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ateo poeta

mis poemas y otros textos (provisionales)

 

Bastan unos pocos días

claros y diáfanos

para retener en la memoria

un territorio,

su plano general

y sus principales accidentes

geográficos.

 

Los días grises,

la bruma coronando

los edificios

y el manto helado de la nieve

se empeñan, sin embargo,

en arruinarnos la lección.

 

 

Ilustración:  Armelle Caron

 

 

 

En el centro

de la multitud

y de los lugares concurridos,

entre pasajeros ausentes,

en el medio del vagón

del metro, en hora punta,

esperando numérico

a que avancen esas filas

interminables, rodeado

por la apariencia

de un vasto mutismo,

conteniendo la inundación

del pensamiento

de la nada,

me limito a llegar

con paciencia

al refugio donde

poder escribir.

 

 

Fotografía: Vivian Maier

 

 

 

 

Ayer mis estudiantes

-6 de 11, que esos números

también son poesía-

entornaban sus ojos

con tristeza

al confesarme que ya no,

que ya no podrían

pagar las tasas

de matrícula

del próximo curso.

 

Hoy leo en la prensa

que no menos de 3.000 niños

-esas cifras redondas

y punzantes que alguna

oscura función poética

cumplirán-

desfallecen en las escuelas

de Cataluña por causa

de malnutrición, sí,

han oído bien,

por esa precisa causa.

 

Este infierno

tan próximo -tanto que

apenas figura altisonante

en las páginas

de crímenes y sucesos-

nos parecía inverosímil

hace apenas

unos años.

 

Este programado

despojo de las palabras

y de los estómagos.

 

Este sin nombre.

 

Hasta que una oenegé

lo rubrique

en una de sus partidas

de cuidados paliativos.

 

Este despojo

-digamos de nuevo

por mor de la anáfora

postergada-

no puede quedar

impune:

expidámosle la factura

correspondiente

de la memoria histórica

(a falta de los perezosos

vengadores

de la justicia natural).

 

Una vez que estés muerto

podrán despedazarte más aún

o incluso despedazarte al mismo tiempo

que te elogian y te critican y te objetivan

y se quedan tan sin mácula como bebiendo

un vaso de leche, con su cara de rugosa

inocencia porque el infierno que les calcina

sigue abriéndose paso hasta la piel, las uñas,

la sangre sitiando sus pupilas, el día cero,

el día menos uno, una vez que tu noche

y tu luz de noche y tus palabras aún más

incandescentes que agrietaron el óxido

de quienes te escuchaban, dejen ya

de molestar, de llamarles enemigo,

de acusarles contra su orgullo y contra su

desierto de orgullo y contra los pájaros

que perseguían hasta descarnarlos de todo

hálito, del azar, del instante de júbilo

que ni sus niños recordaban, ahogados

en el legajo del archivo de la caja fuerte

de las penumbras y telas de araña,

una vez que tú, sujeto palpitante,

acicate, voz del asombro, sello

de la prédica de justicia, alga primera,

una vez que no nombres la explosión

ni el germen ni puedan encasillarte

en la vitrina del museo, ni amordazar

tu renacer en el injerto, lo prolífico

que no se bate en retirada, el agua

inasible, entonces, desde ese momento,

volveremos a invocar una palabra unida

a un cuerpo y a las piedras y a la arena

que dan forma a la sed, que existen

en su raíz y que atraviesan con su mirada

las figuras de los estragos y de

lo sublime e inmemorial.

 

 

Fotografía: Henri Cartier-Bresson

 

En otras latitudes

los seres humanos

no son muy distintos,

a juzgar

por las abundantes

noticias que he ido

coleccionando

hasta ahora.

 

Se olfatean,

se saborean,

se llenan la cabeza

de fantasías

y se infligen daños

como en todas

partes.

 

 

 

Hay personas que nos miran

como si albergasen dientes de ajo

en sus glóbulos oculares.

 

 

Ilustración: Ana Nieto

 

 

La armonía que busco

no responde a un canon

ni se cubre de oropeles.

 

En su desnudez, es el gesto

de la sonrisa plena, como

una eterna juventud.

 

La flotación y el nado

sin violencia, sin más

destino.

 

El torso que ondea

a la par del instante

y su melodía.

 

Lo primigenio y toda

la luz que compensa

nacer,

madurar

y morir.

 

 

Fotografía: Claudia Regina

 

 


 

Cuando es demasiado fácil

y lo tienes al alcance de la mano,

no tiene ningún aliciente.

 

A nadie le amarga un dulce

pero es la obsesión por aquel

que vemos detrás del escaparate,

la que nos quita el sueño.

 

 

 

El amor:

 

esa palabra tan estrecha

que no alcanza a nombrar

todo lo bueno que acontece

antes, durante y después,

 

y no pocos sobresaltos.

 

 

 

 

 

 

La belleza inalcanzable:

esa que viene de frente

y pasa ufana a tu lado,

desviando la mirada

como si no,

 

esa a la que ni siquiera

te atreves a perturbar

con un inocuo saludo.

 

 

Fotografía: Helene Desplechin

 

 

 

Podría parecer que mis períodos

de aislamiento me vuelven

introvertido o solipsista.

 

Nada más lejos de la realidad.

En mis largos silencios

no dejo de experimentar

la comunicación con algunos

miles de individuos

de ese amplio espectro

llamado humanidad.

 

Y también contigo, claro,

aunque las huellas

sean harto delebles.

 

 

Sobrevivir

a los desórdenes cotidianos,

a las interferencias,

a los aguaceros

y al aletear de las mariposas

que resurgen sublimes

de nuestros tiempos muertos.

 

Apaciguar la ansiedad

con las manos calmantes

y con el silencio exacto,

dando albergue

a las flores huérfanas

que ni lluvia ni un gramo

más de tierra

acapararían para sí.

 

Lástima

que algunas veces

nos olvidemos

de tan sabios

preceptos.

 

 

Fotografía: Michel Feugeas

 

 


 

Puedes volar muy alto,

pero allí arriba

hace frío,

por no hablar

de tu vértigo

indomable.

 

La caída, en consecuencia,

posee suficientes ventajas:

un aumento de la temperatura

y la seguridad de que los pies

van a moverse

tocando suelo.

 

 

Tienes todo para ser feliz.

La naturaleza te ha premiado

con ese don.

 

El reto está en sacarle brillo

a su intrínseca

fragilidad.

 

 

Fotografía: James D. Kelly

 

 

 

Ya sé que en tu barrio

solicitar las cosas por favor

y pedir perdón

eran signos de servilismo

y objeto de escarnio,

sobre todo para quienes

soñabais con algún tipo

de emancipación.

 

El problema

es que en el amor

se gana siempre

que se rebaja el orgullo.

 

 

Me tranquiliza un poco pensar

que tus sabotajes

nunca son intencionados.

 

Fotografía: Sussan Jenkins

 

He intentado practicar la paciencia

y la quietud que brotan de la rama,

confraternizar con los seres alados

y con el fuego de los metales.

 

Me he dispersado por los bazares

con sus cuerpos de espejismo

y góndolas que conducen

a cualquier sombra e intemperie.

 

He sido distante e ingenuo al creer

en la huida del ojo de la tormenta,

en el renacimiento de los órganos

a través de la palabra roja y alveolada.

 

He invocado el amanecer turgente,

la ebriedad de las insurrecciones,

la luz que hiere a pesar del hambre

y de los baldíos artificiales.

 

Todo ha sido en vano

pero aún queda tiempo

para seguir insistiendo.

 

 

Fotografía: Robert Mapplethorpe

 

 

Ya te perdí

una vez.

 

Una cuestión

de distancia,

tan solo.

 

Poseer, poseer,

lo que se dice

poseer

nunca lo sabremos

con exactitud.

 

 

Fotografía: Robert Mapplethorpe

 

 

 

Bésame más.

 

No tengo miedo

a perderte.

 

 

Fotografía: Anders Petersen

 

 

El beso lento y urgente,

el beso sin fin, orgánico,

cremoso, imprevisto,

el beso que trastorna

el orden y lo vertical,

el beso etílico, el beso

como olas envolventes,

tersas y sucesivas,

la ebria luz del beso

ajeno, díscolo, fiel,

el beso en picado

por si nunca más

vuelve a repetirse.