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ateo poeta

mis poemas y otros textos (provisionales)



 

Se enciende el día

con una huelga,

con la conciencia

de lo efímero.

 

No es un sueño,

insisto.

Si todo perece,

también la sumisión.

 

El cuerpo pleno

y ausente

reclama su fruto.

El derecho

a la fragancia.

Conocer

la inversión de las nociones.

 

Qué, si no,

puede ser la lucidez.

 

A esa ebriedad

de estar,

de aproximarnos,

nos convocan.

 

Fotografía: Alexandre Matias

 

una piragua sin rumbo

una piragua sin rumbo

 

Se subió al tren en Ciudad Real. Era un domingo de otoño, a media tarde, aún con mucha luz penetrando por los ventanales. Nada más verla asomarse por el pasillo comencé mi juego estadístico de probabilidades y aventuré que se sentaría a mi lado. No era difícil equivocarse pues el vagón estaba bastante repleto y apenas quedaban asientos vacíos. A esas horas Madrid succionaba a miles de almas y cuerpos procedentes de todas las esquinas peninsulares, residentes que habían apurado el fin de semana lejos de sus fauces, o masas ingentes de visitantes ocasionales atraídas por sus oropeles. Siempre ese destino seductor en mi vida, siempre volviendo a casa. ¿Y quién sería ella? ¿Qué tipo de sangre bulliría por sus venas? ¿Cómo sería su nido en Madrid, si es que tenía alguno?

 

Tuve suerte. Se desprendió de su ropa de abrigo y colocó rápidamente su equipaje. Su figura esbelta de una belleza dulce, como si fuera una venus eslava o árabe, se fue definiendo más nítida y perturbadora a medida que se acercaba a mí. Bajo una blusa azul entreabierta se podían adivinar unos pechos pequeños, alegremente sobresalientes de su torso. Sus vaqueros desgastados camuflaban unas piernas largas y que intuía fortalecidas gracias al ejercicio esporádico del voleibol o del patinaje, según mis cánones de las divas deportistas. Unas trencitas tímidas, horizontales, adornaban su melena lacia, pero eran, sobre todo, sus ojos rasgados y sombreados los que acentuaban un misterioso rostro enseguida declinado hacia la sonrisa. Preferí no dejar que una atmósfera pesada se instalase entre nosotros, como suele ocurrir tan a menudo en estos acompañamientos forzados entre seres anónimos, y le pregunté por el libro que se disponía a leer. “Una novela para adolescentes” respondió amable y taxativa, no sé si queriendo abortar la continuidad de la conversación o, simplemente, mostrando a las claras su verbo afinado. A primera vista me imaginé que tendría unos veinticinco años, pero aquella respuesta tan directa me hizo bajar el listón. Después de charlar un rato sobre el autor del libro y sobre la historia de amores, separaciones y reencuentros que narraba, me dijo que estudiaba el primer año de Medicina. De súbito interpreté su primera afirmación a la luz de la pícara mirada: “si quieres ligar conmigo, jovencito preguntón que podrías ser hasta mi padre, ten en cuenta que acabo de estrenar mi mayoría de edad y que hay muchas cosas que, seguramente, nos separan”. Y me quedé unos instantes cavilando, con la vista perdida en el paisaje volátil.

 

Entre mis manos yacía lánguida, supurando tristeza y fábulas desbordantes, una compilación de poemas de Juan Gelman. Cada una de sus dosis me arrebataba unos segundos y me devolvía al silencio y al horizonte del paisaje. Demasiada hermosura rozándome por varios flancos: en los lóbulos cerebrales, las evocaciones de los versos; en el aliento y el soslayo, los brazos y las piernas de aquella joven quién sabe si todavía algo adolescente que se erguía a mi lado, por más que la imaginase con su cabeza dormida reposando en mi vientre o, en otro momento fugaz y evasivo, con su sonrisa doblegada a un placer infinito mientras follábamos medio desnudos, a medio desvestir, amándonos con urgencia y precipitación en alguna habitación de las profundidades urbanas. De hecho, escenas semejantes son la que atisbaba a leer, furtivamente, en algunas de las páginas del libro que ella devoraba a buen ritmo. “¿Por qué no leéis poesía la gente joven, quiero decir, quienes sois adolescentes o post-adolescentes?” me atreví a preguntarle con disimulada ingenuidad en una de las pausas de nuestras respectivas lecturas. En realidad, casi nadie lee poesía o, por lo menos, casi nadie compra libros de poesía, así que me arriesgaba a una reacción del tipo: “¿Y por qué la mayoría de la gente no se tira por los puentes atada a una goma o se lanza en ala delta sin motor o prueba el salto en paracaídas?” Quizá la poesía sea eso, puro amor al abismo. Quizá no sea más que una pregunta retórica, un refugio.

 

A esas alturas ya estábamos atravesando Entrevías, aquel barrio surgido del barro y de las chabolas y de largas luchas por la dignidad. Supuse que esa cruda maraña de edificios a la vista no significaría nada para ella, por lo que me guardé en mi fuero interno esa página de emoción y de memoria de aquellos inmigrantes rurales que se instalaron en la periferia olvidada de la gran urbe empujados por sus sueños y por la escasez. Sus comentarios sobre la ausencia de la lírica en las mochilas de los jóvenes, adolescentes o post-adolescentes (treta identificadora que sorteó ágil y distraída), no me sacaron de dudas. Vivimos tiempos acelerados, audiovisuales, de consumo rápido y compulsivo. Casi es heroica la lectura en calma, ese oasis de meditación. Al menos tuvimos maestros y maestras incansables que nos abrieron algunas puertas a las palabras con sentido, a las palabras fulgurantes. Y algunos rayos de poesía, por fortuna, se filtraron hasta el pliegue dos millones trescientos cuarenta mil de las circunvoluciones mentales donde se agolpan nuestras neuronas que, presumiblemente, sólo anhelan la inmortalidad. No fueron esas exactamente sus palabras ni tampoco las mías, pero nos divertimos durante el intercambio y mi fascinación por ella se iba colmando poco a poco, resignada al fin del trayecto. Cuál no sería mi sorpresa cuando, mientras recogía rauda sus cosas y se despedía sin apenas un beso (solo un beso, aunque fuese de aire), dejó en mi mesilla su separador de hojas con motivos florales e inscripciones chinas, su teléfono anotado en el dorso y una escueta frase adjunta: “si quieres compartir tus versos y mordiscos, llámame”. Inmóvil y melancólico la vi deslizarse entre el gentío, las maletas con ruedas y el gris aciago de la estación. Tal vez, aquellos números eran solo una ficción más, una cábala, una figura poética a la deriva en el mar de un mundo demasiado prosaico.

 

 

Me dijo que estaba cansado de tantos años dejándose el pellejo y la vista en la misma repetición, que se cernía el bucle.

 

Que la pasión había llegado a su culmen en fecha indeterminada, que la fortuna le sonrió y licores exquisitos, fresas tardías y aljibes eternos lamieron su paladar.

 

Que se abría un tiempo de anhelar nuevos trayectos y gerundios, de ir haciendo como si abundase lo fértil, el amor, las aves juguetonas, las pinturas elípticas, un aromático amanecer ahora, justo ahora, que los anuncios adversos se hundieron por ahí, en medio del océano con una piedra al cuello.

 

De camino a su casa crujían los pedazos de árbol surtiendo el pavimento de las calles, se esparcían los limones y las granadas por su ciudad ataviada de jueves, alguien me sonreía con sus indicaciones cartográficas como jazmines en ebullición.

 

Tras los postigos majestuosos permanecía abrazado a su morada utópica, a su viva luz, como si todavía el mundo fuera sensible, inteligible, una mota de polvo en la sinfonía de lo que pudo no ser, la sed que nos damos, un vínculo tenaz, un estupor que merece todas las primaveras.

 

Ilustración: Juan Carlos Mestre

 

 

Con el paso de los años

se acentúan los rasgos únicos

que siempre nos parecieron casuales.

 

Medra el vello donde reside la ternura,

se sonrosa la piel expuesta a la inspección pública,

los ganglios de la verdad se inflaman como tumores,

cargamos con más peso en cada mudanza.

 

También se dulcifican nuestros miedos lácteos

o se nos afilan los colmillos si la vida resultó áspera

y nos hizo mella en los dedos.

 

Es preciso, no obstante, contrapesar

los dones naturales:

despojarnos de las culpas atómicas,

seguir interrogando a la esencia de la rosa,

nutrir de desnudez lo compartido,

imitar las fluctuaciones meteorológicas.

 

Entonces miro mi vanidad y mi juventud

a partes iguales y sé que se engañaban

continuamente.

 

 

Hoy he vuelto a vestirme con la sombra de mi mismo.

 

Con suma discreción he acompasado mis horarios, mis tareas higiénicas y mi carencia de pensamientos a los del sujeto a quien oscurezco.

 

En silencio he observado su conducta deambulante y sus ímprobos esfuerzos para no parecer dubitativo.

 

Durante algunos minutos, guarecido de otras miradas, ha apoyado en mí su propio silencio y los rayos del sol radiaban en la piel dorada de su mediodía.

 

No puedo culparle por su indiferencia. Debajo de este traje apenas visible no habita nadie mucho más visible. Y, sin embargo, sé que me necesita.

 

Podría dialogar con mi mismo durante horas acerca del ser, de sus verticales descensos y quimeras, pero nadie escucha a su sombra.

 

Podría abrazar al hombre que persigo, hurtarle el frío, disminuir, pero sólo otro cuerpo y otra sombra pueden incendiar sus ojos remotos.

 

Cuando regresemos a casa vaciaré todos los bolsillos, colocaré en su sitio el cinturón que me oprime y me incorporaré lentamente a su sueño para recordarme.

 

Mañana, como la mayoría de los días, dejaré que mi sombra recorra su propio camino.

 

 Fotografía: Jacques Henri Lartigue

 


 

La tristeza es una parábola

en su doble sentido: geométrico

y literario.

 

En cuanto al primero: traza en el aire

su trayectoria, como una bala que siempre erra

en el corazón pero que corta incisiva

el sosiego de cualquier vacío.

 

En cuanto al segundo: aparta las ramas

de la vida y los frutos suculentos, desfigura

los personajes y las lecciones morales

mientras arden lentas las vanas esperanzas.

 

Cuando descubro un rostro con el signo

de la tristeza que no se anquilosa,

opero con el siguiente bisturí:

 

o se entretiene en los cálculos del destino

o pugna denodado por definirlo de nuevo.

 

Fotrografía : Julia Rionda

 


 

Si se lograse medir,

el peso atómico del amor se demostraría

equivalente al del dolor.

 

Aunque por usos y costumbres aparentan

el trasvase mutuo de sus masas,

sería más preciso afirmar que comparten

surcos y estrías como los hemisferios

de una nuez imaginaria dentro

de una misma cáscara real.

 

Más aún, se podría estimar con una elevada

probabilidad estadística que ni se repelen

ni se neutralizan sino que moran

entrelazados como siameses involuntarios

o, por utilizar otro didáctico símil,

que danzan armoniosos como patinadores

sobre el hielo, siempre afanados

en evitar el accidente.

 

Injustamente se le atribuye al amor

la culpabilidad del dolor y a éste

la insaciable persecución del otro,

pero ninguno debería comparecer a solas

ante un tribunal sin resentimiento.

 

Fotografía: Sturges

 

 

Tanto deambulan los espectros

como los cuerpos de carne y hueso

intentando atisbar sin éxito su propia

imagen, en un espejo tras otro,

sin reconocerse idénticos ni una sola vez.

 

Ni una manzana solemne,

ni mi vestimenta de camuflaje,

ni la lluvia con su pericia declinante

padecen semejantes distorsiones

 

hasta que me interrogo: ¿quién es ese

que muerde la fruta providencial?

¿qué vacío o que multitud se agolpa

para cubrir mi desnuda naturaleza?

¿qué importan el ángulo o el escalofrío

húmedo si la piel del alma

es sólo porosidad?

 

 

Fotografía: Man Ray

 

 

Usurpar la belleza

allí donde se encuentre.

 

Mendigarla, rebuscar

entre los escombros

si la necesidad apremia.

 

Preguntar a las prostitutas

después de atravesar el humo.

Robarles a los niños

sus travesuras, sus metáforas ingeniosas

y salir corriendo a esconderme.

 

Poner el mundo patas arriba

y ascender al árbol, a la copa del árbol,

al pájaro incansable y a la luz que emborracha.

 

Vagar y levantar las lajas

y trabar amistad con las hormigas.

 

Desconfiar de todos los discursos

que no te nombran.

 

Practicar con disciplina los ejercicios

matutinos de la abstención.

 

Auscultar sin disimulo todos los ojos

que sueñan mis sueños.

 

Poco importa que la belleza a menudo sea

un simple señuelo de sí misma.

 

 

 

Alzarse hasta una cota elevada

para alejar la violencia del amor.

 

Desde el promontorio sin alma

arrojar las cenizas de lo que no seré

ni por mor del azar.

 

En su siesta, los pájaros de las sombras.

Es el turno de quienes vuelven

al umbral del tiempo,

raudos e instintivos, sorteando

la lluvia y la transparencia.

 

Difuminado el proyecto, derogada

la pátina de la concurrencia,

abstraído de lo inefable,

 

aglutino la historia a cubierto

del follaje caduco.

 

 Ilustración: Juan Carlos Mestre

 



 

Una porción de silencio

cunde como un copioso banquete.

 

En la sonrisa está la salvación.

 

Antes o después se despejará el aire

de toda ausencia, de lo amargo,

de las cometas que caen en picado.

 

Una música dulce crepita en los quicios.

 

 

 

Qué fácil es fingir.

(Amar el teatro, el arte de vivir, adaptación

del disfraz, seducción.)

 

Qué difícil es fingir.

(Desdeñar lo superfluo, nadar con brío, tender

puentes desde la angustia de la isla.)

 

Qué difícil es fingir que no hay fingimiento

posible (en el enigma de nuestro ser).

 

 

 

¿Me olvidaré también de que es preciso suicidarse

en cuanto empiece a olvidarlo todo?

 

¿Alguien se acordará de ayudarme

con esa ingrata faena?

 

 

 

Aún no está todo descalabrado. Quedan algunos

parques a la intemperie, oasis urbanos que

refractan la voracidad y el estruendo de las

máquinas a motor, árboles tímidos, senderos

que serpentean, flores nuevas para olvidar

lo viejo. Me interno en el más próximo a media

mañana, cuando apenas asoman paseantes,

con los equipos de jardinería afanados, la hierba

recortada como una cabeza acariciable, el agua

de las fuentes-ballena, el riego por aspersión,

los grifos robados. Cada paso me parece irreal,

la luminosidad me ciega, las sombras atraviesan

mi piel. Quería escabullirme de ese dolor que ya

dura mucho, de ese gusano de alfileres que no

ceja en su insidioso reptar. Atisbar mi voz,

responder. ¿Quién me habita? ¿Qué me habita?

No puede ser sólo ese dolor nebuloso, una

ausencia. Yo que contenía un mundo propio,

una algarabía, en mi corazón. No puede ser,

necesito aire, aromas, deseos. Huele a albahaca,

grita la chavalada en el recreo, hoy que estaban

en huelga las escuelas públicas, que no llueve

en Madrid, que las mujeres hermosas siguen

su camino. Hoy que la geometría y el léxico

no aciertan a besarse, y todo se toma una tregua,

una tregua más, antes de su cierto azul.

 

 

 

 

Queda un vacío enorme

y minúsculo al que presto toda

mi atención.

 

No hallo más palabras sentidas,

masticadas,

reverberantes,

que las procedentes del vacío.

 

¿Por qué buscaba en la superficie moral

y pulida un sentido al vacío

si en su seno estaba ya todo dicho?

 

¿Por qué alguien puede erigir un imperio

de vacío, con qué rigor, bajo qué amenazas

a quien se acerca a su orilla?

 

Desde un mirador el paisaje, emocionado,

siempre está lleno y vacío.

 

 

A toda etapa de expansión

le sucede otra de contracción.

 

En ambas el suelo se resquebraja,

avanzan las raíces del tiempo,

aunque las alas

o la niebla

doblan mi cuello

en la dirección de la luz.

 

A renglón seguido acontece

la desorientación deslumbrada.

Porque no sé si voy

hacia la onda de seno prominente

o si me succiona el letargo del útero

 

o si permanezco inmóvil

al filo de la grieta.

 

Entonces se hacen un ovillo

los sentimientos, las agujas del reloj,

las suturas de la memoria.

 

Entonces sé que estoy a punto

de desenmadejarlo

como se descifra al instante el aleteo

pueril de la mariposa efímera,

como efímera es

esa misma y bella certeza.

 

 

 

 

Descender a las cumbres

submarinas, al silencio turquesa

del lenguaje que adoptan los peces tigre,

los peces inquietos y avizor,

lo insondable, el oxígeno indescifrable, el espejo

del espejo, el plasma y la placenta, el gesto del

hombre buzo, el mejor amigo de los moluscos

y crustáceos,

y no hallar la filosofía del tesoro,

la metafísica de la profundidad,

la esencia de lo que fluye,

la soberanía del ser en lo inmenso,

superviviente, depredador, sorprendido

entre las raspas y cadáveres,

sumergido bajo los motores de los barquitos

y las lanchas y el esquiador acuático fracasando

con sus acrobacias, dejando una estela nívea de fracaso,

nada puede envidiar el albor rotundo

 

de la luna preñada sobre la superficie del agua negra,

 

espejeando su refracción,

pariendo luz,

erupcionando vernácula,

mineralizando los intersticios. África en su sangría

a sólo unas brazadas.

 

 

 

Aunque en el mar de Alborán,

te imagino augusta entre los fiordos noruegos,

besas con el opio en la saliva

y los unicornios verdes en las pupilas satíricas,

flor del cactus, aguadora del desierto,

diáfana,

saeta,

atalaya

en loor de las ecuaciones orientales,

 

te doy coba, azuzo tus satélites en previsión

de los dragados, mimo tus pechos,

siembro tu vulva de sauces cristalinos,

-esto es vida, me persuado-

el mensajero maratoniano te urge

al boca a boca,

a la libertad atómica,

 

mujer con sintaxis de hélices, con trigonometría

 

excelente para puentes y caminos,

cuerpo espongiforme y alma trufada de arabescos

que no admite traducción,

-amatista, perpleja turgencia de la sandía que

sorbo- he sido esbelto

y nimbo junto a tu especie,

he obviado mis fractales

porque la melodía incomprensible del orgasmo

y porque las ballenas de amor a la deriva

 

ruedan y ruedan como una brújula o un péndulo

del sentido, de lo que huye

y, no obstante, augura, y ahí

boreal y enigma púrpura

y pradera y rocío

y navegación a vela

y emboscadura y resurrección

nos hemos disipado.

 

 

 

Ya no me interrogo sobre el destino

de mi escritura, mi verbo nupcial, copulativo,

de ultramar. La respuesta es geológica,

está en el seno de mi volcán blanco,

protesta sulfurosa, exhala su hambre

de cuerpos vírgenes, remueve tus átomos

de lasciva memoria. Escribo desesperado

como si el próximo naipe fuera a aniquilar

la partida. O con los élitros de aquella

sintaxis dulce y espongiforme adherida

a las derrotas de la infancia. Quiero dar a luz

la materia que alimenta, pero ya sólo necesito

desentrañar el níveo amor de las vetas

áridas, la textura alentadora, la fidelidad

a mi arsenal natatorio. Sólo en su destello

me concedo permiso de residencia,

sobrevivo a los accidentes, tiemblo.

 

 

Las mañanas luminosas y tibias

del primer otoño, los romeros fragantes,

la chiquillada riendo sin discreción

entre los árboles pálidos, muchas horas

de pensamientos verticales porque lo

abstracto volvió del reposo, la fortuna

de la piel tersa, intuida y vislumbrada

como indiferente al cambio de estación.