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ateo poeta

 

En este exilio

el idioma

se te pega

a la piel,

a las maletas mohínas,

duerme en el suelo

de tu apartamento,

no gruñe

ni monologa

como un majara,

se cuela en los bolsillos

de la chaqueta,

se hace el muerto

y resucita de repente,

tararea canciones

prehistóricas,

vive en un limbo,

no paga facturas

ni es hacendoso,

dice pelillos a la mar

si has hablado

con otras lenguas,

se esconde en la alacena

como una lata

de sardinas,

envejece como un tesoro

o un diccionario

polvoriento.

 

A pesar de sus palabras

anticuadas,

consigue destacar

por encima del resto

de muebles

y así, a lo tonto,

se va haciendo

imprescindible.

 

 

Fotografía: Marc Riboud

 

 

 

 

 

Ya no se estila

lo de diluir en agua

terrones de azúcar,

pero como metáfora

de la vida,

en pequeñas dosis,

no tenía desperdicio.

 

El cubo sólido

cayendo hasta el fondo

del vaso,

la cucharilla

dando vueltas

sin compasión,

los granos minúsculos

flotando libres

hasta alcanzar

el estado de gracia

de lo invisible.

 

Siempre he mirado

con ojos de niño

y con ojos de gato

esa química

primitiva.

Pasmado ante

la milagrosa liturgia

de endulzar

el líquido elemento.

 

Después, un trago

y a otra cosa,

mariposa.

Nadie decía ni mu

pero la agria verdad

se mascaba

en el aire.

 

 

Fotografía: Matt Weber

 

 

 

Lo que me sale es

despotricar

a diestro y siniestro

cuando me suben

la rabia y la euforia

a partes iguales.

 

Por supuesto

que alguien tiene la culpa

de todo ello.

No me iba a comer yo

todos los sapos.

 

Pero semejante ritmo

no es sostenible.

Cuando estoy de recaída

me miro al espejo

y ese rostro manso

y sereno

como una enciclopedia

ilustrada,

me resulta

irreconocible.

 

 

 

Intentamos evitar

la erosión,

el declive,

quedarnos mudos.

 

Y cuando los hechos

se imponen,

nos esforzamos en creer

que se encenderá

otra llama.

 

Y, de nuevo,

haremos lo imposible

para que nunca

se extinga.

 

Esa tozudez, sin duda,

nos mantiene bien

entretenidos.

 

 

 

Ahora que te has ido

arrojan luz

los límites.

 

Los límites sinuosos

que nunca deslindaron bien

nuestros terrenos

respectivos,

ni falta que hacía.

 

Los límites hipotéticos

a los que tendía

la maldita curva normal

del pesimismo.

 

Los límites crudos

que distinguen

dos cepillos de dientes,

la ropa interior

y la privacidad

de nuestros demonios.

 

Los minerales preciosos

que aguardaban

tras la penosa

excavación

en el largo túnel

de la nada.

 

Las gotas que colmaban

el vaso

de forma consecutiva

y ajenas a la factura

del agua

corriente.

 

Llamamos amor

a un buen atajo de límites

cuando hiere menos

aceptar

sus cargas y beneficios

uno por uno.

 

 

Fotografía: Helmut Newton

 

 

 

 

 

Nada estaba escrito.

 

Yo tampoco imaginé

que acabaría con mis huesos

en este clima subtropical.

 

Ni que pasearía

con mis ideas ausentes

entre edificios vertiginosos.

 

Ahora sé

que nunca arriesgamos demasiado.

 

Y que siempre he confiado

en las causas perdidas.

 

Aunque estos viajes espectrales

a las antípodas del mundo

no se elijan al azar,

al menos podréis entenderme.

 

Y seguiré escribiendo en este vacío.

 

Y vuestra casa, hecha de materiales simples

con las manos más justas,

la hallaréis en muchos lugares

aún por reconocer.

 

 

Fotografía: Sebastiao Salgado

 

 


 

Ahora veo las ruinas.

Se parecen a las de siempre,

no hay confusión.

 

El frío glacial,

la voz temblorosa,

unas notas quejándose

en lo oscuro.

 

El mismo espejo

repitiendo

su cantinela.

 

Será la fiebre

o la espontánea lucidez

del enfermo.

 

El caso es que sigo

aquí varado

y ni las olas

me vapulean más

que tu recuerdo.

 

 

Fotografía: Helmut Newton

 

 

En estos momentos

estoy improvisando.

 

Lo que leas mañana

será el rescoldo de una fútil

obsesión por darle lustre.

 

 

Fotografía: Edith Tudor Hart

 

 

Las flores secas,

el vómito y la arcada violenta

fuera de tu control,

la pérdida del conocimiento,

la madre de todas las guerras,

el hongo de aire plomizo

anunciando la lenta muerte,

las pesadillas

y el insomnio,

las ratas cruzando la calle

veloces,

el ruido descarnado

del tráfico incansable,

la ausencia de la nieve,

las horas, los días, los años

unos tras otros, extinguiéndonos

con su losa y su tristeza,

el desorden de los objetos

y las noticias incendiarias,

los escasos recuerdos

de ternura y de lágrimas

y de una nostalgia deshidratada,

no sé qué es lo que martillea

en mi cabeza ahora,

qué percepción,

una noche blanca,

un día negro como humo,

una lengua de víbora,

la protesta

de brazos caídos,

el repliegue táctico,

los cristales rotos,

una melodía

que se injerte en mis venas,

pronto, sin más demora.

 

 

Fotografía: Fred Stein

 

 

 

Qué tristes los fuegos artificiales

para liquidar el año viejo.

 

Qué tristes los mensajes de amor

y de banal prosperidad.

 

Qué tristes las cenas copiosas

y las sobras abundantes.

 

Qué tristes los ombligos

y las narices postizas.

 

Qué tristes los muy tristes

y los efusivamente alegres.

 

 

 

 

 

El silencio

es como una ventana

que comunica

dos espacios.

 

Una ventana rota

o empañada,

firme en sus cerrojos

o abierta

de par en par.

 

El silencio

permite ver

lo que se sitúa

a ambos lados

del tiempo,

siempre que no

se interpongan

las hojas de la noche.

 

Filtra la luz

y aminora

las estridencias

de origen desconocido.

 

Una ventana

es solo un traje a medida

de la ventilación

necesaria.

 

Por eso cuando callas

o te flanquean

mis palabras,

sé que estás presente

y nada cesa

de circular.

 

 

 

Preparo el terreno

para que se disuelvan

la neblina y el dolor,

para que se inclinen

con la fuerza

de su propio peso.

 

Es tan inabarcable

este espacio aquí dentro

que me niego

a crear

falsas expectativas.

 

Recuerdo nítida

una cicatriz

en cada punto

de bifurcación.

 

Vivir,

a fin de cuentas,

no parece más

que una repetición

de las mismas elecciones.

 

 

Fotografía: Bert Emanuele

 

 

 

Si no fuera por el amor

-en todas sus variantes-

creo

que ya me habría olvidado

de cocinar

-hace mucho tiempo.

 

Alguna ventaja

le encuentro, al fin,

a esa tempestad

que todo lo pone

patas arriba.

 

Ahora entiendo,

además,

por qué hablan

de amores

alimenticios.

 

 

 

 

 

En las solapas

y contraportadas

de los libros

constan falaces

biografías.

 

Del poeta subrayan

el lugar de nacimiento

y el de residencia

si la muerte

aún

no le ha sorprendido.

 

Del científico

sus diplomas

y las universidades

por las que

ha transitado

como un ser inmortal.

 

A esa tarjeta de visita

o breve sumario

curricular

a veces se le añade

una instantánea

del rostro

congelando el tiempo.

 

Los autores,

distantes y modestos,

no dudan

en reconocer

que esa obra

ya no les pertenece.

 

 

Fotografía: Hiroshi Hamaya

 

 


 

Enfocar un primer plano

y dejar el fondo borroso,

envuelto

en la ambigüedad.

 

De esa suspensión

en un humo

de incertidumbre

dependen las formas

nítidas

más próximas.

 

Un rostro

o un objeto,

capturados al vuelo,

no cesan

en su transcurrir

más allá

de la fotografía.

 

Cada línea eterna

se rinde

a una mirada

que pudo no ser.

 

Entre los pliegues

de la luz,

en el vacío

posterior

o en los márgenes,

lo representado

demanda

su porción de verdad.

 

Para qué tanto color

si persiste

el enigma

de este universo.

 

 

 

 

 

Por alguna extraña inclinación

a enajenarme del presente,

siempre anticipo

la derrota.

 

Con lo sencillo que sería

consignar y levantar acta.

Seguir el curso

de los acontecimientos.

Dejarme querer.

 

Tampoco creo

que las capas de sedimentos

y las superficies estriadas

me hayan elegido a mí

como único testigo.

 

 

Ilustración: Lev Alexandrovich Russov

 

 

 

La madre del deseo arropaba

como las primeras palabras

que se tejen en la memoria

sorprendida.

 

En los fogones se cocía

el misterio de la mezcla

y sólo imaginarse el sabor

inundando el cuerpo amado,

era ya arder.

 

De qué país habría vuelto

con la mirada salvaje e infinita.

 

Todo el almíbar en sus labios.

Un huracán aleteando alrededor

de sus sueños de bosque.

 

La hipótesis de un bancal

fertilizado, ojos altivos hacia

el valle donde la desnudez

se agazapa.

 

Al mediodía, las agujas del sol

penetraban la piel sin futuro.

 

Estar y oír con lentitud.

Su corazón donante de miel

y de tolerancia a la excelsa

incertidumbre.

 

 

 

Es mucho mejor creer

que hay amor y futuro

cuando tienes sexo.

 

Luego, ya se sabe,

la vida te empuja

por otros derroteros.

 

 

 

Ilustración: Henri de Touluse-Lautrec

 

 

 

 

Buscan amor.

Hacen lo imposible, el payaso

y el funambulista, escalan riscos

y paredes congeladas, sonríen cándidamente,

se fotografían para la eternidad.

 

Buscan amor.

Un amor blanco y diario, alimenticio.

Se enfadan y se contentan. Regañan,

recelan de las ventajas tecnológicas,

se lanzan los dardos más sangrientos,

blasfeman, se arrepienten y porfían

en los espejismos de su amor.

 

Buscan amor.

Simple y llanamente. Aunque trabajen

con denuedo hasta altas horas de la mañana.

Aunque derrochen compulsivamente

y alarguen la soledad hasta el amanecer.

Un amor prístino que nunca existió.

Un amor de andar por casa como un cojín

o un osito de peluche.

 

Buscan amor.

Escriben que buscan amor. Proclaman

a los cuatro vientos que lo merecen,

que tienen un derecho universal e inalienable.

Aquella explosión entre torso y espalda,

la luz mística y cegadora,

el silbo celestial que nos acompañaba.

 

Buscan amor.

Buscan, olfatean, desarrollan sus pesquisas,

ensayan y erran.

Regalan y son olvidados. Reciben y desprecian.

Nadie parece satisfecho con unas pobres

migajas, aunque deslumbren como estrellas.

Golpean duro en la fragua.

Cómo quebrarán después los armazones

y las soldaduras.

 

Buscan amor.

Sobre todas las cosas.

Por debajo de todos los gestos.

En las lecturas entre líneas.

Matarían si les arrebataran el conseguido.

Ese precioso piano de cola.

Ese lobo con piel de cordero.

El resplandor en los labios jugosos.

 

Buscan amor.

Y a menudo lo dejan en la cuneta

o que se marchite bajo el sol impune.

O no responden a sus cantos de sirena.

O siguen buscando porque ambicionan

más perfectos diamantes.

Esa inagotable locomotora, ese ingenio

desprogramado.

Ese vacío en cada laberinto.

 

 

 

 

Mi libertad

es el agua

en un vaso medio vacío.

 

Tu libertad

es el agua

en otro vaso medio vacío.

 

Alguien se ha empeñado

en suprimir unos cuantos vasos

del panorama general.

 

Y eso por no referirnos

al aire limpio que debería llenar

el conjunto de los recipientes.

 

En otra ocasión

abordaremos el espinoso tema

del trasvase de fluidos.