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ateo poeta

 

Dar un paso atrás

puede ser un avance, un modo de recuperar

el espacio propio.

 

Volver al otro lado del estruendo,

de las quiromancias, preferir

esta placidez sonora.

 

Renunciar a traspasar barricada

tras barricada, a naufragar

en sueños adulterados.

 

Necesito este solaz, no las alegorías

de la efímera victoria. Reposar

vencido, inclusive.

 

Si residiera aquí, acaso, la ternura.

O la ausencia de ambiciones vanas, la llama

de las fracciones de tiempo

que reflejan la posibilidad de la muerte.

 

Regresar al azul y a la cúrcuma

del párpado cerrado, al paladar

lento del beso nuevo.

 

Fotografía: Edouard Boubat

 

 

Como si se acabase el mundo

y clavásemos nuestras uñas

en este lado, aquí donde restaba

tanto por conocer, donde la rabia

colosal ante la estupidez humana

se teñía de esas ráfagas de estupor,

de los destellos de la dicha, de los ojos

preñados de unas olas dóciles.

Como si nos despidiésemos para siempre

porque los calendarios se humedecieron,

porque las líneas rectas nunca nos agasajaron

con certeza alguna, porque viramos

el rumbo de nuestra peonza con el silbido

lánguido, porque los presagios,

porque la infancia, porque la luz

se cernían con sus enigmas.

Como animales heridos por el filo

de la trascendencia nuestro amor salvaje

escarbaba el alma, se adhería al infinito

que un cuerpo asible apenas musita,

tan entrelíneas, ultrasónico, ávido,

como el murmullo cauto de las algas

en su reserva frágil e inconsciente.

Porque el solsticio de la vida no sufraga

la equidistancia y el deseo se precipita

con violencia, muerde con sus incisivos

en el corazón y en sus intermediarios,

tala sin concesiones todo lo superfluo,

comba la chata ley, exige su viático

y rezuman sus labios el néctar de la naranja.

Porque tu pubis cósmico y tus baños de jazmines

y el tráfico de tus estrellas y tu prisa

y tu demora y el beso cáustico a carcajadas

y el ósculo cataclísmico y recorrer

el abecedario de tu piel buscando un verso,

una epopeya, una señal, un fruncido.

Porque sólo unas horas después,

ya te echo de menos.

 

 

 

 

Transitando

generamos

la luz.

 

**

 

Dotación

de la escala

perpleja.

 

**

 

Sólo arraiga

y envejece

lo híbrido.

 

**

 

Improvisar

el incipiente

naufragio.

 

**

 

A lo inhóspito

que nos sufraga,

nos debemos.

 

**

 

Intuyo poco,

pero qué arrebatos

de misticismo.

 

**

 

¿Por qué me miran

inconmensurables

tus piernas?

 

Fotografía: Alvaro Minguito

 

 

 

Una porción de espacio en la que conjugar

tu temblor,

tu sed,

tu resonancia,

tu penumbra,

tu tapiz,

tu probabilidad.

 

 

Exhortar al cuchillo a seleccionar con tino las cabezas

que merecen el sacrificio de acuerdo a estrictos criterios

de justicia distributiva y evitarle, así, a la mano ejecutora

tamaña responsabilidad.

 

Que la maleable historia de nuestra naturaleza deje

de amargarnos la cena.

 

Fotografía: Ruth Franken

 

 

 

Darnos tiempo y espacio para la mutación,

dejar de ser para ser, que nuestro rostro se enardezca

de nuevo.

 

Darnos transparencia a medida de la luz que somos capaces

de digerir.

 

Darnos la sucinta y leve forma de la libertad, la bandera

blanca.

 

Darnos música como flores, palabras como ternura,

soledad necesaria como el exilio de la mariposa

en el volcán dormido.

 

 

 

Lo que está completo, sin resquicios,

está muerto.

 

Hicimos muchos vacuos planes

y declinaron.

Fieles a su virtud.

 

Para converger momentáneamente,

para amarse:

lo inacabado,

atravesar

la tierra de nadie.

 

 

 

En la cumbre de tu tez

me has dicho tres veces:

precipicio,

precipicio,

precipicio.

 

No me salves,

arrójame a tu limonada.

 

Un orgasmo con antifaz sólo es una brisa violenta

que agita las espigas de la cebada.

 

No hay dinero que pueda pagar una dentadura

deseante como la tuya. Ni papel de plata ni crema

hidratante.

 

He escuchado el manantial de tu sexta sinfonía.

He meditado sobre tu plan B y la hora H

a la que siempre llegamos tarde.

He sembrado las amapolas mórbidas y ágiles

como las industriosas nalgas.

 

Disciplinados hacia la eclosión. Adheridos al vértigo

de esa alborada de calendario que nos quema

los ojos doloridos y náufragos.

 

Hallaremos los diamantes en la garganta púrpura,

succionaremos las olas derramadas después.

 

Ilustración: Alberto Mielgo

 

 

 

Fragmentado el tiempo hasta la saciedad.

 

Entonces colisionan como lenguas glaciares

los bloques que amalgaman los restos diminutos,

esas sedes sin nombre donde murió el beso,

 

el milagro del silbo en trance

revoloteando.

 

¿Por qué insistir en hurtarle un hueco

a esa poderosa avalancha?

 

Fotografía: Elia Costa

 

 

 

Vuelven

los verbos

cálidos:

 

Embriagarse.

Demorarse.

Endulzar.

 

 

Hasta que agonice la nieve

y el rocío congele el sueño en llamas.

 

Un sorbo

de profunda

quietud.

 

Ilustración: Armand Fernández

 

 

¿En qué medida, o con qué indicio sensible,

se armonizan la búsqueda

y el sosiego?

 

¿Qué sucede a la blanca floración, qué puede

enaltecer la tierra negra en la que se gestaba

lo sublime, a la que todo vuelve?

 

¿Concurre la iridiscencia de tu abrazo de mar

con las pupilas zozobrando

en una pulcritud

insondable?

 

Esta guerra civil

cada lunes,

cada vacío,

a la sombra

de tu revolución.

 

Ilustración: Greg Gossel

 

 

 

 

 

El día en el que ya no tenga acceso a tus pulsiones inexplicables.

 

Cuando se desdibuje la dedicación de tu sonrisa en un jardín

de cuatrocientos rostros.

 

En el fracaso recurrente, en la obstinación por renacer, en el tropezón

seguro que me acompaña en toda línea de fuga.

 

¿Por qué las reliquias siguen pariendo ilusiones de intimidad?

 

¿Dónde están tus pechos de cisne? ¿Quién ha seleccionado a esos

actores de reparto para unos segundos de gloria?

 

¿Puede el león aprender del niño y quebrar la nacarada

compacidad del mármol?

 

Ese personaje sólo busca impregnarnos de ficción, como si el vacío

que jalona fuera más real, menos banal.

 

¿Qué me liga a tus ancestros, a la cuenca planetaria de tu mirar,

antes, siempre, una elástica irrupción?

 

Como piedras varadas, una turbia reminiscencia. Tanta

pérdida.

 

Ilustración: Armand Fernández

 

No sé cuál es la estación de las orquídeas.

No recuerdo el timbre exacto de tu voz.

No deconstruyo meticulosamente lo fulgurante

porque su milagro bien merece un incendio.

No perturbaré ni un ápice el bello arpegio de tu equilibrio

que no cesa de perturbarme.

No fraguaré una promesa sin taras, ni un dios hambriento.

 

Dejar constancia, empero.

 

Ilustración: Michele del Campo

 

 

La manifestación

al compás

de las asimetrías,

un día festivo más.

 

Mientras sigamos alimentando

la división, la de nuestras

torpezas,

seguiré acudiendo

desorientado.

 

Puedo preferir la intimidad,

la ternura de un rayo albero

al despertar sin prisa,

la hierba mullida y esmeralda,

tu interlocución

creando el entorno

de resonancias, sí.

Puedo afirmar,

bosquejar sendas,

reconocer,

donar, sí.

 

Sólo me fatigan

las inercias, el estruendo

de la injusticia,

las carencias acuciantes

que sobrevolamos.

 

¿Qué vamos a recuperar

con nuestras mudas manos?

 

¿Qué clarines celebrarán

nuestros remedios prácticos?

 

No esperemos

a otro primero de mayo

circunspecto.

 

En tu rostro,

a tu lado,

puede mermar

el vacío.

 

Ilustración: Carlos Correia

 

 

Si la arquitectura del deseo

carece de la perspectiva en picado

que culmina en la disertación de la ola.

 

Si en mi labio inferior pronuncio abril

y epifanía y me intereso por las vicisitudes

de los minutos combatientes contra reloj.

 

Si no te conformas con la mecánica de la rodilla

ni con la escueta información que figura en tu documento

nacional de identidad o en la filigrana que refracta

el maquillaje de los sólidos precipitados.

 

Si consigues que la luz cegadora

propicie la longevidad de lo viable

y tus ojos descansen del azogue y del caudal.

 

Si se reanuda la virtud de la arena exacta,

si crepita el porvenir a medida que te descifro,

si persiste la acrobacia en el vacío que me sostiene

y, entonces, sólo tu audición superviviente, inquieta

e inasible, omite la conclusión del silogismo.

 

Fotografía: Sarah Moon

 

 

 

La decepción puede tornarse

en erotismo,

en escrutinio del marfil,

en el eterno cincelado

de la roca

o como erosión

por la espuma insomne.

 

En su curso subrepticio:

todos los afluentes de amor,

con su distinto signo,

que rehúsan la cínica

o lírica

encriptación.

 

Hasta que brota o se encarna

taxativo,

sin apelación posible,

nutriendo al hueso,

trópico,

ventral,

curvilíneo,

profanador,

donante de la misma sangre

que anhela en reciprocidad

(tan narcisista),

o se desangra.

 

Nada puedes asir del todo,

retornará la sed.

 

 

 

Respetar

lo que no nos pertenece

siempre que no haya sido usurpado

al sudor ajeno.

 

Respetar

la inmensidad,

los prodigios de la evolución

que no llegarán nunca

a pertenecernos.

 

Provienen de otro sudor,

de otro contrato.

 

Respetar a quienes

respetaron o, al menos, están aprendiendo

-rápido, sólo muy rápido- a respetar.

 

Los plazos no son prorrogables.

Han fermentado -seculares- tanta inquina

y exterminio

que solo cabe ampliar, como una llanura,

nuestros umbrales de comprensión.

 

Respetar

a quienes se envuelven en nuestro amor,

en nuestra memoria,

a quienes son fruto de admiración merecida

aun fuera de temporada.

 

Respetar por omisión:

sin distraerse,

sin depredar.

 

Cada ser es esclavo

de su fragilidad.

 

Cuando el hervidero de variaciones

nos asfixie,

es mejor plegar velas, recogerse, hospedar

al silencio pertinente.

 

 

 

Lo que no ves es incluso mejor.

Tocas una superficie abrasiva

porque los besos rotundos

se agazapan.

En las sombras de la miscelánea

algo detendrá

nuestro cruce aleatorio.

Atesorarás una fortuna

de intangibles.

Sólo orquestando con tu mano izquierda.

La que se interna bajo los pliegues

con prestidigitación.

Además de tus pechos desnudos, tersos y felices

quiero las mismas fresas que masticas.

¿Aún sigues creyendo que tenemos al alcance

lo delicioso y lo suculento,

que es menos absurdo

nuestro baile de trompos?

Para ti

todo el ajonjolí.

 

Ilustración: Alberto Mielgo

 

 

Hasta en los días más crudos:

las muescas e incisiones

en la densa capa de nubes

al objeto de permitir que nos ilumine

la geometría del desorden.

 

El solaz de la libido

es renuente a la voz de su amo,

al rey desnudo, a los tigres de papel,

a los trabajos forzados.

 

Un perpetuo horizonte de mundo

que abarca la música de las aves:

así se esparcen las cenizas,

refulge el flúor de lo halagüeño,

se deshiela la leche

sobre una lengua almidonada.

 

Un rostro de crisantemos

acuciado por una sed translúcida:

en la fatiga de su extravío

madura la dulce cosecha,

le conciernen labios en lugar

de alambradas, como en tantas otras

infancias, acaricia lo breve

y lo inmortal.

 

Ilustración: Alberto Mielgo