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ateo poeta

 

Y digo (proclamo)

que los viajes son largos silencios

expropiados a la crueldad de los niños

y al tesón amurallado de las frentes;

someros paisajes de llanuras concéntricas,

gloriosos otoños en cristal tallado.

 

Tú, cuerpo casual, pierna contra mi pierna,

retén en la memoria aquella exacta piedra

que el justo azar ha elegido para no ser nada.

 

Agarra mi mano

(la misma que ayer no logró salvarte)

ella será la señal de que el tiempo corre

y tú serás siempre el preso de los astros.

 

Agarra mi mano

y multiplícala hasta hacerla todos los caminos.

Estas vías son mis brazos sacrificados

en honor a tu huida inútil,

a mi inútil fe sin paracaídas.

 

Ana Pérez Cañamares, Poemas que escribí con 20 años

 

 

 

Vienen resonando en lo onírico. Carecen

de forma y de sistema, pero quieren

alcanzar la denominación de arte. Lejos,

en la emboscadura, la inminencia de

la maduración, las sendas, suscitan otros

desvelos. De los matojos al arbolado

lúcido cultivo minúsculas gotas de resina

y olvido cómo se escribía con el tizón.

Teatrales las cuitas de quien no se

descalza. Sólo la plata de las lágrimas,

el discurrir de lágrimas de nubes, para

quien se descalza sobre el humus frío.

 

Y canta: yo no soy idéntico a mis

penumbras, yo balizo el escarpado

ascenso. Dejad esa vibración genética,

atemporal, que siembre y esparza la

sencilla luz.

 

 

 

Primeros brotes de flores albas antes

de las fechas decretadas. Regueros de notas

afinadas que no persigo con mi quietud

pues los acepto. A los destellos cobrizos

sobre el lacio pelo no hay cortejo de ave

que le haga sombra. ¿Hasta qué encrucijadas

nos llevará el cordel? ¿Por qué desniveles y

rasantes de otra flora? La carne vigente no

se desgasta, resucita entre las urces y espinos

si se alegra por la brisa y la elevación del

astro rey, oráculo de luz, medicina suficiente

contra la agonía. ¡Albricias! Sí, ya se esponjó

toda la savia granada, enrojecieron nuestros

pómulos ufanos, cárdenos. Desde entonces

miramos sin rencor ni ira a los ojos salvajes

de todos los animales que circundan.

 

 

 

Recuerdo los toros de lidia y las vacas

sagradas nunca indiferentes a nuestra

inspección. Mamíferos con grandes ubres,

rumiando incansables una vida sin enigmas

ni laberintos. En sus dominios llueven

arroyos de leche aún candente para que las

crías resistan al viento y emigren y sigan

pastando. ¡Para qué declarar la guerra una vez

que los depredadores están a buen recaudo!

¡Para qué amarse con mugidos graves y

soportar las inclemencias sobre un cuerpo

grande de madre herbívora! Indolentes

y hieráticos, ungulados. Ignorantes de su

destino de matadero, de las cercas coloniales

y los valladares con sus alambradas hirientes.

Frutos lanosos de la quebrada tierra. Cuero contra

la intemperie al que agradecer.

 

                                                     Me pediste que

continuásemos, que estaba absorto y como cavilando

en una sima de carbón, frente a frente. Dónde

estaría la metáfora, el bien jurídico, la forma de

la ciudad en la que estas almas gravitan. Mejor

lobos o jabalíes o aviadores majestuosos. Esa mirada

triste e inmensamente oscura también acude

al lugar vacío entre las flores acuáticas.

 

 

Reducir el trabajo aplicado

a que comparezca un lugar en germen

donde la herrumbre invite a la memoria,

donde no palidezca el espíritu

volador y cicatricen aireados los golpes.

 

Empero el mar nutriente -ancestro sacro

y de salobre lengua-, permanece

la experiencia de la finitud.

 

 

 

Qué manzanas prometían las ramas desnudas

y resistentes al hielo, al mutismo.

Las veíamos ahí bruñidas y jugosas igual

que cuando probamos nuestra saliva y los rescoldos

de los cuerpos insulares, a resguardo de

los ladridos. Destilaban su sidra imaginaria

sobre nuestro vértigo acuciante de cielo.

 

Armados contra la nada pisábamos un suelo

mullido, un mar ancestral de lajas, cada huella

desdibujada. La tarde, en la pulpa del regazo,

crepitaba en la hoguera esparciendo el aroma

duradero de las encinas. Nos entreteníamos

retirando la cáscara de los nombres y te agarré

la cintura leñosa. Eras siempre tú, germinal hueso

del olivo, quien me dabas a beber.

 

 

 

¿Cuántas horas y cuántos años, siglos

milenios, qué universo

y qué mundo o galaxia,

cuántas lluvias, sequías, sol o cierzo,

cuántas bonanzas, temporales, noches,

qué ríos, qué desiertos,

cuántas luces y días

han hecho falta para traer tu gesto?

 

 

José Ángel Cilleruelo, Salobre

 

 

 

Invernando los escaramujos a nuestro

paso, por dorados caminos de légamo

y horizontes de púrpura meditación.

 

Venían las cigüeñas coronando las

aspiraciones a planear ligeros de lastres,

a seguir los cursos desbordados del

agua.

 

Al ágata profunda de todo ese verdor

reflejado le musité como un niño libre:

fíjate qué estrellado silencio, cuán lejos

se proyecta esta armonía de ahora.

 

Nací para que perduraran las ascuas.

 

 

Tabla de aire

Tabla de aire

 

Consideremos que la imaginación fuera una invención

como lo es, que esta gran casa de aire

llamada Tierra fuera una invención, que este espejo quebradizo

y salobre ideado a nuestra imagen y semejanza llegara

más lejos y fuera la

invención de la invención, que mi madre

muerta y sagrada fuera una invención rodeada de lirios,

que cuanta agua

anda en los océanos y discurre

secreta desde la honda

y bellísima materia vertiente fuera una invención,

que la respiración más que soga y asfixia fuera

una invención, que el cine y todas las estrellas, que la música,

que el coraje y el martirio, que la Revolución

fuera una invención, que esta misma

tabla de aire en la que escribo no fuera sino invención

y escribiera sola estas palabras.

 

 

Gonzalo Rojas, Inconcluso

 

 

 

Enajenación transitoria y reincidente.

 

 

 

Sólo del pesimismo, del reconocimiento crudo

del absurdo que organiza la vida y las pasiones

de mis muy animales congéneres racionales,

 

puedo extraer fuerzas para el inconformismo

radical y fosforescente,

sin apenas ademanes suicidas, lo cual es muy

de agradecer.

 

 

 

¡La independencia es tan cansada!

Y la dependencia, ¡tan frustrante!

 

 

 

Están tan lejos. Como las estrellas y dioses

que fascinaban a los antiguos: el bien, la verdad,

la virtud, la justicia, lo bello. Categorías

flamígeras que hemos recortado de la deriva

torrencial de la luz y la materia. Singularidades

no obstante nuestro punto de vista promiscuo,

proliferante.

 

Por mor de esta lente propia, de este mirar al hecho

y a la forma de mirar, sé de su pluralidad

oceánica, mineral, taxonómica. No es posible

dejar de mirarlas contemplativamente como

nos adhiere el beso al trabajo

de desbrozar y de la reparación. Somos cuerpos en

donde anida la única música celestial,

la brutal adrenalina que es la que inventa

y engaña por esas migajas de placer. Somos

el desasosiego porque sabemos que cuenta

lo intangible, que añade líneas de agua y aire

a la carencia de fundamentos.

 

Si la dérmica insensibilidad nos dominase las

paredes del estómago, a qué cruel corolario

nos conduciría la ciencia de los artefactos

con fulgor. La rotación inane

avejenta antes de tiempo y yo practiqué la

metamorfosis sólo por amor al arte.

Dónde el frescor de las hierbas cebará al yo

que naufraga en compañía.

 

Permanente descifrar y discernir refugios.

Cánticos, humores. Aletear en la espesura.

Comprender cuál es el valor, el origen y qué

nombre los liga a los sentidos.

Antes de que amanezca el olvido tibio

y vacío, cuando ya no se estremezcan

ni las amapolas.

 

 

 

Últimamente notaba una serpiente insidiosa

ahí en el pecho, como carcomiendo los

valladares del corazón. Ese corazón amasijo

de fibras y plasma por el que todo pasa.

Todo, sin excepción, todo lo que permite pensar

en algo y subirse a las olas heridas y

desconectar los aparatos eléctricos y las alarmas

sordas y hasta proclamar: los aerolitos trazan

parábolas sobrehumanas, mientras que no hay

idealista que viva cien años sin trigonometría.

Por eso he aplazado la prestación de servicios

en cadena y los indescriptibles delirios de

grandeza. Cumple el artesanal esculpir de la

bóveda originaria como el ave blancuzca tiembla

y garabatea. Que amaine lo expedito y se

restrieguen las sienes con bálsamo de tigre.

Salvo las urgencias que demanden cuidados

intensivos, sólo responderé al embriagante

capricho de las flores carnívoras.

 

 

 

En el parque atravieso

la cortina caprichosa

de vapor de agua

como un retoño

plácido

en su nido verde.

 

 

 

Si una vez más te escindes, se quiebra el

sentido, se esfuma nublado,

 

mata a ese yo bastardo, excrecente. No te

daré nunca sólo un esqueje.

 

Hay, todavía, demasiado júbilo en latencia,

un cargamento de frutos maduros,

voces virtuosas que

inhalar.

 

Es irremediable. No te puedes esconder de ti

ni de tu descendencia.

 

 

ardiente (III)

ardiente (III)

SONETO VOTIVO

 

Te adivino oscurísima en la hondura

que al cabo de tu vientre se escabulle;

entre tus muslos mi fervor intuye

la noche en vela de la selva oscura,

 

la salvaje quietud de su espesura,

su pantano que todo se lo engulle,

su sombra alzada para que farfulle

mi dicha en el pavor y la locura.

 

Pues invenciblemente me obsesiona

la incultivable y tenebrosa zona

que apartando tus piernas miraría

 

en su acre lujo, en su madurez ardiente,

donde sé que eres negra abismalmente,

ciega verdad donde anegar la mía.

 

 

Tomás Segovia, Noticia natural

 


ardiente (II)

ardiente (II)

 

Subes del mar, entras del mar ahora.

Mis labios sueñan ya con tus sabores.

Me beberé tus algas, los licores

de más escondida, ardiente flora.

Contigo no podrá la lenta aurora,

pues me hallará prendido a tus alcores,

resbalando por dulces corredores

a ese abismo sin fin que me devora.

Ya estás del mar aquí, flor sacudida,

estrella revolcada, descendida

espuma seminal de mis desvelos.

 

Vuélcate, estírate, tiéndete, levanta,

éntrate toda en mi garganta,

y para siempre vuélame a tus cielos.

 

 

Rafael Alberti, Canciones para Altair

 


ardiente (I)

ardiente (I)

 

EL BESO DE SAFO

 

Más pálidos que el mármol transparente,

más blancos que los blancos vellocinos,

se anudan los dos cuerpos femeninos

en un grupo escultórico y ardiente.

 

Antes de cebra, escorzos de serpiente,

combas rotundas, senos colombinos,

una lumbre los labios purpurinos

y las dos cabelleras un torrente.

 

En el vivo combate, los pezones

que se embisten, parecen dos pitones

trabados en eróticas pendencias,

 

y en medio de los muslos enlazados,

dos rosas de capullos inviolados

destilan y confunden sus esencias.

 

 

Efrén Rebolledo, Caro Victrix

 


canción del camino abierto

canción del camino abierto

 

A foot and light-hearted I take to the open road,

Healthy, free, the world before me,

The long brown path before me leading wherever I choose.

Henceforth I ask no good-fortune, I myself am good-fortune,

Henceforth I whimper no more, postpone no more, need nothing,

 

Done with indoor complaints, libraries, querulous criticisms,

Strong and content I travel the open road.

 

The earth, that is sufficient,

I do not want the constellations any nearer,

I know they are very well where they are,

I know they suffice for those who belong to them.

 

(Still here I carry my old delicious burdens,

I carry them, men and women, I carry them with me wherever I go,

I swear it is impossible for me to get rid of them,

I am fill'd with them, and I will fill them in return.)

 

 

Walt Whitman, Song of the open road