Estás y no estás.
Me he acostumbrado
a vivir y no vivir
en el quicio.
En el punto de vista
que trasciende
y que no trasciende.
Campo a través.
El dolor nunca desaparece.
Lo señalo y sigue ahí
y se vuelve sombra.
Estás y no estás.
Me he acostumbrado
a vivir y no vivir
en el quicio.
En el punto de vista
que trasciende
y que no trasciende.
Campo a través.
El dolor nunca desaparece.
Lo señalo y sigue ahí
y se vuelve sombra.
Aunque fuera invierno
y se colara el frío
por todas las rendijas
y nos erizase la piel
en su legítima defensa,
me quitabas la ropa,
simple y dulcemente,
sin poder disimular
la violencia y las ganas
que habías ido acumulando,
y así creabas la luz
y yo no necesitaba más
para subsistir,
y tú te largarías pronto
con la música a otra parte,
movida por la misma sed,
y ya nada sería igual,
pero todo sigue su curso
inexorable.
La inmensidad
y lo inabarcable
es ahora.
Rodeado
por otras islas
de tiempo.
Puestos a albergar
las fantasías habituales,
me quedo con un viaje
al país de tus maravillas.
Concluye una etapa.
Saltas el muro
y vuelves a hallar
la misma devastación.
Fotografía: Lasse Persson
El instante
es la soledad.
Fotografía: Heli Rekula
No es tan difícil vivir solo.
A nadie le preocupa a qué hora
te acuestas.
A veces recibes postales,
utensilios de cocina
o visitas inesperadas.
La noche cuida de tus sueños
y te demoras con las noticias
necrológicas.
Tienes agua corriente
y calentador.
Limpias lo justo y necesario
y todo huele a rosas.
Dadas estas circunstancias
me pregunto cuáles de las presentes
habilidades
se deben a pasadas vivencias
en compañía.
La medida apropiada de los peldaños,
el número de pisos que subir y descender,
esta ciudad en vertical, las esperas largas
de los ascensores, la decisión de utilizar
las escaleras, las puertas contra incendios,
el aire acondicionado y la oclusión
de las ventanas, la respiración de la niebla
que cubre las cúpulas, calcular cuántos
botones presionarán los pasajeros y si
coinciden o reducen el viaje, los modelos
de zapatos, la cabeza gacha, anhelo
de la paz interior sin huir ni desplazarme,
leer la prensa de allí y la de aquí
con idéntica sensación fantasmagórica,
cuántas veces somos rechazados,
de qué maneras y grados la violencia,
la pérdida, el levantarse de nuevo,
darles agua a las plantas que están, aún,
más solitarias, porque no creo
en los corazones rotos ni en la cirugía
de los mismos, a menudo las cosas
son mucho más sencillas, abrir un libro,
escuchar, abrazar, comprar flores,
una música japonesa me ayuda
a trabajar, es todo muy repetitivo,
queda poco, queda poco para pasar
a otra tarea muy repetitiva, no ahorrar,
que la felicidad se agote en este viento,
buscar excusas para salir, que sean
esas historias verosímiles las que me
llamen, preguntarme qué pensarás tú,
qué estarás contemplando, recorrer
los mismos pasillos cada día, ducharme,
no hablar demasiado, por qué
continuarán la hipocresía y esos
personajes y esos discursos sobre
los derechos humanos y sobre
la devastación, música impresionista
ahora, hurgar en las carpetas, limitar
el poder del laberinto, para la mayoría
toda esta circulación será inconsciente,
pero no lo sé, no podemos acceder
a la ligera, especulamos, desayunamos,
cumplimos nuestras obligaciones,
tomamos el té con jazmín no muy
caliente, alguien próximo padece
un cáncer terminal, pienso en mis
constantes vitales, mi altura, los análisis
de sangre, hace mucho tiempo ya,
el abismo de las desigualdades,
los pies en la tierra y, sin embargo,
la necesidad del deseo, su imperio
vago y brumoso, la producción
de sentido con indicadores fiables
que satisfagan a mis empleadores,
las páginas en blanco pidiendo más,
el problema de la vivienda y una
arquitectura evocadora, la fragancia,
el cuerpo desnudo, el relámpago,
los senderos sinuosos, esta apabullante
vegetación que nos envuelve,
el marfil, las piedras como corales,
los animales extinguidos, el tesón
de las alumnas de yoga por mantener
el equilibrio, las piernas inmensas
de las jugadoras de voleibol,
los callejones sórdidos y la luna
carcomida por una nueva expedición
astronómica, no sé qué habrás
cocinado hoy, tampoco es plan
de comunicarse con frecuencia,
es mejor así, ocho horas de sueño,
por lo menos, ni siquiera los cascotes
polares son eternos, hay un gran
deshielo en marcha, debemos estar
preparados, cerrar los ojos con fuerza
como en aquellos juegos desiderativos
de la infancia, escondernos y dejar
que nos encuentren.
Fotografía: Man Ray
Sumando nubes escarpadas,
horas benéficas y panales de ojos
que reparten su amor carnoso
por los buzones y lechos floridos.
Considerando que los espejos
dictaminan una percepción parcial
y que nadie les solicitó su acuerdo
a los grandes mamíferos y qué
otras joyas podrían decorarnos.
Entreabriendo las celosías
de la donación a hierro y fuego
y de las amistades mensajeras
que picotean entre las alas
a cal y canto.
Escogiendo la negra lencería
y las marcas delebles de lo escrito
y pronunciado por los labios
independientes, escudriñando
tu lección de algodón y libertad
cuando voy a adquirir las frutas
del sagrado día.
Ausentándome de las carreteras
y de la caña de azúcar y de la flauta
repetitiva como lluvia persistente,
con los gestos de la cintura
que dejan de lado lo nefasto.
Definiendo los ángulos y aristas
nacaradas donde una paz de cien
años anide y donde librar mis guerras
incruentas y besar tus velos
y tus aristas y tus ángulos aunque
sea de una forma tangencial.
Y ahora se presentará sin permiso
otra multitud de sueños exigiendo
su imposible domesticación.
Fotografía: Alek Kindus
Para sentir el contacto sincero que estremece
antes he tenido que temblar de frío
y abocarme a la intemperie
y recorrer sin posesiones las mesetas
del abandono.
Para maravillarme hasta la lágrima
por una escasa partícula de verdad
y de emoción,
antes he vagado por la noche de los lobos
y de las heridas abiertas con voluntad
inquebrantable.
Para descifrar cada pulso de tu voz
y los pliegues de los años calcinados
y el coral deslumbrante y sumergido
por el que significas,
ha sido necesaria mi escisión y el riesgo
del abismo, adherirme a la nuez
y a las horas muertas
de tu ausencia.
Pretendemos lo imposible:
como amar sin dejarnos la piel,
como rehuir toda instancia
limitante y, a un tiempo, ser partícipes.
Estas reglas de puntuación las elijo
como elijo aceptar la lluvia cálida
o la desnudez. Entre lo dado.
En su arbitrariedad me incorporan
a los viveros de lo común. Al florecer
periódico y a lo efímero.
Me señalan.
Hay un valor incalculable en el destello
y en la mirada. En la línea de fuga.
Divisar la vegetación austera en la cresta
de las lomas.
Caer dentro del marco donde también
resides tú.
Parece increíble que los crisantemos
hayan sonreído durante más de una semana.
En su océano doméstico, absorbiendo frugales
toda la tristeza del ambiente. Con esa
provocación naranja no hay espacio
para lo sórdido ni para la nieve que irás
a comprobar gélida y que persiste.
A los caballos en reposo que acariciarás
a contrapelo diles, de mi parte, que no
me olvidaré de conjugar su diccionario.
Todo aquí es una ironía y nadie nos explica
los cadáveres de la belleza salpicando
los caminos. La libación, los manantiales,
los tifones indomables, las serpientes
y la muda de piel y de escamas.
Vuelve al círculo, a encestar con los críos
que pueblan la cancha del barrio. Vuelve
al aire salado y a bruñir los amaneceres
del domingo. Las conchas fósiles seguirán
acumulando sus millonésimas de pedazos
en los arenales. Las almas indiferentes
a su mortalidad invocarán conceptos
de alcance limitado. Y quién besará
el líquido sudoroso de los cuerpos ebrios
después del trance.
Fotografía: Carlo Mollino
Los congresos y seminarios
académicos
tildados de críticos
rara vez son ejemplo
de lo que predican.
Hoy vi cómo una profesora
extranjera, Lisa,
le regaló bombones
a una de las empleadas
en la organización
durante las tres
últimas jornadas.
A propósito, con alevosía,
planeándolo antes
a conciencia,
como muestra sincera
de agradecimiento
y respeto por el delicado
trabajo,
como afecto transparente
de solidaridad.
No como refuerzo
de su posición distinguida,
pues no hay pauta social
ni sanciones implícitas
que prevalezcan
en esta materia.
Sólo un gesto simple
nutriendo
los vínculos densos
y extraños
que apenas sabemos
nombrar.
Lisa es de California
pero sus facciones denotan
sus ancestros koreanos.
La mujer que recibió
el presente con cierto rubor
también tenía rasgos
orientales.
El sol de diciembre radiaba
con júbilo,
las orquídeas siguen floridas
y yo no pienso en otra cosa
que en la ternura reverencial
de los donantes.
Ilustración: Amanda Baeza
La necesidad de teoría
no puede eclipsar
el afecto.
De múltiples formas
limitar, detener
lo vano y lo hostil.
¿Y por qué no pruebas con los hombres
y te zafas del heteronormativismo,
tú que tanto presumes de no comulgar
con ruedas de molino y de transgredir
día a día cada sutil faz
de la opresión?
Y respondí: porque abogo por el derecho
radiante a que cada cual se rasgue
las vestiduras y se desquite e imagine
las perversiones que le venga en gana
de acuerdo a su mortal naturaleza
de marfil y crisantemos.
Por lo demás, tan sólo me adhiero
a una máxima: los caminos del deseo
son inextricables.
Fotografía: Ellen Von Unwerth
Arrastrando la larga cola
de toda tu belleza desproporcionada
como un ejército de libélulas
sorteando la abundancia de la húmeda luz,
vienes hasta mi torso inerte
a concederme la epifanía y la inspiración
de tu boca a boca.
Será que me he vuelto holgazán
y tan sólo te espero circunspecta
entre los pliegues de mis sueños.
Buscas el espacio blanco lejano,
un horizonte sin carne ni hueso,
tu infancia nívea.
Hay peces que interrumpen
la cristalina transparencia.
Es su cometido.
Varían los grados
de flotación.
No pretendes
el equilibrio imposible,
pero sí aromas de quietud.
El pan recién cocido,
la albahaca dichosa.
Apenas necesitas
más ingredientes
para domesticar
el precipicio.
Fotografía: Aaron Siskind
También hay días
en los que no me gusta
ninguna mujer.
Por su inconsciencia
de clase.
Por insistir
en el maquillaje
y lo superficial.
Por su delegación
en las pérfidas
instituciones.
Por pensar
que la política
o que el feminismo
no son
de su incumbencia.
Por sus tabúes.
Por afiliarse
a los relatos
hegemónicos.
Por no consumir
flores ni nubes.
Por haberse olvidado
de jugar
y de andar
en bicicleta.
Por darme largas
y calabazas.
Ya sabía que no eran
perfectas
-ni falta que hace-,
pero nunca pensé
que llegaría a volverme
tan tiquismiquis.
Es el momento de darle un tajo
a lo que se pudre
y enfanga.
Cortar por lo sano
o un poco más allá,
por si se salva lo que rodea
al extremo.
Las dudas
y remordimientos
conviene aplazarlos.
Ya habrá tiempo
para lamer
las cicatrices.
Tomo nota de las advertencias
aunque las envuelvo
en una bufanda granate
que huele a jazmín y a sudor.
Circula un aire denso,
el humo de una ciudad
impasible.
La masajista thailandesa
clavó sus codos
sobre mis nalgas y muslos.
Hizo crujir los huesecillos
de las falanges
y apenas intercambiamos
unas palabras en la lengua
con la que no soñamos.
He visto ratas obesas
paseándose entre los puestos
del mercado húmedo
y nadie se inmutaba.
Menos, esos vendedores ancianos
encorvados y dormitando
como si el trajín
no fuera con ellos.
Me despierto desnudo y más joven
y sé que no amo y que amo
esta claridad rotunda que hiere.
También el umbral y el aullido
que se encuentran en dirección
hacia lo oscuro.