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ateo poeta

 

Sale del ruido

y de la niebla.

 

De la luz abundante

y de la remisa

a la plenitud.

 

Emerge, un temblor,

balbucea.

 

Exceso de verdad

y de cuerpo

y contención.

 

Cómo iba a engendrar

tal gozo un plan

preconcebido.

 

 

Fotograma: Kaneto Shindo

 

 

Espíritu de isla

y de puente levadizo.

 

Resides inconforme.

 

Contrato temporal:

crisálida y emergencia.

 

Quién no ama la lírica

soledad. Quién no

en blanco y negro.

 

Usufructo mínimo,

después entregarte

como nodriza.

 

Qué otra recompensa.

Hebras y nudos.

Continentes.

 

Conjugación de la materia.

 

 

Al hombre que ve doble,

al hombre que ve en llamas,

no le juzguéis con la fusta enmohecida

del castigo divino, nadie se merece

tal rasero ni claveles de un día.

 

Postergad el heroísmo. No os dañará

más el cuidado de las únicas aves

que nos resucitan. Permitid

que el asombro del vástago y de la madre

del rey solar y de la estirpe más ajena

inunden vuestras pupilas incrédulas.

 

Ya hemos contemplado suficientes

siglos de terror. Urgen antídotos. Hierbas

aromáticas en maceración con la palabra

tibia y los nombres ensortijados. O es que,

acaso, puede la virtud del mamífero sin

extinguir, remontar la pendiente.

 

Las elevadas estribaciones del anhelo.

La fe que se calcina en la lava punto y final.

La traición a la masa de pan que alimenta

a charlatanes y a físicos nucleares.

Amad a los seres huraños, tocad apenas

su desapego de lo tangible. Esa riqueza

sin saldo.

 

Hoy debo horadar un féretro de lamentaciones,

no me reservo otro quehacer leal a lo celeste.

El carbón de vuestras manos, los rostros

albos, el malestar moral que te lleva

a lo exhausto del lenguaje, los doy

por descontado.

 

 

Fotograma: Dziga Vertov

 

Ni sin piedras,

hay alturas y simas

que persisten.

 

Sequedad,

la luz escorándose

hacia los pájaros mudos.

 

Breve exilio.

Márgenes espaciosos

para la conducción.

 

 

 

Esas arias de Vivaldi con mujeres

de pelo largo y dulces sonrisas en las portadas

pueden regalarte unas horas de gloria,

esa epifanía.

 

Haces tus deberes, lees lo necesario, rebotas

unas cuantas informaciones. La música sacra

puede ser muy funcional.

 

Pero mi reino es de este mundo. Sin unas dosis

de rock´n´roll, sin el desgarro y la agitación,

sin la sensualidad hasta los límites de las costuras,

me entra un sueño invencible.

 

Alma negra y desmelenada.

 

 

 

En ausencia de sincronía:

mirar oblicuo,

eludir las fricciones.

 

Qué magnitud más adecuada

a este cielo y a este cuerpo.

 

No deriva ni inmersión.

Sólo luz brotando.

 

 

Fotografía: Stanko Abadzic

 

 

 

Qué palabra se resiste

a un significado hueco.

 

Albergue del amor a dentelladas.

 

Claridad y éxtasis,

no monsergas.

 

 

Fotografía: Imogen Cunningham

 


 

Preferí imaginar que no

te desnudabas completamente,

que no había tiempo que perder

y los velos prolongaban la habilidad

de mis extremidades.

 

Tu luz celestial agitándose

a ráfagas, de rodillas sobre mi cuerpo

rendido, ajeno, absorbiéndote hasta

la saciedad. Mujer púrpura, mujer tuya,

mi tristeza no tiene cabida.

 

Por muy lejos, por muy oriental, por

mucha sed que revele la arena blanca,

es una epifanía cada culminación.

Nada que no puedas abrazar. Minerales

y espaldas que amas.

 

Cómo maduran esos rostros suaves,

esa tez besable que auspicia una

respuesta. Ibas hacia el crepúsculo

y nadie se opuso a tus vicios.

Destello lácteo, exhaustivo.

 

Portentosa maternidad, nacarada.

Me enrosco a ti, ya muera la noche,

queda agua.

 

 

 

Los momentos vacíos,

cuando piensas en el sufrimiento

de toda esa gente ultrajada, desnutrida,

susceptible a que el milagro de lo inmenso

se cancele súbitamente, sin compasión alguna.

 

Tanta crueldad. Injustamente. Siempre

a tu lado.

 

 

Ilustración: Robert Hardgrave

 

 

Si no hay idioma,

hay lejanía.

 

Un cerco, solo piel

y respiración.

 

Nado entre muchas

distancias. Se oyen pasos.

 

Me pregunto si mis

íntimas nociones irán

evaporándose gota a gota.

 

Si una pérdida conlleva

un premio que adivinar.

 

Y cuántas anomalías

sucediendo antes, pronto,

indiferentes a que culmine.

 

¿Cómo orientarse

en un mundo

que se disipa?

 

¿No bracean igual

quienes creían en lo sólido

y el arraigo?

 

Tarde o temprano,

las certidumbres

pierden su perfil.

 

Esos arbitrarios

nombres propios.

Mientras tú converses

conmigo.

 

 

 

 

¿Para qué echar la vista atrás

de lo que fuimos si nada vuelve?

 

¿O sí?

 

¿No permanece insidiosa

y lenta esa memoria de los puntos

de inflexión donde lo apostamos

todo a un amor aunque podía haber

sido otro el elegido?

 

¿Qué anhelamos? ¿No es lo mismo?

 

¿Para qué echar la vista adelante?

 

¿Volvemos a lanzar los dados

o nos conformamos con sonreírle

a la suerte?

 

 

Fotografía: Ana Nieto

 

 

¿Has olvidado tu sombra

en alguna verde pradera con el mar

rugiendo de fondo, donde lo vulnerable

no tenía cabida en el silencioso diálogo

que mantenías con su majestad

el precipicio,

 

y los animales alados seguían

a lo suyo y en esa arrítimica geometría

ya solo esperabas que una brizna te acariciara

las mejillas, algo sólido bajo los pies, membranas,

vértebras, ojos abiertos y vacíos y llenos

y cansados porque era el momento

de ponerle fin al dolor, de ayudar a que

siguiera su curso y sedimentase como

corresponde a su propia naturaleza

y quién soy yo,

 

y qué puedo alterar

de todo ello, con qué derecho si

los tifones y los cráteres y el resurgir

de esa peligrosa capacidad de extasiarse,

como si todo fuera tan sencillo?

 

 

Fotografía: Ana Nieto

 


 

Un ejercicio de gratitud

como forma de extinguir

los residuos de la nostalgia.

 

Una cura de humildad, el reflejo

de la sed, la calma que me pide

el cuerpo entre tanto trasiego

de contradicciones.

 

Y la ciudad brillante, magnética,

que me inunda porque alma

no espero.

 

 

 

¿Cómo se acepta la herida?

¿Del mismo modo que la erupción

y la vuelta a la amalgama?

 

Los animales de sangre caliente

observan circunspectos.

Lo que duele es la memoria alerta

al fondo de la oscuridad.

 

Yo también quise arrancarle al color

lo voluptuoso del tiempo falso. Vacaciones,

ceremonias, libélulas.

 

¿Cómo se nombra al exterminio

de los cuerpos metálicos que obstruyen?

¿Quién se atreve a perdonar

la tibieza una y otra vez reversible?

 

Un santuario detrás de la lluvia,

un motín.

 

 

 

Por alguna extraña razón

se congregan en el mismo claro

del parque.

 

Las cometas se enredan en las copas

de los árboles o los hilos que las unían

a la tierra con unas manos

y un aliento,

se entrelazan con una fatal

consecuencia.

 

Las que sobreviven a la fragilidad

del ascenso se persiguen y besan,

otean su propio horizonte

y algunas deciden alejarse

infinitamente,

para siempre.

 

Entonces sabes que lo más bello

nunca te pertenecerá.

 

 

Ilustración: Julie de Waroquier

 

¿Qué otro ángel podría haber

sino aquél deslizándose

sobre el hielo?

 

Mi vida sería zafia y obsoleta

si no fuera por esos ademanes

delicados, pidiéndole permiso

al aire.

 

Existen el vuelo y la luz.

¿Por qué iba a declinar

lo maravilloso ahora

que se fortalece?

 

 

Primero nos pidieron

la contraseña.

 

Después nos dijeron

que no era una contraseña segura:

debíamos reforzarla.

 

Más tarde nos advirtieron

de la nueva normativa

en materia de contraseñas:

deberían ser ininteligibles.

 

En la siguiente vuelta de tuerca

nos obligaron a memorizar

varias contraseñas

ininteligibles y siguiendo un orden

que ningún robot pudiera adivinar.

 

Un día llegó un aviso urgente:

las contraseñas serán modificadas

regularmente, cada pocos meses,

semanas, días o, mejor, cada vez

que se solicite el permiso de acceso.

 

El laberinto de las múltiples contraseñas

que se bifurcan instaló nuevas

alambradas, trincheras y cortafuegos

a lo largo y ancho del continente

cognitivo en el que pretendíamos relajarnos:

nuestro dinero no estaría a salvo, perderíamos

nuestra valiosa información, nos infectarían

de destructivos virus que darían al traste

con nuestra carrera, listas de contactos

y recordatorios de los lugares favoritos.

 

Antes de que todo eso ocurriera, alguien

debería haberse formulado la pregunta

pertinente.

 

 

Fotografía: Wayne Miller

 

 

 

Ese país de guirnaldas, farolillos rojos

y lámparas de papel de arroz.

Ese país de inciensos y combustiones

que despojaron de sus fragancias

a las brisas benefactoras.

Ese país de enigmáticos abismos

tras los ojos dolientes, las pieles tersas

y ajadas enseguida por la compulsión

de la faena, los chubascos

monzónicos y el delirio de las amapolas.

Ese país que vuela a lomos

de mitologías ancestrales

aún encarnadas en los labios

de los egregios miembros del partido.

Ese país que pienso oblicuo

y horizontal, con sombras en sus flancos

y sus nieves perpetuas, lejos y dentro,

donde nace el remolino.

 

 

Fotografía: Carmen Acero

 

 

 

En una orilla en penumbra o en las calles

cansadas de una ciudad milenaria.

Los besos almibarados, los besos con la ternura

irrepetible y generosa como una noche cálida

o ebria o, simplemente, amarga.

El tiempo perdido o descuidado, tal vez omitido

de las declaraciones y filigranas que enredan

la vorágine del vivir al día

y sus interrogantes en suspenso.

 

Esos que presienten el confinamiento entre

lo azul y lo etéreo, la proximidad

de los pies sobre la tierra.

 

 

Fotografía: Bruno Barbey

 

 

Es un mar vertiéndose por encima,

a jarros, fuente de esa pátina verde

de lo circundante.

Tus cabellos pródigos y voluminosos

calmaron el tráfico de mercancías,

ese destino al que se niega el sueño.

Y su lenguaje jurídico,

extremidad involuntaria.

 

Ayer no significa, es como esa cortina

de agua, rostros, infancia,

un dulce amamantar lo imposible.

Transfieren su saldo

a un paraíso de luminosa

quietud.