluntario. Huye el ciervo hacia su
lecho mentolado cuando descubre la mirada
furtiva. Quién desea las úlceras de estómago
que suscitan las montañas rusas. Qué atlética
resistencia puede predecir el cortocircuito.
He luchado por desnudar la luz. He instruido
a mis vértebras y caderas con los violines y
méritos de las tuyas. He sacrificado el gélido
vacío con la cuchilla de tu visión sincera.
He escuchado la flauta del dolor. Bajo los aludes
de tus caricias albinas, hipnotizado por tu
pedalear lubricante frente a los alisios, en la
brevísima insignia que esbozabas en el aire,
he hallado el fulgor y un domicilio cárdeno.
Cómo aceptar, entonces, la periódica
caducidad, el peso pluma del vínculo, las
rendijas de sombra en el atisbo de la nieve.
Las leyes del azar determinarán qué vuelo
y qué jardines pueden beneficiarse de esa
materia sin raíz, dónde se obstinará, cuál
es su aliciente. Agitada brizna, donante que
conspira, humilde topología que declara
el armisticio, teje, ausculta, amasa y
celebra sin grandes alharacas.
Fotografía: Walter Sanders
Sucedes
como fragmentos
de libertad y armonía
o rododendros.
Aunque albaceas,
tienes afán
de éxodo y de regaliz.
Si aguacero,
me adhiero a tu
estirpe.
Danzas casi inefable.
A la tristeza limpia
arrumbar
en el fondo del armario.
Prodigio
del zafarrancho.
No combate.
Hasta qué grieta
tus vicisitudes,
mis avatares,
las pupilas dilatadas
o qué lenta extracción
del devenir.
Erótica secuencia.
Si me reflejaras el hueso,
si embriagaras al hueso.
Sería mora.
Sucedes al raso.
Contener
siempre la sed
de la intemperie.
Ilustración: Nazario Luque
establecer en la cotidianidad de lo más íntimo, cercano
la rebeldía del animal herido
instaurar en la realidad un nuevo concepto
de vida desde las uñas hasta los dientes
(…)
la oscuridad lo invadió todo, un cuerpo permaneció en pie
junto a otro cuerpo, vieron la salvación en ese instante en que
la vida vence a la muerte por un segundo cuando uno alcanza a
empujar con cierta violencia una parte de su anatomía sobre el
otro. quizá vinculación sagrada o unión que paraliza el mundo
pero por un escaso margen de tiempo nunca el suficiente jamás
capaz de vencer la muerte tan sólo de paralizar su avance por
el choque inevitable de un golpe extremo de belleza algo que
sólo un cuerpo puede lograr frente a otro cuerpo
Ana Vega, Herrumbre (2012)
Fotografía: Sonia Marpez
Sé que las palabras no pueden erigirse
en un canto de sirenas, no pueden ondear
huérfanas y descarnadas, no sustituyen
ni atisban las conjeturas de la piel erizada,
la síntesis fugaz que promete el beso turbio,
poco dicen de la infinita ternura subyacente
y apenas se articulan llanas y prístinas en lo álgido
del éxtasis abrasador, en el arrebatado cuerpo
sometido al instante oscuro bajo sus párpados.
Ilustración: Nazario Luque
Mientras la mayoría
coreaba a sus ídolos
del balompié, alguien
gemía de placer
y sus perennes orgasmos
inundaban las calles
abigarradas. Después
lloviznó y la noche
remolona de junio
se limpió de tantas
sustancias tóxicas
en suspensión. Me
asomé al alféizar
de nuevo y volvían
alborotados los chavales
foráneos
que se alojan
en el hostal de enfrente.
Por el móvil
hablamos un rato
de nuestras cotidianas
fantasías y de
minucias y de deseos
y de la calidez
de este ocaso.
Te conté que no
podía apartar la mirada
de un piso próximo
donde una mujer
se paseaba distraída
y se cambiaba de ropa,
consultaba con su espejo
y siempre sus cortinas
descorridas.
Y tus risas lejanas
me sabían
dulces y tiernas,
y las luces naranjas
eran el sosiego
y ya no pude trabajar
mucho más
pero bebí un poco
de tus recuerdos,
tomé la pastilla
y enseguida surtió
sus efectos.
Fotografía: Philip Lorca
Contigo me sobra
el tiempo, se vuelve dócil,
animal doméstico,
meteorológica predicción
que se desvanece
entre las tinieblas del alma,
hago muescas contigo
en el tronco añejo
del tiempo, qué más le da
nuestra agonía,
nuestra ciencia humilde
porque no sabemos cómo,
nuestra escuela de calor,
la ansiedad por
querernos a dentelladas,
por desgranarnos, quiénes
somos ahora,
qué ingeniería primitiva
nos mantiene a flote,
contigo quemo
las naves, izo
la bandera perentoria
del hedonismo,
espero con calma
tu extremaunción,
no deseo que sea cierto,
todo es sagrado y eléctrico
pero nuestra fe
es torpe, ávida, cree
sólo en el sexo civil
y en la destilación,
contigo soy un instrumento
de cuerda, qué bien
me afinas, soy un pez
lejano que sueña contigo
mientras se sumerge en ti,
tú eres ligera y llueves
en lo ignoto,
cuánto color, cuántas
frases subordinadas, qué
milagrosa inercia nos
mantiene a flote.
Fotografía: Cintia Massafra
Te sueño transfigurada
en el envés
de las esencias, impaciente
por que la flexibilidad
de tus pasos de tango
corte la sed de mis dedos,
mujer más nocturna
que las flores del desierto,
adicción
a tus tobillos jónicos
y a su ascendencia,
como si tu mirar
oriental
o el aliño cobrizo
en que estoy inmerso
cifrasen las coordenadas
del relámpago,
baten las olas contra
las paredes
de esa hipnosis,
de cuclillas recojo
tus mieles, suenas
al timbre de la bicicleta
sin rozamiento,
son vigorosos
tus disfraces que aireas
con esmero y sudas,
mientras te muerdo la luz
pierdo el apetito
pero te atragantas en mi
paladar,
ahí se disipa
el pánico al vacío,
el interés y la crematística,
tú vives
del algodón y acaparas
múltiples beneficios,
sopas rojas, ajonjolí,
la llave del laberinto,
mi aliciente
por recomponer todas
las piezas imposibles
en tu vientre
de sol.
Fotografía: Edouard Boubat
Hieren estos verbos
acerados, las guirnaldas
que mutilan
lo oscuro, el alfil
que atraviesa las casillas
del silencio,
me hiere tu pensamiento
como una espiga
indomeñable, coto
de la incubación, arúspice
del número primo,
veo a tantas criaturas
en ti, sumas
alas y futuros,
blandes el rojo seno
que llama a mi boca,
incluso los días laborables,
no sé cómo nombrar
lo que prolifera
y nos une, mi multitud,
mi cuenca mineral,
el ángulo declinante
del amor necesario,
esa nómada
exactitud de nube,
nada puede zozobrar
más,
incurrimos en un atlas,
desaparezco
en tu beso salvaje
y frondoso, detonas
la urgencia, el hielo,
lo infértil,
hay una ciudad en la que
podemos habitar,
cuya moneda es el
resuello de los elefantes,
hay ausencias
que significan luz
e invocación, estrías
en el suelo que cuidan
el equilibrio azaroso,
texturas
perecederas, tu sabor
también, tu jardín
que esparce puntos
suspensivos,
amamantas eso leve
que me da
tu abismo.
Fotografía: Mariano Vargas
De las túnicas jaspeadas
de la verde Europa
nos desprendemos
como un botón que cuelga
de un mínimo hilo.
Ya no quedan más subterfugios:
hay que extraer la espina albar,
erradicar el peso
que la empuja en la llaga,
acelerar la putrefacción
que coloniza
el germen. Y dar estribos
a quienes moran
en los umbrales.
Los prestidigitadores de la usura
con su disfraz ecuménico.
Los especialistas universitarios
en programar
delicadísimos banquetes
carroñeros.
La sintaxis de renglones torcidos
que disparaban certeramente
al mundo tullido y blanco de
los conceptos universales.
¿En qué títeres sin cabeza
nos habéis convertido?
Ilustración: Joseph Cornell
Eres un filón plateado
para mis sueños africanos,
te emancipas
de lo incoloro y absorbes
mis dosis metafísicas
sin prescripción médica,
sufragas
los premios de lotería
que me tocan sin jugar,
cometen un error
los haces boreales
al alejarse de tus senos,
nada se cae
de tus manos invisibles
y yo lo recojo todo,
por si acaso,
como antorchas que
giran en el aire,
hueles a malvas
cuando no estás, y estás
cuando las flores mueren
de belleza en la palma
de mis manos,
no reconozco
la deuda ni la mediación
por las ironías de la vida,
pero sé que los casquetes
polares tienden
a la fricción como tú y
yo y cualquiera
con el ajuar del nómada,
por eso pronuncias
un coro de aromáticas
hierbas, añades
la sal justa, combates
la insensatez
y barruntas cuánto
amor puede albergar
una era geológica,
eres la inminencia
de lo superlativo,
la tormenta que reposa
sobre la arena,
la telúrica angustia
que sonríe cuando
echo raíces y levamos
anclas,
nado, por ende,
hacia tus exóticos
prodigios.
¿Qué lances silbarán
al sumergirse
en las orillas de la memoria?
¿Por qué ofuscarlas
con la cimentación
de lo inmediato, con la media
voz, siempre
traducida?
Mientras se desprenden
los ramilletes
que te cubren, mientras
la intención del jazmín
que exhalas,
y la gramática mesetaria
y el nado
a contracorriente,
o el delirio
en su equipaje
y tu viático a fondo
perdido...
habrá noción
del tiempo y la presencia.
Fotografía: Andrew O'Hara
En la vida de un hombre siempre hay una mañana para la calamidad,
una mañana regida por las multiplicaciones del símbolo y la idolatría órfica de la perduración.
En la vida de un hombre hay almacenes llenos de objetos y maderas con insectos,
hay tensos mundos artificiales y canales por los que discurre la sangre hasta los vasos,
hay fósforo y sonido del delirio del fósforo,
la respiración de un tigre y la mano del desobediente cortada,
hay calor entre un semejante y otro y hay destrucción
porque existe en ellos la proximidad y el imán que la ahuyenta.
En la vida de un hombre hay zapatos usados por un padre,
hay profusas noches que luego nos darán temor, hay cuerpos de adivina,
cuerpos por primera vez, espantosos labios con rencor, la voz que nos conoce
y se queda ahí mirándonos como una res moribunda en el estanque helado.
En la vida de un hombre lo que tiene importancia y lo que no tiene importancia,
lo que se resiste a desaparecer, la aparición de una ciudad, el cansancio de los viajeros,
lo que favorece la ambición y lo que elogia la idea de abstenerse,
la duda moral de una vida solitaria, el descargo de multiplicarse en otros.
Juan Carlos Mestre, La tumba de Keats (1999)
Ilustración: Juan Carlos Mestre
Estoy desnudo
en el catre,
rodeado de telas,
espejos
y descosidos,
la luz respingona
del alba
ha entrado dulce,
erizando
la fantasía, los residuos
de la vida
que se diluye,
el cielo pronostica
un azul absoluto,
cuarenta grados o más,
sólo me queda
la caricia de tu voz,
como una pluma,
de todo lo que hablamos,
es tan aciaga
la telefonía,
prefiero una piragua,
la soledad
de las galaxias,
escribirte versos
como hojas de otoño
y ácidos
lisérgicos,
contemplar lo que
no eres, tu esplendor
indeleble
en todos los gestos,
mi mundo cartón-piedra,
mi no mundo,
lo único
subterráneo
que te puedo ofrecer,
escribirte y tatuarte,
amar el ferrocarril,
añorar
con júbilo
la sed de tus piernas
blancas como cisnes,
perder
y perder el rumbo,
y perder el miedo
y perder el lastre
del futuro,
y provocar serenamente
la colisión,
la mecha,
el jugo de las cerezas,
los insólitos
afectos.
Fotografía: Bruno Bozon
Al escuchar los gritos
de pánico alegre
que vienen de esa especie
de tiovivo,
del vértigo de ese pináculo
u obelisco, simple caída libre
en la que entrenan
su miedo al placer
o su placer en el miedo,
parque de atracciones
con aromas glaseados,
ausencia
de verdaderas albercas,
omisión
de las acacias floridas,
esplendorosas ruinas
decorativas,
aullidos
como lechuzas,
escamas de la juventud...
te oigo en mí,
vuelvo a oírte
repercutiendo,
vaporosa, como
cantas
tu certeza,
como el ascenso oblicuo
o la desaparición,
como el diente
en el pecho perdido,
como el gemido
de alegre pánico
y amapolas
y cúrcuma
y el universo estremecido,
y me entretengo
con la memoria salada
de esos restos
de goce
y aspiro toda la luz
que has estado agitando.
Ilustración: Aleka
Encima de tu hombro
terso recala
un sueño de lentitud,
confiado,
sol que sonrosa
la línea tangencial
y llama
al pecho feliz,
al pecho aceituna,
amamanta
la luz de las carencias,
pespunta las costuras
del disfraz
adulto y en vilo,
alisa
la superficie,
me arrastras los dedos
como a un pecio
hasta las aguas
de hierbabuena,
y gimes sin dolor
recibiendo
el ungüento mínimo,
contraes
la bella tez,
migra el tiempo,
nos olvidamos
de la distancia y la nieve,
y gimes otras veces
hasta llenar el vaso,
y muerdo más
tu pan tierno,
en la vigilia, en tu cintura
te rodea
mi pensamiento,
y regresamos
a la latitud desimantada
y a la posición
horizontal.
Ilustración: Juan Francisco Casas
A la espalda de la noche
me apoyo
y cuajan en mi rostro
el relente
y las gotas de azahar
que busco
mientras te evoco
y bebo tu recuerdo frío,
turgente, febril,
tu intermitencia,
pues nada compite
con la brisa dejada
por tus caballos,
con el abanico
de tus sombras vivas,
nada
pues amo sólo
al ojo que escancia
lo dulce,
al mirar dentro
de la carne y del hueso,
al aceite
que unge y amarga
el sabor del vacío,
fingida divinidad
de lo azul
en crecimiento,
limones que brotan
de las fuentes
a resguardo,
y vienes de lejos
al amanecer de mi lengua
porque nunca
te has ido.
Ilustración: Aleka
Durante muchos años callé y callé
sucesivamente aunque siempre era
la misma penumbra fangosa
la que me instaba a la evasión,
a la elipsis protectora, a mirar lo
más lejos posible.
Cuando comencé a remover el lodo,
a quebrar la superficie cristalina
del niño pez y escurridizo, a nadie
parecían agradarle las salpicaduras,
mis denuncias, mi astral falta de
resignación.
Recuerdo la liturgia de los golpes
y esos místicos instantes en los que
podía adivinar su trayectoria
injusta e infalible.
También su efecto
anestésico: cada vez dolían menos,
me confundía con el enjambre,
me sumergía en un destello dorado
donde las lágrimas se iban, a su modo,
deshidratando.
Aquello se alejó y yo me alejé
de aquello como si me engulliesen
los refugios imaginarios,
la ley de los corales,
el timbre de las libélulas,
la carpintería y el extremo oriente,
la diletancia y
el apreciado azafrán,
las pupilas de los rebeldes,
el incienso del sosiego.
El huraño molusco se entregó
a mudar de coraza,
al peine de las olas y
a ubicar el planisferio,
pero reaccionaba lento,
con vidriosa perplejidad,
como la tardía flor,
celoso, al fin,
de sus sombras animadas.
Y hablaba con las aves
y con los autores muertos
de libros insólitos, y hablaba
porque necesitaba hablar
largo y tendido, redundar,
expulsar los sapos y las piedras
carbónicas, morder el viento
y conformarme
con aquella luz austera.
Y hablaba aunque sabía
que nunca era suficiente,
que ese rumor nunca pierde
su turno.
Fotografía: Edouard Boubat
Te has quedado dormido
Con la cabeza apoyada
Sobre la luz en ruinas
Has soñado que todo
Era un sueño
Y al despertar has tenido la sensación
De seguir soñando
Es el dolor lo que te devuelve a
La realidad
Miras la herida de tu mano
No tiene buena pinta
Pero es hermosa
Como todas la grietas de la carne
Y la observas
Con excesivo prurito profesional
Pero sin intención de hacer nada
**
Desde que la luz te permite ver
No te has atrevido a mirar
¿Qué temes encontrar?
Tal vez la huella del tiempo
O tal vez lo contrario
Que el tiempo no haya dejado huella
**
No sabes a quién llamar
Pero quieres decir que has llegado bien
Coges tu teléfono móvil
Esto es precioso
Es todo luz
Y silencio
Echo un poco de menos el barullo
La contaminación
Chocar con otros hombres o mujeres
Y no pedir disculpas
Absortos como vamos en nuestra propia prisa
No se parece a nada este lugar
Es extraño pensar que procedo de aquí
Que mi sangre corre por estas venas de luz
Eso te hubiera gustado decir
Que este lugar lo tiene todo
Excepto cobertura
Itzíar Mínguez Arnáiz, Luz en ruinas (2007)
Fotografía: Daniel Mordzinski
Podrías haber roto con todo,
haber salido al campo
y sembrado la tierra,
pero te has encerrado
a cavar
en la tierra del cerebro y
te has quedado blanco
como una raíz.
Tu frente ha levantado
un muro,
y tus ojos se han agrandado
hasta que tu pupila
ha logrado captar
el más etéreo pliegue del misterio.
Clara Janés, Poesía erótica y amorosa (2010)
Fotografía: Sarah Moon