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ateo poeta

mis poemas y otros textos (provisionales)

 

Tu voz lacónica

al otro lado

del teléfono.

 

Ni siquiera

un par de preguntas

de cortesía.

 

Huyes del amor

como si fuera

un delincuente

al acecho.

 

Sería una estupidez

repetir

los efectos secundarios,

debes pensar.

 

Cuando nos vemos

eres directa

y calculadora

 

y esa bestialidad

nos vapulea

en lo más oscuro.

 

Sé que has trabajado

duro.

 

Tu obstinación.

 

Enseguida me quedo

en silencio,

a solas con mis cuatro

paredes.

 

Esas son tus leyes

y reconozco

su plena

vigencia.

 

 

Fotografía: ateopoeta

 

 

 

 

 

También es vago

u otro mito

el concepto de hogar

o morada.

 

Definido por oposición

a la calle donde circulan

cuerpos ajenos

y rotos,

a la vida bulliciosa

que funda

lo común.

 

Es afuera

donde se garantiza

la propiedad,

el uso estable

y la licencia para convivir

con nuestros fantasmas

presentes.

 

Solo las tumbas

carecen

de ventilación.

 

 

Fotografía: ateopoeta

 

 

 

 

No es solo

cuando te quitas

la ropa.

 

Ni cuando unas rachas

de oscuridad

te iluminan.

 

Ni tu boca

de pez respirando

sedienta.

 

Ni los pliegues

de tejidos

donde se nace

al dolor.

 

Esa luz

inconclusa.

 

El esquivo cuerpo

infinito.

 

Nada de ello,

sin la agitación,

sin tu cintura feliz

y aquella música

antes,

me sobrecogería.

 

 

Fotografía: ateopoeta

 

 


 

El deseo

testarudo.

 

Que se alimenta

de un no.

 

Y hace planes

quiméricos.

 

Sin descanso.

 

 

Fotografía: ateopoeta

 

 


 

Te veo madurar

y sonreír

sin perder un ápice

de picardía.

 

Esos ejercicios de ayuno

y meditación

han debido surtir

buenos efectos.

 

Yo, en cambio, sigo

saboreando

todo lo que se insinúa

en mi boca.

 

También puedo pasar

las horas eternas

contemplándote

con lascivia.

 

 

Fotografía: Richard Kern

 

 

 

 

 

En el Otro Lugar

unos hombres metálicos

y esculturales

fijan su mirada

en el infinito.

 

La marea les inunda

los pies o el torso,

según su posición

en la playa.

 

El agua es oscura

como chocolate.

Circulan buques,

a lo lejos, que llevan

contenedores.

 

Se ven torres blancas

de molinos a pleno

rendimiento.

 

A pesar del merecido

sol, hay ráfagas

de aire frío

y gente que pasea

y dunas y varias

construcciones

en la línea de costa.

 

Me pregunto

a cuántos metros

de profundidad

habrán enterrado

los pilares

de esas figuras

enigmáticas,

y por qué

me ponen la carne

de gallina

si apenas imitan

a los humanos.

 

Con la inquietud

y el oleaje del silencio

volvemos al hotel

y mi hijo dice

que está llorando

y que prefiere

dormir

en lugar de ver

a unas bandas

de rock crudo

y garajero.

 

Es de noche

y de vez en cuando

nos hacemos

preguntas

en inglés.

 

 

Fotografía: ateopoeta

 

 


 

Con exquisita

puntualidad,

como es su costumbre,

se atienen a la ley

de lo efímero

 

la belleza

y el amor,

los placeres mundanos

y los labios más

deliciosos.

 

Algunos recalcitrantes

ocupan sus días

en conjurar

esa maldición.

 

 

Fotografía: Richard Kern

 

 

 

 

Es fácil

surcar las olas

y dejar que la luz

inunde tu piel

desnuda

y aterida.

 

Sería mucho pedir

que además

saciara el clamor

de las profundidades.

 

 

Fotografía: Anton Corbijn

 

 

 

 

Es solo degustación

de los cuerpos

incendiados.

 

La sustancia más

sabrosa

perdura en el aire.

 

 

Fotografía: Richard Kern

 

 

 

Sería una ingenuidad

pretender

conciliar el sueño

a tu lado.

 

No es porque demos

más vueltas

de lo normal.

 

Es más bien

porque la explosión

sigue causando

estragos colaterales.

 

 

Fotografía: Richard Kern

 

 

 

 

Circula por ahí

un exceso de masculina

recreación

en el cortejo casquivano

y en adular las proezas

de su errática

promiscuidad.

 

Viejos lobos

con piel de cordero.

 

Tienden a olvidar

que son las mujeres

infieles

las únicas soberanas

para transgredir

las inercias

del deseo.

 

No hay otros aullidos

que iluminen más

la noche.

 

 

Fotografía: Richard Kern

 

 

 

¿Qué extraordinario e inasible

se incuba

en tus pliegues de memoria

y cuerpo?

 

¿Y de qué fulgor es capaz

la adición

de nuestros flancos débiles

y las batallas

perdidas?

 

Ni siquiera los sonoros orgasmos

le hacen sombra

a ese rugir

de turbulencias.

 

 

Fotografía: Julia D. Velázquez

 

 


 

La luz que no se halla

al final del túnel

 

solo admite preguntas

sucesivas,

 

como el niño pájaro

insaciable,

 

como el anhelo

de una lengua común.

 

Tu cuerpo y tu infinito:

sólo puedo imaginarlos.

 

¿Acaso existe otra forma

de desear?

 

 

 

Entiendo y admiro los bailes

agarrados.

 

La proximidad de la piel,

la invitación a jugar,

intuir la certeza del futuro

implacable.

 

Siempre quise ser más hábil

en ese arte, no lo niego

pero, a cambio, nos quedaba

la algarabía.

 

Tampoco por saltar con frenesí,

a mi aire,

he volado mucho más

alto.

 

 

 

 

Con tu abrazo viene el deshielo.

 

 

 

Hacía un invierno

que los arroyos no descendían

por estos cauces sólo aptos

para despeñarse o venerar la piel

fulgente a remojo.

 

Resucitar con los animales en lo tupido

o en la sed subterránea.

 

Qué frutas se desgranan

en tus labios maduros y por qué no veo

si todo hiere como siempre.

 

 

Fotografía: Julia D. Velázquez

 

 


 

Y, por sorpresa, todo enmudece.

 

Piensas en tus méritos

para alcanzar tan ambiguo estado

líquido o gaseoso.

 

Todo alrededor y, sin florituras,

la caja de resonancia donde ahora

sólo hay cuerpo.

 

De aquí no se sale

ni con las coordenadas

de la isla del tesoro.

 

 

Fotografía: Javier Campano

 

 

 

 

 

Olvidar

nadie puede.

 

Echamos arena

sobre el tiempo

de ayer

para fingir

que ya no,

que este paisaje

de ahora

es necesario.

 

Tampoco las heridas

antiguas

deberían confundirse

con la marca

de las cicatrices.

 

Incluso el silencio

enterrado

en justicia reclama

su nombre.

 

 

 

Pero qué animales somos

los humanos

cuando se trata de ponerle vendas

a las cuchilladas del amor.

 

 

 

Yo soy optimista y pesimista

a partes iguales.

 

No sé por qué tantas exigencias

para que me decante.

 

Ya harán su quehacer la naturaleza

o los desalmados de costumbre

 

y entonces sabré hacia dónde

inclinarme

para compensar.