¿Cómo desbrozar el camino tortuoso
si cae simultáneo el aguacero y acucia
el silbido que vence a la serenidad?
Si el espesor de la nieve nos rebasara,
el blancor no nos otorgaría un propósito
más limpio.
Fotografía: Masao Yamamoto
¿Cómo desbrozar el camino tortuoso
si cae simultáneo el aguacero y acucia
el silbido que vence a la serenidad?
Si el espesor de la nieve nos rebasara,
el blancor no nos otorgaría un propósito
más limpio.
Fotografía: Masao Yamamoto
Todos los pensamientos geniales
que afloraron durante el día
eran incluso más breves
que esta lápida.
Descansen en paz.
The Second Tower of Babel. Butoh in the Kowloon Walled City (Hong Kong, 2014)
Es de noche y el recinto teatral
está aún en mayor penumbra
pero tus manos arañan la luz.
No has cambiado desde que nos vimos
en Tokyo, sólo tienes más largo el pelo
y la furia de tu corazón ensordece
a un público desconcertado.
Nos vapuleáis las esperanzas dóciles,
un hombre con el torso desnudo
canta conmigo los números en español
y juega a piedra, papel o tijera.
Yo no soy sino un espectro.
Nadie vivió con dulzura aquella ciudad
sin ley o con la ley del más fuerte.
Pero subimos a ver la noche y morir
por aquellos que murieron y las madres
en sus cocinas nos observan y no dan
crédito a estas muertes de pacotilla.
Nadie subvenciona su lucha
porque el arte es el más allá.
Vestías de rojo, con tutú y corset,
en recuerdo de aquellas prostitutas
lo cual no es nada romántico.
Y mi boca temblaba de ausencia.
Diez pisos de escaleras de servicio
en una torre industrial y volver
a la calle impregnados de cuerpo,
de tráfico, de hormigas sin futuro.
Llovían chuzos la primera tarde
y ahora me informas de la nuez
que preña lo oscuro.
Toda esa juventud sangra en mí.
Llega septiembre
y me digo que es el momento
de empezar una nueva etapa.
No es la primera vez
que sucede.
Ya debería estar acostumbrado
a estas salidas de tono.
Porque, a continuación,
siempre surge la duda:
¿dónde estarán las piezas
de esos malditos
cimientos?
Regalar un bolígrafo
a quien todavía le convence
una hoja de papel,
un reloj a quien suspira
por la escasez
del tiempo libre,
una cartera donde guardar
lo que hay, más o menos,
sin desperdigarse
por el bolsillo,
una pulsera o un collar,
lo que conserve
la adherencia al cuerpo,
lo que suelas usar
cada día como la taza
o el cepillo de dientes.
Esas nada sutiles
maneras de obligarme
a que te recuerde
aunque haya acontecido
una eternidad
desde entonces.
Otro día amargo y ritual
y, sin embargo, sabes
que no es el fin del mundo
porque el azar juega sus cartas
y te obsequia a cada paso
con la contemplación
y la lascivia y con los cuerpos
más sublimes que habitan
esta unidad cualquiera
de cosmos a la deriva.
Fotografía: Amilcar Moretti
Las relaciones muy
estrechas
tendían a hacerme daño
en los pies.
Para contrarrestar
optaba por el calzado
con uno o dos números
más de holgura,
lo cual generaba
otra suerte
de incidencias:
tropezones,
extravíos
y una anómala
desproporción.
Y si acaso me arrepentía,
ya estaba todo el género
liquidado
y era mi destino
deambular
a falta de prendas de vestir
menos defectuosas.
Ilustración: Violeta Camarasa
Tú optas
por la fidelidad,
el amor exclusivo
y dormir siempre
con la misma almohada.
Esa medicina a mí
suele provocarme
numerosos efectos
secundarios.
Ilustración: Malika Favre
No pretendo ser soez
ni adoptar pose de bohemio
pasado de rosca.
Sólo me hago eco
de la noticia:
se folla mejor
si se está enamorado.
No más, que conste.
Ni por un período indefinido.
Pero seguro que sí,
algo me suena.
Hace ya mucho tiempo
de aquellos accidentes
milagrosos.
Ilustración: Keith P. Rein
Supongo que ya te has quitado
de ese vicio de leer mis poemas
como quien mira la hora
o consulta el pronóstico
del tiempo.
Ironías del destino.
Cuando ya no les prestas
maldita atención
es cuando mejor calibro
sus engranajes
para recordar
tus grandes dotes
de ilusionista.
Ilustración: Alexa Meade
Por debajo del maquillaje
no somos más reales
ni mejores.
O eso estiman
quienes no cesan
de ponerse una capa
sobre otra.
Por muchos afeites que usemos
para cubrirnos
o por mucha desnudez
natural que exhibamos,
lo que más nos atrae
siempre salta
a la otra orilla.
Ilustración: Alexa Meade
Salimos a caminar por la montaña
y comprendimos que éramos
nosotros el objeto del safari.
Las aves rapaces regulaban
el tráfico desde el aire
por si acaso debían intervenir
los servicios de asistencia forense.
La autoridades productivas
de los hormigueros emitieron
su declaración de guerra
frente a las huestes de excursionistas.
Desde su ocioso y abundante paraíso,
y con no poca mofa, los macacos
aceptaban las dádivas y chucherías
en todo un gesto de compasión.
La asamblea de rumiantes encargada
de predecir los cambios climáticos
no alteró sus hocicos al paso
de las almas en pena.
Una serpiente bambú
espantó rauda a los compradores
ansiosos de parajes naturales.
Los controles de aduanas
a lo largo del trayecto
caían bajo la competencia
de insaciables arañas peludas.
Cuando los mochuelos tocaron
el silbato dando orden
de dispersarse, corrimos a las guaridas
donde nos estabulan
con nocturnidad.
Se han agotado ya todas las localidades
para que las manadas del bosque
vuelvan a aplaudirnos
desde las cunetas
en los días festivos.
Fotografía: Sofía Santaclara
Limpio la casa
no porque sea sábado
sino porque anhelo
que llegues en volandas,
que te deslices hasta aquí,
con tu pétalo y tu domingo,
a tomar el baño y extraer
el oro, a decir en voz
a tu medida lo intangible,
el rescoldo, la ráfaga
invitando a despertar.
Y si no vienes o ni siquiera
existes, por lo menos
ha quedado la tarea concluida.
Y solo queda la memoria
de sus manos poderosas
como alas, el infinito tejer
de sus manos en un vacío
que nunca más, el incendio
de las aguas en que me sumergía.
Fotografía: Miguel A. Martínez
Enamorarse de una alumna
es un error garrafal.
Ante todo, porque casi nunca
va a ninguna parte.
Y dejando al margen consideraciones
de índole moral que no suelen revestir
mayor interés,
lo peor son las secuelas que deja
muchos años más tarde, cuando
ella todavía te sonríe y te manda
ambiguas cartas de amor.
Fotografía: Miguel A. Martínez
Hace tiempo que no arrecia
una huelga, ni desfilan las uvas
por tu boca de nubes.
¿O es que, acaso, has planeado
una función astronómica
en recuerdo de la marea
que fuimos?
En pos de la migración
que auguran las letras caninas,
sucumbiré a la paz exprimida
por la madrugada.
Surgías de un trance.
El oscuro relato ganaba
adeptos y una aureola púrpura.
Tu cuerpo dictó un plebiscito
y vuelve a ser urgente trazar
los contornos del mapa
deshilachado.
En realidad, todo esto
del arte tan solo es
otra máscara
para cubrir
lo que de verdad
necesito,
el niño que
persiste,
el hombre
que aún no,
la muerte
que nunca.
Es la última
y la mejor
adherida.
La más difícil
de arrancar
pues se confunde
con la propia
piel.
Tampoco
se caen solas
las máscaras
que la anteceden.
Ilustración: Guillermo Martín Bermejo
Otra poética
es posible.
Ilustración: poema de Ape Rotoma
Escribo porque
estoy solo
y tengo tiempo
para decir
mis reflexiones
y evitar
que se las lleve
la corriente.
Escribo porque
estoy harto
de muchas cosas
y porque intuyo
que es un buen
antídoto
cada día
la búsqueda
de la belleza
o la ilusión
de tratarla
como amiga
íntima.
Escribo porque
tú existes
y sospecho
que nunca
nos conoceremos
más allá
de los cuatro
tópicos
en que se suele
caer.
Ilustración: poema de Rodrigo Garrido
Me fastidian
las reglas del juego.
Me fastidia,
en particular,
cómo persisten ellas
y las ignoramos
el resto.
Me fastidian, tanto o más,
las reglas usadas
para definir
las reglas del juego.
Esa secreta
metafísica
en segundo plano.
Y me fastidian,
en primera instancia,
los intereses pequeños
y avaros
de quienes juegan
a ponernos
las reglas.
En este punto
siempre surge
una bifurcación:
librarnos de ellas
o jugar a otra cosa.
Ilustración: Violeta Camarasa