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ateo poeta

mis poemas y otros textos (provisionales)

 

Transcurren las horas del vértigo.

La claridad pestañea en décimas

de instante y acontece una lluvia fina

precursora del pozo.

 

Regresas como una oración. El paladar

da la bienvenida al rojo elemento delegado

en funciones. Auspicio otras luces

en potencia y me nutro del pecho

universal.

 

 

Fotografía: Miguel A. Martínez

 

 

 

Te has ido. Es diciembre.

Esta noche será más fría,

y las que siguen.

Tampoco es cuestión

de hacer un drama. Estas

cosas ocurren. Son las reglas

del juego. Entras y sales.

Las razones pueden ser

infinitas. Y, para más inri,

neutralizadas a discreción

por la otra parte del cerebro.

A veces me siento un monstruo

al ponerlo negro sobre

blanco. Al anticiparlo. Como

si cavara mi propia tumba.

La voz de la experiencia,

ojalá. Más grave es lo

de otros, los sin nombre.

Qué fácil es ahora, lo sé,

relativizarlo. Cuando ya no

hay nada que restaurar.

Los errores se pagan

caros. Por culpa de esa

mitad del cerebro. Son

las reglas, te quería, pero

ya no hay más palabras

invitadas a la fiesta.

 

 

Fotografía: Miguel A. Martínez

 

 

 

 

Con la primera luz atravesando

la piel delgada de los párpados,

la torsión de nuestros cuerpos

buscándose, bajo tierra aún,

lo que la noche no pudo drenar

de sus cuencas, lo que permanece

mezclado y turbio, sin máscaras,

las terminales de pasajeros

ausentes, la coexistencia de los

lugares remotos que nos han

manchado, sus carteles publicitarios

de sol y playa mientras purifica

mi rostro un viento polar,

has puesto el agua a hervir, yo

unto mermelada en ese pan denso

de semillas, la puerta de la nevera,

el grifo, los interruptores,

la configuración del silencio

en el que no sé cómo, con qué

elementos o con qué todo

aplacar el dolor.

 

 

Fotografía: Miguel A. Martínez

 

 

 

 

Al menos están los museos,

un pelín desfasados en cuanto

a formas, o esas placas

en conmemoración de los caídos

por las más variadas causas,

y las ajadas fotografías,

las luchas y las derrotas

resoplándonos en la nuca.

 

Cuánto se puede matar,

lo mucho que se sigue

ejecutando, la de veces

que los asesinos se fueron

de rositas a sus propios

lechos mortuorios, mientras

las víctimas y los sin nombre

y los números y en los libros

escolares, quién sabe

dónde.

 

La historia de las infamias

encubiertas y de tanta

y sistemática crueldad,

el eterno retorno de la

misma noción de

aniquilamiento,

alargadas sombras

de las luces, cuerpos

mutilados, nuestra

raíz, la política de lo

primario.

 

Y luego están las legiones

regulares y la amnesia

conveniente, celebrar

sin pudor las engañifas

del progreso, repetir

los moldes, desquiciarse,

banalizar, es demasiado pronto,

aunque duela, para pasar

página.

 

 

Fotografía: Miguel A. Martínez

 

 

 

 

 

 

 

Enseguida descubrimos

que el amor no era una pieza

más de nuestros engranajes.

Tan pronto nos deleitaba

como nos era sustraído

sin compasión. En ese tira

y afloja, en ganar o perder,

residía su naturaleza

oscura e inconstante,

su perfil de abismo.

Apenas comercio o

igualdad. Más, unos planos

de obra, erigir tabiques,

cimientos, estructuras

móviles. Y habitar después

y durante. En esas elecciones

consistía todo y todo estaba

por hacer. El amor, al fin,

también sujeto a proyectos

temporales y a mudanza.

 

 

Fotografía: Miguel A. Martínez

 

 

 

Tu amor abre una cuña en el frío

y me abrigas. Bebemos algo caliente

para reordenar las ideas. Lo nuevo

parece irreal. Lo mejor de la estación

son esos bancos de madera noble

junto a las repisas de mármol.

Has rejuvenecido, no sé como lo

consigues, desde la última vez.

Te sienta bien la maternidad.

Los árboles están pelados, esa es

su coraza en diciembre. Hay

escarcha en el suelo cuando nos

levantamos. Sé que no viajo a

ninguna parte. Los tranvías

se han quedado sin electricidad

y apenas se protesta. Cómo serán

los pies desnudos. Las manos

desnudas sin guantes en qué

idioma. En la extenuación del

beso recuperas el significado

y deseo que estuvieras aquí.

Amanece y varias alarmas

hacen su trabajo sucio. No hay

nieve que vaya a obstruir

la inercia. Esperar, desplazarse,

intercambiar, solicitar efectivo

en el cajero automático. Cuánto

de noche en el café que remueves.

Toda esta luz multiplicándose

y hasta dónde alcanza. El cielo

gris de esta ciudad no te hace

justicia.

 

 

Fotografía: Miguel A. Martínez

 

 

 

 

Te dije que no creía

en el amor. Que no me fío

de esa locura transitoria.

De sus artimañas y golpes

de estado. Y lo tomaste

al pie de la letra. Y te

burlabas de mis canciones

románticas y tus piernas

desnudas recorrían los

espacios que antes eran

yermos. Luego, el tiempo

de oscuridad, la distancia

y volver reluciente como

un relámpago o un león

hambriento. Entonces no

sabíamos quién era el padre

o la madre que nos amputaron.

Qué dolor para siempre, sin

nadie. Mi deseo de jugar

con la niña intrigante que

hacía y deshacía el mundo

a su antojo. En esa lucha

cuerpo a cuerpo cada palabra

vale. Nada se gana de

antemano. Y amainarán los

ataques al corazón. Y nos

sustraeremos al exceso que

obstruye la escucha.

La ciudad es solo un punto

de anclaje, coordenadas.

Te dije que puedo amar

mientras tanto, al escribir,

al representarte. Sin heroísmos.

Sé de la amargura y de la

interrupción. Te elijo a la

fuerza, eres inevitable.

Era yo el incrédulo pero

a menudo, también, la

víctima.

 

 

Fotografía: Miguel A. Martínez

 

 

 

 

 

Somos siempre herida,

fractura, corriente abajo,

pérdida continua,

inquietud, vértigo.

 

Lo que me maravilla

es que de ahí surja

potencia, curiosidad,

ilusión no vana,

alianzas.

 

 

Fotografía: Miguel A. Martínez

 

 

 

 

Los dedos manchados de sangre.

Por qué no. Esa sangre cada mes,

puntual. Excrecencias corporales,

lo oculto, de lo que no hablamos

hasta que irrumpe. Matizas que no

es un flujo abundante. Enseguida

se esparce por la piel. Pinturas

rupestres, señales rojas. Más sed.

Dentro, fuera, en otro lugar.

Las imágenes superpuestas.

El pelo revoltoso. Sonríes

como un océano. No puedo dejar

de besar cada pliegue. Me mareo,

incluso. Siempre me ocurría

con la sangre, desmayos, imposible

dedicarme a la medicina. Ahora

está bajo control. Formamos un

cuadro pintoresco. Me has abrazado

tanto, hemos bailado. Está tu

cintura en mis horas muertas.

Impaciente. Sospechando de

mis anhelos. Ya hace frío.

Se acabó el tiempo de playa.

Tú nadas, no obstante, como

un delfín juguetón. En lo más

íntimo. No superficie. Y no sé

cómo acostumbrarme a estar

sin ti.

 

 

Fotografía: Miguel A. Martínez

 

 

 

 

 

 

Aún no te has vestido

y te propongo tirar

algunas fotos.

 

Será breve.

Unas instantáneas

de las cenizas

del placer.

 

Sé que te irás.

Sólo es incierto

el cuándo.

 

Deseo retener

las sombras

de tu ideal.

 

 

Fotografía: Miguel A. Martínez

 

 

 

Hay secretos dulces

como golosinas

pereciendo

en la boca

con deliciosa

lentitud.

 

Hay otros pesados

como el plomo

o el mármol

por encima

de un cadáver

inevitable.

 

Por último se hallan

los huérfanos

del trauma

o del pudor,

esos abscesos

que desearíamos

extirpar.

 

Por lo que se refiere

a su persistencia

y propiedades

cromáticas

u olfativas,

debemos remitir

a las investigaciones

en curso.

 

 

Fotografía: Miguel A. Martínez

 

 

 

 

 

 

 

Los labios ardientes

porque no han cesado

de explorar

a su presa.

 

Ellos, a su vez,

objeto de una antigua

e insaciable

pulsión.

 

¿Quién verterá

primero su jugo?

 

 

Fotografía: Miguel A. Martínez

 

 

Para escribir poemas

me ayuda mucho el estado

de enamoramiento salvaje.

 

Tanto como la conciencia

de soledad radical,

aguas turbulentas donde

las haya.

 

Supongo que la madurez era eso.

 

Cincuenta por cien

de optimismo sin garantías,

cincuenta por cien

de severa incredulidad.

 

 

Fotografía: Miguel A. Martínez

 

 

 

 

Aunque no me crean,

yo la vi.

 

Domando los silencios

agudos.

 

La vi en su opacidad

deslumbrante, quién le

musitaría el galope.

 

En la fecha señalada

se duplicaría su mujer.

 

Las mariposas de su estómago

producían ardor transeúnte.

 

Siempre que venía hacia mí

su representación,

yo alcanzaba a oler su pelo

húmedo de bosque frondoso

meridional.

 

 

Fotografía: Miguel A. Martínez

 

 

 

 

 

 

Cuando dos seres

en tránsito

se cruzan

virtuosamente,

no hay por qué

seguir el rumbo

original.

 

Y mucho menos

pensar, fuera ilusiones,

que el presente

es el destino

mejor.

 

 

Fotografía: Miguel A. Martínez

 

 

 

Monosílabos,

palabras compuestas

o frases enigma

en el éxtasis

de la omisión.

 

Así eran sus

lacónicos

mensajes.

 

Debía pensar

que mi inglés

no se hallaba a la altura

de las circunstancias.

 

 

Fotografía: Miguel A. Martínez

 

 

 

 

 

Cicatrices de la batalla,

nostalgia del futuro inclemente,

flores pereciendo en la espuma

del océano.

 

La resonancia del temblor

más poderosa que toda

materia.

 

 

Fotografía: Miguel A. Martínez

 

 

 

Rechazo el amor congelado y precocinado.

El amor de incienso, templos y sacristías.

El sujeto a sanción autorizada.

El vaso vacío. La cumbre inasible.

La mascarada sin cuerpo

ni especias.

Las extremidades mutiladas.

 

Acepto el breve designio de los amores

manjar. Los que iluminan las sombras

desde su ángulo vulnerable.

Los amores con uñas y dientes.

Los febriles en sus párpados aerostáticos.

Los que abrazan una verdad absoluta

en la inmanencia que se disipa.

La luz destello y traducción.

 

 

Fotografía: Miguel A. Martínez

 

 

 

Celebración de la música en las manos

de pan y del silencio latente.

 

Beso la eternidad en las mujeres casadas

que sueñan con el desplazamiento

luminoso girando a la médula.

 

Pacto de una corriente limpiadora

y de los animales volitivos que se

sostienen en los lapsos.

 

 

Fotografía: Miguel A. Martínez

 

 

 

Veo a los niños jugar.

El tiempo no es dinero.

La vida puede ser dulce.

 

¿Por qué las malditas

interferencias?

 

 

Fotografía: Miguel A. Martínez