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ateo poeta

mis poemas y otros textos (provisionales)



 

He visto gatos mansos

y gatos ariscos, y he visto

cómo todos eran devorados por los buitres

y cómo éstos eran devorados por otros buitres

y la primavera florecía de nuevo

y las mariposas tenían prisa por libar.

 

He visto a agentes de inversión

que preguntan cuánto beneficio quiere usted

y no tema por las huelgas ridículas,

ni por los árboles invisibles, ni piense

por momentos en los niños ni en las estrecheces

de esos pobres diablos, ya que eso, al fin y al cabo,

no es de nuestra incumbencia.

 

He visto a los hombres y a las mujeres más

inteligentes y más sensibles y con las manos más

finas, y he visto ascender el humo

de todas sus loables y éticas palabras

mientras admiraban colecciones de arte

o volaban a destinos paradisíacos.

 

He visto huracanes carnívoros

y oradores carroñeros.

 

Y a las orquídeas perder su extraordinaria

locuacidad.

 

Y, sinceramente, no quisiera verme nunca

en su pellejo.

 

 

Fotografía: Guillermo Asián

 

 

 

Lo mejor que puedo hacer es dormir, aligerar

el peso de otro día en combustión.

 

Mis aullidos desde el precipicio huelen

a una criatura reciente y al óxido

de las alambradas.

 

Me acerco a un nadir frente al que bate

la espuma, donde picotean las luces

benevolentes y desearía otros

antepasados.

 

Tu cuerpo en transparencia ya no se apodera

de mi escasez, se olvidó de los nichos

y de las marismas.

 

Lo mejor que puedo hacer es incorporar

cada uno de tus rescoldos.

 

 

Ilustración: Enrique Maté

 

 

 

 

Dice Deleuze que, si nos dedicamos a la filosofía,

nos encontramos constantemente en conversaciones

o en negociaciones y en guerra de guerrillas

contra nosotros mismos porque a la vez lo hacemos

contra los poderes que no se conforman con ser

exteriores sino que se introducen en cada uno

de nosotros.

 

Fin de la cita. Temblando. Sin comillas.

Sin ubicación de autoridad. Encarnando

la alerta del pensamiento. Órgano esencial

del poema, no línea de fuga. Primitiva

dialéctica, a modo de palanca y resistencia.

 

Una vez establecido el campo de batalla,

sólo nos queda encontrarnos a nosotros

mismos.

 

 

 

Vuelvo a casa fiel a la rutina.

Los mismos segmentos de suelo que ceden

al pasar por ellos, paisajes inertes.

 

No soy roca ni océano, pero las ausencias

brotan como líquenes.

Fracciones de la memoria que tienden

a la dispersión, a una vida sin centro.

 

Es hora de que lo fluido adquiera

corporalidad. Busco después el gradiente

dócil y el armisticio con el sueño.

 

 

Fotografía: Guillermo Asián

 

 

 

 

Yo no tengo las llaves.

Algunas puertas están abiertas, pero nadie

es culpable por atravesarlas.

Lástima de religiones y de las escuelas

donde lavan los cerebros.

Lástima de charlatanería que se pretende

seria y respetable.

 

Con el martillo de la realidad se aplastan

flores nacientes.

Grandes embaucadores hacen malabarismos

con los juegos de lenguaje.

¿Y quién da la batalla contra la hegemonía:

ilustrando otra praxis, sin dobleces?

¿Y cómo tender puentes desde aquí hacia

lo germinal en bruto y su ternura?

 

Estoy pensando, más que nada, en un cristal

capaz de herir los privilegios.

 

 

 

Esas caderas en trance,

sus piernas jugueteando

y sin maquillaje,

la risa que todo lo cura,

sus bocas empapadas

de cerveza.

 

Para dejar de mirarlas

me habrían tenido

que arrancar los ojos.

 

 

Ilustración: Iris Scott

 

 

 

Acabo de mirar en la nevera

y no me queda tiempo congelado.

El que está disponible

sigue derritiéndose

a gran velocidad.

 

Habrá que ir pensando

en una expedición por ahí,

a ver en qué alma ingenua

encuentro una dosis.

 

 

Ilustración:  Dora Alis Mera

 

 

Si no puedo salir a la calle

sin las gafas ni las prótesis,

sin algún disfraz apropiado

a las circunstancias,

entonces no soy más real

que esos adjetivos.

 

Si trafico con palabras

y discursos en la boca ajena,

y si se contaminan

con números esporádicos,

entonces equivalen

al temblor de mi piel.

 

Si sangra el corazón

como le corresponde

y si se vacía la morada

en su horario regular,

a mí que no me pidan

explicaciones.

 

Hace ya mucho

que deseo habitar

únicamente

todo lo que me habita

con recíproca

dilección.

 

 

Fotografía: Anna Blanch Llovera

 

 

 

 

 

Entonces preferí arrendar

todas mis dubitativas propiedades

intelectuales y empezar de nuevo.

 

Si hay tantas vidas por vivir, qué día

de la semana conviene regar las plantas

para que declamen a borbotones

los derechos orgánicos.

 

Poco a poco, alguna explosión

se apoderará de los restos calcinados

que aún no han mutado en diamantes

preciosos ni en aureolas.

 

Es posible el hiato, démosle su ración.

Para qué hemos combatido, si no,

con barro y escaramuzas. Ahora bien,

de qué cargar las alforjas.

 

Todos esos siglos padeciendo diagnósticos

graves ya no me apesadumbran.

Mis animales de compañía son altamente

agradecidos: casi no les cuesta existir.

 

Ahora bien, por qué me miran esos ojos

de gato desde lo oscuro. No son menos

inocentes.

 

 

 

Y de pronto sucede

la noche,

la ciudad desierta,

el balcón transparente,

cenar sin ganas

delante de ese paisaje

de cartón piedra,

 

y un arrebato

por escribir, con íntima

delectación,

las aventuras amorosas

más inverosímiles.

 

 

 

Mendigar sexo

es mucho peor

que pedir limosna.

 

Nunca sales indemne,

se devuelve con creces

y continúas igual

de hambriento.

 

Lo que no deja de fascinarme

es la discreta elegancia

con que se suele disimular

el intercambio

feroz.

 

 

 

Y yo que esperaba

que fueran ellos

quienes me contagiaran

a mí una pizca

de juventud.

 

Y bailar

toda la noche

como si rompiera

todas las cadenas.

 

Para la meditación

ya tengo suficiente

con mis propios

demonios.

 

 

Ilustración: Christine Wu

 

 

 

 

Ahora mismo

la tentación se presentaría

sugerente, flotando

por los pasillos,

pícara, feliz por haber

acabado la jornada,

perfumada de noche.

 

En cambio, sólo oigo

a los guardias de seguridad

haciendo la ronda.

 

 

Fotografía: Diane Arbus

 

 

Antes, a mí Corelli

tampoco me decía nada.

Donde estuvieran

los Clash,

para qué tantas noñerías

o torpes imitadores.

 

Será que la vejez

acecha y me vuelvo

solidario con los ilustres

antepasados,

pero hasta la música barroca

me salva del hundimiento.

 

 

Fotografía: Ilse Bing

 

 

Esas máquinas de estudiar

con el cerebro joven

y los huesos firmes

aún soportando sus osadías

ante el mundo,

siguen ahí clavados

a las sillas.

 

Al menos no soy el único

que pringa en esta factoría

de relatos perecederos

un viernes por la noche.

 

 

 

No pretenderás

que te cuente mi vida

en tan poco tiempo.

 

Y al poco de decirlo

se esfumó para siempre,

dejándome con la miel

en los labios.

 

Me dieron ganas

de enmarcar sus palabras

en una camiseta.

(La consigna fácil

y el pensamiento breve

nunca pasan de moda.)

 

 

 

Fotografía: Mona Kuhn

 

 


 

¿Por qué no paro

de imaginarme tórridas

escenas eróticas,

muslos temblando

y labios que instruyen

cómo proseguir,

 

mientras corrijo

estos soporíferos textos

de estudiantes que desdeñan

los más elementales

signos de puntuación?

 

Podían facilitarme

un poco las cosas.

Así no hay

quien se concentre.

 

 

Fotografía: Henri Cartier-Bresson

 


 

¿En qué resplandor desclavabas puntas

afín a una levedad agostada y tardía?

 

Son necesarios los pies al aire y señalar

el límite mullido de cada divergencia,

un trayecto que oímos reverberando

dulce y caudaloso.

 

El dinero sería un lastre para suspender

la noción de lo táctil. Mejor una vela

blanca, nadar hasta los huesos, que los labios

pronuncien con cuidado y pudor.

 

 

Fotografía: Mona Kuhn

 

 

Concluye el libro.

El día llega a su fin.

Han cesado las operaciones

amatorias en la alcoba

de los vecinos.

 

A mí no me quedan

arrestos ni para juntar

dos sílabas que signifiquen.

 

En consecuencia:

hay más cadáveres

que no nombro.

 

 

 

No alcanza el verbo a tocar lo último.

Hay afectos en silencio o una luz vaga

que arrastran mucha más broza a su paso.

 

Renovación de la hojarasca por un vendaval,

este refresco de mis ojos incrédulos y oscilantes

hacia donde tú miras y callas.

 

Alternos dominios de conciencia y hermandad

con un vasto cielo de porvenir, acaso replique

el trayecto de aguas y minerales.

 

 

Fotografía: Agatha Wall Knee