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ateo poeta

 

¿Y por qué no pruebas con los hombres

y te zafas del heteronormativismo,

tú que tanto presumes de no comulgar

con ruedas de molino y de transgredir

día a día cada sutil faz

de la opresión?

 

Y respondí: porque abogo por el derecho

radiante a que cada cual se rasgue

las vestiduras y se desquite e imagine

las perversiones que le venga en gana

de acuerdo a su mortal naturaleza

de marfil y crisantemos.

 

Por lo demás, tan sólo me adhiero

a una máxima: los caminos del deseo

son inextricables.

 

 

Fotografía: Ellen Von Unwerth

 

 

 

Arrastrando la larga cola

de toda tu belleza desproporcionada

como un ejército de libélulas

sorteando la abundancia de la húmeda luz,

vienes hasta mi torso inerte

a concederme la epifanía y la inspiración

de tu boca a boca.

 

Será que me he vuelto holgazán

y tan sólo te espero circunspecta

entre los pliegues de mis sueños.

 

 

 

Buscas el espacio blanco lejano,

un horizonte sin carne ni hueso,

tu infancia nívea.

 

Hay peces que interrumpen

la cristalina transparencia.

 

Es su cometido.

Varían los grados

de flotación.

 

No pretendes

el equilibrio imposible,

pero sí aromas de quietud.

 

El pan recién cocido,

la albahaca dichosa.

 

Apenas necesitas

más ingredientes

para domesticar

el precipicio.

 

 

Fotografía: Aaron Siskind

 

 

También hay días

en los que no me gusta

ninguna mujer.

 

Por su inconsciencia

de clase.

 

Por insistir

en el maquillaje

y lo superficial.

 

Por su delegación

en las pérfidas

instituciones.

 

Por pensar

que la política

o que el feminismo

no son

de su incumbencia.

 

Por sus tabúes.

 

Por afiliarse

a los relatos

hegemónicos.

 

Por no consumir

flores ni nubes.

 

Por haberse olvidado

de jugar

y de andar

en bicicleta.

 

Por darme largas

y calabazas.

 

Ya sabía que no eran

perfectas

-ni falta que hace-,

pero nunca pensé

que llegaría a volverme

tan tiquismiquis.

 

 

 

Es el momento de darle un tajo

a lo que se pudre

y enfanga.

 

Cortar por lo sano

o un poco más allá,

por si se salva lo que rodea

al extremo.

 

Las dudas

y remordimientos

conviene aplazarlos.

 

Ya habrá tiempo

para lamer

las cicatrices.

 

 

 

Tomo nota de las advertencias

aunque las envuelvo

en una bufanda granate

que huele a jazmín y a sudor.

Circula un aire denso,

el humo de una ciudad

impasible.

 

La masajista thailandesa

clavó sus codos

sobre mis nalgas y muslos.

Hizo crujir los huesecillos

de las falanges

y apenas intercambiamos

unas palabras en la lengua

con la que no soñamos.

 

He visto ratas obesas

paseándose entre los puestos

del mercado húmedo

y nadie se inmutaba.

Menos, esos vendedores ancianos

encorvados y dormitando

como si el trajín

no fuera con ellos.



Me despierto desnudo y más joven

y sé que no amo y que amo

esta claridad rotunda que hiere.

También el umbral y el aullido

que se encuentran en dirección

hacia lo oscuro.

 

 

 

¿De cuántas formas

conjugar

el silencio?

 

¿Qué células

y músculos

son dejadas atrás,

relegadas?

 

¿Cómo consigue

una amplia sonrisa

enterrar

todas las incógnitas?

 

 

Fotografía: Peter Coulson 

 

 


 

Puntos suspensivos

en el medio del océano

y aguas revueltas.

 

Cada palabra pronunciada

contenía toda la sal y la luz

propias del momento.

 

Ningún lastre más

antes de sumergirse.

 

Escamas, pieles como seda,

salir a calentarse e invitar

a la quietud

a favor del oleaje.

 

Diviso signos

en tierra: siempre nado

hacia tu orilla

pero desconozco

tu nombre verde y maduro.

 

Después del cansancio

y la desorientación

todavía hay tiempo

para jugar

a la búsqueda del tesoro.

 

 

Fotografía: Bruce Weber

 

 

Se escribieron cartas de amor

como si el amor tuviera

hambre insaciable

de palabras y distancia.

 

Por encima de guerras y familias,

depositando su secreto

en los servicios postales,

viviendo en los impulsos

de cada mensaje

correspondido.

 

Cuando al fin se relajaron

las aduanas y la cadena del azar,

se entregaron sus cuerpos

exclamativos

como una acentuación

y un punto y aparte.

 

De inmediato volvieron a las andadas

y a separarse

según la ley del deseo

y a escribirse más epístolas que nunca

como si solo en ellas

resistiera

la pulpa cómplice y la verdad

al margen

de las convenciones.

 

 

Fotografía: Ellen Auerbach y Gret Stern

 

 

 

 

Del fondo hambriento de un violín

me llega un catálogo racional

de la dentadura con que me amas.

 

O que te sirve para ponerle un dique

a los silencios antes de que avancen

a la línea de empaquetado.

 

Porque en ese grado de residencia,

en las frutas al alcance de la mano,

sí que hay atisbo de navegación

y de luz y de dulce equilibrio.

 

Y esta mañana fría aún no he dicho cerezas,

piel virtuosa, lobos, remanentes.

 

 

 

Estabas jugando en la arena de una playa

de la costa imaginaria de Chile desde la más oriental

despedida al calor orgánico de la placidez

y los guijarros saltarines sobre las olas.

 

Un viaje intrépido por culpa de los negocios

te llevó a las páginas de Riga donde salpicaban

las ilustraciones de tu mundo coreografiado

y sin tregua con la miel de los tilos.

 

No nos llegamos a conocer nunca pero adiviné

que tus besos en el crepúsculo desvencijado

de una plaza de Lisboa resonaron en mi muñeca

cuando consultaba la hora del quirófano.

 

Por fin te encontré en los estantes olímpicos

de la antesala de Hong Kong cuando no recogía

moras ni me pinchaba los dedos y sólo las arias

me hablaban cerca como si tus labios florecieran

insomnes.

 

 

Fotografía: Amanda Baeza

 

 

Las concepciones optimistas

y positivas de la vida,

las que todavía albergan

esperanzas y proponen

soluciones para cualquier

desmán, me sacan un poco

de quicio.

 

¿Pero es que cierran los ojos

a toda esta nube de violencia

que impregna hasta la más

mínima operación de compra

y venta?

 

¿Cómo se pueden arrojar

a los escombros de la historia

todos esos movimientos

de tropas ávidas de sangre

fresca?

 

¿Por qué aceptar dócilmente

estos puntos de partida y los

privilegios adquiridos?

 

¿Es tan saludable el rechazo

a abastecerse de otras

potencialidades?

 

Ingenuidad, conformismo,

avaricia y la boca llena

de palabrería acerca

del bien común.

 

Desde la contingencia

que nos ha tocado en suerte,

cualquier opción política

parece inestable, suicida

o temeraria.

 

Y no es que abogue

por lanzarnos al precipicio

o quemar todas las banderas

desde nuestra cuerda

floja.

 

Sólo digo que observemos

el conjunto y pongamos

en práctica un poco

de ecuanimidad.

 

 

 

Si la atracción por el sexo

es un vicio desenfrenado,

 

entonces que no se juzgue

sino en los términos

de su propia enfermedad.

 

 

Fotografía: María Sánchez

 

 

 

Y poco a poco iré desapareciendo

de tu memoria.

 

Apenas un hilillo de humo,

una nube cómica o triste

a lo lejos.

 

Irás ocupando la rutina diaria

con llamadas de teléfono,

con visitas inexcusables,

con la casa solícita

de tu dosis

de realidad.

 

Todos mis escritos

irán fragmentándose

hasta la saciedad

en palabras, sílabas

y letras a medias

como un puzzle

esparcido

por la alfombra,

o arrumbado

debajo de ella.

 

No importa, en serio.

Deja que la brisa de otoño

te refresque.

Desempolva las alas

y besa.

Todo el sentido

es ahora, ya lo sabes,

frágil,

huidizo.

Más allá del espejo.

 

Yo seguiré

intuiciones parecidas,

por mucho que me enrede

con estos pasatiempos.

 

 

Fotografía: Hanes Kilian

 

 

En aquellas sesiones

de sexo, sudor y lágrimas

que ni el ventilador

era capaz de apaciguar,

sólo cabían dos escapatorias:

 

o mirarnos fijamente al cristalino

como poseídos por una rabia

incurable, chocando una y otra vez

con esa superficie del alma

tan refractaria,

 

o soltarnos la lengua locuaces

como si no hubiera secretos

y las palabras emergiesen

sin los amarres de la verdad

acicalada y pendenciera.

 

Creo que jamás nos entendimos.

Creo, no obstante, que nos amamos

como dos cuerpos siempre a punto

de una fusión nuclear.

 

 


 

No es solo

por culpa

de la edad:

estoy sereno,

lo veo nítido

y tenebroso.

 

Los procesos

tienden

a repetirse

como todo

lo que nace

y muere,

sin contemplaciones

ni medias tintas.

 

Los eventos

siguen

unos patrones

de conducta,

apenas

se desvían

de los caminos

trillados.

 

Puedes sorprenderte

por un quiebro

inesperado,

por una carambola,

por las variadas

ramificaciones

de los cuerpos

y los discursos,

pero sigue ahí

el abismo

celeste

y lánguido

de la reproducción.

 

Es entonces

cuando te preguntas

qué hacer

con tu fuerza,

con tus sentidos,

con tu singularidad,

antes

de que se sumerjan

en el fondo

embarrado

de esa corriente.

 

 

 

Por supuesto que el amor

huele y sabe y eriza la piel

y moja y caldea el ambiente

y quita el hipo y corta

la digestión y mueve

montañas si se pone

un poco de fe

en el asunto.

 

Pero que nadie

se haga ilusiones:

los síntomas varían

una barbaridad

a lo largo de tomas

sucesivas.

 

Y eso por no hablar

de los gustos

raros y caprichosos

de los sujetos

implicados.

 

Por lo demás, estoy

plenamente de acuerdo

con Safo:

"agridulce alimaña

invencible".

 

 

 

Todo individuo

lleva en sí

una caja negra

escondida.

 

En los bolsillos,

como una carta

en la manga,

con la forma

del caramelo

que zarandeamos

de una lado a otro

de la boca.

 

Cuando el individuo

va a la clase

de yoga

y está y no está

junto al resto

de participantes,

la caja negra

sigue haciendo

de las suyas.

 

Si decide ir

a la cancha

de baloncesto,

flanqueada

por altas verjas

disuasorias,

hay algo oscuro

que guía

cada disparo

a la canasta.

 

Si va a correr

solitario

y se sumerge

en la penumbra

de los bosques,

o si mira

hacia el curso fluvial

que le acompaña,

una voz lejana

sigue mascullando

a su aire.

 

Nada se escapa

a las aviesas

intenciones

que se maquinan

en el interior

de la caja negra,

pero el individuo

prefiere no darle

la mayor importancia.

 

 

 

 

Y tú me preguntas:

¿a qué sabe el amor?

 

Y yo te pregunto:

¿a qué sabe el poema?

 

 

 

El juicio crítico sobre el poema

no dejará títere con cabeza

ni absolverá de la hoguera

una rima inicial

en asonante.

 

Se segará de cuajo el corazón

para que las fibras de la sintaxis

pongan de manifiesto

la semántica sanguínea

sin que el paciente

se incline hacia un coma

terminal.

 

En una pirueta digna de arlequín

se aprovechará

la oportunidad académica

para hacer alarde

de los propios vicios

por medio de una retórica

no menos

engolada.

 

Un broche de oro

si se encumbra,

acta de defunción

si la puntilla se clava

en el lomo de quien firma

el manojo de los versos.

 

Aunque más habitual

es escurrir el bulto

y salir por la tangente

con alguna evocación

críptica y extemporánea.