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ateo poeta

 

Cuánto arte

claudicó

sin alcanzar siquiera

el infortunio ni la derrota.

 

Cuántos pájaros exactos

fueron sacrificados

por causa de necesidades

más perentorias.

 

Cuánta pobreza

en las manos llenas y solventes.

 

Por qué alcantarilla

se escurre el tiempo luminoso,

el turbio reflejo

de lo futurible.

 

Siempre

esa industria pesada

invitando a firmar

un contrato

leonino.

 

 

 

Ilustración: Amanda Baeza

 

 

 


 

Están en el rostro perfiladas

las grietas, los caudales vacíos

de esperanza, el dolor

intransferible que no mata,

que no liquida de un golpe,

la subjetiva memoria

de las alas y de la sangre,

el ámbar de una piel

sin temor a abrirse paso,

no guarecida,

los ibis en los ojos dulces,

la tristeza termal como

los pueblos famélicos y los

sobrealimentados,

en ese vértigo del que

toda luz emana,

la percusión del tiempo

riguroso y de la resina

un día en lo lejos

y en lo anónimo,

aún por escrutar.

 

 

 

 

 

Un anuncio en el que se anuncia

que en un futuro próximo

se comunicará un anuncio

importante

 

es como una pregunta en la que se pregunta

por la propia posibilidad

de seguir haciendo preguntas

de este tipo

tan bizarro.

 

¿Se tambaleará el orden establecido

ante estos ataques

de guerrillas?

 

 

La más alta y erguida de las ancianas

relata su historia sin titubeos, extiende

un brazo evocando cada imagen mientras

apoya su mano izquierda en la rodilla para

contener la agitación de su cuerpo aún

como un roble a pesar de la edad, en el

otro extremo del banco recibe los apuntes

de otra anciana que cubre su pelo cano

con un pañuelo blanco y aún conserva

el mandil prendido a la cintura, señal

inequívoca de haber estado preparando

la comida poco antes de la tertulia,

en el medio, una de esas mujeres resistentes

a las adversidades rurales frunce el ceño,

se esfuerza en comprender el mensaje y

su trascendencia, no es algo gracioso ni

un cotilleo vulgar, todavía siguen en

guerra por su aldea, por ese amasijo

de piedras infinitas, por la conducción

del agua, pensando en los que se han ido

por su propio pie o con los pies por delante,

la cuarta de las señoras se cubre los

hombros del frío y se tapa la boca

como una filósofa que prefiere examinar

los detalles y su revés con calma,

quizá se trata de habladurías y no se

deben tomar decisiones a la ligera,

si no, cómo habrían llegado hasta

aquí, no es acaso este tipo de reuniones

y consejos los que luego se filtrarán

en cada hogar, los que dejarán huella

en el resto de supervivientes junto

a la chimenea, en los colchones de lana,

su dignidad no conoce modas ni atascos,

son dueñas de todas esas ruinas y del

aire que las habita, de las fuentes limpias,

del bosque caduco, son cuatro flores

de nieve en todo su esplendor.

 

 

 

 

Todo está nítido como la sangre chorreando.

 

Hay desprendimientos y tierras movedizas

colina abajo y no me pregunto si te soñé así.

 

Estoy harto de lo imposible pero un hilo

fértil puede concederle una oportunidad

al verde auspicio nevado.

 

Darle tiempo a lo esencial para que macere.

 

La extracción del colmillo pretérito a cambio

de una bocanada de jaras frescas al alba,

antes de vadear el río.

 

A la mujer que reina en la corteza y vierte

pródiga:

 

asistiré a la hora modesta de la omisión, tus

manos en mi luz de ambivalencia, los torsos

deshojados y balsámicos.

 

 

Fotografía: Man Ray

 

 

Las recuerdo en las laderas y en los confines,

descendiendo como los arroyos,

íbamos a corretear entre aquellas chabolas

y gitanos, yo no tendría más de siete u ocho

años, pero la vida era así, salvaje, sucia, libre,

las tardes largas, las calles sembradas

de las primeras octavillas electorales

y nosotros dibujábamos los circuitos de arena

en el parque donde golpeábamos las chapas

con el dedo índice o el pulgar, y peleábamos

con piedras de verdad, a lo lejos, cada día

en un bando distinto, sin saber por qué, después

tenía que ir a comprar carne o leche fresca envasada

en bolsas de plástico o a recoger unos zapatos

para arreglar, o lo que me mandaran,

usando la vuelta para los dulces y los cromos

y las figuras en miniatura, todos los edificios

iguales, con sus franjas blancas entre los pisos,

alrededor de aquellas cuatro carreteras con los

columpios oxidados y las rocas marinas

y erosionadas, como fuera de lugar, ahora que

lo pienso, y no sé si fue allí cuando mamá

se quiso suicidar por primera vez, pero sí

cuando los gritos y las bofetadas y los llantos,

todos recibíamos en cuanto se terciaba

y supongo que por eso nos meábamos

en las sábanas y los besos dulces e insólitos

de aquella niña de mi escuela hacían

su aparición angelical en la médula

de la noche.

 

 

Fotografía: Lasse Persson

 


 

Las dicotomías

son odiosas,

pero apenas sabemos

cómo huir

de sus tenazas.

 

Por ejemplo:

entre una consistente

vida de pareja

pero sosa y obsesiva,

por un lado,

y la disolución

de los vínculos

que proporciona

la picante

soltería,

por el otro.

 

 

 

 

Las parejas cerradas

son un aburrimiento.

 

Ahora bien,

sin ellas, las tentaciones

no serían tan sabrosas.

 

 

 

Que el saldo cualquiera

no fagocite el existir

del rubro.

 

Aún depositado

en el humo variable

de la memoria.

 

 

Ilustración: Amanda Baeza

 

 

El poder,

a fin de cuentas,

en tanto que dominación,

se descompone

en varios gajos:

 

el arte de no responder

a las preguntas,

 

la íntima satisfacción

por permanecer

inescrutable,

 

la sutil y elegante

habilidad

para indagar

hasta el tuétano.

 

La resistencia

a menudo consiste

en desvelar

lo vulnerable.

 

Y en la libertad

del secreto.

 

 

Fotografía: Sebastiao Salgado

 

 

 

Un cierto sentido

de libertad.

 

Eso es todo.

 

Lo guardo

en el aliento.

 

Y voy

administrándolo

poco a poco,

según

la polución

circundante.

 

 

Fotografía: Madame Yevonde

 

 

 

 

 

Nada como escuchar

a un optimista

empedernido

para que se desate

mi vena

más cínica,

irónica,

catastrofista

o pervertida.

 

Y nada me irrita más

que escuchar

a un cínico

(o irónico

o apocalíptico

o integrado)

sobre los asuntos

más peliagudos

y dramáticos,

para que le salte

a la yugular

con mis arengas,

por mucho que me pese,

repletas

de optimismo.

 

No hay escapatoria posible

de ese círculo

vicioso.

 

Y si la hay,

tiendo a quedarme

con la mosca detrás

de la oreja.

 

 

Fotografía: Sebastiao Salgado

 

 

 

 

Este silencio

al llegar a casa

es de los que anuncian,

rebotando

contra las paredes,

que algo profundo

e irreversible

ha sucedido.

 

Es hora

de poner música

y aparentar

que todo sigue

su curso,

como si nada.

 

 

Fotografía: Sebastiao Salgado

 

 

 

 

 

Siempre he sido  

más radical

que pacifista.

 

Será por eso

que en esta vida

he matado

a más de una mosca

y a legiones

de mosquitos.

 

Y por encima

de todas los credos

amo

el transporte público

y la movilidad

ciclista.

 

 

 

Cuando veo un Porsche

aparcado

no puedo evitar

el furor y las ganas

de lanzarle

unas cuantas piedras.

 

Tanto dinero junto

no puede provenir

de ningún negocio

limpio.

 

Lo mismo me ocurre

cuando veo

a un militar,

sea del bando

que sea.

 

Enseguida pienso

en exigirle

que deponga las armas,

como si yo tuviese

una solución mucho

más eficaz.

 

Sólo mis piedras

y este odio de clase

que cualquier día

me va a costar

una úlcera

de estómago.

 


 

Yo leo libros

para escribir libros

y que tú leas libros

para escribir libros

y que ellos lean libros

para escribir libros

y que yo lea libros

y alguien se gane la vida

en medio de todo esto.

 

Lo más divertido

y lo que más

me inquieta

es todo el arsenal

de justificaciones

con el que revestimos

el asunto.

 

 

 

 

 

En cuanto vuelvas,

sobre todo,

se aclararán algunas dudas.

 

Nos someteremos de nuevo al ojo

del remolino.

Es inevitable sucumbir

a los poderes telúricos

de la naturaleza.

 

Lo único sagrado se expresará,

sin necesidad

de mayores plegarias,

a través del beso y en el beso

y por causa del beso

y de los números primos

y racionales.

 

En cuanto vuelvas

no seré menos esclavo

de los flujos corporales

ni del tráfico de mercancías.

 

Por desgracia

continuaremos enterrando

los cadáveres de la política

manirrota.

 

Un campo de batalla que alboree

sin mácula

nos restaría muchos temas

de conversación.

 

En cuanto vuelvas

nada será de color de rosa

pero siempre podemos elegir

otros colores

de la paleta.

 

 

Fotografía: Otto Stukapoff

 

 

 

Ya es hora de ponerse positivo.

 

De elogiar el cuerpo amado

y sus irregularidades.

 

De despertar con ganas

de comerme el día

y la carne.

 

De esbozar una sonrisa

tonta y permanente

mientras achucho

las almohadas.

 

Están al alcance de la mano

la felicidad y el concepto

de la felicidad y la inmanencia

y las analogías

y los placebos

de la felicidad.

 

Vaya, en cuanto me descuido

hacen su aparición

los pájaros de mal agüero.

 

 

 

El cuerpo humano

y otros organismos vivos

tienden,

dentro de su complejidad,

a la autorregulación.

 

¿De verdad?

¡Venga ya!

 

Los libros de biología

carecen de las más elemental

noción literaria.

A saber.

 

En este mundo

de héroes y villanos

no sólo nos toca lidiar

con las turbulencias

que suscitan.

Nuestro amor

por la zozobra, además,

rara vez se acaba

corrigiendo del todo.

No hay pastillas

ni religiones

que cumplan sin defectos

tamaña misión.

 

Para más inri,

a dos dedos de frente

que tengamos,

todos los augurios

apuntan a un cierto

y fatal desenlace.

 

Todo sería más fácil

si tan sólo yaciésemos

como las piedras

en los caminos.

 

 

Fotografía: Pedro López Batista

 

 

 

 

 

Uno sabe tarde que cada punzada exclamativa

proviene de una plétora de agujas y ángulos,

que descuidamos el estado de sitio declarado

en las zonas circundantes y amoratadas,

que seguimos recibiendo ganchos como si tal

cosa, que nos levantamos una y otra vez

con la vista nublada aunque el sol florezca

y se gire hacia las llagas que abrasa,

uno llega tarde a limpiar la morada vieja y

los trapos sucios de la familia carnal, tarde

a ponerse una nueva máscara y más creíble,

uno se enroca con sus armaduras oxidadas

más veces de las permitidas por las reglas

del juego y se lamenta de las bajas en combate

de su contingente aliado, uno gime en silencio,

sabe tarde que la necesidad y la virtud

se bifurcan en la larga marcha de los caracoles

por más encrucijadas teóricas que planteen

los agrimensores, uno, en fin, aprende a

desplazarse clavando más adentro las picas

que lo laceraban a media asta.