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ateo poeta

 

Arrima la puerta.

Asómate a este interior.

 

Lo que se esconde,

como en la masa del pan,

es fruto de la lumbre.

 

No hay rescoldo para el ardid

porque compartimos un temblor igual

en la soledad oscura.

 

Es suficiente con el extremo

de tus dedos.

Ya sé lo que prefiguran.

 

Humea la estancia, tomaremos

los baños rendidos a la desnudez.

 

 

Fotografía: Elliot Erwitt

 

 

 

La sustancia del trayecto,

se mire por donde se mire,

señala a la gimnasia

del tiempo

y a la música que nos regala.

 

Sin probar el agua tibia

ni las manos justas,

es muy fácil y terrible

que se cierna la subyugación.

 

Y esa avaricia por acaparar

trabajo muerto y desvincularse.

 

El amanecer del mundo clarea

a la luz del racimo y su jugo fiel

cada estación de plenitud.

 

Emborracharse de amor,

por qué no, y después preferir

la noche sobria

y los animales supervivientes.

 

Desear que el deseo florezca

sin veneno

ni malas hierbas.

 

A la larga, hacer las paces

con el silencio reparador

y con las batallas perdidas

de los sueños.

 

En cada lugar que moramos

no hay nada que poseer.

 

Sólo dar belleza y tersura.

 

Es frágil y a la vez repercute tanto

que nos reconcilia

con el trance del universo.

 

 

Fotografía: Richard Misrach

 

 

Un fuego medular que subyace.

 

Las partículas elementales revelan

lo inmóvil y perceptible

de cada donación.

 

La cosecha de tus manos de espigas.

 

Venid navegando, lirios rebosantes

de perfume,

deudores de la claridad.

 

Ni siquiera la caída de la hoja instiga

la rebelión del pan ácimo.

 

De tu despertar, la sustracción de la nada.

 

Sabes a tierra negra y mullida

donde van a reposar las especies

exhaustas de los océanos antiguos.

 

Es aconsejable instruirnos en lo leve.

 

Todo nos será confiscado algún día

para que no cesen las palpitaciones

en pos del interés natural.

 

Prescindir de máscaras y de agentes intermediarios.

 

Acércate al umbral del invierno,

incluso ahí, en su calor, comprenderemos

la deriva.

 

 

Fotografía: Yamamoto Masao

 

 

El sueño, el sabor del sueño,
el sabor erótico del sueño,
la rotura del sueño, el dolor
de la rotura, el crujir arbóreo
del cuerpo, el cuerpo fulgurante
de tu nombre, tu nombre
con hojas de menta, tu nombre.

 

 

 

Si el placer

era, en sus albores,

un simple mecanismo

biológico

para ponernos a trabajar

por la reproducción

de la especie,

 

el arte de la sexualidad

no es más que un conjunto

amorfo

de malentendidos

y vacilaciones cuyo fin

es la tortuosa administración

del placer.

 

 

Fotografía: Nobuyoshi Araki

 

 

Un sueño llega a las estribaciones

de la vigilia y solicita permiso

para hacer acto de presencia.

 

Evoca labios como mieles, sedas

y fruncidos, la columna vertebral

expandiéndose como un látigo

de placer repentino.

 

A la sala de espera llega raudo

otro sueño no identificado

que irrita las certezas del primero.

 

Unas tijeras autómatas, lluvia

torrencial, los taxis de madrugada

transportando a maniquíes

con sus galas de fiesta.

 

Una orquesta de jazz impide

el acceso de los sueños

a las estancias de la amnesia.

La voz solista posee

una sexualidad ambigua.

 

Puede tratarse de otro sueño

que guarda las apariencias

para pasar inadvertido.

 

Hay hambre de paz, ansiedad,

un cuerpo cansado y tendido

a las orillas de un río. Alguien

protesta y exige las llaves

del paraíso. Los sueños

se echan a reír a carcajadas.

 

 

Estás y no estás.

 

Me he acostumbrado

a vivir y no vivir

en el quicio.

 

En el punto de vista

que trasciende

y que no trasciende.

 

Campo a través.

 

El dolor nunca desaparece.

Lo señalo y sigue ahí

y se vuelve sombra.

 

 

 

Aunque fuera invierno

y se colara el frío

por todas las rendijas

y nos erizase la piel

en su legítima defensa,

 

me quitabas la ropa,

simple y dulcemente,

sin poder disimular

la violencia y las ganas

que habías ido acumulando,

 

y así creabas la luz

y yo no necesitaba más

para subsistir,

y tú te largarías pronto

con la música a otra parte,

movida por la misma sed,

y ya nada sería igual,

pero todo sigue su curso

inexorable.

 

 

 

La inmensidad

y lo inabarcable

es ahora.

 

Rodeado

por otras islas

de tiempo.

 

 

 

Puestos a albergar

las fantasías habituales,

 

me quedo con un viaje

al país de tus maravillas.

 

 

 

Concluye una etapa.

 

Saltas el muro

y vuelves a hallar

la misma devastación.

 

 

Fotografía: Lasse Persson

 

 

El instante

es la soledad.

 

 

Fotografía: Heli Rekula

 

 

No es tan difícil vivir solo.

A nadie le preocupa a qué hora

te acuestas.

A veces recibes postales,

utensilios de cocina

o visitas inesperadas.

La noche cuida de tus sueños

y te demoras con las noticias

necrológicas.

Tienes agua corriente

y calentador.

Limpias lo justo y necesario

y todo huele a rosas.

 

Dadas estas circunstancias

me pregunto cuáles de las presentes

habilidades

se deben a pasadas vivencias

en compañía.

 

 

 

La medida apropiada de los peldaños,

el número de pisos que subir y descender,

esta ciudad en vertical, las esperas largas

de los ascensores, la decisión de utilizar

las escaleras, las puertas contra incendios,

el aire acondicionado y la oclusión

de las ventanas, la respiración de la niebla

que cubre las cúpulas, calcular cuántos

botones presionarán los pasajeros y si

coinciden o reducen el viaje, los modelos

de zapatos, la cabeza gacha, anhelo

de la paz interior sin huir ni desplazarme,

leer la prensa de allí y la de aquí

con idéntica sensación fantasmagórica,

cuántas veces somos rechazados,

de qué maneras y grados la violencia,

la pérdida, el levantarse de nuevo,

darles agua a las plantas que están, aún,

más solitarias, porque no creo

en los corazones rotos ni en la cirugía

de los mismos, a menudo las cosas

son mucho más sencillas, abrir un libro,

escuchar, abrazar, comprar flores,

una música japonesa me ayuda

a trabajar, es todo muy repetitivo,

queda poco, queda poco para pasar

a otra tarea muy repetitiva, no ahorrar,

que la felicidad se agote en este viento,

buscar excusas para salir, que sean

esas historias verosímiles las que me

llamen, preguntarme qué pensarás tú,

qué estarás contemplando, recorrer

los mismos pasillos cada día, ducharme,

no hablar demasiado, por qué

continuarán la hipocresía y esos

personajes y esos discursos sobre

los derechos humanos y sobre

la devastación, música impresionista

ahora, hurgar en las carpetas, limitar

el poder del laberinto, para la mayoría

toda esta circulación será inconsciente,

pero no lo sé, no podemos acceder

a la ligera, especulamos, desayunamos,

cumplimos nuestras obligaciones,

tomamos el té con jazmín no muy

caliente, alguien próximo padece

un cáncer terminal, pienso en mis

constantes vitales, mi altura, los análisis

de sangre, hace mucho tiempo ya,

el abismo de las desigualdades,

los pies en la tierra y, sin embargo,

la necesidad del deseo, su imperio

vago y brumoso, la producción

de sentido con indicadores fiables

que satisfagan a mis empleadores,

las páginas en blanco pidiendo más,

el problema de la vivienda y una

arquitectura evocadora, la fragancia,

el cuerpo desnudo, el relámpago,

los senderos sinuosos, esta apabullante

vegetación que nos envuelve,

el marfil, las piedras como corales,

los animales extinguidos, el tesón

de las alumnas de yoga por mantener

el equilibrio, las piernas inmensas

de las jugadoras de voleibol,

los callejones sórdidos y la luna

carcomida por una nueva expedición

astronómica, no sé qué habrás

cocinado hoy, tampoco es plan

de comunicarse con frecuencia,

es mejor así, ocho horas de sueño,

por lo menos, ni siquiera los cascotes

polares son eternos, hay un gran

deshielo en marcha, debemos estar

preparados, cerrar los ojos con fuerza

como en aquellos juegos desiderativos

de la infancia, escondernos y dejar

que nos encuentren.

 

 

Fotografía: Man Ray

 

 

 

 

Sumando nubes escarpadas,

horas benéficas y panales de ojos

que reparten su amor carnoso

por los buzones y lechos floridos.

 

Considerando que los espejos

dictaminan una percepción parcial

y que nadie les solicitó su acuerdo

a los grandes mamíferos y qué

otras joyas podrían decorarnos.

 

Entreabriendo las celosías

de la donación a hierro y fuego

y de las amistades mensajeras

que picotean entre las alas

a cal y canto.

 

Escogiendo la negra lencería

y las marcas delebles de lo escrito

y pronunciado por los labios

independientes, escudriñando

tu lección de algodón y libertad

cuando voy a adquirir las frutas

del sagrado día.

 

Ausentándome de las carreteras

y de la caña de azúcar y de la flauta

repetitiva como lluvia persistente,

con los gestos de la cintura

que dejan de lado lo nefasto.

 

Definiendo los ángulos y aristas

nacaradas donde una paz de cien

años anide y donde librar mis guerras

incruentas y besar tus velos

y tus aristas y tus ángulos aunque

sea de una forma tangencial.

 

Y ahora se presentará sin permiso

otra multitud de sueños exigiendo

su imposible domesticación.

 

 

Fotografía: Alek Kindus

 

 

 

 

 

Para sentir el contacto sincero que estremece

antes he tenido que temblar de frío

y abocarme a la intemperie

y recorrer sin posesiones las mesetas

del abandono.

 

Para maravillarme hasta la lágrima

por una escasa partícula de verdad

y de emoción,

antes he vagado por la noche de los lobos

y de las heridas abiertas con voluntad

inquebrantable.

 

Para descifrar cada pulso de tu voz

y los pliegues de los años calcinados

y el coral deslumbrante y sumergido

por el que significas,

ha sido necesaria mi escisión y el riesgo

del abismo, adherirme a la nuez

y a las horas muertas

de tu ausencia.

 

 

 

Pretendemos lo imposible:

como amar sin dejarnos la piel,

como rehuir toda instancia

limitante y, a un tiempo, ser partícipes.

 

Estas reglas de puntuación las elijo

como elijo aceptar la lluvia cálida

o la desnudez. Entre lo dado.

 

En su arbitrariedad me incorporan

a los viveros de lo común. Al florecer

periódico y a lo efímero.

 

Me señalan.

 

Hay un valor incalculable en el destello

y en la mirada. En la línea de fuga.

 

Divisar la vegetación austera en la cresta

de las lomas.

 

Caer dentro del marco donde también

resides tú.

 

 

 

Parece increíble que los crisantemos

hayan sonreído durante más de una semana.

En su océano doméstico, absorbiendo frugales

toda la tristeza del ambiente. Con esa

provocación naranja no hay espacio

para lo sórdido ni para la nieve que irás

a comprobar gélida y que persiste.

 

A los caballos en reposo que acariciarás

a contrapelo diles, de mi parte, que no

me olvidaré de conjugar su diccionario.

Todo aquí es una ironía y nadie nos explica

los cadáveres de la belleza salpicando

los caminos. La libación, los manantiales,

los tifones indomables, las serpientes

y la muda de piel y de escamas.

 

Vuelve al círculo, a encestar con los críos

que pueblan la cancha del barrio. Vuelve

al aire salado y a bruñir los amaneceres

del domingo. Las conchas fósiles seguirán

acumulando sus millonésimas de pedazos

en los arenales. Las almas indiferentes

a su mortalidad invocarán conceptos

de alcance limitado. Y quién besará

el líquido sudoroso de los cuerpos ebrios

después del trance.

 

 

Fotografía: Carlo Mollino

 

 

 

 

Los congresos y seminarios

académicos

tildados de críticos

rara vez son ejemplo

de lo que predican.

 

Hoy vi cómo una profesora

extranjera, Lisa,

le regaló bombones

a una de las empleadas

en la organización

durante las tres

últimas jornadas.

 

A propósito, con alevosía,

planeándolo antes

a conciencia,

como muestra sincera

de agradecimiento

y respeto por el delicado

trabajo,

como afecto transparente

de solidaridad.

 

No como refuerzo

de su posición distinguida,

pues no hay pauta social

ni sanciones implícitas

que prevalezcan

en esta materia.

 

Sólo un gesto simple

nutriendo

los vínculos densos

y extraños

que apenas sabemos

nombrar.

 

Lisa es de California

pero sus facciones denotan

sus ancestros koreanos.

La mujer que recibió

el presente con cierto rubor

también tenía rasgos

orientales.

 

El sol de diciembre radiaba

con júbilo,

las orquídeas siguen floridas

y yo no pienso en otra cosa

que en la ternura reverencial

de los donantes.

 

 

Ilustración: Amanda Baeza

 

 

 

La necesidad de teoría

no puede eclipsar

el afecto.

 

De múltiples formas

limitar, detener

lo vano y lo hostil.