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ateo poeta

mis poemas y otros textos (provisionales)

 

Me pides noticias de China

y no te las puedo suministrar

muy halagüeñas.

 

Su meteórica producción

industrial

ha devastado voluntades

y el otrora inmenso y claro

espacio de los pájaros

reveladores.

 

El puño de hierro

del Estado

no deja títere con cabeza

y persigue a cualquier libélula

de encendida palabra

por alta traición.

 

El afán acumulativo

teje urdimbres

que corrompen hasta la última

virtud taoísta

de aquella ancestral

gastronomía.

 

De momento,

la única tranquilidad

que depara el rojo vivo

de los indicadores

(macroeconómicos)

es que apenas amenazan

con aventuras bélicas

allende sus mares

plateados.

 

¿Y sobre el concepto

de comunismo? Mejor

rebuscar

en las enciclopedias

bellamente ilustradas

con edénicos

jardines.

 

 

Ilustración: Qin Tianzhu

 

 

 

 

 

Antes de hincarle el diente

tomaron fotos de cada plato,

sonriendo y aplaudiendo

con su sonrisa oriental

y con las palmas de sus orientales manos

y apartando su pelo lacio oriental

para que no perjudicase

a la instantánea.

 

Sospecho

que no pretendían

recabar pruebas

en caso

de intoxicación.

 

 

 

Hay que ver cómo cambian las cosas

cuando se altera

el punto de vista.

 

Hong Kong, por ejemplo.

 

Cuando era una colonia,

los comunistas clamaban por democracia

(y el regreso a la madre patria).

 

Cuando se extinguió el régimen colonial,

los comunistas prefirieron volver al seno

de la madre patria

(y se mofaron de las nociones retrógradas

de la democracia).

 

Las banderas británicas se incendiaban

hace décadas más como desinfección

de una soberanía

teledirigida,

que como un gesto punk.

 

Ahora, rayando el patetismo,

los jóvenes se revisten

con aquellas mismas banderas

para poner su granito de disidencia

frente a las bocas cosidas

por el partido único.

 

A los gobernadores ingleses

se les exigían derechos políticos

y vivienda social,

y se amenazaba con la insurrección

en las horas álgidas

de la guerra fría.

 

A las élites acaparadoras del presente

apenas se les piden manos limpias

y menos petulancia

en los magnos negocios que van inflando

la burbuja.

 

Cualquier panorama, en fin,

puede ser desalentador

por mucha reforma

que presida la mesa.

 

Siempre estará en riesgo la autonomía,

siempre al borde del abismo.

Quizá no tenga otra razón de ser.

 

Siempre nos rodearán los trileros

liberales, con sus juegos de magia

y su utopía de los centros

comerciales.

 

Me suenan, ya las he vivido antes,

estas transiciones

de medio pelo y el maquillaje

sibilino de las palabras

ancianas.

 

Como si la mayor osadía,

en este contexto (también),

fuese apuntar más allá

de los límites

donde se amontonan

los despojos y los cadáveres.

 

 

Apenas sin esfuerzo,

llego al despacho y observo

cómo se ensanchan las grietas,

más y más, del tiempo

de trabajo.

 

Lo tengo fácil, ofrezco mi rostro

a esa brisa templada que viene

de todos los rincones del mundo

y señala para quién

deben ser útiles

mis palabras.

 

A veces hilvanar,

a veces acupuntura.

Siempre someter a juicio

la escisión.

 

 

 

 

A menudo tengo pesadillas

y nostalgia del arcoiris

que alegraba

nuestra historia.

 

Al despertar, es extraño,

me vuelvo a topar

con una soledad

en blanco y negro.

 

Ni siquiera las sombras

hacen acto

de presencia.

 

 

Fotografía: Junku Nishimura

 

 

 

Éramos los colibrís,

las piruletas,

los meteoritos rampantes,

la sagacidad del beso

irrefrenable,

éramos más jóvenes

y felices, promulgamos

el vínculo, lo anudamos

bien anudado

hasta que la intemperie

lo despellejó,

éramos carne de cañón,

idioma en su salsa,

lencería fina,

corredores de fondo,

más ávidos

y más presentes,

éramos la sed

y la agonía,

aeroplanos en giro,

polvo del ártico,

perpendiculares

en cada batalla,

el axioma de la luz,

más verdad

que todo este desierto.

 

 

Fotografía: Man Ray

 

 

 

 

Nunca le encuentro

mucho sentido al viaje.

 

Sólo me fío

de las motivaciones

más peregrinas:

asistir a algún evento,

obligaciones familiares

y, sobre todo, la huida.

 

Huir de lo asfixiante,

del tedio, de la agenda

sobrecargada.

 

Luego deambulo

sin muchos planes

y consumo las horas

observando

las vidas ajenas.

 

Sólo esta terapia

me refresca las ganas

y me levanta el ánimo.

 

Después del trajín

y de la ausencia

siempre surgen razones

para volver

a desearte.

 

 

Fotografía: Belén Fernández Suárez

 

 

 

He visto a las mujeres celestiales
de Shanghai.

He visto sus labios de violento carmín
y su mirada abismal y serena.

Las he visto sentadas en el club de jazz,
en las heladerías, en los vagones del metro
donde ya no orinan los niños.

Andaban con sus tacones de aguja,
serpenteando entre el humo, indelebles
como si nada pudiera quebrar
su cristalino espectro.

He visto cómo bebían champán
y cómo se maquillaban cada grieta
de su tez olímpica.

Y he visto sus gestos de indiferencia
a mis abundantes canas moteando
la mortalidad.

El subsuelo de Shanghai temblaba
con cada destello de sus muslos puros
y aterciopelados.

Y pensé en cómo perfumarían a sus amantes
antes de que su verga fuese a morir
en el arrozal negro de sus caderas.

He visto mujeres blanquecinas sin sombrilla
y mujeres doradas como templos pacientes
y como las flores de loto donde reinan
las contradicciones del quimérico comunismo
y de las tarjetas de crédito.

He visto las bellísimas mujeres del brazo
de la verdad y del susurro.

Las mujeres leves pugnando por un paraíso
en este mundo disfrazado.

Las mujeres notas de violín y signos luminosos
entre los más de veinte millones de almas chinas
que residen oficialmente y se agolpan
y se acarician cada día sin saberlo
y sin poder evitarlo.

Las mujeres de piedra y las lacias adoradas
como las cabezas del pescado.


He visto cómo se adherían a este extrañamiento
igual que yo y que mis dientes
y cómo las selectas hojas de té
se cotizan entre los artículos de lujo.

He visto sus pestañas postizas antes de la vejez
y de la maternidad, sus vaginas preciosas
e indomables, sus parpadeos adolescentes
tras consultar la última gracia
en sus teléfonos móviles.

He visto su reflejo efímero en el hormiguero
y la polución tóxica del aire por culpa de las fábricas
incesantes.

He podido concentrarme en todas estas visiones
porque los sinsabores y los claroscuros
del viaje me podrían haber conducido sin remedio
a sucumbir de nuevo en la tristeza.

 

Fotografía: Daido Moriyama

 

 

 

 

Reconozco

esos ojos brillantes y exclamativos,

casi saliendo de sus órbitas,

del chaval que me mira fijamente

cuando paso a su lado

en bicicleta.

 

Reconozco

su devoción por el viento

y por los árboles generosos,

por los caminos desconocidos,

su alegría de verano,

sus ansias de libertad.

 

No somos tan distintos,

nos separan algunos años

de aventuras y desazones,

pero sé que un día él también

pedaleará por el mundo

sin preocuparse demasiado

por el destino final.

 

 

frm@panix.com

 

 

Ojalá que cuando pase el tiempo

hagamos un balance

más ecuánime

de todo esto.

 

Por lo pronto, devolvamos

los cuchillos

a la cocina.

 

 

 

 

No me leas más,

por favor.

 

Después de tanto tiempo

corrigiendo erratas,

ha llegado la hora

de decir:

qué triste,

qué triste,

qué triste.

 

(Es un trabalenguas

por omisión,

como bien se sabe.)

 

A partir de este momento

es mejor que continuemos

arañándonos

en la penumbra.

 

No se me ocurre ninguna

rima ni adjetivo original

para murciélago.

Sólo vista perezosa

o aguda audición.

 

Pues así,

en la caverna,

cada cual

con sus oscurísimas

veleidades.

 

En la primavera

o mucho antes, volverá

a brotarnos el sentido

del humor.

 

 

Se cae el telón

y aparece otro

en el fondo.

 

Recuerdo

los besos

como rocío,

aquel don

en la mañana.

 

Abrazar la proximidad

del bosque,

instituir

un fulgor azul

de viento.

 

La ternura,

después de todo:

una superstición.

 

 

 

Tú leías

manos,

piernas,

cuello.

 

Yo escribía

sin rumbo.

 

Tú llegaste

lejos,

tibia,

abisal.

Yo dormía

poco.

 

Tú en tu luz.

Para siempre.

 

Yo resucitando

bajo tierra.

 

 

 

En el centro

hay un vacío.

 

Me asomo:

ni blanco

ni oscuro.

 

Sólo incertidumbre

y, a la vez,

palpitación.

 

De ahí

ya he bebido

antes.

 

Sería una locura

volver a probar.

 

¿Es que no hay

otras fuentes

de significado?

 

 

 

Me ofrecías nieve

y la erupción

de lo inconcluso.

 

Púrpura claridad,

el espejo de un bosque

futuro e imágenes

concretas.

 

La desnudez crepitando,

la ausencia

de los labios enigma,

encrucijadas

insalvables.

 

Bebí todas tus algas

y eclipses,

me alimentabas

con una conjugación

montañosa.

 

¿Por qué debería

hallar un equilibrio

en semejante

ebriedad?

 

 

Fotografía: Pedro Meyer

 

 

 

El amor, todo el mundo lo sabe,

puede romperse en mil pedazos.

 

También puede repartirse

en mil pedazos,

que duele menos.

 

Vaso medio lleno.

Teóricamente.

 

 

Fotografía: Guillermo Asián

 

 

 

En el fondo de sus ojos negros

la promesa de una noche

luminosa.

 

 

Fotografía: Nobuyoshi Araki

 


 

La profesora de yoga.

La vecina recatada

que sube en el ascensor.

La nadadora.

La orgullosa

de sus poderes literarios.

Las que bailan

y conservan la sonrisa

después.

La confiada

y que no espera.

La de piernas

trascendentales.

La que te ofrece el cambio

con sus dos manos

a la vez.

Las que te acompañan

involuntarias

hasta la siguiente estación.

La pizpireta.

La directora de cine.

La que se relame

de gusto.

La aventurera con causa.

La polivalente.

La madre universal

y la que engendra

soberanía.

La que atravesó

el desierto y amanece.

La que ama (también)

a los gatos.

 

Con tantas mujeres

deseables,

¿por qué habríamos

de confiar

nuestro amor

a una sola?

 

 

Fotografía: Nobuyoshi Araki

 

 

A la administración de la muerte

a cuentagotas:

la llaman orden, gobierno,

razón de Estado.

 

No tiene ninguna gracia

la socarronería

de los privilegiados

cuando, por fin,

se resquebraja

la máscara.

 

 

Fotografïa: Héctor González de Cunco

 

 

Entre las prendas

deshilachadas

y esparcidas por el suelo,

pasan la jornada

ese puñado de chavales.

 

El ruido incesante

de las máquinas de coser

a destajo.

 

Algunas tejedoras silban

o canturrean

sin llamar mucho la atención.

 

La mirada fría del capataz

se distrae con su teléfono

móvil.

 

De los cables colgantes

saltan chispas

de vez en cuando.

 

Y los techos se desplomarán

cualquier día.

 

En el consejo de accionistas

alguien golpea la mesa

con vehemencia

por culpa de esos canallas

que les exigen mordidas

y comisiones.