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ateo poeta

 

Ni el poema es imprescindible

para la iluminación.

Nos apareamos con fósiles.

La corteza que nos arrancamos.

¿Qué sublime fruto nos reserva

tanto envejecimiento?

Observa, si no, la enhiesta arbolada,

las aves que se emancipan

de las antinomias.

Todo mi éxodo hacia el significado

como un musgo perpetuo,

adherencia frágil a lo sólido.

Aspiro lavandas, tomillos en celo,

el esplendor de la cadena trófica

tan lejos de la inocencia.

Amalgama de minerales, atmósfera

asediada por los sucedáneos.

Ni el poema enarbola los espectros

de la razón. Ni el capital, ni la muerte.

Ante lo ímprobo, ¿qué arrecifes de coral

elegirán nuestros besos?

Fracturar la línea,

doblegarla,

morder el sentido común

de la respuesta programada.

Todo se reduce a unos pocos pasos

y el suelo crepitando.

A radicar el porvenir

en la maceración y la afinidad.

Desconfío de los materiales

ignífugos.

Venero,

venero,

venero

la emergencia tres veces de lo que alienta.

Atesorar las elipsis de la conjura.

Somos los hablantes

de la minúscula historia de un ecosistema.

Un silbo que clava.

Atisbo de luz y áureos sueños siempre

a punto de corromperse.

No quiero una paz telúrica tallada

con el desértico dolor.

Para lo demás, tengo una propicia

disposición.

 

 

 

Y los cimarrones emprendieron la vía sensible.

 

Los baluartes en ruinas. La esperanza, obsoleta.

¿Qué podría fermentar entre aquellos seres anfibios?

 

 

 

Ya no tengo hambre, hoy ya he comido por mí

y por todos los hambrientos que no cuento por

temor a equivocarme, no vayan a morir más o

menos que las nuevas incorporaciones al finalizar

la cuenta y acercarse la hora, triste y alegre,

de un nuevo almuerzo.

 

También otros habrán comido hoy más y mejor,

o sin reparar en su gula sin límites que sólo

gratificará a sus forenses y cirujanos, otros a

quienes les niego cualquier empatía, sonrisa

o saludo de buenos tardes por mucho que nos una

el mismo gesto con los cubiertos.

 

Por alguna extraña razón comprendo que tanto unos

como otros y los de más allá cultiven su propia

gastronomía.

 

Empero, mi corazón sigue encogido.

 

 

 

Reluce todo el cargamento de días

y palabras y la piel erizada, toda esa

vida siempre por pasarelas estrechas

o entre multitudes solícitas de

reconciliación, relucen intermitentes

en lo oscuro, aligerando toda su masa

y solemnidad, mis fuentes heladas,

oteros, corazón sin más ley que el

torbellino, esa tenue membrana

que sabes porosa al ruego de tus labios,

a tu sal, al limón, al azafrán, a la uva

exprimida sobre la sed que duerme.

 

 

 

Al paso de las ballenas predicando

su profundo gozo, allí donde muere el astro

que libró su batalla sin conciencia

ni heridas, en la forma del vuelo en celo

de las atolondradas aves, a ras del tiempo

levadizo que despeja la superficie

de toda construcción accesoria

y me encuentra y no rehuyo y acepto

hasta la extenuación de mi albedrío.

 

 

 

Las olas nórdicas bebían tragos

de haces amarillos, enjuagaban su salobridad.

 

Hurgaba en mis alforjas mas solo piaban

los ánades flotantes. Puede ser que augurasen

un remolino.

 

Sin apresurarme, con el destello de su parsimonia

inexperta, me amarré a las contracciones

arcaicas, en un suspiro impermeable.

 

Hablamos y hablamos hasta ventear

las fibras más recias, y oscureció apenas.

 

 

 

No he llorado lo suficiente.

Follar es soñar.

 

¿Llorar o follar?

 

 

 

Por el fondo en espiral

de los caracolillos

se deslizan mis pensamientos.

 

Cunde el tiempo. Nada obsta.

 

 

 

 

 

El tiempo todo lo cura, dicen.

Pero no dicen cómo

ni si es peor el remedio:

olvido a propósito o por defecto,

cauterización,

mañana, todos muertos.

 

¿Y quién cura al tiempo, quién cuida

del tiempo precioso

donde sucede la verdad?

 

***

 

 

Del tiempo que olvida

y arrasa

no quiero crédito.

 

Prefiero invertir

en la esencia,

en el alma,

en el oscuro pronóstico

y en el avieso

presente.

 

Ya no tengo prisa

por crecer,

mejor que no, ahora

que transcurra todo lento

pero infinitamente

intenso,

bello

y deslumbrante.

Y regalaré mis ojos

abiertos como platos,

mi júbilo barato,

prestaré, incluso, mis mejores

libros

a quien demuestre idéntica

avidez.

Todo sea

por el secreto pacto

que me prohíbe morir

en vida.

 

***

 

 

Resisto la obsolescencia.

Perduran las cicatrices, sí,

en el légamo

y en la memoria frágil.

 

Lo único cierto

es cada paso,

las ramas verdes resucitando

y de generosa penumbra.

Y su justa luz.

 

 

 

piedra, papel y tijeras

piedra, papel y tijeras

 

Cada día dispones

las piedras

de una manera distinta,

formando nidos,

senderos,

círculos,

montoncitos,

dándoles la vida

que seguro tenían

en su lecho.

 

Y en descifrar

sus mensajes

y la belleza que despiden

sus vetas,

me paso las horas,

contando las horas

que faltan

hasta que vuelvas

a jugar conmigo.

 

***

 

 

Si no fuera por

estos papeles refugio,

papeles presagio,

papeles por tierra incógnita,

papeles aviones,

papeles ilegibles e

incorregibles,

papeles nube y

papeles alma de árbol,

papeles siempre

disponibles

para escribirnos con

tinta de cerezas,

para dotarnos de alas

y casas de reposo,

para reír y llorar

(a veces, de alegría),

para desalambrar y

para darle rienda suelta

a lo muy encadenado...

otro gallo

nos cantaría

(y bailaríamos igual).

 

***

 

 

No hay tijeras en

el mundo que

puedan cortar el hilo

de palabras

aire,

de palabras que

vuelven,

de palabras en la

lengua que solo

saben,

de palabras para

nada en concreto

y para ti

en particular.

 

 

 

 

Por tus pupilas armónicas sé que deseas habitar una diáfana estancia, teñida de relámpagos y con la disposición a la luz estremecedora. Intuyo que admiras la maduración verdadera del espíritu ávido de cerezas y de nubes consteladas. En tus senos se erizan las leyes remotas y marítimas que silban a la libertad del aire imprevisto.

 

Saciaste tu sed en el pozo de los amantes subterráneos, mas nada nos anega para siempre. Atisbo las cometas fuera de la crisálida repentina. Fertilizo los geranios que frenan la electricidad estática irradiando lágrimas de presencia. Quiero que existas fiel a tus vigilias como los depredadores acechan en vilo, miméticos a la floración.

 

En las redes oníricas que se saturan de abundancia, te eriges en mi albaceas. Tus tirabuzones y áureas mechas penden sobre mi rostro perenne si ausculto tus pulsaciones. Eres la manzana que reina sobre las copas estivales. Tomo el tren que me da calma y lánguidos paisajes para alcanzar los confines del vidrio. No temo a la totalidad que luzca desde el candor de tus gestos.

 

Porque el espacio puntilloso se ondula y resucita, es necesario amar el frágil crecimiento. Acercar las voluntades insurrectas. A la gravitación le sobran arneses. A las palabras de canela les damos el aliño de la erupción instada. En tu corazón oigo el rumor agitado de lo inefable sin pesadumbre, cántico de orfebre.

 


 

Recibo con el iris felino de las sombras

tus zalamerías.

Nada postergo. Toma las mías.

La mujer que llevo dentro eleva

su líquida oración y desvela.

Apenas sentí el relente del desierto

y el día recién nacido trinaba

despacio.

Los dedos que juegan y nos recorren,

nos restañan. Ahuyentan

la prematura erosión.

¡Cómo vibra el dátil del ojo

cuando invoca desde sus celosías!

 

 

Assilah

Assilah

 

Abrupto, con sus últimos coletazos antes

de ser apaciguado por una luna poderosa,

el viento sin origen regala una belleza laxa

a las prendas tendidas en las azoteas encaladas,

recortadas asimétricamente sobre el mar.

Una muchacha de tez muy oscura y con una

larga melena de azabache ligera y ondulante

ha subido a retirar las banderas vacías de

cuerpos y las pinzas que las sujetaban al

milagro de esta guerra cotidiana. Sus gestos

resueltos y con la precisión que permite la

brusquedad de las ráfagas, dibujaban las

fuentes sombrías de una juventud pletórica

por debajo de cada pliegue del rosáceo

algodón. Al descubrir mi mirar ha vuelto

ataviada con un pañuelo, nada más, que apenas

disimula su encrespado rubor y prosigue

ufana, ciñendo sus brazos al cielo como

una enredadera que emana de su hogar

salobre. Impasible, en gratitud serena por el

archipiélago de astros y bullicio que me

arropa, con los labios sumergidos en ese

té mentolado y empalagoso que nos mimetiza,

la veo declinar como una golondrina

acompasa al poniente. Llaman a orar

desde varias mezquitas a la vez, corretean

jubilosos los niños entre las callejas sin

temor a las leyes espurias. Aún hay tendales

repletos de esa graciosa levedad y enfría

y oscurece entre farolillos naranjas. De un

horizonte de arena y fósiles vine al

refugio de esta vida abigarrada, siempre a la

sencillez costera que sonríe y huele a

vegetales festivos. Me sumerjo yo también,

fiel al ocaso rutinario, en las aguas acrisoladas

de una casa que sueña inmóvil y por eso se

presta al vuelo de la introspección. Es abril

y se afilan los pétalos cabalgando en lo sublime.

 


Viena

Viena

¿Qué mora en el subsuelo de las ciudades?

Por debajo de los vulnerables rostros ajenos:

¿Qué persigues? ¿Qué especie de

metafísico animal se perfila en

tu espeso deambular?

 

Ni Sigmund Freud ni Kurt Gödel nos

libraron del límite innombrable:

el que siempre niega

un corpúsculo heroico.

 

Aquellos sabios provectos apenas divisaron

ni las plagas exterminadoras por venir

ni el euforizante brebaje

que inflamaba los delirios

de una civilización humeante.

 

Paseaban insomnes por los brazos suaves

del Danubio cuando

las amantes eran frutas rojas y

salvajes que nunca más serían

edulcoradas al gusto de las gélidas costumbres

imperiales.

 

Y cuando las fronteras erguidas y

solemnes de nuevo: ¿Quién mojará sus labios

aguas abajo? ¿Encontrará

su rumbo Ludwig Wittgenstein, al fin,

entre la ruda y ordenada

maraña administrativa que se edifica a ras de tierra?

 

¿En qué trincheras septentrionales perdería

su postrera esperanza en la áurea objetividad

del ser?

 

La habitación 17 de un hotel es una trinchera.

Enfrente de ti una mujer

de cabellos cobrizos y sinuosos abismos.

La pintó el erotómano Egon Schiele en

1917 poco antes de fallecer

prematuramente.

 

Su mentor, Gustav Klimt, tuvo mejor suerte

o, al menos, más años

para recrearse en la geometría

deseante de aquellas feminidades

de lechosa tez.

 

¿Acudirían los escrutadores

de axiomas a sublimar su sed en el marmóreo

Sezession? ¿A qué pliegues del pensamiento

les conduciría hoy el único museo del mundo

sobre la anticoncepción y

el aborto que se ubica

-casi clandestino- en un piso de

Mariahilfer Gürtel 37?

 

En lugar de esas vitrinas y artilugios

los pasajeros nihilistas

se conforman mudos ante lo imposible:

las travesuras hilemórficas de Friedensreich

Hundertwasser, quien también firmaba, según

su antojo, con precisos ideogramas japoneses.

 

¿Acaso no supura tristeza la

torpe y lujuriosa floración que intuimos?

 

Es necesario fracturarse el tobillo

para que el eco evanescente percuta

fuerte en la inmóvil probabilidad

del mundo.

 

 

despedida

despedida

Una persona próxima, compañero al que he frecuentado menos de lo que quería y a quien admiro por su ingente esfuerzo intelectual y activista, se está muriendo. Ahora sí, de forma irrevocable porque ha decidido prescindir de los tratamientos agresivos contra el cáncer que soporta estoicamente desde hace siete años. De nuevo, su lucidez me ha hecho mella. Sus últimas palabras que he recibido comunicando su decisión de tener una muerte digna e, incluso, de hacer antes una "celebración de la vida digna" con las personas cercanas, me han conmocionado. No ha escatimado en detalles acerca del proceso que le ha llevado hasta ese punto triste y, a la vez, valiente. Hasta en los peores momentos de la vida es posible mirar cara a cara su finitud. Es un ejemplo más de alguien que ha luchado siempre por mostrarnos los caminos de una autonomía radical (no una simplificada, abstracta, voluntarista, individualista e hipócrita idea de libertad) tanto en el plano personal como en el social y político (el lema de lo “personal es político” -y a la inversa- tal vez constituya el fundamento más esclarecedor de una visión antipatriarcal y antiautoritaria del mundo). Una autonomía que sólo es posible con plena conciencia de los límites destructivos del sistema capitalista en el que busca desplegarse, y de las penosas contradicciones que arrastra en su seno. Por eso su escritura, sus textos y sus brillantes análisis nunca han cejado de destilar sinceridad, sensibilidad hacia sus semejantes, autocrítica, un afán constante por conocer todo de forma realista y dialéctica -interrogándose por las posibles evoluciones de nuestro devenir colectivo- y una denuncia sin ambigüedades de los mecanismos y clases sociales que reproducen nuestra dominación. Y casi todo ese trabajo ha sido accesible, reproducible y compartido sin ninguna ambición lucrativa por parte de su autor. No he tenido la oportunidad de conocer más en profundidad a Ramón Fernández Durán en su vida privada -como en su día me ocurrió con otro profesor que trazó muchos de mis actuales caminos, Jesús Ibáñez- pero cada vez que lo encontraba en una manifestación de protesta o en algún evento académico reconocía un gesto y una pasión que me reconciliaban con ese sentido de la vida del que, de alguna forma más o menos ilusoria, no podemos dejar de dotarnos. Coherencia, integridad moral, racionalidad, en aras de la emancipación de toda servidumbre y de toda depredación del orbe que nos nutre. No sé si Ramón, tan amigo de las ciencias como de las letras, encontraba en la poesía el resuello y la sublimación que me proporcionan a mí, pero le dejo aquí, en gratitud, algunos de los versos de René Char, aquel gran luchador místico (y ateo, no obstante):

 

“CALENDARIO. Ligué mis convicciones unas a otras y agrandé tu presencia. Otorgué un curso nuevo a mis días, adosándolos a esta fuerza espaciosa. Despedí la violencia que limitaba mi ascendiente. Tomé sin estruendo la muñeca del equinoccio. El oráculo ya no me avasalla. Entro: experimento la gracia o no la experimento.” (del libro Furor y Misterio)

Varsovia

Varsovia


Estoy tomando una cerveza
frente a lo que fue tu casa.
Ahora tu casa es un símbolo
y los símbolos no son habitables.
Para ti debió de ser
lo que nunca tendrían
que dejar de ser las casas:
entrechocar de platos
risas que estallan
sábanas estiradas para proyectar
la película velada del sol:
una película que habla de felicidad
o cuanto menos
de la seguridad de un refugio.
Refugio del trasiego y los ruidos de la calle
nunca del horror.
A través de los visillos
el horror no se presupone.

Me cuentan historias. Soldados
lanzando niños a través de las ventanas.
Soldados cortando barbas y patillas
a navaja, en la calle: carnavales de humillación.
Me cuentan historias, pero tu casa
no parece propiedad del infierno.
Está vieja, sí, y hay algún agujero de bala
bajo un alféizar, como marcas de los dedos de dios
al hundirse en barro sólido. Señalando
a los elegidos o a los condenados.
A pesar de todo, como todas las casas,
sigue teniendo algo
de tierno y de inexpugnable.

Estoy bebiendo una cerveza.
No a mi salud, ni a la tuya.
¿Qué podría decir de ti?
De ti no tengo recuerdos
y siento pudor de imaginarte.
Tengo memoria de la humanidad.
Aún la tengo. Y tengo también una casa.
La recuerdo ahora: los platos
las sábanas, las cortinas:

tesoros que me delatan como ilusa propietaria.

Una puerta blindada: el foso

que ningún ejército ha puesto a prueba.

Pero más allá o más acá de las casas
hay un lugar. Un lugar que
aunque queramos compartir
aunque quieran invadir
no es un territorio ni una ruina.
Es el lugar al que escapaste
un segundo antes de que la puerta
fuera derribada. O un segundo después.
Cuando comprendiste que las casas
pueden parecernos un universo
pero ni siquiera son un país.
Y un grito en otro idioma abre
de par en par las ventanas
que lo expulsan a la calle como un vómito.

Las casas digieren mal
la violencia de los extraños.

Tiene que haber un lugar.
El lugar que no me revela tu foto.
El lugar que otros no destruyen
con palabras o con bombas.
Rata allí no significa nada.
El dolor puede nublarlo
pero no lo tapia.
Es el gueto que levantamos
dentro de nosotros.
La tumba que elegimos ocupar.
No la que nos señalan.

El búnker dentro de ti.

 

Ana Pérez Cañamares

 

 

182 euros en concepto de grúa y depósito

municipal de vehículos. Tenía que decirlo,

desahogarme. Esas palabras son vibrantes,

enigmáticas, descarnadas, por más que

me duelan en la cuenta corriente, siempre

mermando a causa de los más espurios

caprichos del azar. Y yo que pensaba tener

bajo control, al menos, mi fe en el papel

moneda que un ente meticuloso ingresa

cada mes a mi nombre en la cueva de los

ladrones. Pero un día no te fijas apenas en las

señales de estacionamiento y abonas 182

euros con ciega obediencia a las leyes de la

urbana movilidad. Y duelen, son injustos.

Porque poseo férreas eximentes: casi no uso

el coche, me desagradan los coches en la

ciudad, es más, suprimiría la circulación de

los coches por el centro de la ciudad. Aunque

me temo que este alegato le suene a expediente

de regulación de empleo al señor funcionario

que me cobra con tarjeta detrás de la ventanilla.

Lo sé, y me callo. Yo sólo querría indicarle que

ahí fuera brilla un sol radiante y los rostros

exhalan júbilo y una polinización primaveral.

Mas la suerte está echada a las 7 horas 45 minutos

de una mañana cualquiera en la que, seguro,

nos informarán de acontecimientos mucho más

trascendentes y dramáticos que los tristes

182 euros con los que se nutriría durante meses

cualquier cuerpo necesitado de cultivar

su alma en donde ni falta que hacen coches,

carreteras, ciudades o multas de tráfico.

La culpa es solo mía por andar absorto y

protestar siempre en el lado de los perdedores.

Este retórico y ocioso ejercicio es una prueba

irrefutable. Debería compensarle con una paga

extra de otros 182 euros al recaudador sabueso

harto de que le lleguen amargados como yo,

donar otros tantos a una organización humanitaria

y no menos a quien corresponda en compensación

de mi huella ecológica de dinosaurio. Ahora ya

me siento mejor. Puedo asegurar, a las 10 y 45,

incluso, que escribir estas peripecias tiene un

indudable poder terapéutico y que ya tengo unas

ganas enormes, muy grandes, de sonreír todo

el día, todo este santo y soleado día de marzo.

 

 

 

Estalla una central nuclear.

 

Y necesito un verso en blanco

entre líneas. O dos.

 

Porque ya ha sucedido más veces.

Tiñéndolo todo de vacío

hasta que las vetas de la memoria

piden un riego

menos doloroso.

Nadie quiere recordar

las certezas de los ingenieros,

la seguridad del hormigón,

la firmeza de los dirigentes.

Nuestra blanca, vacía y silenciosa

resignación. O muy pocos,

con sus humildes banderas y lúcidas

clemencias

frente a la intemperie astral.

 

Estamos tan anegados por la

hora punta,

por el desierto que avanza imparable

hasta nuestras orillas,

por el hielo

indiferente de la retórica,

que se propagan ásperas las ruinas

y tiemblan los territorios

de las almas cándidas.

 

Cristalizará nuestro polvo cósmico cual

intocables diamantes

y se disiparán como incienso

las filosóficas vanidades

de quienes no servimos más -vencidos al fin,

acordes pasajeros de la atmósfera-

que para sustento

de las bacterias soberanas.

 

Irreversibles hoy.

El tiempo nos huye.

Nos huye

la belleza esquiva como las notas

de azahar que emana

el sexo de los naranjos. Quién puede

certificar ese resto,

la eternidad de ese obsequio.

 

Allí, en aquel desgastado lugar donde

se erigía el mórbido monumento,

nadie pronunciará nunca más

la palabra lugar,

el concepto lugar:

sólo habrá historia (infausta, ni épica

siquiera) y quién arrojará las flores luctuosas.

 

Aquí, arropado por el velo

de la mujer que amo cada alborada,

hermético,

incólume,

recorriendo en mi piragua los remansos

y rápidos en los que

pescará plácido mi amigo,

anhelando el aire íntegro y dulce

de abril,

comprendo todo con

meridiana claridad.

Comprendo y lamento

 

esa épica vana, el lodo de nuestros

pies, el repelente humo imperial,

la invisible agonía de quienes

perecerán como

versos sueltos,

a pecho descubierto,

fugaces como el simple cálculo

de remotas

urgencias.

 

Voluntad de coherencia

(a pesar de la maleza y de

los callejones sin salida).

 

De marginalidad, no era.

(Ni el precio, mi competencia,

por más que rasgue

mi piel aterida.)

 

 

 

Lengua de fuego y mar

bravío,

labios que encandilan lo oculto,

venid a mi desnuda

forma.

Al beso cauto arrasad

con vuestro aliento

etílico

y la resaca de la navegación.

No pienso más que en

algas esmeralda,

en tu cintura húmeda como

la sonrisa de los delfines,

en la luz perpetua

y tu interior

fosforescente.

Me hago el muerto

a merced de tus vaivenes

para olvidar la única

muerte.

 

En la brevísima conciencia

del límite

se despeja el día y

me llenas de absoluto azul.

Lengua afrutada, labios

prometidos,

deleitaos con lo insaciable

aquí.