Elogio del caminar
entre lo borroso,
a tientas,
mediante croquis,
esbozos,
augurios
y nociones
que prefiguran,
y elogio de las ciencias
que pretenden
la exactitud
y la gloria
de tocar el cielo
a través de sus
humildes
certezas.
Elogio del caminar
entre lo borroso,
a tientas,
mediante croquis,
esbozos,
augurios
y nociones
que prefiguran,
y elogio de las ciencias
que pretenden
la exactitud
y la gloria
de tocar el cielo
a través de sus
humildes
certezas.
Elogio de la donación
de sangre, órganos,
alimentos, abrazos,
palabras de consuelo,
palabras de aliento,
palabras sabias,
palabras inútiles
y otras básicas
necesidades
sustraídas
al imperio
del vil metal.
Me adviertes de lo pernicioso
que es encerrarse en casa sin
cultivar una mínima vida social.
Temes que desarrolle un nuevo
caparazón por encima de la piel,
de la ropa y de otros intangibles
emocionales por culpa del laberinto
lúgubre -mas lleno de palabras floridas-
en el que incurro con cierta
atracción masoquista.
Sabes que detesto la adicción
al trabajo, la disciplina impuesta
y toda autoridad, pero desconfías
de verme conectado a la máquina
hasta altas horas de la madrugada.
Yo también me burlo de mí mismo
y preconizo una vida más disoluta,
por lo que sospecho que la diligencia
laboral y el oscurantismo de mi
espíritu no son cualidades innatas
sino fruto de muchos golpes
y de presentir que, en el fondo,
desde que te fuiste,
todo está perdido.
Fotografía: Lewis Hine
A media mañana
toda la tercera edad
y yo nos ponemos
a remojo en la piscina
municipal.
Practicamos el nado
con constancia
y, sobre todo ella,
sin prisa alguna
por alcanzar
el extremo opuesto
de cada largo.
No tengo más remedio
que adaptarme
a su velocidad
y parsimonia,
o acelerar en los huecos
que van quedando
en cada calle.
Se conversa poco,
se trata de un deporte
muy introspectivo
y casi sin hablar
cedes el espacio
o descansas hasta
que se aminore
la congestión.
Por mucho que difieran
nuestros cuerpos,
con estos rituales
me someto a una gran
cura de humildad:
todos somos
sucedáneos
de los peces
y qué pasajera es
nuestra arrogante
juventud.
Fotografía: Tina Barney
El mundo está muy dividido.
Uno se asoma ahí fuera
y no encuentra más que ultrajes,
la administración sádica y tortuosa
de un sufrimiento inconcluso,
una historia sangrienta
abanderada por quienes ostentan
los cetros del mando.
Después uno le toma el pulso
a sus sueños y no halla
más que cuerpos voluptuosos,
manos delicadas y tiernas
apaciguando todo temor y vacío,
una lengua sabia e irónica
que mantiene a tu inteligencia
en constante estado
de turbación.
Hay que denunciar esa brecha
y esclarecer, por fin, el lado
de la barricada por el que tomamos
partido.
Fotografía: Gloria Rodríguez
Puedo afirmar con total exactitud
y sin miedo a equivocarme
que me nutrías tanto de cometas
en el estómago cuando ocupabas
la ubicuidad de mis operaciones
cotidianas,
como ahora que sólo puedo aspirar
a la tersura de tus extremidades
y a tus globos aerostáticos
en las fechas concertadas
con la suficiente
antelación.
Fotografía: Miroslav Tichỳ
Hoy no he leído ninguna noticia
de suicidios, violaciones u otros
actos de terror cotidiano y de
dimensiones tan planetarias que
uno hasta se compadece de
quienes simplemente cultivan
el mal en sus negras cavilaciones.
Seguro que no han dejado de
perpetrarse por muchos esfuerzos
que yo haya hecho por pasar
página, por mirar a otro lado
o por desear que una brisa tibia
me acariciase el rostro que sí,
quiere mostrarse más positivo
cada día.
Fotografía: Anton Corbijn
Es difícil ilusionarse, se dice.
Muchos prefieren la risa floja y las frivolidades
en lugar de mofarse con violencia
de las fuentes del dolor
y de sus responsables de infames rostros.
¿Cómo revelar la arquitectura invisible
del poder y de la sumisión ramificada?
Que nada paralice tu voluntad
aunque cabalgues a lomos de una conciencia
paradójica y quebrada,
en el filo cortante de la navaja y del concepto.
Hay tareas ingratas
y hay transitorios emplazamientos, ambulantes.
Propicia tu celebración -aunque clandestina-
de las escaramuzas ganadas
en la nebulosa infinitud, muerde esa pulpa
merecida
en el afán de un nuevo y obsequioso jardín.
Fotografía: Sybille Bergeman
Era la nieve inmensa,
el manto de nieve
que cubría las llanuras,
la nieve basta y excesiva,
la esperada, la que acontece
como imperio del paisaje,
era la nieve apilada
en los márgenes de las vías,
la pura y la mancillada,
la envejecida, la ennegrecida,
la crasa nieve, la hermana
de las placas de hielo
traicioneras, era ese paisaje
dulce, tendiendo a lo inmóvil
y al mutismo, la nieve
blanquísima y la dádiva
para que no haya sed,
eran el calzado y el atuendo
apropiados a esta frialdad,
las pieles pálidas y también
las pieles oscuras y todo
abrigo de esa inhóspita
intemperie, de esa luz
que quema las pupilas,
eran millones de metros
cúbicos de nieve
despejados
por las máquinas
de los lugares
con más tránsito y eran
las bicicletas que seguían
circulando, con esa alegre
falta de pasión, incluso
en las circunstancias
más adversas.
Fotografía: Gordon Parks
¿En qué consiste
su misterio,
su indescifrable
enigma,
su frágil
secreto
y su aliento
casual,
su pugna
permanente,
su no,
su tal vez,
su prótesis
y su bálsamo,
su talismán
o su verdad
científicamente
comprobada,
su osadía,
el escote
de su promesa,
su valor
sin precio,
su capacidad
imperturbable
de retar a todos
y de ponerlo todo
patas arriba?
Fotografía: Kurt Hutton
Me maravillan esas mujeres
que después de finalizar
un arduo crucigrama
o de completar con éxito
una sopa de letras,
jeroglífico o autodefinido,
arrugan el papel y lo lanzan
satisfechas a la basura.
Metáforas y comparaciones
a este respecto son odiosas,
como bien se sabe.
El amor es el arte de la lentitud.
Te enteras (algo) de qué va
cuando ya se ha acabado.
Cada vez que recuerdo
tus orgasmos cósmicos
expandiéndose
por todos los rincones,
penetrando su clamor
sin atributos
-quintaesencia del verso-
por todos los puntos
de mi cuerpo abierto
de par en par,
receptivo a tu aliciente
como un neonato,
abatido por el poder
de tu verbo infinitivo
y por el temblor
de lo incontable,
me troncho de risa
con todas esas
ridículas leyendas
y épicas acerca
de la masculinidad.
Fotografía: Cintia Massafra
¿Se puede retratar
el rostro de la felicidad?
¿Por qué ni la risa del alma
ni sus estertores
se transmiten idénticos
a la epidermis,
a las apariencias del cuerpo?
¿De qué solubles sustancias
se componen las aguas
subyacentes
que riegan las raíces
del buen humor
y del sueño reparador?
¿Por qué esos ojos tristes
no sueltan prenda
acerca de tantos placeres
que consiguieron
rendirlos?
La mayoría esperamos
con paciencia
en una fila larga
como la eternidad.
A nadie le agradan
los retrasos
con respecto a la hora
convenida,
pero somos esclavos
de las circunstancias
de otros
y de esos dispositivos
de tecnología punta
que yerran
no menos
que los muy humanos
que los crearon.
Sólo nos resta
pensar
en la flor
y en cualquier placebo
de la belleza
inalcanzable
para mitigar
este flagelo
del vacío,
esta fracción
de vida o tiempo,
que tanto da,
sin propósito
ni gozo
discernible.
Los cuerpos
y las maletas
se retuercen
y se disponen
irregulares
por la sala
como esas constelaciones
antiguas
que se debían intuir,
recomponiéndose
después
firmes en su línea
en cuanto empieza
a andar el grueso
del pelotón
a las órdenes
del personal
autorizado,
hartos ya de tanta
parsimonia
y protocolo.
No es de extrañar
que los más ansiosos
o filibusteros
aprovechen
la conmoción
para adelantar
posiciones
y colarse vilmente
con un rictus
de seriedad,
como si no les cupiese
la menor duda
de que están ejerciendo
un natural y legítimo
derecho.
Los demás, atónitos,
ni les silbamos
ni les increpamos
de alguna otra manera
ostensible,
como aturdidos
por el cansancio,
pillados
por sorpresa,
contemplativos
de las artimañas
de quienes
no se cortan un pelo.
Entre los ultrajados
se pueden distinguir
tres grupos
destacando quienes
estudian
con atención inusitada
las maniobras ajenas
por si acaso
se vuelven a topar
en la misma tesitura
en un futuro
próximo
y osan actuar,
entonces,
igual que aquellos
espabilados.
Otros más puristas
se indignan
inútil
y silenciosamente,
reservando su bilis
para el acantilado,
el desierto
o la meseta
donde clamarán
con su grito
en el cielo.
Hallaremos, por fin,
a quienes sostienen
la tesis
de la jauría
y animarán
a sus congéneres
a atacar
todos los flancos
-todos a una-,
sin respetar orden
ni prelación
que valgan
por estimarlas el resultado
de árbitros
parciales,
lo cual habría sido
ampliamente
verificado
hasta en los países
más orgullosos
de su avanzada
civilización.
En tales escenarios
de disensos
y de leyes
que galvanizan
y apuntalan
las desigualdades
preexistentes
en estos sobrios paisajes,
nos suele quedar
la sensación
de ser marionetas
cuyos hilos
penden del viento
mientras se auguran
tormentas peores
que pueden traernos
nuevos lodos
con sus consiguientes
amargas, tediosas
e inevitables
esperas.
Fotografía: Luke Smalley
Once grados en diciembre
y en bicicleta no son para tanto.
Es más, parecían desviarse
de mi rostro candente
a medida que avanzaba
por unas calles estáticas
con su murmullo nada
insurrecto.
No sé por qué los semáforos
estaban todos en verde.
O por qué no les hacía caso
como tantas veces en mi
inconsciencia, como si sólo
confiara en las señales
de tráfico que me voy
imponiendo.
Esa llama,
esa levedad,
esa sonrisa tonta,
esa mística
-incluso-
de la ciudad ausente,
sucedían tan sólo
porque unas horas
más tarde
me encontraría
con tu llama,
con tu levedad,
con tu sonrisa
-mucho más sabia-
y también
con una ausencia,
esa
que todavía
hiere.
Fotografía: Evelyn Hofer
Un día introduciré
en una maletita
la colección
más selecta
de los libros
que siempre
deseo leer
de nuevo.
Ese día
sabré al fin
que no habrá
más carreras
profesionales,
que no importará
si el ordenador
se avería
por gusto
o si sueña
con ovejas
copulando.
Experimentaré
otra vez
cómo el tiempo
languidece
más vivo
que nunca,
sin sobrarle
ni un solo minuto.
Igual que cuando
creíamos,
hace mucho,
en otra edad,
que lo estábamos
perdiendo.
No serán muchos
volúmenes.
El resto
cambiará
de manos
o se consumirá
en la pira.
A mí ya no
me incumbe.
Los diminutivos
es lo que tienen:
que te obligan
a elegir.
Ilustración: Eduardo Úrculo
Reviso la información productiva
de una localidad castellana
que me ocupa en mis pesquisas
sociológicas y me encuentro
con la inclusión en el sector primario
de un festival del humor,
lo que tiene su gracia.
A saber a cuántos estudiantes
desprevenidos se les pasa
por alto este gazapo o, por contra,
argumentan que la parodia
constituye uno de los cimientos
de toda economía.
ESTAS COSAS SIEMPRE SUCEDEN DE REPENTE
No pasa nada. Ella está
en un expreso con dirección
a Barcelona, y yo aquí,
en mi mesa de trabajo, escribiendo
estos versos. Hace apenas dos horas
que se ha ido. Mañana
charlaremos por teléfono.
Sobre la tele, su espléndida sonrisa.
No pasa nada, como digo.
Y, de repente, no sé qué hacer
con tanta soledad.
SI QUIERES SABER LO QUE HA CAMBIADO ESTE PAÍS
No tienes más que acercarte
a cualquier cafetería
a la hora del almuerzo
y fijarte en esos tipos entusiastas
que hablan y gesticulan
con esa suficiencia
típica de los llamados a dominar
el mundo
y que lo único que tienen
entre ceja y ceja
es cómo conseguir un nuevo aumento
para cambiar de coche o de parienta.
LA FUNCIÓN DE LA POESÍA
La función
de la poesía
en nuestra sociedad,
ha sido el tema estrella
(durante un par de días)
en simposios, mesas orondas
y demás zarandajas,
a cargo
de eminencias con-
trastadas
en el manejo de las lenguas.
Parece ser
que les ha hecho
buen tiempo
y que no ha habido
heridos de importancia.
Karmelo C. Iribarren, La condición urbana (1995)
Fotografía: Martine Franck
En el restaurante de Tirso
ya no había mucho
donde escoger del menú
pues pasaban de las cuatro.
En cambio, la clientela
era de lo más extravagante
y se ofrecía grácil
a las miradas ajenas
no menos partícipes
de la misma actuación.
A mi espalda una pareja
interracial de dos obreros
de la construcción
ingerían de postre
dos copazos por barba
en vaso de tubo
y en el más absoluto
silencio.
A su espalda
un grupo de ancianos
bien nativos
fruncían el ceño
y discutían con ardor,
como si les fuera una guerra
o la herencia en ello,
por las reglas a observar
en la partida de cartas.
Enfrente de mí una joven
delgadísima
y con un pelo
blanco oxigenado
introducía rítmicas
y eficaces
cucharadas de papilla
en la boca dócil
de su criatura casi invisible
por lo envuelta que estaba
en un traje de buzo.
Las dos máquinas
tragaperras que presidían
el recinto no cesaban
de complacer
las demandas de fortuna
de sus amantes fieles,
con los rostros ajados
pero en trance
de sus legítimas
quimeras,
mientras llenaban
con monedas
el vientre de lámparas
fluorescentes
entre sorbo y sorbo
del café con leche
y del coñac
con dos hielos.
De mí pensarían,
seguramente,
que un tipo melancólico
y que mantiene abierto
un libro grueso
mientras pela las gambas
de la paella,
no puede estar
en su sano juicio.
Fotografía: Kurt Hotton