¿De cuántas formas
conjugar
el silencio?
¿Qué células
y músculos
son dejadas atrás,
relegadas?
¿Cómo consigue
una amplia sonrisa
enterrar
todas las incógnitas?
Fotografía: Peter Coulson
¿De cuántas formas
conjugar
el silencio?
¿Qué células
y músculos
son dejadas atrás,
relegadas?
¿Cómo consigue
una amplia sonrisa
enterrar
todas las incógnitas?
Fotografía: Peter Coulson
Puntos suspensivos
en el medio del océano
y aguas revueltas.
Cada palabra pronunciada
contenía toda la sal y la luz
propias del momento.
Ningún lastre más
antes de sumergirse.
Escamas, pieles como seda,
salir a calentarse e invitar
a la quietud
a favor del oleaje.
Diviso signos
en tierra: siempre nado
hacia tu orilla
pero desconozco
tu nombre verde y maduro.
Después del cansancio
y la desorientación
todavía hay tiempo
para jugar
a la búsqueda del tesoro.
Fotografía: Bruce Weber
Se escribieron cartas de amor
como si el amor tuviera
hambre insaciable
de palabras y distancia.
Por encima de guerras y familias,
depositando su secreto
en los servicios postales,
viviendo en los impulsos
de cada mensaje
correspondido.
Cuando al fin se relajaron
las aduanas y la cadena del azar,
se entregaron sus cuerpos
exclamativos
como una acentuación
y un punto y aparte.
De inmediato volvieron a las andadas
y a separarse
según la ley del deseo
y a escribirse más epístolas que nunca
como si solo en ellas
resistiera
la pulpa cómplice y la verdad
al margen
de las convenciones.
Fotografía: Ellen Auerbach y Gret Stern
Del fondo hambriento de un violín
me llega un catálogo racional
de la dentadura con que me amas.
O que te sirve para ponerle un dique
a los silencios antes de que avancen
a la línea de empaquetado.
Porque en ese grado de residencia,
en las frutas al alcance de la mano,
sí que hay atisbo de navegación
y de luz y de dulce equilibrio.
Y esta mañana fría aún no he dicho cerezas,
piel virtuosa, lobos, remanentes.
Estabas jugando en la arena de una playa
de la costa imaginaria de Chile desde la más oriental
despedida al calor orgánico de la placidez
y los guijarros saltarines sobre las olas.
Un viaje intrépido por culpa de los negocios
te llevó a las páginas de Riga donde salpicaban
las ilustraciones de tu mundo coreografiado
y sin tregua con la miel de los tilos.
No nos llegamos a conocer nunca pero adiviné
que tus besos en el crepúsculo desvencijado
de una plaza de Lisboa resonaron en mi muñeca
cuando consultaba la hora del quirófano.
Por fin te encontré en los estantes olímpicos
de la antesala de Hong Kong cuando no recogía
moras ni me pinchaba los dedos y sólo las arias
me hablaban cerca como si tus labios florecieran
insomnes.
Fotografía: Amanda Baeza
Las concepciones optimistas
y positivas de la vida,
las que todavía albergan
esperanzas y proponen
soluciones para cualquier
desmán, me sacan un poco
de quicio.
¿Pero es que cierran los ojos
a toda esta nube de violencia
que impregna hasta la más
mínima operación de compra
y venta?
¿Cómo se pueden arrojar
a los escombros de la historia
todos esos movimientos
de tropas ávidas de sangre
fresca?
¿Por qué aceptar dócilmente
estos puntos de partida y los
privilegios adquiridos?
¿Es tan saludable el rechazo
a abastecerse de otras
potencialidades?
Ingenuidad, conformismo,
avaricia y la boca llena
de palabrería acerca
del bien común.
Desde la contingencia
que nos ha tocado en suerte,
cualquier opción política
parece inestable, suicida
o temeraria.
Y no es que abogue
por lanzarnos al precipicio
o quemar todas las banderas
desde nuestra cuerda
floja.
Sólo digo que observemos
el conjunto y pongamos
en práctica un poco
de ecuanimidad.
Si la atracción por el sexo
es un vicio desenfrenado,
entonces que no se juzgue
sino en los términos
de su propia enfermedad.
Fotografía: María Sánchez
Y poco a poco iré desapareciendo
de tu memoria.
Apenas un hilillo de humo,
una nube cómica o triste
a lo lejos.
Irás ocupando la rutina diaria
con llamadas de teléfono,
con visitas inexcusables,
con la casa solícita
de tu dosis
de realidad.
Todos mis escritos
irán fragmentándose
hasta la saciedad
en palabras, sílabas
y letras a medias
como un puzzle
esparcido
por la alfombra,
o arrumbado
debajo de ella.
No importa, en serio.
Deja que la brisa de otoño
te refresque.
Desempolva las alas
y besa.
Todo el sentido
es ahora, ya lo sabes,
frágil,
huidizo.
Más allá del espejo.
Yo seguiré
intuiciones parecidas,
por mucho que me enrede
con estos pasatiempos.
Fotografía: Hanes Kilian
En aquellas sesiones
de sexo, sudor y lágrimas
que ni el ventilador
era capaz de apaciguar,
sólo cabían dos escapatorias:
o mirarnos fijamente al cristalino
como poseídos por una rabia
incurable, chocando una y otra vez
con esa superficie del alma
tan refractaria,
o soltarnos la lengua locuaces
como si no hubiera secretos
y las palabras emergiesen
sin los amarres de la verdad
acicalada y pendenciera.
Creo que jamás nos entendimos.
Creo, no obstante, que nos amamos
como dos cuerpos siempre a punto
de una fusión nuclear.
No es solo
por culpa
de la edad:
estoy sereno,
lo veo nítido
y tenebroso.
Los procesos
tienden
a repetirse
como todo
lo que nace
y muere,
sin contemplaciones
ni medias tintas.
Los eventos
siguen
unos patrones
de conducta,
apenas
se desvían
de los caminos
trillados.
Puedes sorprenderte
por un quiebro
inesperado,
por una carambola,
por las variadas
ramificaciones
de los cuerpos
y los discursos,
pero sigue ahí
el abismo
celeste
y lánguido
de la reproducción.
Es entonces
cuando te preguntas
qué hacer
con tu fuerza,
con tus sentidos,
con tu singularidad,
antes
de que se sumerjan
en el fondo
embarrado
de esa corriente.
Por supuesto que el amor
huele y sabe y eriza la piel
y moja y caldea el ambiente
y quita el hipo y corta
la digestión y mueve
montañas si se pone
un poco de fe
en el asunto.
Pero que nadie
se haga ilusiones:
los síntomas varían
una barbaridad
a lo largo de tomas
sucesivas.
Y eso por no hablar
de los gustos
raros y caprichosos
de los sujetos
implicados.
Por lo demás, estoy
plenamente de acuerdo
con Safo:
"agridulce alimaña
invencible".
Todo individuo
lleva en sí
una caja negra
escondida.
En los bolsillos,
como una carta
en la manga,
con la forma
del caramelo
que zarandeamos
de una lado a otro
de la boca.
Cuando el individuo
va a la clase
de yoga
y está y no está
junto al resto
de participantes,
la caja negra
sigue haciendo
de las suyas.
Si decide ir
a la cancha
de baloncesto,
flanqueada
por altas verjas
disuasorias,
hay algo oscuro
que guía
cada disparo
a la canasta.
Si va a correr
solitario
y se sumerge
en la penumbra
de los bosques,
o si mira
hacia el curso fluvial
que le acompaña,
una voz lejana
sigue mascullando
a su aire.
Nada se escapa
a las aviesas
intenciones
que se maquinan
en el interior
de la caja negra,
pero el individuo
prefiere no darle
la mayor importancia.
Y tú me preguntas:
¿a qué sabe el amor?
Y yo te pregunto:
¿a qué sabe el poema?
El juicio crítico sobre el poema
no dejará títere con cabeza
ni absolverá de la hoguera
una rima inicial
en asonante.
Se segará de cuajo el corazón
para que las fibras de la sintaxis
pongan de manifiesto
la semántica sanguínea
sin que el paciente
se incline hacia un coma
terminal.
En una pirueta digna de arlequín
se aprovechará
la oportunidad académica
para hacer alarde
de los propios vicios
por medio de una retórica
no menos
engolada.
Un broche de oro
si se encumbra,
acta de defunción
si la puntilla se clava
en el lomo de quien firma
el manojo de los versos.
Aunque más habitual
es escurrir el bulto
y salir por la tangente
con alguna evocación
críptica y extemporánea.
Pienso en un globo aerostático,
con su lona a franjas de colores
llamativos y el soplete bombeando
aire cálido en su seno cóncavo,
y en el incierto devenir
al que se somete después de haberse
elevado con la primera propulsión.
Pienso en los planes y mapas
que trazamos con ahínco
y perseverancia, ufanos
de nuestro albedrío y capacidad
previsora, aspirando a crecer
y ensanchar nuestra corta mirada,
a entrar en contacto con algunos
de los seres mortales que pululan
alrededor.
Entonces veo con extraordinaria
nitidez la semejanza entre ambas
entidades al albur de corrientes
que nos mecen o empujan
con su violencia irresponsable,
y comprendo el vértigo irradiado
sobre el grueso del pasaje
que opta por no prestarle
demasiada atención.
Ilustración: Julie de Waroquier
Al apasionante mundo
de las perífrasis
se le atribuyen
inconmensurables
ventajas.
Y no seré yo
quien les vaya
a aguar la fiesta.
Por un lado se evitan
los nombres propios
(con lo cual uno puede
declarar su amor
a los cuatro vientos
sin que nadie replique
por alusiones).
Por otro lado
es de agradecer
la renuncia a la insidiosa
manía por definir
cada término
(a la manera de esos amantes
obsesivos que no cesan
de ponerle puertas
al campo).
Con la familia
de circunloquios y objetos
indirectos es fácil
mantener largas
conversaciones
(y saltar de tema en tema
como quien no quiere
la cosa).
Y como este recurso
no es de obligado cumplimiento,
siempre cabe administrarlo
junto a pequeñas dosis
de abiertas afirmaciones
(de amor, de principios
o de finales).
Hay palabras
que se las lleva el viento.
Y hay palabras
que caen como una losa.
Luego hay palabras
que hacen mucho ruido
y pocas nueces,
del mismo modo
que otras calan
hasta los huesos,
como un chaparrón
vespertino.
Nuestro deber
es el de juzgarlas parcial
y subjetivamente,
de acuerdo
a las circunstancias
de rigor.
De lo contrario,
es muy probable
que nos quedemos
con la miel en los labios.
Los ejercicios amorosos
pueden ser circenses
y acrobáticos,
ágiles y felinos,
depredadores.
En otro orden de cosas
es habitual
que se colmen
en el maquillaje
y en el guiño,
en la sugerencia
entrevista
y en el corte
y la confección.
Por último se hallan
efervescentes
y en su salsa,
en la lectura y la escritura
que se dedican con fruición,
en disparatados
idilios,
los presuntos implicados
a lo largo y ancho
de toda una vida.
De las variadas combinaciones
etílicas
de los anteriores ingredientes
se han beneficiado
numerosos géneros
literarios.
Fotografía: Paolo Fani
Nadie ha visto a un pensamiento
envejecer.
¿Deberíamos atribuirle una edad
determinada, pues, al pensamiento
que generamos hace muchos años?
¿No sería mejor decir que ha ganado
cuerpo y sabor con el tiempo,
producto de la fermentación
en nuestra memoria?
Harina de otro costal sería
si lo hubiésemos condenado
al ostracismo
por su disconformidad
con ulteriores ocurrencias.
O si el pobre hubiera mutado
después de sucesivas operaciones
quirúrgicas, y ya no hay dios
que lo reconozca.
¿Y qué pensar del pensamiento
pasto del olvido?
¿Quién lo rumiará ahora?
¿Erró en el tiro
o se dispersó volátil
por causa de su extrema
delgadez?
Y si somos algo más
que raciocinio,
¿habremos dejado constancia
de ello en algún pensamiento
pasado o seguiremos
aguardando una renta básica
de iluminación?
Por instinto de supervivencia
no podemos dejar de fabricar
ideas con distintos valores
nutritivos.
Sólo las más fantasiosas
se enorgullecen de no ser
burdas copias
de todas las anteriores.
En los cuadernillos y libretas
donde voy inscribiendo
diligente
mis anotaciones,
siempre quedan numerosas
páginas en blanco.
Pueden agolparse todas al final
o, con un ademán más caprichoso,
repartirse por cualquier
espacio intermedio.
Dentro de esta segunda categoría,
a veces marcan capítulos
al azar.
Cuando juegan a las matemáticas
pueden imponerse de acuerdo
a un patrón regular
e invisible como la tinta de limón.
De hecho, se imponen:
dictan su higiénico lapsus
no sea que me olvide
de respirar
entre texto y texto.
En el fondo, nunca
han respondido
a mis propósitos.
Un vez que desecho
el manojo de papeles
y lo almaceno con otros
que se vuelven amarillentos,
la comunidad
de páginas en blanco
adquiere una fuerza
abrumadora.
Se mandan mensajes entre sí,
hablan a gritos
todos sus secretos
y no me queda otro remedio
que no llevarles la contraria.
Cualquier día arman
la revolución
ellas solas.