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ateo poeta

mis poemas y otros textos (provisionales)

 

En los bancos donde se apaciguaban los

lamentos nos esperaba Jimi Hendrix con

sus plumas indias trazando la señal de 'no

hay futuro' y todos los espectros de Tompkins

Square Park presenciaban la dilatación del

diafragma que da a luz una temporalidad

nueva, si es que un rostro nuevo no fuera

un espejo más de la reproducción, como la

usura de Wall Street se despliega en cada

planta metálica ascendiendo hacia un vacío

exclusivo para el dominio abstracto y la

muerte a distancia, donde el personal de

mantenimiento y el de seguridad también

quema sus horas de revuelta, y el crepúsculo

tiñe el hambre en un parrilla mexicana, las

conspiraciones llevan los labios pintados

con la sangre roja que nos entregamos a

la vez, en la breve turbulencia, en lo

invisible que remite, tal como ahora te

recuerdo.

 

 

 

 

Joe sabía de lo que hablaba. Sus canas tampoco albergaban dudas. Muchos años de vivir y pelear en la calle habían dejado las típicas huellas de la experiencia y un puñado de amigos con los que siempre podía contar. Muchos de sus enemigos se habían quedado en el camino cuando Loisaida era un campo de batalla y las hileras para adquirir una dosis de heroína eran más largas que las del Bronx. De aquellos tiempos aún le quedaban las cicatrices de las piedras que casi le parten el cráneo en dos cuando defendía uno de los primeros solares que ocuparon en el barrio. Unas piedras que provenían de la azotea donde se parapetaba una banda de puertorriqueños, pero Joe nació en una familia italiana y sabía bien que aquellas disputas por el territorio tenían demasiadas raíces intrincadas como para azuzar aún más el fuego. De los disturbios de Tompkins Square aún guarda el recuerdo de una cojera causada por las tropas rabiosas que comandaba Giuliani a quien se le atribuye, entre sus desafortunadas declaraciones, la famosa amenaza a los odiados squatters: “en esta ciudad no hay sitio para quien no pague su alquiler”. Aunque poco después tuvo que tragarse algunos de los conspicuos sapos que profería su afilada lengua, no falta quien afirma que Joe y otros squatters simplemente ganaron unos pocos edificios porque Giuliani quería apaciguarlos mientras se deshacía del resto de las viviendas municipales. Loisaida no está tan lejos de Wall Street, a fin de cuentas, y las arcas municipales de hace tres lustros necesitaban sanearse con urgencia. Había compradores de sobra si se mantenía a raya a las tribus de insurrectos. En algún despacho de algún anónimo rascacielos siempre se sentaba alguien frotándose las manos y calculando las ganancias; la fauna humana superviviente a ras de suelo constituía una simple incomodidad contable.

 

Cuando Sara llegó a la gran manzana con su corta veintena de vida flotando en su cuerpo ligero, apenas había oído hablar de los punks, de los vagabundos y de los anarquistas que rompían con mazas las puertas tapiadas de los edificios en ruinas. Todo eso quedaba muy atrás. Ella simplemente quería huir cuanto antes de una rutina plana y anodina en un aislado suburbio donde se sentía, por expresarlo concisamente, recluida. Se despidió con la excusa de desarrollar sus habilidades artísticas en un lugar más enriquecedor y acabó a salto de mata durmiendo en los talleres y almacenes varios donde iba encontrando trabajo. Su peso pluma evidenciaba una anorexia galopante pero lo que más llamaba la atención de su cándida apariencia era uno de esos aros de “hula-hop” que portaba siempre a modo de mascota. Sólo a Joe le hizo partícipe del intento de violación que sufrió volviendo a casa una tarde oscura después de sus clases de baile. Nunca se había atrevido a decirles nada a sus padres, lo último que quería a los quince años era perder la escasa libertad de la que disfrutaba para evadirse por sus parques y escondites favoritos. Pero el peso de aquel recuerdo ominoso, de alguna manera, había congelado el tiempo y sus pupilas casi siempre perdidas en el horizonte. El Loisaida que se encontró Sara ya era muy diferente al de los edificios ardiendo por doquier y las sirenas policiales delimitando el espacio imaginario del miedo. Joe fue quien le ayudó a entrar en una de las viviendas fantasma que aún son fáciles de divisar y, poco a poco, entre ellos, contra todo pronóstico, se fueron estrechando los lazos de suerte tal que en pocas ocasiones se les veía separados.

 

Aún no habían acabado las obras de rehabilitación de arriba abajo que se habían emprendido en el edificio de Joe. No había ni techos ni escaleras cuando lo tomaron con sus paraguas como estandarte. De hecho, sólo comenzaron a recaudar fondos para arreglarlo cuando los litigios con los sabuesos de Giuliani les dieron un respiro. Lo peor ya había pasado. Joe sabía de qué se trataba todo aquello, vivir sin agua, sin luz, con un ojo siempre en la ventana, incluso en sueños, por si acechaba el próximo embate, a veces de matones o de vecinos sin escrúpulos. Ahora sólo se trataba de un riñón. En realidad, del segundo, del último que le quedaba válido pues el primero ya había sido víctima de las inclemencias y las infecciones del pasado. Sara había conseguido todo el dinero posible para ingresarle en el hospital, incluso recurriendo a la familia que había dejado atrás. Pero todo era siempre escaso para pagar las facturas de un sistema que, para colmo, no podía garantizar una donación a tiempo ni en condiciones. A nadie le sorprendió que Sara, aquella muchacha con aspecto frágil y ensoñador, comenzara a repartir carteles por todo el barrio solicitando un riñón para Joe. De nuevo y salvando las distancias, otra operación de realojamiento estaba en marcha. Con tesón, encarnando todas las resistencias anteriores, con la misma incertidumbre que había permeado sus vidas hasta entonces. Hasta que se equilibrase la balanza de lo imposible.

 

Fotografía: ateopoeta (Umbrella House, NYC)

 


 

 

El invierno ya no era tan agudo y los rayos del sol, aunque tenues y tibios, me habían alegrado la tarde con sus reflejos dorados declinando sobre los juncos que pueblan las orillas del lago. Un poco antes de que arreciara el relente del ocaso, me encaminé hacia el Connecticut Muffin ubicado en la rotonda de Prospect Park West. Como otras tantas tardes, pedí un té chai de rooibos, tamaño extra grande para que me ayudara a matar el tiempo. Me senté junto a las diáfanas cristaleras y abrí el libro que me acompañaba últimamente. La coreografía habitual de clientes, con esa armoniosa cadencia y su coordinación espontánea, me deleitaban igual que el primer día. Este local sirve tanto como fonda para los grupos de ciclistas, coloridamente ataviados, que han estado girando alrededor del parque, como para adolescentes que se reúnen al calor de sus chismes o que se instalan durante horas para estudiar. No es raro encontrar a señoras mayores leyendo un libro, a jóvenes profesionales que pasan rápido a por una bebida portátil o a por algo sólido que comer para aliviar su trasiego con maletas según descienden de un taxi o emergen de la boca de metro. Por supuesto, no faltan quienes tienen sus pupilas fijas en la pantalla de un ordenador, parejas o madres solas con sus recién nacidos aún envueltos en su lecho para marmotas, la policía que mira con seguridad a su alrededor y los vecinos de toda la vida que no cesan de entrar y salir, a menudo sin más consumición que las conversaciones ligeras con su extensa y, al parecer, entrañable familia.

 

Esa tarde de febrero la bucólica estampa no se fracturó con ninguna discusión, desgracia o accidente que lamentar, sino con una joven menuda, de tez negra suave y una larga cabellera crespa que denotaba un más que probable origen latinoamericano. A primera vista sería difícil distinguirla de otras adolescentes del barrio, pero su mirada incisiva y sus ademanes inquisitivos al desplazarse, como buscando algo con certeza, además de una dicción precisa y culta, demostraban que su juventud aparente abrigaba a una persona madura y sonriente, con unos seductores atisbos de felicidad y un buen humor en sus gestos que deslumbraban de inmediato. Después de unos minutos de supervisión del entorno salió a la calle a fumar un cigarro hasta que empezaron a llegar los hombres a los que esperaba. Los dos primeros no bajaban del metro ochenta y de los cien kilos cada uno, fornidos, blancos y sonrosados, de una edad en la que vida se aproxima a su último cuarto. Se saludaron en los bancos exteriores y comenzaron a hacer bromas para romper el hielo que apenas pude oír, pero que imaginé con picardía y cordialidad por las risas mutuas que desataban y por las palabras sueltas que me llegaron según se iban sentando en la mesa adyacente a la mía. Ella explicaba su periplo desde Queens y que había terminado recientemente un máster en educación, mientras se incorporaban al círculo tres hombres más, no menos corpulentos que los anteriores, acentuando aún más si cabe la abrumadora disparidad de medidas con respecto a la chica. Uno solicitó un montado de tortilla con tres pisos mientras que otro se avitualló con un consistente trozo de pastel rojo intenso coronado con una gruesa capa de crema por encima. Este último le ofreció una porción semejante a su chiquillo de unos siete años, espigado y desdentado, que jugaba con un perro de peluche y que enseguida hizo buenas migas con la protagonista del encuentro.

 

Al principio me imaginé que aquella cita no podía tener más propósito que el sexual o el religioso. La presencia del chaval me hizo dudar de lo primero, y la segunda opción se desvaneció cuando llegó un hombre más con la chaqueta de la MTA, la autoridad de los transportes metropolitanos de New York City. Habló en ruso con el padre del chico y se presentó a los demás como Garret, aunque, apostilló con ánimo persuasivo, era un nombre adoptado para que sonara más fácil al oído nacional. No obstante, deletreó con parsimonia y orgullo su nombre original. Ese transformismo o rebautismo no me resultó extraño pues es un caso más de la larga historia inmigratoria de este país. Curiosamente, nadie, excepto este último hombre grande que se despidió rápido, parecía tener excesiva prisa. A algunos ya los había visto otros días pasar largas horas de cháchara intrascendente pero esta vez todos parecían muy animados con la joven visita femenina. No me cabía duda ya de que se trataba de una sindicalista que les estaba proponiendo organizarse formalmente o que les iba a asesorar en alguno de los múltiples conflictos que arrastran desde hace años, con la progresiva privatización y deterioro de los servicios públicos. Sobre todo, de esos autobuses y metros que llegan, casi por milagro y con frecuencias cabalísticas, a los vecindarios más carentes de este gigante urbano. Pero no acababan de entrar en materia y la reunión se prolongaba ya durante más de hora y media sin haber pasado de los chascarrillos.

 

Percibí entonces que yo, con mis gafas negras y metalizadas, enfrascado sin ninguna urgencia en mi lectura y con no menos apariencia de extranjero, podía ser la fuente del problema. Me miraban sucesivamente y al cabo de un rato entendí el mensaje dubitativo. Lo último que me faltaba, después de tantos quebraderos que he tenido en mi vida por azuzar las luchas de clase contra los vampiros que exprimen a currantes como estos, era que me consideraran un espía de la empresa. O, lo que me repugnaba por igual, un espía del sindicato. Mis sonrisas de complicidad no fueron suficientes para aplacar sus inquietudes y apenas hubo ocasión de expresarles alguna frase trivial para mostrarles mi simpatías. Así que no me quedó más remedio que suspender mi contemplación sociológica del día, recogí mis bártulos y me volví a casa pedaleando cuesta abajo, con el viento ya más gélido de frente, cruzando de nuevo el parque donde casi a cualquier hora del día o de la noche es posible hallar concurrencia humana. El vientre de la ciudad global y turbulenta, concluí con una ligera satisfacción, seguía lleno de islas donde la gente hace lo posible por resistir a los abusos y a la discriminación, donde la gente de abajo coopera y une sus fuerzas por escasas que sean, donde la vida complicada y la vorágine urbana se estancan por un instante. Sí, muy panfletario y consolador para acabar el día pero, tal vez, muy poco realista para empezar el siguiente con el peso de tantas contradicciones a cuestas mientras vuelvo a trabajar a la inexpugnable Manhattan.

 

Fotografía: ateopoeta (ABC No Rio, NYC)

 

 

La ciudad partida, escindida, fragmentada en mil añicos, con sus volátiles bifurcaciones y sus fijas coordenadas, ahíta de vidas erráticas, sumidero de las esperanzas vanas, de las ilusiones frente a los vacíos que le dan sentido a lo inmediato pero que nos dejan siempre a la intemperie, donde no hay ningún lugar al que huir y sólo puedo atisbar la permanencia de la tormenta, una escasa alegría en la que resguardarme, el templado ramaje que se abre paso.

 

Fotografía: Ernst Haas

 

 

Nadie puede exigir

un orgasmo

sin profanar el misterio

de lo anacrónico.

 

Radica el éxtasis

discontinuo

en desafiar al letargo

de la belleza

evocada.

 

Y encarnarse en lo ingrávido.

 

Aunque apenas musiten,

fijar toda la conciencia

del ser

en la humedad de los labios

que rebosan.

 

Aguardar

su vibración.

 

 

La dádiva de un secreto

prolifera

sin plegarias,

o por accidente.

 

Esa era toda mi obsesión.

 

 

 

Sólo me interesa la conexión entre la escritura y la vida, entre lo imaginario y lo real, no cada cual por su lado. Sólo ese vínculo es autosuficiente. Recomiéndame un libro. Sigue los pasos de sus palabras por las calles. Escribe únicamente sobre tus desvelos. Haz de tu biografía una ciencia trascendente y de la ciencia un arte de vivir, una ética mínima. Sólo amarás de verdad si sueñas que amas. Idéntica devoción atlética demandan tus músculos y tus deseos. Unir, amalgamar lo que tiende a separarse. Volver a ese nudo del gozo y de lo sublime después de la acumulación suicida.

 

 

 

 

Me exilio en el aire

porque nunca alcanzaré

la fuente

de tu alma.

 

No persigo

el tuétano de tu luz,

ni la quimera

que inflige tu beso.

 

Sólo transito

por tus sueños.

 

Fotografía: Man Ray

 


 

Es mejor así, el terreno está estriado,

cuanto más miro hacia un punto fijo, más

acabo sucediendo en mi interior, no puedo

predecirme en lo substantivo,

si no forjo mi memoria se arruinará

el vínculo, si no la forjo

a la velocidad de la hierba.

 

Es mejor andar hacia atrás, la gimnasia

de observarlo todo al revés

sin el lastre de una solución,

despojarse del curso exacto y también

de la unidad, sólo soy esa forma

contingente que se sustrae a lo

inevitable, al fin.

 

No aspiro a comprender todas las vetas

de tu belleza, me conformo

con saciar el vacío, la persistencia de la sed,

la infinitud.

 

Fotografía: Elia Costa

 

 

 

Te soñé robusta

y azabache entre la nieve,

tus pechos aguardándome

con la lectura

en pálpito, incesante,

herida por su verdad,

aluvión de mapamundi

manando de tu boca

fácil,

creías en ese poder

elocuente,

para ti yo sólo incienso

de rosas y violetas podía

inscribir

en el pentagrama, en el

delirio de aquellas

planicies inestables,

me hechizaba

tu narración de los hechos

inocentes

y con esa picardía

y los muslos entrevistos,

de púrpura tu fe

en el instante,

yo no puedo estar muerto,

no extraño mi cuerpo

aunque el tuyo

habla lo dulce

y lo cierto, la flor

oriental, superviviente,

ahora aprendo de tu

elixir y de las premisas

indelebles,

eras un sueño

tan amante.

 

Ilustración: Daniella Bonachella

 

 

 

 

Ahora sé que el beso

viene del pasado,

volátil y gratuito

como el resplandor

de un relámpago

divisible.

 

Cada vez que

se materializa

su espejismo sé

que se hace lo rojo

entre las rachas

glaciales,

que la vida

se esfuma

sin remedio.

 

Ya no mendigo

los besos inoportunos,

los lánguidos

o los abrasadores besos,

ni albergo en ellos

redención a

mis lascivos

pensamientos,

a mis causas

perdidas.

 

En las exequias

del beso,

en su precioso

futuro mineral

y la usura de su

críptica

metafísica,

en su adventicio

latir,

sólo ahí,

acierto a intuirte.

 

Fotografía: Anna Morosini

 

 

Resbalaban por tus labios

las palabras fruncidas, tus

puntualizaciones gramaticales,

tu entonación sostenida en las

sílabas agudas mientras aleteaban

azules tus párpados y yo me

sumergía en las vetas acuosas de

tu alma extranjera, dichoso por la

proximidad de tus ademanes

perfumando lo invisible,

revolviéndome contra la génesis

de la ternura exhalada por tus manos,

ajeno al insaciable arroyo del

tiempo hasta que sonríes y me

solicitas los ejercicios de traducción

y junto a tu fuente procreadora,

en mi lengua trabada sé que,

así, nunca aprenderé el idioma

avanzado con el que me nutrías.

 

 

 

Tocabas el violín casi en penumbra

acariciada por los aromas de una madera

aún latiendo, amando a su barniz de eternidad,

tu respiración jadeante rasgando la brisa

que suscitaba cada nota, imposible de retener

como el aceite salpicando tu gesto de ave

y de historia, conteniendo el vetusto sentido

de las palabras que nunca pronunciarías,

el vigor de tus piernas desnudas como cien

metros lisos, la curvatura de una hipnosis,

no otra cosa invoca tu melodía en el frío,

en la espesura húmeda y gris de lo anhelado,

en la quietud informe desde donde te contemplo,

ya hace mucho, aspirando a tu sublime

sonrisa cimera, nevada, pertinaz, incorruptible,

solícito de tu lengua alimonada vertiendo

jazmines y leche ácida, prosperidad, anticipos

de tus cuerdas vocales, sorteando, de nuevo,

las trampas sembradas por el devenir y por los

espejismos de la vanidad, insolentes, cultivando

la luz en cada resquicio de nuestro cuerpo

astillado, renuente al vacío, siempre conmovido.

 

Fotografía: Sachiko Abe

 

El dolor maúlla en lo oscuro.

Quiebra los filamentos de seda

que instaban a la luz, deja solitario

sus rasguños.

 

Periclitará, no obstante, bajo

la duna y su austera geometría.

Hay que dejarlo correr, indivisible,

hasta que sedimente y calcifique

su voluntad

que declina.

 

 

Fotografía: Marta Rebón

 

 

 

 

No es prosa, no,

encadenamiento de sintagmas,

lugares comunes o tristes,

acción en busca de un sentido,

epopeyas,

vanas glorias,

escaparates de reliquias

históricas, pretensiones

de pueriles embustes,

no ficción,

no verdad,

ninguna figura simbólica.

 

Es sólo mi cuerpo extraño.

 

Ilustración: Javier Olivares

 

 

Regresa a ti,

a tu aleación,

a la conciencia

de las fisuras que entretejen

el vacío, pues, si no,

se deformará

tu palabra pensada,

sedimentará

en las turbias salinas.

 

Antes de que se aneguen

los círculos,

antes de la crecida

del tiempo ebrio,

del lúpulo trenzado,

de la nostalgia por

cabalgar hasta los mares

de alfalfa y ocaso,

regresa a ti

 

pues sólo desde tu sed

infinita,

desde tus ojos

zozobrantes, en el

filo de tu amargo

paladar,

donde se masca

la ausencia y pelean

las contradicciones

por una limosna de luz,

puedes recobrar

algún corpúsculo

del vano amor.

 

 

Fotografía: Jim Campbell

 

 

 

 

Ajenas al paseo marítimo,

angosto y tedioso como el domingo,

dos jóvenes sirenas con cuerpo de ola

emergen de la belleza turbulenta

donde habitan fósiles y crustáceos,

los seres flotantes de la bajura

y la caricia helada y azul

de las postrimerías.

Como caracolas que me regalan

el despliegue de sus fruncidos

por la virtud de la danza,

así sus extremidades perfilan

el boceto del horizonte luminoso.

Sus besos salados apenas se rozan

y nadie repara en sus gestos gráciles

ahítos de una alegría nueva,

del placer en el nado.

Los cabellos enredados e indecisos,

aún húmedos y olorosos a la libertad

plateada de las profundidades,

con el verdín de las algas adherido

a sus manos deseantes,

con el fulgor de las veleidades

oceánicas más ágiles que las estrellas,

esos espejismos que no remiten

ni debajo de las pamelas.

Su caligrafía amorosa evoca

lo insaciable, sus pieles de invierno

sólo aguardan el abrazo de marfil,

el tigre de seda junto al que

lloverán nuestros sueños.

 

Fotografía: Erwin Blumenfeld

 

 

 

 

 

 

Leo en el periódico que dentro de 5.000 millones de años

el Sol se convertirá en una gigante roja

cuyas llamaradas se tragarán Marte y la Tierra

y, entonces, un puñado de lágrimas me ascienden hasta

la mirada del revés y todo ese devenir de desolación

se prefigura nítido y diáfano como un infierno

en el que nunca creí.

 

¿De qué me sirve, me pregunto, toda esa conciencia

de un futuro tan devastador?

¿Contribuye con alguna partícula relevante

de invisible polvo cósmico a la certeza

de mi propia muerte no mucho más tangible

aunque sí más próxima en la imaginación

de probabilidades victoriosas?

 

¿A qué animal le causaría congoja el abismo

que separa el riesgo siempre latente de que se

extinga la singularidad de su ser y la gruesa estimación

del áureo vacío en que se sumirá toda la vida templada

que ahora le rodea?

 

¿Quién puede afirmar con la exactitud de las mareas

que es rápido o lento el ritmo con el que nos

abocamos como totalidad hacia la convulsión

de nuestra estrella madre, y que su imperio

nos obliga a la contemplación estática de la efímera

belleza o que su inexorable sentencia es, por sí,

indiferente a los estragos torpes de

nuestras manos impotentes, al fin y al cabo?

 

¿Habría, acaso, alguna palabra que se pudiera

oponer a ese silencio ufano y seguro que viene?

¿No es mejor callar ante lo inefable?

¿O prefiero seguir como si nada, ignorar esa fuerza

pantanosa que reclama la descomposición

de mi cuerpo, que succionará todo vínculo solidario

con los entes que residen en mi cercanía?

¿Por qué otra materia del universo merece menos

estima a pesar de su probada longevidad?

 

¿Y qué valor posee una gota de tristeza astronómica

que apenas llegaría a asomar otro día cualquiera,

leyendo otra noticia o esquela o defunción tanto o más

ingrata y que, de inmediato, sería neutralizada

con una dosis no menos pasajera de euforia o de

hambre o de deseo o de la paz incolora y amarga

que produce el estado de abandono?

 

Fotografía: Ernst Haas

premisas molestas

premisas molestas

 

I

 

Enamorarse es un lujo,

un manjar exquisito.

 

De ahí a pasar hambre

media un abismo.

 

 

II

 

Enamorarse es un milagro

semejante a un premio

de lotería.

 

¿Por qué concitará a legiones

de creyentes?

 

¿Por qué a tantos ateos

embaucados?

 

 

III

 

Al enamoramiento llegamos

por accidente.

 

Incluso por accidente premeditado,

sin reparar en qué

cuidados paliativos

precisarán las víctimas

de la colisión.

 

 

IV

 

Del sobresalto

del enamoramiento

no hay reposición

instantánea.

 

Demanda un trabajo a tiempo completo

aunque el contrato estipule

duración determinada.

 

 

V

 

Esta teoría es insaciable e irritante:

se recomienda adoptar las precauciones

pertinentes en los ojos, extremidades

y otros órganos no identificables

en caso de proceder

a su empírica

verificación.

 

 

Fotografía: Jaroslav Rossler

 

Ir soltando lastre, caminar cada vez

más ligero de equipaje y no dejar de caminar,

de detenerme, de recibir cada racha de aire

en el rostro, cada caricia sin intención.

 

Los chicos ahora ya son mayores, sus vidas

se bifurcan y regresan, resplandecen en mis

sueños, sé que vienen del bosque y del río y

que saben de la justicia lo necesario para

sobrevivir al humo y a los espejismos.

 

Desterré el arrepentimiento de mi diccionario,

un peso menos, he preferido el silencio, su

compasión rugiendo como un mar que golpea

los acantilados de la memoria y sus errores.

 

No albergo ninguna esperanza de redención,

no sabría decir tampoco para quién, ni cómo,

ni si en las estructuras opacas o en los andamios

celestes. Construir con menos, deshacer el

recorrido ingrato.

 

Como esa alegría de la austeridad primera,

como la voz feliz por el fruto y por los años

luz de tanta inmanencia. Viajar sin la tara del

continente, sin angustias ni servidumbres.

Escribir a vuela pluma con el mosto del

amor leve y sincero.

 

Emanciparme, por fin, de las deudas con mis

ancestros y con los usureros, de las omisiones

y de la carcoma del vacío en el que he logrado

hacer pie. Ahora lo entiendo mejor, no podía dejar

que cristalizase ahí, congelado, a la intemperie.

 

Ilustración: Alexander Deineka