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ateo poeta

 

No quisiera ser agorero

pero nadie está libre

de que le ocurra una desgracia.

 

Sería mejor girar como una peonza

y olvidarse de las irremediables

contingencias.

 

Ahora que podemos.

Los momentos sin preocupaciones

pasan como un suspiro.

 

En cualquier país del mundo

la vida sigue unas mismas

coordenadas:

 

estás solo, tienes frío, necesitas

dormir más horas

de las que permite

la legislación vigente.

 

Tomo distancia, ya lo sé,

pero es mi sangre

la que hierve, son mis heridas

nunca cerradas:

 

¿acaso difieren tanto

de esos niños correteando

y en busca de un asidero?

 

¿Y qué puede llenar

la ausencia de equilibrio

sino este existir

sin alegrías a precio de saldo?

 

Por lo menos, que haya un colchón.

Que no tengamos que lamentar

lo evitable a todas luces.

 

Después, que cada cual

se haga cargo de sus quimeras

y ambiciones, aunque habrá

que pararle los pies

a la calaña insensible.

 

Las prisas, sin duda, matan

antes de tiempo, o matan

sin contemplaciones.

 

El amor tampoco parece

un antídoto que despeje

las incógnitas.

 

 

 

 

Seamos pragmáticos:

no pidamos nada.

 

 

Ilustración: El Roto

 

 

Levantamientos populares:

tan revulsivos y

sobrecogedores.

 

El entusiasmo, nos advierten,

caduca muy temprano.

 

 

 

La belleza no se esconde.

 

Nos desborda,

está por doquier,

se encarna en los gestos

comunes y en los

extraordinarios.

 

Si no la ves,

por lo menos,

cierra los ojos.

 

 

Fotografía: Olmo Calvo

 

 

Para ese público reacio

al noble género

de la tratadística,

conviene la versificación

de las más áridas

y escabrosas materias.

 

Señalemos, por hablar

de algo que nos compete,

el objeto de escrutinio

de las ciencias sociales.

 

Por un lado, todo arranca

de disputas con los próceres

de disciplinas adláteres

y primas residentes.

 

Que si la libertad

del individuo está la pobre

menguada por los influjos

de los semejantes.

 

Que si la felicidad

y otros elevados ideales

aterrizan siempre

de forma accidentada.

 

Que si las leyes

y sus transgresiones

deben más a los humanos

arbitrios que a los señuelos

de quien dicta la prosa

o a la ignorante maldad

de quien se ve obligado

a obedecerla.

 

Demarcado el territorio

de las omisiones,

por muchas grietas

que lustren los muros,

cabe añadir el duelo

existencialista:

 

¿Quién puede conocer

a quién si cada sujeto

de conocimiento

es a la vez miembro

de pleno derecho

-juez y parte,

palo y zanahoria,

ojo que observa

al ojo que se sabe

observado-?

 

Esta paradoja fundacional

sigue trayendo de cabeza

a quien no ha cortado

por lo sano: amputando

la controversia

y sembrando hormigón

cual afanado ingeniero.

 

El siguiente capítulo

consiste en afirmar,

en modo sustantivo,

la declaración de intenciones.

 

Fieles a este breviario

consignemos: procédase

a identificar relaciones

de lo más variopintas,

con amigos y enemigos,

con parientes próximos

y lejanos, con jefes y con

subordinados, las que buscan

sexo y consiguen amor

y las que operan a la

inversa, las que ejercen

poder y las que lo

cancelan, las que monologan

y las que conversan,

las que definen

los comportamientos

extravagantes y los más

rutinarios y anodinos,

las que nos obligan

a viajar para poner en

cuestión lo universal

de lo humano

y lo particular de nuestro

nicho como animales de

alto voltaje depredador.

 

Alíñense adecuadamente

con una pizca de sal

y pimienta, al objeto

de apreciar sus matices

y reclamaciones.

 

Consúltese la receta

a la abuela e indáguese

en las viejas historias

para las que nadie nunca

tiene tiempo.

Descúbranse los ingredientes

que hacen ligar a las partes

y lo eventos de ebullición

en virtud de su capacidad

para trastocar el orden

de los objetos.

 

Y vayamos terminando

que también el género

lírico posee unos umbrales

de tolerancia.

No se olviden

de la práctica

y de cada minúsculo acto.

Sigan discutiendo

y deconstruyendo

antes de acometer

la ruta de la seda:

sobre todo, sus propios

intereses y ensoñaciones.

Persistan a la vez

en las raíces de los largos

y frondosos procesos.

Distingan estrategias

fallidas y contradicciones

principales.

La realidad seguirá

su cauce, sin duda, y

presentándose harto

escurridiza.

Y toda nuestra comprensión

apenas, ojalá, que prenda

una chispa y encienda

una mecha.

 

 

Tu voz

no es tan tuya

a juzgar

por los ecos

de otras voces

que se oyen

participando.

 

 

 

Cuando aprendes

un idioma nuevo

quedas ligado

a su universo

para siempre.

 

Y si dejas de usarlo

y lo arrinconas,

el muñón

no pasará

desapercibido.

 

 

Fotografía: Jason Eskenazi

 

 

 

No me extraña

que apenas haya diferencias

entre emborracharse con alcohol

y hacerlo con palabras

pues, al igual que ocurre

con otros tantos actos fallidos,

se dirigen a un mismo fin:

el de aplacar las pasiones

libidinosas caídas

en desgracia.

 

 

Fotografía: Ana  Nieto

 

 

Bastan unos pocos días

claros y diáfanos

para retener en la memoria

un territorio,

su plano general

y sus principales accidentes

geográficos.

 

Los días grises,

la bruma coronando

los edificios

y el manto helado de la nieve

se empeñan, sin embargo,

en arruinarnos la lección.

 

 

Ilustración:  Armelle Caron

 

 

 

En el centro

de la multitud

y de los lugares concurridos,

entre pasajeros ausentes,

en el medio del vagón

del metro, en hora punta,

esperando numérico

a que avancen esas filas

interminables, rodeado

por la apariencia

de un vasto mutismo,

conteniendo la inundación

del pensamiento

de la nada,

me limito a llegar

con paciencia

al refugio donde

poder escribir.

 

 

Fotografía: Vivian Maier

 

 

 

 

Ayer mis estudiantes

-6 de 11, que esos números

también son poesía-

entornaban sus ojos

con tristeza

al confesarme que ya no,

que ya no podrían

pagar las tasas

de matrícula

del próximo curso.

 

Hoy leo en la prensa

que no menos de 3.000 niños

-esas cifras redondas

y punzantes que alguna

oscura función poética

cumplirán-

desfallecen en las escuelas

de Cataluña por causa

de malnutrición, sí,

han oído bien,

por esa precisa causa.

 

Este infierno

tan próximo -tanto que

apenas figura altisonante

en las páginas

de crímenes y sucesos-

nos parecía inverosímil

hace apenas

unos años.

 

Este programado

despojo de las palabras

y de los estómagos.

 

Este sin nombre.

 

Hasta que una oenegé

lo rubrique

en una de sus partidas

de cuidados paliativos.

 

Este despojo

-digamos de nuevo

por mor de la anáfora

postergada-

no puede quedar

impune:

expidámosle la factura

correspondiente

de la memoria histórica

(a falta de los perezosos

vengadores

de la justicia natural).

 

Una vez que estés muerto

podrán despedazarte más aún

o incluso despedazarte al mismo tiempo

que te elogian y te critican y te objetivan

y se quedan tan sin mácula como bebiendo

un vaso de leche, con su cara de rugosa

inocencia porque el infierno que les calcina

sigue abriéndose paso hasta la piel, las uñas,

la sangre sitiando sus pupilas, el día cero,

el día menos uno, una vez que tu noche

y tu luz de noche y tus palabras aún más

incandescentes que agrietaron el óxido

de quienes te escuchaban, dejen ya

de molestar, de llamarles enemigo,

de acusarles contra su orgullo y contra su

desierto de orgullo y contra los pájaros

que perseguían hasta descarnarlos de todo

hálito, del azar, del instante de júbilo

que ni sus niños recordaban, ahogados

en el legajo del archivo de la caja fuerte

de las penumbras y telas de araña,

una vez que tú, sujeto palpitante,

acicate, voz del asombro, sello

de la prédica de justicia, alga primera,

una vez que no nombres la explosión

ni el germen ni puedan encasillarte

en la vitrina del museo, ni amordazar

tu renacer en el injerto, lo prolífico

que no se bate en retirada, el agua

inasible, entonces, desde ese momento,

volveremos a invocar una palabra unida

a un cuerpo y a las piedras y a la arena

que dan forma a la sed, que existen

en su raíz y que atraviesan con su mirada

las figuras de los estragos y de

lo sublime e inmemorial.

 

 

Fotografía: Henri Cartier-Bresson

 

En otras latitudes

los seres humanos

no son muy distintos,

a juzgar

por las abundantes

noticias que he ido

coleccionando

hasta ahora.

 

Se olfatean,

se saborean,

se llenan la cabeza

de fantasías

y se infligen daños

como en todas

partes.

 

 

 

Hay personas que nos miran

como si albergasen dientes de ajo

en sus glóbulos oculares.

 

 

Ilustración: Ana Nieto

 

 

La armonía que busco

no responde a un canon

ni se cubre de oropeles.

 

En su desnudez, es el gesto

de la sonrisa plena, como

una eterna juventud.

 

La flotación y el nado

sin violencia, sin más

destino.

 

El torso que ondea

a la par del instante

y su melodía.

 

Lo primigenio y toda

la luz que compensa

nacer,

madurar

y morir.

 

 

Fotografía: Claudia Regina

 

 


 

Cuando es demasiado fácil

y lo tienes al alcance de la mano,

no tiene ningún aliciente.

 

A nadie le amarga un dulce

pero es la obsesión por aquel

que vemos detrás del escaparate,

la que nos quita el sueño.

 

 

 

El amor:

 

esa palabra tan estrecha

que no alcanza a nombrar

todo lo bueno que acontece

antes, durante y después,

 

y no pocos sobresaltos.

 

 

 

 

 

 

La belleza inalcanzable:

esa que viene de frente

y pasa ufana a tu lado,

desviando la mirada

como si no,

 

esa a la que ni siquiera

te atreves a perturbar

con un inocuo saludo.

 

 

Fotografía: Helene Desplechin

 

 

 

Podría parecer que mis períodos

de aislamiento me vuelven

introvertido o solipsista.

 

Nada más lejos de la realidad.

En mis largos silencios

no dejo de experimentar

la comunicación con algunos

miles de individuos

de ese amplio espectro

llamado humanidad.

 

Y también contigo, claro,

aunque las huellas

sean harto delebles.

 

 

Sobrevivir

a los desórdenes cotidianos,

a las interferencias,

a los aguaceros

y al aletear de las mariposas

que resurgen sublimes

de nuestros tiempos muertos.

 

Apaciguar la ansiedad

con las manos calmantes

y con el silencio exacto,

dando albergue

a las flores huérfanas

que ni lluvia ni un gramo

más de tierra

acapararían para sí.

 

Lástima

que algunas veces

nos olvidemos

de tan sabios

preceptos.

 

 

Fotografía: Michel Feugeas