¿La vida?
En lo que a mí respecta,
sólo sé
que llegará a su fin
el día menos pensado.
Para el resto del personal,
el bullicio seguirá su curso
como de costumbre.
Fotografía: Robert Doisneau
¿La vida?
En lo que a mí respecta,
sólo sé
que llegará a su fin
el día menos pensado.
Para el resto del personal,
el bullicio seguirá su curso
como de costumbre.
Fotografía: Robert Doisneau
Tu boca
vertical dice
silencio
y alud,
brisa
y niñez
que apaciguan
y no.
Fotografía: Nobuyoshi Araki
Es inútil
sustraerse
a esa pulsión.
El deseo muerde
y desgarra
por dentro.
Enfila hacia el dique,
inunda.
Desordena
la monotonía.
Su quietud apenas
es ojo avizor.
Sed de mar
y rendición
al naufragio.
La palabra verdadera,
el pacto de sangre
circular.
Es inexplicable, pues,
que yo continúe aquí
diligente y amarrado
a las funciones
encomendadas.
Fotografía: Nobuyoshi Araki
Tu paraguas
ser,
por tu mano asido
y cerca,
entre aire y lluvia,
tangencial
a tu promesa
de cuerpo
y luz.
El universo
en un vaso de agua
y observar
las sedimentaciones.
Las casi imperceptibles,
las bruscas y groseras.
La leve marejada
de la superficie,
el hermoso cuerpo líquido
de una transparencia
aumentativa.
El universo, a su antojo,
también es admirable
como clepsidra
o como pecera.
Sospechamos
que nos incluye
en esa síntesis,
mientras acontece,
gota a gota,
la evaporación.
Alguien llega
a la zona de intersecciones
y durante un tiempo
produce turbulencias
intangibles.
Desconocemos si consigue
explorar los callejones
oscuros del corazón
o si sólo deambula
por los aledaños
y las áreas periféricas.
Si le preocupa servir
a propósitos ajenos
sin recibir a cambio
una inmediata o equiparable
satisfacción.
La ciudad duerme y calla
con la melancolía
de costumbre.
Los nuevos interrogantes,
por lo menos, se alojan
en la atmósfera
de las noches
en vela.
Fotografía: Stanko Abadzic
Te quería
por muchas razones.
Pero, sobre todo,
porque no necesitaba
ninguna razón
para quererte.
Ahora todo parece
agua de borrajas.
Con qué pasmosa
facilidad
hacemos limpieza
de la memoria.
Fotografía: Miroslav Tichy
Hay una tendencia
a la geometría
de las clases sociales,
de los afectos,
del tiempo.
Engastadas en pirámides,
trazando círculos,
apuntando con sus flechas.
Se les pone así
alambradas
de tres dimensiones:
las figuras que se invierten,
las adiciones de parámetros
y el sentido doble,
quedan todos sujetos
a la misma lógica
perversa.
Se olvida entonces
lo fértil de cada seno,
el límite borroso,
la díscola ensoñación.
Siempre hay participantes
que se arrogan la facultad
de definir el orden
y su contrario
como si no hubiera
escapatoria.
Ilustración: Santiago Ortiz
Atrás han quedado
el laberinto
y los sumideros
del ultraje.
Que te condenen
al ostracismo
quienes rigen
en esas parcelas
es toda
una bendición.
Ilustración: Alexi Zaitsev
El punto medio
que no acaba de despuntar.
Se insinúa
como la belleza insólita
de los pétalos entumecidos
o las alas caprichosas
que pugnan por abandonar
su crisálida.
Las leyes de la oscilación,
sin embargo, empujan la línea
hacia uno de los extremos
tan a menudo aborrecibles:
del amor conducen al odio,
de la tristeza a lo exultante,
del ocaso al alba.
El punto medio podría ser
un buen antídoto
frente a los delirios
de pureza
si se aceptasen las espinas
de la rosa
y la metamorfosis
de los gusanos de seda.
Lo que observamos,
en su defecto,
son segmentos quebrados
y la virtud moribunda
del conjunto vacío.
Después de abrir una
seguir hasta la próxima
y no parar por muchas
puertas que se crucen
en el camino.
Es posible que nada
ocupe el vacío
entre una puerta
y la siguiente.
Que la primera solo
contenga a las demás.
Que lo realmente
notable o esencial
ni siquiera consista
en avanzar sin fin.
¿Qué sucede
con los goznes
y umbrales,
con los cerrojos
que han quedado
atrás?
¿Son idénticos
a los que están
por venir?
La naturaleza
se revelará
el día en que
las paredes hablen.
El ramalazo llega
sin avisar.
Ignoro quién es
el domador
y sus intenciones.
Esclarece
si lo percibo
a tiempo
y ato los cabos.
En caso contrario,
se larga raudo
con el cuento
a otra parte.
Siempre deja ahí
su escalofrío.
Fotografía: Héctor González de Cunco
Qué otro lujo
asiático
que la contemplación
de este infinito.
Cada vez
pierdo mejor
el tiempo.
Es encomiable
la soledad.
Nada la iguala
en mérito para ir
perfeccionando
este arte.
Fotografía: Jean Loup Siefff
La oscuridad también acoge el aliento,
evocaciones como luciérnagas deambulantes
si el pálpito acelerado es tolerable.
Un hombre descansa, pierde la noción
de las horas que yacen maduras y las luces
se refractan en sus ojos incrédulos.
Las arenas y los fósiles tienen consecuencias.
La lumbre tiene consecuencias.
La calma de esta noche puede asfixiar.
Un hombre debe digerir todos los cambios
de ritmo.
En las escalas del mundo lo que es significante
para un día o un alga, apenas forma el suelo
que pisan los múltiples simios e ignoran
las estrellas. Ahí la tarea.
Por qué afligirse.
Reverdecen inmensos montes preñados.
La libertad es el silbo pasajero, el refugio
melodioso al que me inclino.
Fotografía: Ilse Bing
¿Alguien escribe otra cosa que mensajes de amor
en los teléfonos móviles con la yema de sus dedos?
¿Alguien, acaso, no demanda, impreca o grita sutilmente
su ración diaria de amor, su derecho inalienable
a unas palabras que reemplacen el amor o que lo invoquen?
¿Alguien puede vivir todo el tiempo sorteando los labios
que pronuncian el amor con estridentes circunloquios
cuando no lo hacen en su nítido y dulce secreto?
¿O es que toda esa compulsión narrativa a lo largo
y ancho de las pantallas táctiles únicamente
pretende aplacar la sed que sigue a todo sorbo de amor?
Ilustración: Paul Jackson
¿De dónde sacar las fuerzas?
Pienso en los días de perros,
en los cielos plomizos,
en el corazón de la tormenta
donde no se oye rugir
porque se carece de exterior.
Yo te quería lacia y voraz,
te quería imposible, unísona,
aromática. ¿Cómo galopar
sobre este oleaje de silencio
ahora? En la ceguera,
en las ruinas de la aspiración.
Me abrazo al frío.
Al paladar que cultivabas.
A los animales vagabundos
e indiferentes a la multitud.
Fotografía: Ilse Bing
El amor de los hijos
también se gana.
No lo regalan por ahí,
no viene inscrito en los genes,
no te lo deben
en compensación
por los alimentos recibidos.
Cuánto derroche
de palabrería
naturalizándolo
como otra forma
de autoridad.
Y qué catástrofe
de cosecha
cuando sólo
se han sembrado
truenos.
Fotografía: Robert Frank
Las formas de la huida,
el rastro de polvo que ya nada dice,
elijo a animales afilados y postergo
las cartas que harían llover,
quién por un trayecto reducido
a una experiencia cada vez más leve,
el amor se sumerge con la piedra
al cuello, su opacidad invita,
prefiero seguir en los labios,
no sé cómo, pero tú pronuncias
olas blancas y encrespadas.
Fotografía: Guillermo Asián
Incluso viviendo solo
desaparecen los calcetines.
Como si una ley general
condujese a la pérdida
irremediable,
y no sólo
a la erosión
de las cosas.
Qué no podrá hacer
con elementos más volátiles
de los que tan ufanos
nos sentimos.
Ilustración: Enrique Maté