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ateo poeta

 

Pienso en un globo aerostático,

con su lona a franjas de colores

llamativos y el soplete bombeando

aire cálido en su seno cóncavo,

y en el incierto devenir

al que se somete después de haberse

elevado con la primera propulsión.

 

Pienso en los planes y mapas

que trazamos con ahínco

y perseverancia, ufanos

de nuestro albedrío y capacidad

previsora, aspirando a crecer

y ensanchar nuestra corta mirada,

a entrar en contacto con algunos

de los seres mortales que pululan

alrededor.

 

Entonces veo con extraordinaria

nitidez la semejanza entre ambas

entidades al albur de corrientes

que nos mecen o empujan

con su violencia irresponsable,

y comprendo el vértigo irradiado

sobre el grueso del pasaje

que opta por no prestarle

demasiada atención.

 

 

Ilustración: Julie de Waroquier

 

 

 

 

Al apasionante mundo

de las perífrasis

se le atribuyen

inconmensurables

ventajas.

 

Y no seré yo

quien les vaya

a aguar la fiesta.

 

Por un lado se evitan

los nombres propios

(con lo cual uno puede

declarar su amor

a los cuatro vientos

sin que nadie replique

por alusiones).

 

Por otro lado

es de agradecer

la renuncia a la insidiosa

manía por definir

cada término

(a la manera de esos amantes

obsesivos que no cesan

de ponerle puertas

al campo).

 

Con la familia

de circunloquios y objetos

indirectos es fácil

mantener largas

conversaciones

(y saltar de tema en tema

como quien no quiere

la cosa).

 

Y como este recurso

no es de obligado cumplimiento,

siempre cabe administrarlo

junto a pequeñas dosis

de abiertas afirmaciones

(de amor, de principios

o de finales).

 

 

Hay palabras

que se las lleva el viento.

Y hay palabras

que caen como una losa.

 

Luego hay palabras

que hacen mucho ruido

y pocas nueces,

del mismo modo

que otras calan

hasta los huesos,

como un chaparrón

vespertino.

 

Nuestro deber

es el de juzgarlas parcial

y subjetivamente,

de acuerdo

a las circunstancias

de rigor.

 

De lo contrario,

es muy probable

que nos quedemos

con la miel en los labios.

 

 

 

Los ejercicios amorosos

pueden ser circenses

y acrobáticos,

ágiles y felinos,

depredadores.

 

En otro orden de cosas

es habitual

que se colmen

en el maquillaje

y en el guiño,

en la sugerencia

entrevista

y en el corte

y la confección.

 

Por último se hallan

efervescentes

y en su salsa,

en la lectura y la escritura

que se dedican con fruición,

en disparatados

idilios,

los presuntos implicados

a lo largo y ancho

de toda una vida.

 

De las variadas combinaciones

etílicas

de los anteriores ingredientes

se han beneficiado

numerosos géneros

literarios.

 

 

Fotografía: Paolo Fani

 

 

Nadie ha visto a un pensamiento

envejecer.

 

¿Deberíamos atribuirle una edad

determinada, pues, al pensamiento

que generamos hace muchos años?

 

¿No sería mejor decir que ha ganado

cuerpo y sabor con el tiempo,

producto de la fermentación

en nuestra memoria?

 

Harina de otro costal sería

si lo hubiésemos condenado

al ostracismo

por su disconformidad

con ulteriores ocurrencias.

 

O si el pobre hubiera mutado

después de sucesivas operaciones

quirúrgicas, y ya no hay dios

que lo reconozca.

 

¿Y qué pensar del pensamiento

pasto del olvido?

¿Quién lo rumiará ahora?

¿Erró en el tiro

o se dispersó volátil

por causa de su extrema

delgadez?

 

Y si somos algo más

que raciocinio,

¿habremos dejado constancia

de ello en algún pensamiento

pasado o seguiremos

aguardando una renta básica

de iluminación?

 

Por instinto de supervivencia

no podemos dejar de fabricar

ideas con distintos valores

nutritivos.

 

Sólo las más fantasiosas

se enorgullecen de no ser

burdas copias

de todas las anteriores.

 

 

 

 

En los cuadernillos y libretas

donde voy inscribiendo

diligente

mis anotaciones,

siempre quedan numerosas

páginas en blanco.

 

Pueden agolparse todas al final

o, con un ademán más caprichoso,

repartirse por cualquier

espacio intermedio.

 

Dentro de esta segunda categoría,

a veces marcan capítulos

al azar.

Cuando juegan a las matemáticas

pueden imponerse de acuerdo

a un patrón regular

e invisible como la tinta de limón.

 

De hecho, se imponen:

dictan su higiénico lapsus

no sea que me olvide

de respirar

entre texto y texto.

En el fondo, nunca

han respondido

a mis propósitos.

 

Un vez que desecho

el manojo de papeles

y lo almaceno con otros

que se vuelven amarillentos,

la comunidad

de páginas en blanco

adquiere una fuerza

abrumadora.

 

Se mandan mensajes entre sí,

hablan a gritos

todos sus secretos

y no me queda otro remedio

que no llevarles la contraria.

 

Cualquier día arman

la revolución

ellas solas.

 

 

Dice el vacío:

¿por qué piensas

que quiero ser llenado?

 

Es más: ¿qué legitimidad

te arrogas para considerarme

entre tus posesiones?

 

En su discurso evoca:

conozco otros vacíos

de mayor y menor medida.

 

Algunos sobrevivieron

perfectamente incrustados

en sus contenedores

durante toda la vida útil

de los mismos.

 

A otros los anegaron

con una materia

extraña.

 

No es fácil la vida

de un vacío.

 

Ni siquiera recibe

subsidio de desempleo

una vez que dejan

de hablar de él.

 

Se oyen vítores, incluso,

cuando se erosionan

y desintegran porciones

relevantes de su naturaleza

enigmática.

 

Cuánta ingenuidad.

Como si se pudiera concebir

un mundo sin vacíos.

Como si fueran el peligro

número uno.

 

Y amenaza el vacío:

¿qué excusas quedarán

para desbordarse

si se niega nuestra

virtud?

 

 

Fotografía: Edu Bayer

 

 

 

 

No sé cómo se hace

la revolución, ni me creo

la milonga

de que haya un único

prototipo

a emular.

 

Bastantes tragedias

se han sucedido

tras muchos y justísimos

alzamientos

populares.

 

Permanecen, en todo caso,

los panes y las rosas,

y llenarse las manos

de soberanía.

 

Más complejos serán

los algoritmos

que le confieran esplendor

a los oscuros ideales.

 

Lo que sí sospecho

es que no disfrutaremos

de la fiesta

sin antes desbrozar

los tortuosos caminos

que nos quedan

por recorrer.

 

 

 

El tiempo vuela.

El cuerpo se irá despidiendo

a su ritmo

aunque un mal día

la lucidez se cancelará

de repente.

 

Aún no me explico

por qué combatimos

con tamaña violencia

y desenfreno.

 

Dándole coba

a ese espejismo de seguir

anclados a la vida.

 

O dicho de otro modo:

sexo, drogas y rock´n´roll.

 

 

Fotografía: Nobuyoshi Araki

 

 

Hablemos

de lo que sedimenta.

 

Una vez que los libros

se han ido desperdigando

y quedando atrás.

 

Con estas leves

alforjas:

 

¿cabe otro círculo

entre el deseo viejo

y lo incipiente?

 

Hablemos

largo y tendido.

 

Pero en un abrir y cerrar

de ojos: en compensación

de las fallas.

 

¿Por qué rehuir

al espesor de lo oscuro?

 

 

Fotografía: Paolo Fani

 

 

 

 

 

 

Viajar hacia atrás:

 

flaquea la memoria

pero es muy probable

que yo también escribiera

sobre el futuro.

 

No sólo las islas.

 

Somos vulnerables a un mar

de antojos de primera

necesidad.

 

Mis miembros

han permanecido vinculados,

no obstante. A pesar

de la inconstancia.

 

Tu aprobación,

tu castigo cíclico.

 

Granadas y diciembres,

marfil incorruptible,

una voz huérfana

repercutiendo.

 

La inercia lenta

de lo que va a morir:

no admite moralinas.

 

Eras fértil e ibas de excursión.

 

Nos hacemos cargo.

 

Por este tiempo no remunerado,

por esta reproducción

de la dignidad atroz

y deslumbrante.

 

Lo invisible y prolijo

no se relega ni se mancilla.

Y yo estoy conforme.

 

 

De nuevo en la casa quieta, muda,

aireándola con la brisa de la noche

y la luna fría, añadiéndole un poco

de murmullo, los recuerdos fragantes

del viaje, noticias de otro mundo

que no es tan distinto si lo miras

de cerca a los ojos, temblando,

el saldo de sosiego que te mereces,

la zozobra que te rodea, unas pocas

palabras con las que alimentar

el cuerpo insatisfecho y dormir

como si las paredes gozasen

del don de la transparencia.

 

 

De modo tal

que no dudases

en amarme:

anhelaría escribir.

 

En detrimento

del azul. Sabes

a estigma. Lo que

se ahonda,

el nicho que

reconcilia.

 

Hay dulces sobre

la mesa.

 

No perecen. La

edad es

ficticia. En

consecuencia, no es

preciso esperar,

mientras tanto.

 

Musitar: el

amor se observa

y nada equivale al

dogma,

abrir paso a las

lenguas

que trabajan insomnes.

 

En la esfera rota

dormías y la cáscara y

la curvatura

estudiamos. Casi

dentro, gemir, donde

la tez oriental.

 

Qué

incongruencia, la

mañana,

impacientes. El

espejo ebrio, la

sangre que

fosforece.

 

Declinar los

verbos en

suspenso. La

púrpura, que la vida

no sea más una

lucha contra

el tiempo, y

vuelvas. Y a

favor de una

resistencia tras

otra.

 

Sin solución de

continuidad. No

todo es follar, pero

qué bien se

estremecen los

precipicios.

 

Sin rodeos, hermana

nativa: añádele

tú los adjetivos, las

líneas tangentes, los

confines de los ligueros,

la nieve

abrasadora.

 

 

 

 

 

Toda perturbación comienza

cuando el niño tiende

a besar en la boca

y fuerzas de todo signo

se lo impiden.

 

Después ocupamos

nuestra capacidad oral

con todo lujo

de entretenimientos.

 

 

Fotografía: Daido Moriyama

 

 

 

 

Fomento de la escritura:

 

sólo leo los libros

que me gustaría

escribir.

 

 

Fotografía: Larry Larsen

 

 

 

Los motores de los aviones

ya no rugen como antaño

lo cual ayuda al éxtasis

de las nubes

y de los ocasos irreales

que se vislumbran

por la ventanilla.

 

Los termómetros informan

de los cuarenta y siete

grados bajo cero

en el exterior

de la cabina presurizada.

 

La velocidad de crucero

asciende, en este mismo

instante, a la friolera

de 899 kilómetros

por hora

y no sé cuántos pájaros

habrán perecido

en su transcurso.

 

Otros indicadores

apenas añadirían nada nuevo:

hemos volado muy alto,

la soledad puede ubicarse

en todos los puntos cardinales

y toda precipitación

augura algún tipo

de batacazo.

 

 

Fotografía: Elo Vázquez

 

 

 

 

Querer comprender.

Esa forma de resistencia

a la muerte,

de entusiasmo moderado.

 

Y preferir

a quienes padecen

la misma obsesión.

 

Desde ese lugar en vilo

donde no se hace pie.

 

Querer comprender incluso

la infamia y, más que nada,

la evitable.

 

Y preferir

a quienes se sobreponen

a la tristeza.

 

 

Fotografía: Niebl Mirella

 

 

 

 

El cielo inmenso y despejado,

absorbiendo la luz y los rostros

de la ciudad que nunca podré

abandonar.

 

Pienso en todo el amor que cabalgó

sus calles,

en todos los hilos que quedaron

pendientes,

en el fin de la tarde hipnotizado

por el estallido de las nubes.

 

Volver y no volver.

He conocido formas de huir

que no se sustentaban en ningún suelo.

Formas de llegar.

Expediciones.

 

Y tú atesorabas una persistencia

en los labios.

 

 

Cambian las modas,

el corte de las faldas,

las transparencias

de las blusas,

la longitud y los ribetes

del peinado,

las holguras y los abalorios.

 

Permanecen las espaldas

secretas

y los pechos gloriosos,

la torácica vibración

y el ardor de los labios,

la juventud sin edad,

las palabras húmedas

y exactas,

el amor a los pies.

 

Aunque nos desconcierten

sus caprichosas

elecciones,

las esencias no suelen

andar desnudas

en la intemperie.

 

 

 

De todos los fracasos

(y de algunos intentos

sin víctimas que mentar)

siempre se aprende,

para qué negarlo.

 

Ahora bien,

no me solicites consejos

pues podrían llegar a ser

simplemente

demoledores.

 

 

Fotografía: Mona Kuhn