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ateo poeta

mis poemas y otros textos (provisionales)

 

Ahora veo las ruinas.

Se parecen a las de siempre,

no hay confusión.

 

El frío glacial,

la voz temblorosa,

unas notas quejándose

en lo oscuro.

 

El mismo espejo

repitiendo

su cantinela.

 

Será la fiebre

o la espontánea lucidez

del enfermo.

 

El caso es que sigo

aquí varado

y ni las olas

me vapulean más

que tu recuerdo.

 

 

Fotografía: Helmut Newton

 

 

En estos momentos

estoy improvisando.

 

Lo que leas mañana

será el rescoldo de una fútil

obsesión por darle lustre.

 

 

Fotografía: Edith Tudor Hart

 

 

Las flores secas,

el vómito y la arcada violenta

fuera de tu control,

la pérdida del conocimiento,

la madre de todas las guerras,

el hongo de aire plomizo

anunciando la lenta muerte,

las pesadillas

y el insomnio,

las ratas cruzando la calle

veloces,

el ruido descarnado

del tráfico incansable,

la ausencia de la nieve,

las horas, los días, los años

unos tras otros, extinguiéndonos

con su losa y su tristeza,

el desorden de los objetos

y las noticias incendiarias,

los escasos recuerdos

de ternura y de lágrimas

y de una nostalgia deshidratada,

no sé qué es lo que martillea

en mi cabeza ahora,

qué percepción,

una noche blanca,

un día negro como humo,

una lengua de víbora,

la protesta

de brazos caídos,

el repliegue táctico,

los cristales rotos,

una melodía

que se injerte en mis venas,

pronto, sin más demora.

 

 

Fotografía: Fred Stein

 

 

 

Qué tristes los fuegos artificiales

para liquidar el año viejo.

 

Qué tristes los mensajes de amor

y de banal prosperidad.

 

Qué tristes las cenas copiosas

y las sobras abundantes.

 

Qué tristes los ombligos

y las narices postizas.

 

Qué tristes los muy tristes

y los efusivamente alegres.

 

 

 

 

 

El silencio

es como una ventana

que comunica

dos espacios.

 

Una ventana rota

o empañada,

firme en sus cerrojos

o abierta

de par en par.

 

El silencio

permite ver

lo que se sitúa

a ambos lados

del tiempo,

siempre que no

se interpongan

las hojas de la noche.

 

Filtra la luz

y aminora

las estridencias

de origen desconocido.

 

Una ventana

es solo un traje a medida

de la ventilación

necesaria.

 

Por eso cuando callas

o te flanquean

mis palabras,

sé que estás presente

y nada cesa

de circular.

 

 

 

Preparo el terreno

para que se disuelvan

la neblina y el dolor,

para que se inclinen

con la fuerza

de su propio peso.

 

Es tan inabarcable

este espacio aquí dentro

que me niego

a crear

falsas expectativas.

 

Recuerdo nítida

una cicatriz

en cada punto

de bifurcación.

 

Vivir,

a fin de cuentas,

no parece más

que una repetición

de las mismas elecciones.

 

 

Fotografía: Bert Emanuele

 

 

 

Si no fuera por el amor

-en todas sus variantes-

creo

que ya me habría olvidado

de cocinar

-hace mucho tiempo.

 

Alguna ventaja

le encuentro, al fin,

a esa tempestad

que todo lo pone

patas arriba.

 

Ahora entiendo,

además,

por qué hablan

de amores

alimenticios.

 

 

 

 

 

En las solapas

y contraportadas

de los libros

constan falaces

biografías.

 

Del poeta subrayan

el lugar de nacimiento

y el de residencia

si la muerte

aún

no le ha sorprendido.

 

Del científico

sus diplomas

y las universidades

por las que

ha transitado

como un ser inmortal.

 

A esa tarjeta de visita

o breve sumario

curricular

a veces se le añade

una instantánea

del rostro

congelando el tiempo.

 

Los autores,

distantes y modestos,

no dudan

en reconocer

que esa obra

ya no les pertenece.

 

 

Fotografía: Hiroshi Hamaya

 

 


 

Enfocar un primer plano

y dejar el fondo borroso,

envuelto

en la ambigüedad.

 

De esa suspensión

en un humo

de incertidumbre

dependen las formas

nítidas

más próximas.

 

Un rostro

o un objeto,

capturados al vuelo,

no cesan

en su transcurrir

más allá

de la fotografía.

 

Cada línea eterna

se rinde

a una mirada

que pudo no ser.

 

Entre los pliegues

de la luz,

en el vacío

posterior

o en los márgenes,

lo representado

demanda

su porción de verdad.

 

Para qué tanto color

si persiste

el enigma

de este universo.

 

 

 

 

 

Por alguna extraña inclinación

a enajenarme del presente,

siempre anticipo

la derrota.

 

Con lo sencillo que sería

consignar y levantar acta.

Seguir el curso

de los acontecimientos.

Dejarme querer.

 

Tampoco creo

que las capas de sedimentos

y las superficies estriadas

me hayan elegido a mí

como único testigo.

 

 

Ilustración: Lev Alexandrovich Russov

 

 

 

La madre del deseo arropaba

como las primeras palabras

que se tejen en la memoria

sorprendida.

 

En los fogones se cocía

el misterio de la mezcla

y sólo imaginarse el sabor

inundando el cuerpo amado,

era ya arder.

 

De qué país habría vuelto

con la mirada salvaje e infinita.

 

Todo el almíbar en sus labios.

Un huracán aleteando alrededor

de sus sueños de bosque.

 

La hipótesis de un bancal

fertilizado, ojos altivos hacia

el valle donde la desnudez

se agazapa.

 

Al mediodía, las agujas del sol

penetraban la piel sin futuro.

 

Estar y oír con lentitud.

Su corazón donante de miel

y de tolerancia a la excelsa

incertidumbre.

 

 

 

Es mucho mejor creer

que hay amor y futuro

cuando tienes sexo.

 

Luego, ya se sabe,

la vida te empuja

por otros derroteros.

 

 

 

Ilustración: Henri de Touluse-Lautrec

 

 

 

 

Buscan amor.

Hacen lo imposible, el payaso

y el funambulista, escalan riscos

y paredes congeladas, sonríen cándidamente,

se fotografían para la eternidad.

 

Buscan amor.

Un amor blanco y diario, alimenticio.

Se enfadan y se contentan. Regañan,

recelan de las ventajas tecnológicas,

se lanzan los dardos más sangrientos,

blasfeman, se arrepienten y porfían

en los espejismos de su amor.

 

Buscan amor.

Simple y llanamente. Aunque trabajen

con denuedo hasta altas horas de la mañana.

Aunque derrochen compulsivamente

y alarguen la soledad hasta el amanecer.

Un amor prístino que nunca existió.

Un amor de andar por casa como un cojín

o un osito de peluche.

 

Buscan amor.

Escriben que buscan amor. Proclaman

a los cuatro vientos que lo merecen,

que tienen un derecho universal e inalienable.

Aquella explosión entre torso y espalda,

la luz mística y cegadora,

el silbo celestial que nos acompañaba.

 

Buscan amor.

Buscan, olfatean, desarrollan sus pesquisas,

ensayan y erran.

Regalan y son olvidados. Reciben y desprecian.

Nadie parece satisfecho con unas pobres

migajas, aunque deslumbren como estrellas.

Golpean duro en la fragua.

Cómo quebrarán después los armazones

y las soldaduras.

 

Buscan amor.

Sobre todas las cosas.

Por debajo de todos los gestos.

En las lecturas entre líneas.

Matarían si les arrebataran el conseguido.

Ese precioso piano de cola.

Ese lobo con piel de cordero.

El resplandor en los labios jugosos.

 

Buscan amor.

Y a menudo lo dejan en la cuneta

o que se marchite bajo el sol impune.

O no responden a sus cantos de sirena.

O siguen buscando porque ambicionan

más perfectos diamantes.

Esa inagotable locomotora, ese ingenio

desprogramado.

Ese vacío en cada laberinto.

 

 

 

 

Mi libertad

es el agua

en un vaso medio vacío.

 

Tu libertad

es el agua

en otro vaso medio vacío.

 

Alguien se ha empeñado

en suprimir unos cuantos vasos

del panorama general.

 

Y eso por no referirnos

al aire limpio que debería llenar

el conjunto de los recipientes.

 

En otra ocasión

abordaremos el espinoso tema

del trasvase de fluidos.

 

 

 

Arrima la puerta.

Asómate a este interior.

 

Lo que se esconde,

como en la masa del pan,

es fruto de la lumbre.

 

No hay rescoldo para el ardid

porque compartimos un temblor igual

en la soledad oscura.

 

Es suficiente con el extremo

de tus dedos.

Ya sé lo que prefiguran.

 

Humea la estancia, tomaremos

los baños rendidos a la desnudez.

 

 

Fotografía: Elliot Erwitt

 

 

 

La sustancia del trayecto,

se mire por donde se mire,

señala a la gimnasia

del tiempo

y a la música que nos regala.

 

Sin probar el agua tibia

ni las manos justas,

es muy fácil y terrible

que se cierna la subyugación.

 

Y esa avaricia por acaparar

trabajo muerto y desvincularse.

 

El amanecer del mundo clarea

a la luz del racimo y su jugo fiel

cada estación de plenitud.

 

Emborracharse de amor,

por qué no, y después preferir

la noche sobria

y los animales supervivientes.

 

Desear que el deseo florezca

sin veneno

ni malas hierbas.

 

A la larga, hacer las paces

con el silencio reparador

y con las batallas perdidas

de los sueños.

 

En cada lugar que moramos

no hay nada que poseer.

 

Sólo dar belleza y tersura.

 

Es frágil y a la vez repercute tanto

que nos reconcilia

con el trance del universo.

 

 

Fotografía: Richard Misrach

 

 

Un fuego medular que subyace.

 

Las partículas elementales revelan

lo inmóvil y perceptible

de cada donación.

 

La cosecha de tus manos de espigas.

 

Venid navegando, lirios rebosantes

de perfume,

deudores de la claridad.

 

Ni siquiera la caída de la hoja instiga

la rebelión del pan ácimo.

 

De tu despertar, la sustracción de la nada.

 

Sabes a tierra negra y mullida

donde van a reposar las especies

exhaustas de los océanos antiguos.

 

Es aconsejable instruirnos en lo leve.

 

Todo nos será confiscado algún día

para que no cesen las palpitaciones

en pos del interés natural.

 

Prescindir de máscaras y de agentes intermediarios.

 

Acércate al umbral del invierno,

incluso ahí, en su calor, comprenderemos

la deriva.

 

 

Fotografía: Yamamoto Masao

 

 

El sueño, el sabor del sueño,
el sabor erótico del sueño,
la rotura del sueño, el dolor
de la rotura, el crujir arbóreo
del cuerpo, el cuerpo fulgurante
de tu nombre, tu nombre
con hojas de menta, tu nombre.

 

 

 

Si el placer

era, en sus albores,

un simple mecanismo

biológico

para ponernos a trabajar

por la reproducción

de la especie,

 

el arte de la sexualidad

no es más que un conjunto

amorfo

de malentendidos

y vacilaciones cuyo fin

es la tortuosa administración

del placer.

 

 

Fotografía: Nobuyoshi Araki

 

 

Un sueño llega a las estribaciones

de la vigilia y solicita permiso

para hacer acto de presencia.

 

Evoca labios como mieles, sedas

y fruncidos, la columna vertebral

expandiéndose como un látigo

de placer repentino.

 

A la sala de espera llega raudo

otro sueño no identificado

que irrita las certezas del primero.

 

Unas tijeras autómatas, lluvia

torrencial, los taxis de madrugada

transportando a maniquíes

con sus galas de fiesta.

 

Una orquesta de jazz impide

el acceso de los sueños

a las estancias de la amnesia.

La voz solista posee

una sexualidad ambigua.

 

Puede tratarse de otro sueño

que guarda las apariencias

para pasar inadvertido.

 

Hay hambre de paz, ansiedad,

un cuerpo cansado y tendido

a las orillas de un río. Alguien

protesta y exige las llaves

del paraíso. Los sueños

se echan a reír a carcajadas.