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ateo poeta

 

Te respiro aquí.

No tardes.

 

 

Fotografía: Henri Cartier-Bresson

 

 

Me aferro a tu abismo

y nunca caigo lejos de ti.

 

 

¿Qué es un día feliz?

 

¿Será uno de libélulas y de ventanas abiertas?

¿Uno en el que los edificios mantengan

su ángulo recto y no haya que pagar por nada?

 

Tal vez un día en el que no falten las raciones

de ternura, la brisa surtiendo al rostro óptimo,

los polígonos infinitos del aleteo.

 

O uno donde conjurar el tedio y la exactitud de

lo lacerante. Donde suspender en el aire frío

los terrones salados de la ansiedad.

 

Uno sentado y plácido junto al agua, aspirando

el vapor de agua, al cobijo de tu sombra húmeda

y de tus gestos alegres como ave del paraíso.

 

Uno donde perseguir tus mechones dorados

por las vetas y los intersticios. Un día de dulces

piñones, con el gas de la transparencia, en

actitud circunfleja, en tu hombro vernáculo.

 

Un sábado o un domingo reunido con el perfume

de tu deseo, libando flores antes de su defunción.

Un día libre y esclareciendo los secretos del

taxidermista. O uno como oasis sin pronombres

ni prejuicios ni sentencias absolutorias ni

sentimientos de culpa.

 

Un día bronceado con el disfraz plateado del

silencio, una situación anómala y voluntaria

para recibir tu ambrosía a tragos. Un día

liminar, el nadir, un oso blanco confundido con

la nieve blanca y con un cielo que duele.

 

 

 

Aunque suscita consenso general

su avance imperturbable, del tronco

del tiempo pretendemos extirpar

virutas insólitas de sentido, fragmentos

leves que germinen en la pared

austera del precipicio.

 

Desgajamos el espejismo pálido

de lo finito: reuniones involuntarias

para paliar el imperio de los helechos

y de los objetos pequeños. Nada

augura que un dispositivo salvavidas

marque la contradanza.

 

 

 

Oblicuamente mengua la purpúrea ley cenital.

Adquiere existencia un linaje obsequioso.

 

Me incitaste a la preclara visión

del contrapunto y a cometer el beso.

 

Fotografía: Cintiamassafra

 

 

Hasta encontrarme, frente a frente,

con todas las metáforas de la lucidez.

 

El viaje no tiene otro fin:

desprenderme de lo sólido, no lastrar

la regla.

 

(Hallar, de nuevo,

la justa proporción.)

 

 

 

Depredando, en suma, las filigranas de un aire tibio.

Iconos menos iguales caen vencidos por el ojo que crea.

 

Al considerar los afectos mudos: qué nombres los revisten.

 

 

Fotografía: Henri Cartier-Bresson

 

 

un poema de Antonio F. Rodríguez Esteban

un poema de Antonio F. Rodríguez Esteban


me siento aire, dice
ya virado a penumbra, a leve cosa, argamasa
leve de realidad
en lentitud la lengua arroja
virutas del decir
contrafuerte y nunca de quien mira
-para sostener el aún en su nervio vivo, brasa
aunque del fuego no-

se sabe: madura de alegría el fruto oblicuo

interrupción sísmica
en el siendo apenas de las cosas
nada queda o crecen líquenes

manan adverbiales
en hilo espectro

cunde en hueso nana lobo
sabor apenas

se sabe: dulzura aquieta mundo

de la madera, dices, no esperar sino secreto
arrullo de la voz, nervadura
negra de lo vivo
negra madera madre

se sabe: lo percusivo salva, ritmo
basáltico despierta afectos:

un aliento, una imagen: la ternura
exacta de la carne o esta vida
exacta de luz y adentro

lo escrito en el árbol único
sin temblor
sin tacto
sin esplendor geométrico al dictado

me siento aire, dice
y una sonrisa le abre el rostro
en lento enjambre o barro lento
donde apenas desmesura

dulce lumbre ahí

donde apenas

 

Antonio Francisco Rodríguez Esteban

 

Fotografía: Marc Ribaud

 

 

 

 

Que se hilvana áurea en lo invisible.

Que tiende a desmigar las secuencias aparte.

 

Tu mano cálida bautizando mi mejilla.

 

Respiración, un poema de Vicente Gallego

Respiración, un poema de Vicente Gallego

 

Respiración, primicia

de la vida intangible, vigor hondo

que pellizcas la piel y la conmueves,

suero de la pureza, liana clara

por la que baja a ciegas

el hombre de su abismo y se acalora

en este rico valle de los vientos.

 

Te haces ritmo en la ola, en la montaña

pulmón grande y tranquilo,

porque todo lo envuelve la cadencia

con que a compás avivas este mundo,

fuelle de la verdad.

 

Respiración desnuda,

tú que veías el sueño con la hoja

de tu leal espada,

cúranos las heridas del cansancio,

enciende nuestro amor con tu jadeo,

y cuando prenda el fuego, la iracundia,

refresca, dama sabia,

la cabeza tozuda, tú que eres

corola del sosiego,

condensación del bien,

decir del corazón.

 

Vicente Gallego, Mundo dentro del claro (2012)

 

Fotografía: Jacob Aue Sobol

 

 

 

 

 

Hoy es mi cumpleaños.

El número 42, en cardinal.

Soy consciente y el día es luminoso.

Estas fechas tan señaladas siempre me generan

un cierto extrañamiento.

Como si un individuo muy serio te parase en la calle

y dijese en misión oficial: recuerda, es tu turno.

 

Pero sé que la vida es solo inercia

y ahí enfrente las aguas espejean la inercia

y yo sólo estoy en Berlín, leyendo en la ribera del Spree,

como si me hubiera refugiado aquí por inercia.

Y hay grúas y una chimenea blanca con su humo blanco

al fondo a mi derecha y la hierba mullida de color esmeralda.

Y la gente pasea muy cerca de mí con sus idiomas distantes.

Se acaricia, se descalza, ama sus cervezas.

 

Si creyera en la ciencia estadística, 42 años me sugerirían

un ecuador, una breve encrucijada, otro callejón estrecho.

Lo único cierto, empero, es que siempre andamos

a la orilla del abismo.

Que escribimos para interrumpir lo inevitable

y escuchar a los animales.

 

Es un domingo inusitado

para estas latitudes. El verano es corto.

La temperatura suave, lindando lo sublime.

Pasa una canoa.

Un gorrión merodea alrededor de mis pies.

Casi cae de su bicicleta uno de esos niños rubios.

Es posible que se fijen más en mis rasgos latinos

que en el número 69 inscrito en mi camiseta.

Unos jóvenes teutones se burlan de un hombre rumano

o turco que recicla botellas.

No verán el partido de fútbol porque su selección ha sido

eliminada y sus bancos seguirán cobrando nuestras deudas.

Parecen felices con su frívolo bienestar.

Por qué luchar.

Para qué seguir viviendo.

No sé si llegarán a preguntárselo.

 

También son lujos

mis alegres extravíos.

Sonreír, inaugurar un mes cálido, tomar algunas frutas

del racimo de la plenitud.

 

Cada 5 minutos circula uno de esos trenes incombustibles

cruzando el puente en forma de media luna.

A mi espalda una pareja se entretiene jugando al ping-pong.

Se cumple la tarde, hay menos afluencia

y tal vez el amor sea enfermizo y necesario como una medicina.

Lo que no acepto es un canon

para lo leve, para lo magro.

La claridad se adivina cuando se deshilacha tanta violencia,

todo lo absurdo y lo superfluo.

 

Dónde estarán ahora mis hijos floridos.

Cómo descubrirán este mundo trucado, el artero ajedrez.

Son delgados y anhelarán como esponjas.

Yo no tengo frío y para qué la nostalgia.

Todo porvenir es mejor.

Mejor zambullirse en la dicha ensortijada.

Mejor rendirse a los automatismos de lo que nos deslumbra.

Mejor erguirse con ternura, como se baila.

 

Ahí están las trayectorias circulares, la crin de las olas

donde se sumerge la voz.

Los abrazos ciegos.

Vienen a mí como perfume y abrigo, a celebrar

la excepción, lo vulnerable,

este azaroso equilibrio.

Anochece.

Puede llover, respiro más humedad.

Tengo hambre de luz, as usual.

 

Fotografía: Miguel Martínez

 

El lecho del río es espacioso,

caben todos tus besos postergados

y unas pocas horas de la mañana

ajenas a la obsolescencia.

 

¿Qué vientos acariciarán ahora

tus piernas, beberás zumo de naranja,

seguirás desnuda en tus sueños

bajo una sombrilla arcoiris?

 

Siempre me voy para empaparme

de ti, para tragar tu luz

y tu abundancia.

Con esas esquirlas, al compás,

me concedo el capricho helado

del instante.

 

Siempre vuelvo con la ebriedad

del extrañamiento,

con el peso liviano y la lentitud.

Hago pie en tu curso de agua.

Intento la flotación,

que se despliegue el silencio.

 

Como esas frambuesas delicadas

ahí delante, para mi boca.

 

 

 

y que el placer que juntos inventamos

sea otro signo de la libertad

 

Julio Cortázar

 

Ilustración: Balthus

 

 

Nada se acaba:

ni el sentido último de las palabras,

ni la capacidad de nuestro cuerpo

para dar al mundo.

 

Cada huella reclama

una fidelidad inexacta, pero sincera

con la memoria de arena.

 

¿En qué dulzura ética

habrán hallado remanso los ecos

de un gesto amable e inconformista,

de una espalda erguida,

de la conciencia del dolor?

 

En la claridad de lo común

forjada en la edad implacable.

O en esperar, avizor,

otras respuestas al vuelo.

 

De un lugar a otro, lo que se cierra

puede perdurar y seguir cultivando

formas, alientos.

Ningún rencor permite

dirimir la maraña del horizonte.

 

Aullidos al alba,

es hora de insistir en la vida.

 

 

Fotografía: Henri Cartier-Bresson

 

 

 

 

Seres de humo,

pendulares, libres hacia su derrota,

emancipándose

de la ceguera que los contiene.

 

Se quitan las máscaras,

a pulso de aire, como quien desnuda

a las palabras del deseo.

 

Id a ver el mar

que no descorazona.

 

Id a ver cómo crepitan

los labios sedientos, salados:

el norte del zahorí.

 

Fotografía: Ara Güller

 

 

 

Lo volátil de la brizna,

la caducidad y el renacimiento,

los momentos para la melancolía

o para la llama y la dispersión:

 

hay tantas mutaciones

que nos cuesta comprender.

 

Ilustración: Jospeh Cornell

 

un poema de Julio Mas Alcaraz

un poema de Julio Mas Alcaraz

 

 

Viajo para no oír
cómo disparan con sus rifles
a los árboles que se agitan.

Viajo para acariciar
los colmillos del zorro,
bañarme con las nutrias,
untar mi cuerpo de resina

y quitar el hedor a humano que impregna mis ropas
y olfatean las bestias de lejos.


Julio Mas Alcaraz, El niño que bebió agua de brújula (2011)

 

Fotografía: Julio Bittencourt

 

reflexiones sobre el amor en "La bola de cristal", un libro de Carlo Fabretti

reflexiones sobre el amor en "La bola de cristal", un libro de Carlo Fabretti

 

“-¿Cómo se construye el mito (es decir, la ideología, el programa) del amor? Su base biológica es obvia: la libido, el orgasmo y la lactancia constituyen el trípode sobre el que se asienta. El apetito sexual es uno de los más fuertes, el orgasmo es el placer físico más intenso que nos es dado experimentar, y la lactancia nos hace dependientes durante mucho tiempo (a la vez que nos aboca al canibalismo simbólico). Las parejas se constituyen y se mantienen para satisfacer de forma regular y controlada el apetito sexual de los emparejados (que, al devorarse mutuamente, intentan recuperar la añorada beatitud de la infancia), así como para facilitar la supervivencia de la prole. Nada más lógico que “mitificar” (en el sentido literal de convertir en mito) ese vínculo tan útil para la estabilidad y el control de la sociedad. Y así, nuestra cultura nos repite sin cesar (mediante la educación, la literatura, la música, el arte, el cine...) que ese rapto vesánico, ese delirio tremendo que nos lleva a ver en otra persona el centro de nuestra existencia y la culminación de nuestras aspiraciones, es el más noble y elevado de los sentimientos; que encadenarnos es la más libre de las elecciones; que podemos y debemos “compartir la vida”, dejar de ser individuos para convertirnos en monstruos de dos cabezas y ocho extremidades, como los grotescos andróginos que imaginó un boxeador metido a filosofo.

 

Tener en lugar de ser: esa es la consigna de una sociedad esquizofrénica que ensalza la colaboración mientras fomenta la competencia. Tener muchas cosas en lugar de ser una persona. Tener una pareja en lugar de ser un individuo, dos individuos que se relacionan desde sus irreductibles, incompartibles y espléndidas unicidades...

 

Y ni siquiera los solteros escapamos a la contaminación conyugal, puesto que el matrimonio, la familia nuclear es la pauta inmensamente mayoritaria. Todos somos, cuando menos, fumadores pasivos del omnipresente humo parejil que ciega nuestros ojos, el denso humo tóxico que se produce al quemar los trapos sucios en la hoguera (pasional y ceremonial) del amor...

 

-Te has dejado una pata -me dijo F-. El del amor es un mito cuadrúpedo.

 

-¿Cuál es su cuarta pata?

 

-El miedo, obviamente. El hambre, el miedo y el sexo son los tres motores de la vida animal. (…) En primer lugar, el miedo a no conseguir, o a perderla una vez conseguida, la fuente de tanto plcer. Pero también el atávico miedo a la soledad de los mamíferos inmaduros y de los animales gregarios en general. No solo la soledad como falta de afecto o de placer, sino como situación de riesgo frente al hambre y frente a los enemigos... (…)

 

 

-¿Y qué es lo fundamental?

 

-Que el amor y la amistad, en nuestra cultura, siempre acaban (o empiezan) entrando en conflicto, como la religión y la ciencia (y por análogas razones), como el mito y la reflexión. (…)

 

-¿Y cuál es el alto precio que dijiste que pagaríamos por esa lección?

 

-Vergüenza y tristeza. La tristeza es comprender que vivimos en una sociedad atomizada (mejor dicho, moleculizada) en parejas, y que eso determina un entorno afectivo y relacional que no favorece en absoluto la amistad (es decir, la sinceridad) ni inter ni intramolecular. La vegüenza de no ser capaces de dejar de ser peces, peceras o ambas cosas a la vez (en el sentido más físico y literal, todos empezamos siendo peces en la pecera amniótica, y casi la mitad de las personas se convierten alguna vez en peceras ambulantes; pero como seres racionales que se supone que somos, deberíamos superar esa servidumbre biológica). Entrar en. Tener dentro. La pecera con un pez encapsulado (atrincherado y cautivo a la vez) es la célula de nuestra sociedad asimétrica, su metáfora y su metonimia, la bola de cristal que nos impide ver el futuro...

 

-¿Por qué asimétrica?

 

-Porque todos somos plenamente peces durante un tiempo, pero solo las mujeres pueden ser plenamente peceras. Lo de la envidia del pene es una nimiedad frente a la verdadera envidia del claustro. Esa es una de las causas de que la amistad entre un hombre y una mujer sea tan difícil (sobre todo para él). Hay muy pocos hombres capaces de ser realmente amigos de una mujer (sobre todo de la suya).”

 

 

Carlo Fabretti, La bola de cristal (2005)

 

Ilustración: Juan Francisco Casas

 

 

Por encima de los algoritmos sagrados, de los nombres

falsos inscritos en las pirámides enterradas, por encima

 

de los tabúes que carcomen la simbiosis acéfala de la

cultura y la sumisión, a vuelapluma, ciñéndome al pecho

y al jardín de esencias delebles, replicando los ilógicos

acertijos que mencionan los grandes ideales, los honrados

discursos ambulantes, la lágrima del narcisismo, la quimera

del destino y del sacrificio, de la profecía y de la unidad no

menos que de la cópula,

 

                                           por encima si acatara esa misma

dimensión o al margen del margen del margen si en otra

página de la historia discontinua y falible de nuestras

guerras de manos,

 

                                 más allá del caracol, como zancada de

galgo, con la hospitalidad preventiva sin naufragar en

el bucle de quien ama el amor en lugar de girar en el aire

cuando sus embestidas, solo esos ojos inventarán

astros como ojos y peldaños reversibles que tan pronto

te conducen a lo sublime como a trastear en las mieles

de lo prohibido,

 

                             por encima o por detrás de los cuerpos

acariciados por la música con su voluntad ensortijada

y el néctar de la especie transpirando su fosforescencia,

obsequiando las gracias imprevisibles, merodeando por

la conciencia insomne de quien ha visto las flores muertas,

pasto de otras flores, lecho para las niñas alga y los

niños girasol, solo vamos hacia esas criaturas leves

sin adjetivación, huelgan las transacciones aunque haya

sedimentos, en el afán del juego la única ley es caer y

caer hasta aprender a caer mejor,

 

                                                          por encima o sin ánimo

de odiosas comparaciones discutamos qué es lo mejor

aquí y en estas circunstancias, cómo la ola engulle,

qué orfebrería tallará lo necesario y lo innecesario,

por qué la melodía del silencio embriaga, dónde se

asentará la vana esperanza y su perfil de juncos en los

humedales de agosto, si somos mejores que la tibia

mascota y el abrazo de la mecánica servidumbre,

cómo nos haremos cómplices de la luz.

 

un poema de Juan Carlos Mestre

un poema de Juan Carlos Mestre

 

sé que la vigilia será larga y yo no tengo a dónde ir,

si al menos tú estuvieras viva en la desobediencia de quien no ha hecho ningún pacto

y yo pudiera acostarme a tu lado y no soñar que estoy contigo como un clavo hundido en la madera dormida,

si al menos cada huella fuese un signo, una claridad de algo allí donde pisaste, un hueco de mar al que arrojarme,

oh si al menos mi corazón rodase como una moneda hasta llegar a tu mano, hasta llegar junto a ti como el agua que lava tu ropa, el aire que respiras como luz que no tengo,

si al menos yo fuese el desconocido que volviera a encontrarte y no el que se despide y atraviesa sin mirar las calles y en ningún lugar fuera de ti encuentra ya refugio,

si al menos me escucharan los vendedores de flores y los guardias de tráfico, cerraran las pérgolas, se detuvieran los automóviles, nadie fuera ya a ninguna parte y todo se negara a existir hasta que tú volvieras,

hasta que tú amor del mundo derribaras los muros, entraras como un vendaval en los palacios, arrasaras con ternura las piedras

 

Juan Carlos Mestre, La tumba de Keats (1999)

 

Fotografía: Cintia Massafra