Blogia

ateo poeta

 

 

¿Quién soy? ¿En qué pierdo o gano la vida?

¿Y si sólo me atraviesa y de nada sirve tejer,

dar ejemplo, sentir con plenitud

en un tiempo cósmico?

Todo procede de la infancia.

La infancia larga, añorada, robada, violenta,

preñada de unos pocos algoritmos

con los que leer el mundo.

Aquel niño incrédulo y expectante.

Aquella piel fronteriza, siempre ese recinto

de soledad, ese axioma, ese interrogante.

¿Por qué tanta demora

en reconciliarme con esa criatura?

Con estas credenciales no me extraña

que me confundan mis alumnos.

 

 

idas y vueltas

idas y vueltas

 

 

Los tres entierros de Melquiades Estrada (2006) es una película dirigida por Tommy Lee Jones a partir del guión de Guillermo Arriaga (memorable, a su vez, por otros dos impactantes guiones previos: Amores Perros y 21 gramos, dirigidas por Alejandro González Iñárritu). En esta ocasión el relato nos sorprende porque aborda el fenómeno de la inmigración ilegal procedente de México hacia Estados Unidos, pero de una forma insólita. El director, que es también el actor principal -Pete-, se embarca en la ilegalidad de llevar a enterrar a México a su más entrañable amigo, un “espalda mojada” que fue asesinado impunemente en Texas. A ese viaje a caballo llevará obligado, a punta de pistola, al guardia fronterizo que mató a Melquiades. El periplo está lleno de desventuras, tensiones, violencias y soledad. También de unos paisajes desérticos pero con una soberbia y sobrecogedora belleza por los que deambulan y se escabullen los temerarios grupos de de inmigrantes mexicanos. La vida a ambos lados de la frontera parece anodina y descorazonadora para todos y sólo la ya cercenada amistad de Melquiades y Pete parece resplandecer a lo lejos, como una estrella fugaz de humanidad. Quizás es sólo un espejismo más, una ilusión necesaria para sobrevivir en un entorno hostil lleno de víboras, rayos infrarrojos y el gatillo fácil.

 

 

Electrodomésticos

Electrodomésticos

 

 

La vida toma el amor y lo tritura

igual que una de esas máquinas

que transforma vegetales

en purés, picadillos y jugos.

 

Dos crean el manjar único del amor

con sabor a sí mismos

y hay un embeleso inicial

un gusto de papilas excitadas

Y sin embargo,

en la era de los aparatos eléctricos

la vida es la gran procesadora:

la cotidianeidad y sus rutinas

las manías

el hombre siempre intentando

la estúpida supremacía

hasta que llega la hora

del hambre y la necesidad

de recurrir a las sobras

reciclar lo que permanece

Otra vez la máquina procesadora

el puré

el picadillo

hasta que sólo queda el líquido espeso

y aquel olor

al banquete

como una fotografía magnífica e irreal

brillando en la memoria.

 

 

Gioconda Belli, Fuego soy, apartado y espada puesta lejos

 

 

 

El más alto erotismo

El más alto erotismo

 

 

Es la hora de la idea.

La hora del más alto erotismo,

del cuerpo reflexivo

meditando los trasiegos:

la materia hecha elixir

el sexo vertiendo olor a biblioteca

olor a libro antiguo

y delicioso.

Lees mi piel ahora

como una Biblia leída y vuelta a releer

que contuviera todas las posibles oraciones

necesarias para la humana salvación.

Con los ojos cerrados

sabes llegar al capítulo del clímax

al fragmento más lírico

o a las aún indescifrables profecías.

 

Es la hora del sabio escriba

que con la pluma de tinta húmeda y

la mano sin temblores

traza el placer

con la caligrafía exacta.

 

 

Gioconda Belli, Fuego soy, apartado y espada puesta lejos

 

 

autobiografía relajante

autobiografía relajante

 

 

“Algunos rasgos de mi personalidad sexual contienen pequeñas tendencias regresivas. A ellas remitiré asimismo la costumbre de consumar el acto sexual en un máximo de puntos del espacio conocido. Algunos de esos puntos son los que permiten a la pareja manifestar la urgencia del deseo y ensayar al mismo tiempo posiciones inéditas, entre la salida del ascensor y la entrada del piso, en la bañera o sobre la mesa de la cocina. Entre los más excitantes figuran los espacios de trabajo. Ahí se articulan el espacio íntimo y el espacio público. Un amigo, con quien me veía en su despacho, que daba a la calle de Rennes se la hacía mamar de buena gana delante del tabique de cristal que llegaba hasta el suelo, y la eufórica agitación del barrio, que ascendía hasta mí, arrodillada a contraluz, participaba claramente en mi placer. En la ciudad, a falta de un horizonte lejano, me agrada tener un punto de mira desde una ventana o un balcón cuando aprisiono en una cavidad secreta una polla lánguida. En casa, paseo una mirada vaga por encima del patio estrecho y por las ventanas de los vecinos; desde un despacho que ocupaba en el bulevar Saint-Germain contemplaba la fachada maciza del Ministerio de Asuntos Exteriores. He hablado también de algunos de esos puntos al mencionar el temor exquisito de exponerse a la mirada de testigos involuntarios. Yo añadiría a esa tentación exhibicionista la pulsión de marcar mi territorio, como haría un animal. A semejanza del lemur que define con unos chorros de orina el espacio que será suyo, dejas caer unas gotas de esperma en un peldaño de la escalera o la moqueta de un despacho, impregnas con tu efluvio el cuchitril donde todo el mundo deposita sus cosas. Al inscribir sobre ese territorio el acto por el cual el cuerpo trasciende sus propios límites, uno se lo apropia por ósmosis. Y te adueñas del espacio del prójimo. No hay duda de que en esta conducta hay una parte de provocación y hasta de agresividad indirectas hacia los demás. La libertad parece tanto mayor cuanto que te la otorgas en un lugar donde la cohabitación profesional impone normalmente reglas, limitaciones, aunque compartas ese lugar con las personas más discretas y tolerantes. Sin contar con que al anexionar eventualmente a tu esfera muy privada pertenencias ajenas, un jersey que alguien ha olvidado allí y que utilizas para asentar el trasero, la toalla de los lavabos del piso con que te vas a restregar la entrepierna, los involucras en cierto modo, sin que ellos lo sepan.”

 

Catherine Millet, La vida sexual de Catherine M.

 

 

 

 

¿De dónde soy?

Soy de lo que leo,

estanterías viejas

de libros y selvas,

páginas de tierra ensangrentada

por los disparos que agujerean las paredes

y le cierran los ojos a la vida.

 

¿Dónde está mi geografía,

mi pedazo de mundo?

No siento la patria,

ninguna historia se escribe con mayúsculas,

sólo un susurro extraño

de ventilador y horas inmóviles,

tardes prostituidas,

negocios sudorosos

y las manos atadas a la espalda.

 

Ana Merino, La voz de los relojes

 

mestizajes

mestizajes

 

 

Hace muchos años que empecé a escuchar músicas seleccionadas por Dj Floro (http://www.djfloro.net/) en distintos programas de Radio 3 (sobre todo, en el Trópico Utópico que tan buenos fines de semana nos ha dado Rodolfo Poveda). Por fin, el sábado pasado me pasé unas cuantas horas en La Boca del Lobo bailando todo tipo de ritmos mestizos, desde el afrobeat hasta el soul, el funk, sambas, skas, calypsos y las versiones más cálidas de clásicos variados. Toda una inmersión y un trance que sólo recordaba de los tiempos de la ya difunta sala Suristán, también en Madrid y en la que también pinchaba nuestro mismo mago. Dj Floro parece un tipo circunspecto y distante detrás de sus lentes organizadoras, pero también bonachón y sagaz, que sabe cómo jugar con los deseos y las células danzantes de su público. Y son estas personas de verdad las que te hacen viajar con dignidad por los ríos de cultura, mezcla e inventiva de medio mundo. ¿Para qué vamos a esperar otro cielo teniendo la dicha tan cerca?

 

 

La antena

La antena

 

Esta película de Esteban Sapir, La Antena (2007), es una sorprendente y lúdica experimentación estética y una pretendida fábula política, algo cándida y caricaturizada, pero no exenta de aciertos y poesía. Como advertencia previa para navegantes: el metraje es casi mudo y las imágenes en blanco y negro (o sea, en grises varios). Los constantes guiños a Metrópolis de Fritz lang y a otros clásicos del cine negro del cómic, no le restan un ápice a los inventivos juegos gráficos con las palabras impresas en la pantalla y que se mueven junto a los gestos de los personajes o de las agujas del reloj, por ejemplo. Audaz, pues, en las formas e hiperexpresiva en las facciones de los actores que lo dan todo por las exigencias dramáticas del guión. Todo envuelto en una atmósfera urbana brumosa y decadente, como si de los años ´30 se tratase. El mensaje de la película, demasiado obvio y redundante en ocasiones, es la recuperación de la voz y de las palabras (distinción que se irá revelando crucial en la lucha de resistencia que emprenden los protagonistas “salvadores”) que un malvado magnate de los medios de comunicación y de la alimentación ha usurpado a la población de una ciudad en permanente invierno con maquiavélicos planes para hipnotizarla y oprimirla. Sólo una hermosa cantante sin rostro y su hijo sin vista quedan como resquicios de la posibilidad de hablar en voz alta. El azar, la curiosidad de una niña y su amistad con el niño, descubrirán este secreto antes de que el malo malísimo logre exterminarlos. Los padres de la niña, hasta entonces separados, se unirán en la búsqueda de la antena desde la que poder emitir la voz del niño al resto de los habitantes en aras de conseguir que se emancipen del robo de la palabra que padecen. Pero, ¿lo conseguirán? ¿se reunificará la familia durante su epopeya? ¿cuántos deberán morir en el intento? Atrévete a descubrirlo junto a minuciosos objetos de toda índole que te harán sonreir constantemente (recuerdo ahora, entre otros muchos, una escafandra con las siglas CCCP; la esvástica nazi y la estrella judía, por el contrario, más bien parecen simbologías algo fuera de lugar) y a una magia igual de embriagadora que cuando leías historias de superhéroes.

 

 

 

con este haz de ideas abigarradas

y sentires afligidos rondando la memoria

no sé qué hacer

 

cuando se truncan el tallo y el vuelo

apenas restan fuerzas y sólo amas el letargo

y los trazos quiméricos de horizontes

 

es muy tarde, infinitamente tarde, para rectificar

 

no teníamos un plan para lo sinuoso

ni para los cuidados paliativos, ocupados

en engendrar savia rebosante hasta las cimas

y espíritus solares

 

soldar el tiempo, amamantar a esa criatura

que vindica su centro -no sé qué hacer-

resucitar y transgredir

las señales de la ausencia -no sé-

 

siempre acabo como un amanuense:

escribiendo catálogos efímeros y tretas

para anestesiar la melancolía, tretas

y espacios en blanco, márgenes, refugios

 

como en esos centros urbanos

por los que paso desapercibido:

siempre es tarde, sólo amas los bálsamos

 

 

Amor idiota

Amor idiota

 

Por hastío de historias románticas simplonas e insulsas, el título de esta película siempre me había parecido repulsivo y en el video-club lo esquivaba sistemáticamente. Pero anoche caí rendido en el sofá después del trabajo y en Versión Española (los viernes, en La 2) proyectaron esta formidable cinta. “Amor idiota”, dirigida por el siempre agudo y sutil Ventura Pons, no hace justicia a la etimología griega de la palabra “idiota” (los ciudadanos que, pudiendo, no querían participar en la gestión de la res pública, en la política), pero la verdad es que no podemos sino resignarnos ante la degeneración del término después de siglos de uso su vulgar y de la aplicación a todo tipo de especímenes humanos. Pere Lluc, el protagonista de la historia, sin embargo, se siente orgulloso de su idiotez y se recrea en ella hasta tal punto que puede llegar a conquistar la complicidad de quienes lo observamos. Es sólo un simple idiota enamorado de la forma más idiota posible y escéptico militante, a sus 35, a raíz de todas sus aventuras amorosas pasadas y frustradas. Pero como no se avergüenza de su recaída, comienza a perseguir y a espiar a Sandra, una vallisoletana emigrada a Barcelona y que está casada con el dueño de una empresa dedicada a la colocación de banderolas en postes y farolas de la vía pública.

 

No sabe cómo acabará, no le importa, casi no se atreve ni a hablar con Sandra las primeras veces que se cruzan sus miradas, no deja de hacer tonterías que podrían dañar a terceros o a sí mismo. Hace poco ha muerto su amigo argentino Nicco Zenone, un actor de personalidad arrebatadora que compensaba entrañablemente las lagunas de Pere Lluc. De hecho, en medio de su afligimiento etílico es cuando tropieza con una de las escaleras que usa Sandra en su trabajo nocturno. Pero el recuerdo incisivo de esa muerte y de esa amistad también le ayuda a Pere Lluc a buscarle un sentido a la vida. Sus dos otros amigos en la academia donde imparte clases, Alex y Jordina, conforman otro excelente contrapeso a sus excentricidades. Alex, felizmente casado, opina que el amor es una invención burguesa y condenada a su extinción, más o menos prematura. Jordina, separada y con una hija a su cargo, está enamorada de Alex y acaba aceptando los encuentros sexuales esporádicos que éste le ofrece. Da la impresión, por lo tanto, de que Pere Lluc nada entre esas dos aguas. Ni siquiera al final podemos suponer otra cosa. La amistad es lo que tiene: tus amigos te convencen, casi sin quererlo, de las virtudes y miserias de la vida (se erigen en tus consejeros metafísicos); tus amores te pueden dar una cierta estabilidad emocional y una confianza temporales (cuando se transforman en convivencia cotidiana); tus amantes tan sólo podrán agasajarte con altas y fugaces dosis de fantasía (más o menos encauzadas por la piel y otros artefactos corporales).

 

Ninguna respuesta es definitiva. Nadie se ofrece como ejemplo. Pero no podemos vivir solos. Ni dejarnos arrastrar por el absurdo que nos rodea. Somos un poco funambulistas y, entre número y número, nos agarramos a nuestras reflexiones y convicciones más radicales, las que sólo podemos escudriñar con un ejercicio activo de insumisión. La sexualidad, abundante y sugerente a lo largo de toda esta película, es sólo una vía más por la que circula nuestro tren de necesidades. Y cuando pensamos que ya sabemos descodificar el camino, resulta que ya empezamos a aproximarnos a la estación de destino. ¡Qué sarcasmo es esto de vivir! No es de extrañar que a menudo todos nos sintamos un poco idiotas, que no sepamos cómo hacer sencilla la vida y degustar los placeres y los días (gracias, Ramón, por evocarme a Cernuda la otra noche en Malasaña), y destejer, con fascinación infantil, los enigmas del mundo y las estúpidas imposiciones de la rutina.

 

melancolía

melancolía

 

 

La realidad siempre me sorprende más que la ficción. Ahoga toda la fantasía. Estalla ante mis ojos como una explosión inesperada. Por eso, a menudo dejo que mis sentidos se empapen en la contemplación de seres ajenos. Como si las escenas que componen dieran sentido a mis propios sentimientos, como si los guiaran de una forma inconsciente y colectiva. Así se disipan mis tristezas y me parece que soy un especimen más entre una multitud a la deriva, con mis rarezas y corduras, como cualquiera. Sin mayor preocupación por la belleza o futilidad de lo que transcurre. Sólo palpando su materialidad con mi mirada, desde mi interior, como si yo fuera una parte más del engranaje. Cuanto más te metes en la piel de los otros, más se contaminan tus nervios de toda esa humanidad híbrida, y menos necesidad sientes de erigirte en un primate privilegiado. Todos podemos morir en cualquier momento. Pero sólo el miedo aisla, individualiza, te mata prematuramente por asocial.

 

Hoy coincidí en el metro con tres personajes, entre las varias decenas que sólo dejaron esas raspaduras fugaces en la memoria. Una chica joven, de más de treinta, se subió en la última estación de la línea 8, en la T-4 del aeropuerto. Llevaba una tarjeta al cuello que la identificaba como personal de alguna tienda del aeropuerto y enseguida empezó a hablar por teléfono con una compañera de trabajo gesticulando como una actriz profesional. Al parecer una cámara había registrado cómo introducía su mano en una caja registradora y su jefa la acusaba de haber sustraído dinero de la misma. “A mí no me trata nadie como una ladrona. Si me acusan de algo, que lo hagan en la comisaría.” No miraba a ningún viajero del vagón, pero hablaba alto y claro sin importarle que todos se dieran por enterados. Y movía sus manos como si la caja registradora estuviera allí mismo, en el aire. Y se retorcía en el asiento incomodando a su vecino, cruzaba las piernas con sus zapatos de puntera afilados y arrojaba con rabia el móvil en su bolso negro y voluminoso cada vez que se cortaba la conversación. Entre llamada y llamada, también retomaba como una autómata una de esas novelas de casi mil páginas en letra pequeña y con las tapas blandas y alguna horrible portada. En la misma línea, en la estación de Colombia, una pareja de jóvenes veinteañeros se daban un beso parco de despedida antes de que ella se subiese al vagón. Pero antes de que se cerrasen las puertas, se asoma entre ellas, interpone su bota montañera y le llama a él con voz deseperada: “¡Nacho!” Pero el aludido parece que ya se marchaba de la estación y ella regresa a su asiento casi sollozando, sin que sus cuatro rastas pudieran ocultar un gesto de desolación. Como si en cuestión de segundos hubiera cometido un error definitivo. Como si hubiera acelerado una separación irreversible. Mientras, el chico se volvía con la vista fija en el tren que se alejaba de la estación. Y ella recibe al poco una llamada que, sin embargo, no aplaca su intranquilidad. En el vagón adyacente y hasta que llegamos a Nuevos Ministerios viene un joven próximo a la treintena escuchando música bajo unos cascos de esos que cubren los pabellones auditivos y medio cogote con su alta fidelidad. Lleva pantalones vaqueros de pitillo, calzado de voleibol con una “x” dibujada y una hortera camisa de manga larga con cuello y botones a rayas azules cielo y fucsia. La barba desaliñada contrasta, sin embargo, con un pelo lacio, abundante y con una melena larga que le llega hasta la espalda. Buena parte del camino lo pasa agarrado a una columna de acero del vagón, golpeándola y bailando con ella como si estuviera poseído por los espíritus de Jimi Hendrix o de Led Zeppelin. Su cara arrugada al compás de las guitarras eléctricas que se intuyen rugiendo en su aparato reproductor de música digital, es todo un poema. Parece entusiasta.

 

Otros días me encuentro parejas maltratándose, rusos que salen de jornadas extenuantes de trabajo o los inextinguibles músicos tocando y pidiendo con urgencia estomacal. Pero hoy sólo me detuve en esos tres cuentos de soledades y compañías fantasmas. Como decía el director de documentales Lech Kowalski, al final te das cuenta de que tú eres todos y cada uno de esos personajes en los que te has fijado, con los que te has mezclado. Arriesgándote a estar, construyéndote mientras te sumerjes en las escenas. Desde tu vacío, tu melancolía, tu desnudez. Lo fácil es bajarte en tu parada y cambiar de tren. Y así, otra vez, hacia ninguna parte.

 

cancioncita del día

cancioncita del día


Crossin' the river in a big old boat,

With a dollar bill in my hand.

Gonna go fishin' in the afternoon,

Got a simple plan.

Oh yeah, baby.

 

 

I got to hold on,

I got to be strong,

I got to live long,

And be with you.

 

 

Lonely nights and lonely days,

When I'm not with you.

Learned to trust and I learned to give,

Found a love that's true.

Oh yeah, baby.

 

 

I got to hold on,

I got to be strong,

I got to live long,

And be with you.

 

 

Girl it shouldn't be too hard,

To live with you.

It's really not complicated,

Until I get the blues.

 

Come on over and sit right down,

Let me take your hand,

I got a love gonna fill you up,

Take you to the promised land.

Oh yeah, baby, oh yeah.

 

 

I got to hold on,

I got to be strong,

I got to live long,

And be with you.

 

 

Be with you baby,

Be with you baby,

I got to be with you babe.

Be with you baby, oh alright.

 

Lonely nights, lonely days,

When I'm not with you babe.

Learned to trust and I learned to give,

Found a love that's true, babe.

Oh yeah, baby.

 

 

I got to hold on now,

Got to be strong now,

To be with you.

Be with you baby,

Be with you baby.

 

Neil Young

 

boomp3.com

 

 


La inmortalidad

La inmortalidad


El libro de Milan Kundera “La inmortalidad” lo voy a subir a uno de mis altares literarios porque ha logrado agitarme e inquietarme con sus preguntas, jugar con la ficción y con la realidad, mantener la intriga del argumento y desvelar la incómoda situación del lector cuando ya dispone de todas las claves de la historia y, sin embargo, todavía le queda mucho por leer. La preocupación por la inmortalidad nos la presenta Kundera como propia de aquellas personas que con sus obras de arte, o con su proximidad a los artistas, son conscientes en vida de que muchas otras personas hablarán de ellas una vez que hayan muerto. El hecho cierto de la muerte de cada uno y del recuerdo que dejará en nuestro círculo más próximo o, en algunos casos, en otros círculos más amplios, se proyecta de alguna forma sobre toda nuestra vida. Nos obliga a pronunciarnos: persiguiendo abiertamente esa trascendencia, declarando abierta y obscenamente la angustia ante la seguridad de que no existirá, o rumiando silenciosamente los días como si sólo la paz interior y la más radical soledad pudieran proporcionar la única trascendencia realmente valiosa, la que acontece antes de la muerte.


El propio Kundera habla en este libro como Kundera, escritor de “La insoportable levedad del ser” y otras novelas: como un personaje más. En sus encuentros con el profesor Avenarius va revelando cómo ha acccedido al conocimiento de la vida de Agnes y de su hermana Laura. Ambas nacieron en Suiza y se mudaron sucesivamente a París por razones diferentes. Agnes, como un paso más en su huída interior hacia los perfumes y el sosiego del alma. Laura, en pos de su hermana y de la pasión de su cuerpo siempre insatisfecho y en lucha contra el no retorno. Reincidiendo en una imagen predilecta de Kundera, la primera aparición de Agnes es en una piscina llena de cuerpos entre vapores, lirismo y cruda realidad. El modo en que Agnes contempla a otras personas y sus gestos sobrios y gráciles conducen a los dos observadores a reconstruir la muerte melancólica y austera del padre de Agnes, a distintos episodios de su vida sentimental y a la relación con su hermana, su marido y su única hija. ¿Podemos volcar nuestras aspiraciones a la inmortalidad en el enamoramiento efervescente, en el amor apacible o en la sexualidad intempestiva? Aunque el primer don apenas parece agraciar a los personajes de este relato, con el resto de sus experiencias de cariño o deseo nos quedamos sospechando que es más el miedo a la muerte, y a la muerte en vida, lo que motiva sus respectivas atracciones.


En raros momentos de la novela, además, encontramos una nítida unidad de acción. El autor experimenta con narraciones colaterales y con anécdotas, más o menos inventadas, de artistas universales hasta desembocar de nuevo en el desvelamiento de algunos de los tipos de inmortalidad que, como una niebla, parece que nos susurran a todos con sigilo. Goethe y Hemingway, por ejemplo, conversan una vez muertos acerca de sus avatares. Y la vida erótica de un pintor frustrado, llamado Rubens, nos ayuda a entender por qué Agnes tuvo un amante con quien sólo se reunía dos o tres veces al año. Kundera dice en un capítulo que gracias a esta programada ruptura del relato tal vez ningún director de cine se atreva a hacer una película del mismo y, así, se garantizaría la singularidad inimitable de la novela, su necesidad para una civilización decadente. La novela tendría la virtud de diseccionar las vivencias y valoraciones personales de tal modo que el autor puede sugerir y filtrar subrepticiamente su propia visión del mundo a través de las palabras de variados personajes: sus marionetas, a fin de cuentas. Es una tentativa, por lo menos aquí, de construir una ética polifónica, de urgirnos a que no sucumbamos al vacío circundante. Por ello, quizás, a menudo sobran en esta obra tantas generalizaciones sobre la naturaleza humana, aunque de algunas nos deslumbre su clarividencia. En todo caso, quizás no existan otros medios tan placenteros como las novelas para aproximarnos a entender la vida de nuestros semejantes, aunque nos separen muchas cosas de los hábitos de los personajes aburguesados que las suelen poblar.




hoy necesito regalarte algo:

una brizna almibarada de silencio,

fe en tus cartílagos y articulaciones,

aquella peonza bravía que nos arrebató

hasta los abismos prodigiosos,

pongamos por caso


dirán que son presentes volátiles,

calenturas de la imaginación, borlas

ornamentales, lenitivos de la ausencia,

qué sé yo


hoy sólo son una forma de agasajar

tu verbo cósmico, tu sed nuclear

por entender, la lumbre eterna de las cerezas

y algas que detienen la velocidad,

nuestra mutua digestión


(y te ofrezco mis excusas

por los excesos y defectos ocasionados)



Al otro lado

Al otro lado


La premiada película “Al otro lado” (Fatih Akin, 2007) es un magnífico relato de tres relaciones padre-hijo (dos, más exactamente, de madre-hija) con sus atractivos entrecruzamientos y casuales coincidencias. De fondo se halla un interrogante crucial acerca de la segunda generación de emigrantes turcos en Alemania y las relaciones con Turquía desde las contradicciones internas de este país y de todos los personajes que componen la trama. El padre de Nejat, Ali, ha salido adelante en Alemania pero al final de su vida se encuentra solo y la forzada relación que mantiene con una prostituta, Yeter, provocará su expulsión a Turquía. Su sombra de soledad y abandono se cierne sobre su hijo que ha abandonado las clases en la universidad, hacia las que no sentía especial devoción, abriendo una librería alemana en Estambul. Nejat llega a esta ciudad con la excusa de ayudar a la hija de Yeter, Ayten, de la que apenas sabe un par de cosas. Lo mismo que ella con respecto a su madre, a la que imagina trabajando en una tienda de zapatos y a la que acude a buscar huyendo de la policía turca por causa de su militancia política. Pero Ayten será pronto extraditada y encarcelada en Turquía, desatando que su amiga alemana, Lotte, vaya a buscarla, y, tras ella, la madre de ésta, Susanne. Estas búsquedas mutuas y desesperadas, y los consiguientes desencuentros dejan una sensación de angustia constante, acentuada por las muertes, o su acecho, que se van sucediendo. Sin embargo, la atmósfera luminosa y cálida es engañosa, presentando esas pérdidas de forma inesperada, pero como si fueran naturales de acuerdo con el marco de inseguridad que atraviesa todo el ambiente en Estambul y en la Alemania en que viven los turcos. La intensidad de cada gesto y de cada plano ayudan a sumergirse en un crisol en el que el azar ha repartido injustamente la supervivencia. Y no todos los supervivientes tienen tiempo para reconocerse.



jam sessions

jam sessions


Algunas amistades me extraen una sonrisa complaciente cuando me dicen que siguen este blog de vez en cuando. Es evidente que pocas veces dejan rastro de sus visitas. (No me extraña, soy muy mal anfitrión: siempre me olvido de dejar unas pastas de té por aquí). Pero son visitas de agradecer. Modales discretos que me dan la sensación de estar siempre tejiendo vínculos invisibles. Secretos compartidos. Ojalá que sean perdurables. Como los ojos llenos de vida y de lucidez. Como la agilidad de las manos y los horizontes sin cables entorpecedores.


Un día me propuse que esta bitácora serviría para trazar algunas regiones de mi atlas de experiencias. Más o menos artísticas, pero sin ánimo de exhaustividad. Unas crónicas sin pies ni cabeza. Puntuales, pero ocasionales. Puntuales, pero suspensivas. Por eso a veces me abandono y me entierro debajo de montañas de obligaciones y libros que traicionan, a mi pesar, el reanimante sentido poético de la vida. Hasta que todo vuelve a brotar.


Al margen, pues, de los insípidos platos burocráticos de cada día, los paisajes del alma se han nutrido en las últimas semanas de algunas exquisitices. Dos de ellas las incorporo a la categoría mnemotécnica de “jam sessions”. Una ocurrió en Barcelona, en la sala Area, una escuela de danza. Durante varias horas tres músicos improvisaban embriagadoras melodías mientras decenas de personas improvisaban bailes de contacto. Me quedé estupefacto ante tanta belleza de mezclas, pasos, sudores, miradas perdidas, sonrisas, cuerpos livianos, arpegios, punteos, sombras, todo el suelo recorrido. No se puede decir que aquéllo fuera plenamente espontáneo, pues se percibían muchas horas detrás estirando y recogiendo los músculos, aprendiendo los recovecos de las parejas. Y, seguramente, toda esa ágil escultura del aire sólo está reservada para jóvenes criaturas (más o menos garridas, aunque hasta las menos pueden dejarte atónito al mostrar cómo gozan de sus cuerpos). Lo más fascinante, en todo caso, era el ritual colectivo que se fraguaba. Con sus sutiles códigos latentes, pero cargado de sensualidad, de juego y de una dulce evasión del tiempo. Le debo a Chío llevarme de la mano hasta detrás de estas bambalinas, infinitas gracias.


De la otra “jam” de ayer, en la sala El Junco de Madrid, me reconozco el principal instigador. En principio íbamos allí a bailar música negra, funk y otras reminiscencias setenteras. Nuestra sorpresa fue encontrarnos con un delicioso concierto de blues-rock sin una banda fija. Del escenario entraba y salía todo tipo de músicos que no paraban de afluir al local a lo largo de la noche. De nuevo ese espíritu de camaradería, de círculo secreto, de complicidades, de entrega generosa de tu arte, de sentimientos arrancados de las entrañas y alimentando el aire que respiramos, de caderas cimbreantes, de percusiones sin tibiezas. Entonces, en la oscuridad, piensas en los momentos sublimes, en las casualidades, en la búsqueda casi instintiva de todo lo que puede acariciar tu alma. Sin hacer muchos esfuerzos. Sólo con la disposición a bucear. A entender lo que otros crean y, a la vez, lo que sintoniza con tus creaciones. Con tu placer en este mundo. Por muy efímero que sea. Entre el tedio y el cansancio de las grandes ciudades, este tipo de aventuras te proporcionan una cálida sensación de júbilo y de humanidad. Y un nuevo mapa de los puntos-manantial en los que te puedes surtir de inquietudes gemelas. Mi recomendación: emprende la travesía en buena compañía, que cada cual lo traduzca a su propio idioma.



Buñuelos y Rosas (un cuento de Polikárpov)

Buñuelos y Rosas (un cuento de Polikárpov)


No pasamos juntos más que unas pocas tardes. Algunos besos a destiempo y nada más. Después distancia, años, silencio. Sin embargo, desde los remotos mundos que habitamos, mandábamos a veces una carta.


Cambiamos de ciudades, de dirección, de casas, casi de vida. Cambiamos nosotros, las líneas de nuestro cuerpo, la forma de mirar el mundo o nuestra propia voz. Pero nunca rompimos el invisible hilo de las palabra. De vez en cuando, de año en año, tú seguías escribiéndome. Pocas veces nos vimos, siempre en lugares casuales, nunca solos. Quiero pensar que aplazamos el momento de volver a tocarnos, creo que por timidez más que por el temor de descubrir que ya éramos de verdad otros.


Nuestra cultura nos enseña a esperar, aplazar, dejar para el futuro, creer que el tiempo es una línea larga y recta. Tarde descubrimos que ese aprendizaje es la forma más perfecta de aniquilación. Eso pensé aquella madrugada en la que nos vimos en la calle Libertad. Nos echaron del bar y no encontramos ninguno más abierto. Madrid también ha cambiado. Me llevaste a tu casa. Ni siquiera al entrar encendiste la luz.


La oscuridad, cuando apenas faltan dos horas para el amanecer se puede comer, dicen que es alimento de fieras y alimañas, también de aquellos que han descubierto que comer, la risa, los cuerpos, el agua, el bosque, una ciudad, son las únicas patrias que nos hacen humanos. Sobre todo la risa y la sonrisa en la oscuridad de esa madrugada primera y de otras muchas. No puedo decir que me guste cocinar, no puedo decir que me guste escribir o amar. Gustar no es la palabra. Cocinar, escribir, leer, amar, son la cultura, la humanidad entera en cuatro palabras. Y son mi vida.


Esa era también tu especialidad, pasar a palabras las mil formas que los hombres y las mujeres han adoptado para vencer al paisaje o mecerse en él. Cansada de la llamada antropología urbana estudiabas desde hacía veinte años la íntima relación entre la humanidad y las plantas: etnobotánica llaman a esa extraña ciencia. Venga antropóloga lista, ¿cómo nombrar en dos palabras lo que tiene de cultura nuestra cocina?. Y tú, en un segundo, encuentras dos palabras, igual que has encontrado en dos minutos la forma de volverme loco. Dos palabras sólo para definir lo que tiene de cultura la cocina sin caer en Marvin Harris o Levy-Strauss. Aceite caliente. Me susurras al oído. Ahí está entera nuestra civilización en una sartén de aceite de oliva caliente a la espera de freír cualquier vianda. Esa fue mi tesis doctoral.


Habías pasado muchos años lejos, en selvas llenas de bichos y de barro, herborizando lianas y probando brebajes y elixires inmundos. Cada día descubría en tu piel nuevas cicatrices, señales por las que nunca me atreví a preguntar. Sin embargo tu cuerpo seguía teniendo esa apetecible delgadez, dureza, color de adolescente sana y cuidadosa. Aceite de oliva caliente.


Yo por el contrario trabajaba en un despacho, aplicando la antropología al consumo, el marketing, la publicidad. Visitaba los hogares de extraños que se prestaban a ello cámara y cuaderno de notas en ristre como si estuviera viviendo entre pigmeos o yanomamis. Analizaba el orden de sus neveras, la disposición y uso de la cocina, la casa o la forma de hacer la compra en el súper con los ojos alucinados y llenos de prejuicios de esos antropólogos locos que cogieron la malaria, una diarrea o unas buenas purgaciones en los Mares del Sur o el Amazonas. Microondas y plástico<, esas hubieran sido mis dos palabras para definir nuestra cultura hasta que tú apareciste.


Yo no traje nada de mi vida a tu casa y tú ni siquiera abriste las cajas que guardaban la tuya recién llegada a la ciudad. Cocinábamos despacio, como viejos amantes jubilados que han aprendido a dejar el deseo para el postre, pero comíamos el postre como niños glotones y golosos. ¿Qué somos sino aceite caliente? Olivares, aceituneros altivos, almazara, fritura de pescado, buñuelos, churros. Se notaba que hacía mucho tiempo que no pisabas esta tierra. Pero yo no era quién para nombrar la verdad.


Te gustaba que te hiciera rosas o buñuelos para desayunar. Aceite caliente.


Es un placer volar rápido por el cielo con la palanca del gas a tope o tirarse en bicicleta por la larga cuesta que baja de Yuste sin parar de dar pedales hasta que llega ese punto en el que el viento te impide ir más y más deprisa. Pero es un placer cocinar y amar muy despacio cuando han pasado veinte años del último beso. Metes tu dedo en el aceite y me das a chuparlo. A eso saben cinco mil años de cocina. Pero a mí no me sabe tan antiguo, sólo a presente, a pasear entre los olivos y asustar a los zorzales que se preparan ya para viajar a Siberia, sentir el tacto de tu mano, besar tus cicatrices de niña de la selva, abrir con cuidado tus álbumes de plantas y escuchar cómo era el lugar donde las recogiste, qué poder esconde su savia o desde cuándo el hombre descubrió sus secretos.


No sé cuándo te irás. Solo sé que te gustan los churros y las rosas de sartén que te hago en el aceite caliente y espero que te engorden un poco como engordan los pequeños malvices antes de cruzar volando toda Europa. Tú cruzarás el Atlántico y te perderás otra vez en el corazón de las tinieblas, en esa floresta peligrosa de la que arrancas sus secretos a cambio de que ella te arranque a ti también jirones de piel y te muerda. Y te pierda.


Pero no pienso en volver al trabajo o a tu ausencia. Ahora estás aquí y sólo somos aceite caliente en donde hago filigranas con la masa de los buñuelos y sumerjo el hierro extraño empapado en la masa líquida que por arte de magia se convierte en una rosa crujiente. Me miras siempre en silencio cuando hago la masa de los buñuelos. Es muy fácil, te digo, mitad de agua y de leche templada, un pellizco de sal y luego sólo hay que ir echando la harina en el pequeño puchero de barro con el agujerito al lado. Echar harina y remover para que no se hagan grumos hasta que la masa esté a la vez pastosa y líquida. Sólo entonces añadimos media cucharadita de bicarbonato y seguimos removiendo hasta que el aceite está caliente y humea. Inclinas con cuidado el puchero y sale por el agujero una cuerda fina de masa líquida que se cuaja al instante al caer en el aceite. Formamos pequeñas roscas concéntricas en la sartén que cuando están doradas por un lado damos la vuelta y sacamos después, en pocos minutos, a un plato en donde tú las decoras con hilo fino de miel que dejas caer desde lo alto. Los haré a donde vaya y me acordaré siempre de tu sabor cuando me meta un pedazo de buñuelo con miel en la boca.


La masa de las rosas es un poco más difícil. El hierro parece un extraño y antiguo instrumento de tortura, algún invento maléfico para marcar a fuego a los proscritos. Pero es hierro de paz. Sólo sirve para dar forma a la masa frita de las rosas. Se hace también una masa semilíquida con dos huevos, leche, un chorrito de anís, una pizca de flor de vainilla machacada y poco menos de doscientos gramos de harina. Cuando la masa está fina y sin grumos, fluida pero no líquida, sumergimos el hierro que ya estaba en el puchero de aceite en la masa y volvemos a sumergirlo en el aceite. Nace al instante la rosa que se separa del utensilio y navega sola por el burbujeo hirviente. Cuando están apenas doradas las sacamos sobre un papel absorbente y sólo en el momento justo de comerlas las rocías con miel. Miel salvaje, ganadería de los insectos. Dices. Y seguro que las rosas son un invento de algún árabe listo del año setecientos. Seguro. Y después muchas generaciones hasta llegar aquí, a tus labios y a mis manos. No te digo el secreto. Tampoco te cuento mi decisión. Más adelante sabrás que me voy contigo a la selva a perseguir plantas sagradas y beber juntos zumo de liana. No me importan las escolopendras blancas, ni las víboras, ni los jejenes, ni las rayas o las pirañas de los igarapés. Me fascinaron de niño Quiroga y Kipling, sé cazar y pescar, pero, sobre todo sé hacer buñuelos y rosas de sartén. Hacer dulces sobre el aceite caliente y secreto de tu cuerpo.




Te amo por ceja, por cabello, te debato en corredores
blanquísimos donde se juegan las fuentes de la luz,
te discuto a cada nombre, te arranco con delicadeza de cicatriz,
voy poniéndote en el pelo cenizas de relámpago y
cintas que dormían en la lluvia.
No quiero que tengas una forma, que seas
precisamente lo que viene detrás de tu mano,
porque el agua, considera el agua, y los leones
cuando se disuelven en el azúcar de la fábula,
y los gestos, esa arquitectura de la nada,
encendiendo sus lámparas a mitad del encuentro.
Todo mañana es la pizarra donde te invento y te dibujo,
pronto a borrarte, así no eres, ni tampoco con ese
pelo lacio, esa sonrisa.
Busco tu suma, el borde de la copa donde el vino
es también la luna y el espejo,
busco esa línea que hace temblar a un hombre en
una galería de museo.
Además te quiero, y hace tiempo y frío.


Julio Cortázar, Último round



cosmos y vidas

cosmos y vidas


Cuanto más me irritan los discursos religiosos en boca de jerarcas eclesiásticos y líderes mesiánicos de todo pelaje, más tiendo a refugiarme en la literatura científica más dura a mi alcance. “A mi alcance” significa que sea digerible, intrigante y cargada de esa belleza que te desborda cuando sientes que vas descubriendo una racionalidad oculta en el mundo. En el campo de las ciencias naturales mi osadía no suele pasar del nivel de la divulgación científica y el interés suelo alternarlo con otros géneros, según el ciclo de vida en el que me encuentre. Por distintas razones, en los últimos meses he adquirido varios libros sobre cosmología, darwinismo, energías y cibernética. El año pasado ya me había incursionado en el campo de la paeloantropología y, como quien no quiere la cosa, voy atando cabos de materias en las que a veces reconozco a mis hijos adolescentes más duchos que yo. Por eso al principio compro los libros pensando en seguir alimentando sus curiosidades, pero antes de regalárselos prefiero cerciorarme yo mismo de lo que acontece en sus páginas y acabo tan enganchado en su lectura como con la poesía y la prosa más refinadas.


El último que he finalizado se titula “Aves, maravillosas aves. Los diálogos entre el cielo y la vida” y su autor es Hubert Reeves. Aparte de enriquecerme con hipótesis acerca de la complejidad en la naturaleza y de seguir tentándome a encontrar sustanciosas analogías con lo que ocurre en la sociedad, me han parecido fascinantes los hechos que enlaza entre la evolución del universo y la evolución de las especies en este planeta finito en el que moramos. El científico que se mete a divulgador suele dar rieda suelta a sus pasiones y va colando trozos de su biografía en un relato en el que pretende equilibrar el entretenimiento y la explicación científica de hechos relevantes. Así que Reeves, en este sentido, domina bien este arte de la comunicación ya sea para hablar de la migración de las aves o de las erupciones volcánicas. Para mayor deleite, cada dos páginas te acompañan una o más ilustraciones esclarecedoras: mapas, esquemas, grabados y hasta líricas fotografías.


En los primeros capítulos reconstruye los instantes iniciales del universo y la formación de nuestra galaxia, del planeta Tierra y de su satélite lunar, según las teorías más aceptadas. Todo proviene de estallidos y amalgamas de materiales dispersos. El cosmos está lleno, además, de piedras volantes que siguen chocando entre sí. De ahí esa imagen de la Luna plagada de cráteres. Lo curioso es que la Tierra ha recibido igualmente millones de impactos a lo largo de su historia: del impacto de un asteroide gigante se expulsó tanta materia al espacio que ésta se reunió entre sí para formar la Luna; por el impacto de un meteorito gigante en el Yucatán mexicano se extinguieron la mayoría de los dinosaurios y de los pocos que quedaron surgieron después esas miles de aves que parecen tan dulces y plenas en su dominio de los cielos. Y de “ahí fuera” siguen cayendo objetos, aunque los más grandes vienen cada más tiempo (cientos de millones de años), mientras que los más minúsculos caen con mayor frecuencia de la que nos imaginamos (miles de ellos cada año); pero nunca dejan de venir, de caer, de erosionar y de interrumpir la “apacible” vida terrestre. Todo está vivo, todo se mueve. Del mismo modo, las órbitas de los planetas de nuestro sistema solar no son absolutamente regulares, sino que van acumulando modificaciones que dentro de miles de millones de años pueden dar lugar a cataclismos planetarios, aunque ahora parezcan un portentomde estabilidad y orden.


Y, sin embargo, el universo se expande, se enfría y se dirige a una muerte térmica segura, al estado de máxima entropía y equilibrio... Reeves encuentra múltiples indicios de cómo la materia y los organismos vivos se resisten, no sabemos hasta cuándo, a esa tendencia. El cambio es constante en el universo. Y, curiosamente, todos los fenómenos y seres que lo sufren están sujetos tanto a unas pautas de regularidad y convergencia, como a accidentes fortuitos y decisivos para que, por ejemplo, sobreviva una u otra especie. Los gatos y las serpientes perciben, “ven”, la radiación infrarroja; algunas aves, incluso las ultravioletas; el ojo humano tan sólo entiende una pequeña fracción del conjunto de ondas electromagnéticas entre las dos anteriores... En fin, sólo son algunos recuerdos de los primeros capítulos; imaginad todo lo que queda en un libro así para seguir seduciendo ese afán de saber que tantos profesores truncaron indolentemente durante los años de encarcelamiento escolar (mi homenaje, no obstante, para aquéllos pocos que me enseñaron a usar el espíritu científico para animar a romper las rejas y a ejercer el libre albedrío con “conocimiento de causa”). La humildad y la hermosa perplejidad que te inundan leyendo libros así, en todo caso, no tienen precio. Por desgracia, esta maravillosa comprensión del mundo no parece haber sensibilizado mucho a tanto predicador, comerciante de almas y arengador militar a la vista de su triste abundancia.



una guerra más...

una guerra más...


El domingo pasado volvieron a proyectar en el CCCB (Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona) un nutrido grupo de documentales sociales y políticos. Bajo el título de “Exodus: Los márgenes del imperio”, rememorando el eterno clamor de Bob Marley, nos ofrecieron una muestra más de multitud de experiencias y voces críticas ante las demencias incesantes de este mundo. Es sorprendente y alentador que en ese lugar se abran a tanta gente estos trabajos y su acceso, además, sea gratuito. Los archivos también pueden consultarse fuera de los días de proyección pública y merecen toda la atención de video-activistas dispersos por doquier: http://www.desorg.org/. El documental que más me conmocionó fue “Cartas desde Beirut: La guerra de 33” (Big Noise Films, 2007). Quizás porque, incluso en los momentos de mayor impotencia ante las bombas, desprendía ese sentido poético de la vida que me alienta cada día. El rostro compungido, pero firme, de la periodista Hanady Salman que va leyendo las cartas enviadas a un blog cualquiera (http://beirutjournal.blogspot.com/), enviadas modesta y sinceramente al aire del ciberespacio tras cada ataque israelí el pasado verano de 2006. La vida cotidiana en las playas o en su oficina, alternando con un adolescente rebuscando entre los escombros de los edificios bombardeados o con una niña hospitalizada que había perdido a toda su familia. Las manchas de aceite y los colores difuminando las figuras al cambiar de escenarios. El pulso templado de los acontecimientos dolorosos. No es sólo una crónica desesperada de la masacre y de las complicidades internacionales, de nuestra pasividad, sino un ejercicio de resistencia solitario. Una forma de confiar en los detalles y en las pequeñas solidaridades que alumbran las ganas de vivir, a pesar de los pesares. Por eso son conmovedoras estas cartas, escucharlas de viva voz, pausadas, dignas, conminándonos a decir y a hacer algo a cada uno de los que estamos delante de la pantalla... En fin, una guerra más, un horror más con la venia y la complicidad interesada de quienes mandan. En una cadena musical he visto hoy el vídeo de Green Day haciendo una versión de otra canción clásica de aquellos músicos utópicos que ya no parecen abundar: “Working class hero”, de John Lennon. En las imágenes intercalaban crudas declaraciones de supervivientes de otro genocidio contemporáneo, el de Darfur (en Sudán). Entonces, de nuevo consternado, recordé que entre los documentales del pasado domingo se proyectó uno muy didáctico y agitador de tantos sentimientos de pequeñez, “Desobediencia” (Patricio Henríquez, 2005). Un desertor del ejército israelí, otro del ejército estadounidense (un joven que es, vaya paradoja, el hijo de aquel viejo sandinista nicaragüense, Carlos Mejía Godoy, que también cantaba en tiempos revolucionarios frente a la agresión militar de Estados Unidos) y un alto mando militar chileno que se negó a ejecutar los asesinatos sumarísimos impuestos por la cúpula militar golpista de 1973. Eran elocuentes en su mensaje: una guerra más -injusta e innecesaria como todas- y un soldado menos.