Yo no sé de pájaros,
no conozco la historia del fuego.
Pero creo que mi soledad debería tener alas.
Alejandra Pizarnik, Las aventuras perdidas, 1958
Fotografía: Stanko Abadic
Yo no sé de pájaros,
no conozco la historia del fuego.
Pero creo que mi soledad debería tener alas.
Alejandra Pizarnik, Las aventuras perdidas, 1958
Fotografía: Stanko Abadic
Quizá todo se reduce a la orquídea,
a la extraña paz que trabaja incansable
por hacerse oír.
Utiliza la lágrima huérfana
y el vuelo transcontinental.
Ya no envía misivas aunque se interroga
acerca de los caracteres chinos
que designan el astrolabio.
Nostalgia del futuro que no padece
y que prescribe los viernes.
Veo un trayecto de pétalos.
¿Dónde descansarán los nombres
sin eternidad?
Ilustración: Alberto Mielgo
No hay otro camino
que perder el camino,
experimentar la turbación,
las señales confusas,
la renuencia del sol a guiar.
Nos han conducido
por demasiados caminos trillados.
Los puntos de llegada se desvanecen
y desintegran atómicamente
en cuanto se alcanzan.
Olvidamos perseguir
la flor de loto que calme
el dolor, el nicho de seda
que sacie el sueño.
Memoria. Flotación.
Transparencia del rojo.
No rendirse a lo vigente.
Ilustración: Guido Crepax
Tiburones. Dicen que hay tiburones en estas costas, muchos tiburones. Probablemente más con corbata y en sus pisos de lujo, ascendiendo cada día -y descendiendo, tanto tiempo perdido- varias decenas de alturas en edificios acristalados y los domingos sacando a pasear sus coches supersónicos que solo pueden aparcar después de ir en procesión, pues los atascos de Hong Kong son antológicos, aunque algo más fluidos durante el fin de semana, es decir, el domingo, pues el sábado se trabaja oficialmente y el domingo no menos, extraoficialmente, según el parecer de todo cuerpo humano asustado por el vértigo de un despido sin subsidios ni indemnización o por una jubilación en el más miserable abandono de todo vínculo social. Tiburones y superricos. Peceras y superpobres. Es una ciudad de contrastes, qué duda cabe. Torres escuálidas y con fachadas de colores pastel, descascarilladas en muchos casos, punteadas con la emergencia improvisada de las cajas de aire acondicionado. A su lado: torres anoréxicas con apartamentos de lujo, no mucho más amplios, pero con porteros y guardias de seguridad en las entradas, denominaciones grandilocuentes de los complejos e iluminaciones despampanantes en los recibidores. Lo viejo que no acaba de morir. Lo nuevo que no deja de nacer. Y algo se quiebra entre los dos extremos en constante fricción. Y los tiburones que no dejan de acechar. Todo lo viejo puede ser renovado, transformado, revalorizado, sólo hace falta mover los resortes adecuados. Acallar las voces discordantes. Colocar el cartel más vistoso en lo más alto. Alinearse con la imagen del consenso, del neón y del skyline inimitable en todo el sudeste asiático. Atraer a los tiburones de China que son la fuente de las inversiones ahora. Pagarles un mínimo mensual (que en la práctica se acaba convirtiendo en un máximo) de HK$ 3920 (unos 392 €) a las mujeres filipinas e indonesias que trabajan como internas en el servicio doméstico, veinticuatro horas al día, seis días a la semana. Después, el domingo, extienden sus plásticos y sus cartones en las plazas, en las aceras y en los parques, se visten sus mejores galas y bailan o flirtean con los pakistaníes o hindúes que las cortejan. A fin de cuentas, los tiburones que merodean por las playas, sometidos a un escrutinio profesional por los vigilantes de las mismas y alejados de la carne fresca de los bañistas gracias a las mallas metálicas que (en teoría) los repelen, quizá no sean tan peligrosos.
Fotografía: Miguel A. Martínez
Peces de colores,
de muchos colores,
atrapados en sus peceras
con sus aguas finitas y
transparentes.
No entienden por qué
son fruto de admiración,
por qué inspiran sentimientos
de elevada generosidad
o de una paz oceánica,
y qué pueden significar
tales exclamaciones.
Tan solo están ahí rodeados
de unas algas simbólicas,
de los ojos atónitos y pasajeros
y de un mundo incomprensible,
refractario, lleno de colores,
de muchos colores,
y de otro tipo de peces
de distinto grosor
morando en peceras
de un tamaño tal vez
algo diferente.
Ilustración: Henri Matisse
Otra generación, cincuenta años más repitiendo los mismos gestos, construyendo artefactos, logrando que se abran lagunas de sueños en el áspero imperio del asfalto. Aquel hombre que regentaba el taller de bicicletas con la solera de su oficio y su inglés básico pero riguroso en los términos, logró arrancarnos un hilo de ternura. Lo había heredado de su padre, desde la infancia, nos dijo. Apenas dos huecos en una fachada con tiendas anónimas y envejecidas. Dos minúsculos cuchitriles colmados de herramientas e ingenios almacenados casi hasta el techo. El precio del metro cuadrado manda más que nada en esta urbe. Una autopista elevada, uno de esos corredores de alta capacidad que conducen directo al aeropuerto, justo enfrente, haciéndole sombra. Cincuenta años delante de esos pilares de cemento y de millones de coches cruzando por sus pupilas inmunes, concentradas en los engranajes, los rodamientos, el aceite lubricante. Ningún mueble era nuevo, no había ni la más mínima concesión a objetos decorativos y superfluos. Y, sin embargo, cada cosa tenía su lugar. El trabajo afanado, constante, hábil y templado, sin excesos de optimismo ni de tristeza, iluminaba más que todas las lámparas. Su hijo, aún adolescente, observaba las operaciones y supongo que admiraba cada obra. La mujer se acercó a nosotros con una calculadora plastificada para mostrarnos el precio sin lugar a dudas. Al final de la transacción, después de conversar, fue cuando remarcó que llevaba cincuenta años en el negocio, aunque esa palabra -"negocio"- ni siquiera se asomó a sus labios. Nos fuimos contentos, con todas las articulaciones de la bicicleta ajustadas y engrasadas, ya al filo del crepúsculo. La ciudad, al final, no está tan llena como registran en bruto las estadísticas, siempre quedan algunos espacios más diáfanos que otros. Como si descubrirlos y recorrerlos fuera lo que nos concede alguna identidad posible. Y pedalear por ellos es el regalo de tiempo que nos entusiasma y levanta el ánimo cada día.
Fotografía: Carmen Acero
Desplazarse entre una multitud
que se ciñe a las infinitas causas
del silencio.
Invocar lazos minúsculos,
la brusca parálisis
del tiempo ajeno.
Una bebida dulce de crisantemos.
Funerales con el lapso probable
de las estaciones que se manifiestan,
aún en su levedad.
¿Por qué siempre pongo a prueba
la aleación?
¿Por qué aceptamos lo extraño
como si el temblor fuese a llevarlo
todo a la cresta de una ola?
Fotografía: Miguel A. Martínez
¿Serán golondrinas estas aves
que merodean frente a mi ventana
en el piso vigésimo tercero
de esta torre anoréxica
de Hong Kong?
¿Qué sustento poseen
las categorías y clasificaciones
que creímos universales
antes de experimentar
la deriva?
¿Y qué vigor
ante un horizonte
de melancolía?
Fotografía: Miguel A. Martínez
¿Por qué nos hipnotiza
lo artificial y lo abstracto,
por qué esa ausencia deplora
el relámpago hábil de la mano,
la voz que sonríe con su ámbar?
Cadenas de la noche, hermetismo.
¿Dónde se aloja la dulzura?
Inconsistencia.
Hasta el orden pestañea y los seres
acuáticos reúnen un pequeño tesoro
de un valor incalculable.
Fotografía: Miguel A. Martínez
Una manada de nubes grises,
como elefantes,
se acerca a paso firme.
La temperatura es alta, superior
a los treinta grados, un bochornoso
calor húmedo.
Apenas arrecia la descarga
de lluvia por unos minutos
y se disipa la turba, guareciéndose
bajo las cornisas.
Empujada por un aire invisible,
la masa algodonada del monzón
se dirige hacia las cumbres protectoras,
permitiendo un clarear
hasta que las autoridades avisen
al turno siguiente.
No he visto los élitros de las mariposas
por ningún lado.
Fotografía: Miguel Martínez
Filosofía del rascacielos.
Ya estaba todo el pescado vendido.
No quedaban solares, ni hortalizas,
ni vetas sinuosas y rebeldes
de agua que cementar.
Todo abocaba a habitar el aire
y acariciar las nubes.
Querían vivir juntos.
Nadie tenía vértigo
o se domesticó en tiempos
inmemoriales.
Abigarradas edificaciones,
rozamiento de los cuerpos
en el transporte público,
miradas ausentes
y fondos sin tu luz.
Atisbar un gesto
de amor exclusivo
en el crisol de tanta humanidad
concentrada.
Bajaré al parque municipal
a contemplar las armonías.
Fotografía: Miguel A. Martínez
El idioma se bifurca.
La luz, una inundación
que puede cegar.
Desde las nubes alguien
intuyó otro desierto allí abajo.
Y nadie reparaba en el tiempo
implacable.
Amamos una declinación
tan breve.
¿Quién puede contradecir a un beso?
La belleza del ciclista
cuando maniobra
para conservar el equilibrio
hasta que el semáforo
se pone en verde.
Su danza
en la primera línea.
Fotografía: Stanko Abadic
Tengo un sueño.
Bebo vino.
Siempre hay música en mi cabeza.
Juego con unas niñas
y nos reímos mucho.
La brisa del crepúsculo
me refresca.
Deseo.
De una manera ambigua, indefinida,
pero sé que deseo.
Veo un jardín de flores
lilas y azuladas, parecen olas.
El carmín en los labios me atrae
por más que lo niegue.
Pienso en un mar en calma,
en tiempo para escribir.
Un tiempo precioso.
Ya no me duele nada y me alegro.
Tal vez es la ebriedad.
O el placebo de las palabras
clandestinas.
Deposito unas monedas
en la hucha de los secretos.
Me fijo en la ranura
tan simbólica.
Pero el contenido es muy
transparente, sin hablar apenas.
Ella me observa,
de todos modos.
El viaje onírico remite.
Me incorporo mas el rumor
de lo imaginado sigue conmigo,
no quiere perecer.
La vida continúa
con sus objetos sin voluntad
y con todos los demás seres
aleatorios.
Fotografía: Jean Loup Sieff
No era una mentiroso,
sólo incurría en contradicciones.
Ilustración: Maria Mjöllnir
En aquellas ocasiones en que hablaban conmigo tan sólo con interrogaciones, me sentía incómodo, como un falso protagonista. ¿Quién definía los propósitos de las preguntas? ¿Por qué se exigía mi participación? A menudo podía pasar desapercibido, observando lo justo, degustando el fluir del tiempo y los detalles nimios del entorno. No sé si era una especie de regalo o casi una necesidad fisiológica, pero esos momentos de vida social, al menos, rompían con la rutina y el ensimismamiento. Lo peor sucedía con motivo de celebraciones, despedidas y otros eventos en los que arreciaban todas esas cuestiones convencionales sobre el trabajo, la familia, la hipoteca o las noticias de actualidad. Si no eran muy impertinentes, tendía a escabullirme detrás de una sonrisa o de respuestas cortas y esperables. ¿Para qué ir de extravagante? ¿Es que deberíamos ponernos a jugar a otra cosa en vez de representar la misma farsa de siempre? ¿Por eso descuidaba las amistades y apenas llamaba durante meses, por temor a ese espejo reiterativo y absurdo? Otras veces las conversaciones se cruzaban e interrumpían mutuamente, como si nadie tuviera interés en que alcanzasen alguna meta con sentido. Era desesperante pero, incluso ahí, lograba alejarme un poco del ruido gracias a algunas interjecciones de asentimiento o al mutismo que, probablemente, daba una imagen de mí bastante deplorable. Sólo el baile y la risa tonta me permitían evadirme de la cacofonía reinante. Es como cuando te quitas las gafas y todo alrededor continúa a su ritmo sin que nadie se percate de tu carencia de dioptrías.
Fotografía: Stanko Abadic
Los objetos no nos pertenecen.
El alma está hecha de objetos
de todo tipo, por muy intangibles,
perecederos o voladores y no
identificados que nos parezcan.
El alma no nos pertenece.
Hacemos mudanza de alma
y los sentimientos siguen ahí,
simbióticos, parásitos, esperando
su turno en un nuevo paisaje
sin temor a la indigencia.
Somos, sin duda, una materia
muy frágil.
Ilustración: Maria Mjöllnir
Ahí se queda,
te ofrezco su lectura,
una línea de fuga, algo
con lo que entretener
las yemas de tus dedos,
para que hilvanes
en los márgenes,
para que respires
con alevosía,
por si buscas un nombre
propio con el que indicar
lo clandestino,
tu particular manera
de recuperar el tiempo,
de crearlo, de cabalgarlo
a expensas
de los placebos y simulacros
de felicidad.
Puedes ahorrarte
los comentarios, me conformo
con tu placer en secreto.
Ilustración: Andre Dahmer
El silencio
que antecede
y asedia después
a cada palabra
pronunciada.
El silencio sin el cual
la palabra vive ajena
al significado.