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ateo poeta

 

Cuando vivíamos juntos

necesitaba estar solo

para escribir

y pensar

y evadirme

con esas lecturas

que luego me devolverían

ebrio de ideas y mundos

al bálsamo de tus aguas.

 

Aprovechaba con ansiedad

cada hueco de la rutina

para darle rienda suelta

a todos mis disparates.

 

En aquella escasez,

no obstante,

éramos inmensamente

prolíficos

y generosos.

 

Ahora que vivo solo

y que dispongo

de tantas horas

de silencio

y de tantos días

de nada

y de muchas,

largas

y ominosas

semanas

para organizarme

a mi modo,

resulta que estoy hecho

un caos

y que hablo

con las paredes

y se quedan los libros

a medio leer formando

torres de colores

sobre la mesa.

 

Sospecho que no acabo

nunca de adaptarme

a los vaivenes

de la vida

y hasta echo de menos

aquellas escaramuzas

que salpicaban

nuestra convivencia.

 

 

Fotografía: Nan Goldin

 

 

Son jóvenes

y están enamorados.

 

Cada vez que se encuentran,

vuelve con ímpetu

ese proceso químico turbulento

y fuera de control.

 

No aciertan a predecir

cuánto se prolongará

la euforia,

pero presienten

alguna interrupción

inevitable.

 

Se lo advierto

a mi hijo,

como buen aguafiestas,

pero sonríe

condescendiente,

esgrimiendo su derecho

al ensayo y al error.

 

Cree disponer

de una larga vida

por delante

y que la suerte

le seguirá cayendo

en gracia.

 

Me ausculta

y confirma

que mis fracasos

y reincidencias

en tantas vanas ilusiones,

en realidad, resultan

poco convincentes.

 

 

Fotografía: Vivian Maier

 

 

Leer poesías de pie,

apoyado en la barandilla

de la librería,

hurgando al azar

en el orden alfabético

por autor,

y percibir que se suceden

las horas

y me olvido de comer,

de trabajar,

de ir a reuniones,

de llamar a nadie,

mientras voy diseñando

mentalmente

la portada, el grafismo,

el tamaño apropiado

del libro que,

pensándolo bien,

ya no quiero publicar,

y preguntarme por qué

no están otros

en esas baldas,

dónde residen

esas inquietantes

ausencias.

 

Ilustración: Alvin Lustig

 

 

No hay ningún atajo posible.

Pasan las mandarinas

por mi pensamiento

y por tu boca

desiderativa

antes de nutrir

la instancia

central

de tu paladar.

 

 

Me gusta adentrarme

en el ojo del huracán,

dejarme llevar

por la revuelta,

 

trastornar la posición dada,

variar el ángulo de giro,

 

redefinir

como partícipe

el curso de los acontecimientos

y su temperatura,

 

aun a sabiendas de que nadie

sale nunca indemne

 

de estos accidentes

nuestros

de cada día.

 

Ilustración: René Magritte

 

De la calle asciende una voz

cantando firme y sinuosa

acompañada de una cruda

percusión a la caja.

 

Hoy me he levantado subjetivo

y diletante, recomponiendo

la razón cuarteada que ha

sobrevivido a los no pocos

besos del sueño.

 

Mientras se queman mis labios

con el pomelo ácido y después

se apaciguan con lonchas

de queso fresco,

me los imagino saciándose

con la sal de tus pechos

planetarios.

 

He visto enigmas osificados

y he visto playas desiertas

y un sol austero y delineante

que ningún alma ciega

del mercadillo

podría cotejar.

 

Las cortinas blancas y rayadas

con líneas de colores

apenas filtran los haces de luz

de tu norte metafísico

y en esta misma manzana

se desfigura la ley.

 

 

Fotografía: Alex Webb

 

 

 

Escribir algo,

cualquier cosa,

antes de que se desvanezca

completamente

el aroma que has dejado

al irte a no sé dónde

ni cuándo

ni cómo.

 

 

Fotografía: Eva Besnyo

 

 

Tampoco de la ajada

y disfrazada memoria,

siempre relatada

a medida de nuestros

intereses espurios.

 

¿Es que solo alimenta

la rutina sin el ápice

ni el condimento

de una desbocada

imaginación?

 

¿Qué resguardo cabe

para un lenguaje

emancipado de lo

imposible a través

del vuelo?

 

 

Fotografía: Umbo

 

extracto de "Los amores confiados", una novela de Luisgé Martín

extracto de "Los amores confiados", una novela de Luisgé Martín

 

"En una de esas noches en las que fui a recogerle a la cafetería del tanatorio, Markus me contó la historia terrible -o inventada- de una mujer colombiana a la que acababa de acompañar en el velatorio de su esposo muerto. Llevaba viviendo en España seis años. A los pocos días de llegar había conocido en una iglesia a un compatriota suyo del que se había enamorado perdidamente y con el que se había casado enseguida, al cabo de unos meses. La mujer, según Markus, llevaba una fotografía de la boda apretada al pecho. En ella se veía a la pareja posando en el pasillo de la capilla, delante del altar. Ella, sonriente, lucía un vestido blanco corto lleno de encajes y de volantes, y en las manos sujetaba un ramo poco nupcial de claveles o de flores parecidas. El hombre, con la piel de color café, muy guapo, tenía un bigotito fino y miraba a la cámara desafiante, orgulloso, con esa prestancia algo arrogante que tienen algunos infelices en su grandes ceremonias. El traje negro, seguramente alquilado o prestado por alguien, le caía con tanta apostura sobre el cuerpo que Markus se acercó a examinar el cadáver para comprobar qué se había hecho de toda esa belleza.

 

La pareja pasó, al parecer, varios años dichosos. Él trabajaba de camarero en una discoteca frecuentada por latinoamericanos en la que se bailaban cumbias, guarachas, danzones, guajiras y habaneras, y ella estaba empleada en una empresa de limpiezas que la mandaba a fregar y dar lustre en grandes edificios de oficinas y centros comerciales. Habían alquilado un piso pequeño en una de las ciudades dormitorio del sur de Madrid y, aunque deseaban tener algún hijo en el futuro, habían ido aplazando la fecundación hasta que su situación económica les permitiera un poco de bienestar. Eran muy religiosos, al modo casi fanático en que lo son los pobres o los ignorantes, y todos los lunes, miércoles y domingos, supersticiosamente, acudían a misa y a unas reuniones de catequesis en la iglesia en la que se habían conocido. En el vestíbulo de su casa, además, tenían un pequeño altarcillo lleno de imágenes de vírgenes y de santos ante el que se arrodillaban cada noche para rezar.

 

El el quinto año de matrimonio, la mujer comenzó a sospechar que él la engañaba con algunas clientas de la discoteca, pues aunque seguía cumpliendo con todos los deberes conyugales -el temperamento latino, la sangre caribeña-, había empezado a regresar a casa a horarios desacostumbrados y tenía a veces en el cuerpo olores raros, de perfume o de jabones que no eran suyos. Del dinero de su paga, además, faltaba siempre algo y no conseguían ahorrar a final de mes. Ella, que no tenía familia ni demasiados amigos en España, sintió pánico de quedarse sola y, sobre todo, de que el hombre al que amaba rompiera su corazón para siempre. Y entonces se atrevió a pedirle a un detective privado, cuyas oficinas limpiaba cada día, que le ayudase a descubrir si su esposo se veía con alguien. No tenía dinero y no podía pagarle, pero Markus estaba seguro de que en algún momento le recompensó carnalmente por sus servicios, pues en esos estados de desesperación no se guardan escrúpulos morales, incluso aunque lo que se entregue sea parecido a lo que se deplora. El detective accedió a espiarle y, sin mucho esfuerzo, comprobó que las sospechas de ella eran ciertas: su esposo llevaba una vida bastante libertina. En el informe que le entregó a la mujer -tan pulcro y documentado como el que preparaba para los clientes habituales- había fotos de él besándose en la discoteca con mulatas exuberantes y una descripción detallada de otros comportamientos menos inocentes. Ella, abrumada, le contó todo al padre espiritual que tenían en la iglesia, quien reprendió enseguida, escandalizado, al pecador. El hombre, entonces, se quitó la vida disparándose en el corazón con una pistola que tenía el dueño de la discoteca en la caja fuerte donde guardaba la recaudación. Las palabras que debió de decirle el cura, amenazándole con un infierno lleno de tormentos y una eternidad en la que no se acabarían las torturas corporales y los sufrimientos del alma -las dulzuras con las que bendicen siempre los doctores de la Iglesia a quienes contravienen sus enseñanzas, según Markus-, alimentaron sus remordimientos hasta la muerte. No se atrevió a volver a casa y mirar a su esposa a la cara. Se mató antes de que la vergüenza le destruyera. ’Qué más me daba a mí’, decía la viuda en la sala del tanatorio, abrazada a Markus y sollozando, ’qué más me daba con quién se encamara. Yo sé que a pesar de todo era a mí a quien quería.’"

 

Luisgé Martín, Los amores confiados (2005)

 

Fotografía: Nan Goldin

 

En este final del otoño

se puede uno deleitar

con níscalos lechosos,

se pueden despellejar

unas tiernas castañas

y esparcir las perlas

de rojizas granadas

sobre el recuerdo vago

de tus últimos besos.

 

A pesar de estos manjares

luminosos y del fuego

de leña crepitando

que me imagino

con literaria facilidad,

nada puede sustituir

el abrigo desnudo

de tus últimas

palabras de amor.

 

 

Fotografía: Hans Mauli

 

 

 

No espero casi nada del futuro,

por si acaso.

Con frecuencia, hasta me temo

que ocurra lo peor.

 

Si la situación es arriesgada

y acecha la sombra de la muerte,

incluso me reconcilio rápido

con toda la fortuna y el privilegio

que he podido disfrutar.

 

(En este mundo se reparten

tan desigualmente nuestras

huellas y desdichas.)

 

Esa actitud, sin embargo, no me vuelve

pesimista ni me atormenta.

Tampoco me impide creer en los labios

de la humanidad, en lo concreto

e inmanente de cada ser humano

con sus bramidos y congojas.

 

Creer quizá tampoco sea el verbo

apropiado para quien abraza

las masas de viento y el amor

hecho cuerpo y ahora.

 

(Según el principio de precaución

conviene un ojo avizor cuando

el otro se embriaga de pasiones.)

 

No pretendo añadir más doctrinas

a todas las que han esclavizado

infancias sin flor.

 

Tan sólo me preocupa saborear

como se merecen las pequeñas

victorias que se asoman en el curso

de una historia atroz.

 

Por eso me alegran las resistencias

imprevistas, la insólita donación

de lo que no admite precio

y el paso ágil y liviano.

 

(Cuánta admiración y cultivo

precisa la trama cotidiana

de lo agrio y de lo dulce

que nos sustenta.)

 

 

Respirabas a mi lado

como un pulmón más

de aquel canto coral

y ese aliento abrigaba

las vanas esperanzas

de amarte alejado

de toda propiedad.

 

 

Ilustración: Gaugain

 

 

Convivo cada vez

más estrechamente

con los plazos de entrega.

 

Se lavan los dientes conmigo

por la mañana,

se adhieren a mi piel

con la lealtad de un perfume,

se apresuran a pagar la cuenta

con elegante discreción

y como prueba irrefutable

de supremacía.

 

Me susurran al oído

en bellos idiomas

ultramarinos: somos

las líneas muertas

del horizonte,

no te podrás sustraer

a la dulce tentación

de nuestras sublimes

sirenas.

 

Son ellos quienes planifican

por ti y quienes se dan de codazos

por ocupar en tu agenda

las mejores gradas

de cada día.

 

Si no hubiera fechas límite

la voluntad yacería

sin fuerza ni vestimenta,

deambularía ebria

sin propósito ni vigor.

 

A esos números rojos

del calendario, en definitiva,

que con ternura y precisión

nos colocan la soga al cuello,

les debemos todo triunfo

y propiedad

de las mieles y laureles.

 

Un divorcio sin mutuo acuerdo

a estas alturas de la adicción

tan solo podría acarrear

imprevistas y nefastas

consecuencias.

 

Ilustración: René Magritte

 

 

 

El arte es una cosa muy seria.

No hay más que ver cuántos

intérpretes eruditos

pontifican y sientan cátedra

al objeto de separar

el grano de la paja.

 

El arte sublime produce conceptos,

genios y locos de atar.

Algunos hasta comen

tres veces al día.

 

El arte es una ciencia solvente

y de rentabilidad variable.

¿Qué otra actividad

podría recurrir

al infinito yacimiento

de signos de exclamación

como materia prima?

 

El arte es también y no menos

ilustre metafísica.

Una guirnalda encendida

a propósito

mientras un sol radiante

describe en el vacío

su vieja parábola.

 

El arte sublima deseos

y pesadillas, y constituye

un tratamiento muy aconsejable

en la medicina natural.

En caso de efectos secundarios,

consúltese la fecha de caducidad.

 

 

Ya no espero un milagro


ni que aparezcas de pronto

 

y te quedes para siempre.

 

 

Hay demasiadas obligaciones en este mundo.

 

Demasiadas líneas rectas que pasan de largo

 

por ciudades acogedoras.

 

 

Por eso me abstengo de mis promesas

 

y acrobacias mortales

 

y las pongo a raya cada vez

 

que salen de casa

 

al encuentro de tu arboleda.

 

 

Lo que ya no puedo evitar

 

por mucho que me lo proponga,

 

es la suave textura del presente,

 

esa alegría enjaezada y a galope

 

que desprendes.

 

 

Como si en la mera contemplación

 

de tu cuerpo y de tu luz residiese

 

todo atisbo del prodigio.

 

 

 

Fotografía: Nan Goldin

 

 

 

Trabajo todo el día

por un mísero salario

de belleza,

aunque a veces recibo

pagas extraordinarias.

 

Como todo proletario

considero firmemente

que la remuneración es injusta

pero al final de la jornada

sólo rindo cuentas

a un cielo caprichoso

y a tu eterna primavera.

 

 

Fotografía: Elliott Erwitt

 

 

Me encuentro en lugares

extraños, dando los buenos días

a las hojas muertas,

sonriendo a los supervivientes,

paseando con brío

por un tiempo refrigerado.

 

Reluce el sol de membrillo,

desayuno tus palabras de temporada

y me alegro de no ver danzando

a las alimañas

de la nocturnidad.

 

Percibo el aire cálido de tus besos

y los humores azules

donde amanecíamos plenos

de multitud, y también acepto

adrede el zumo solitario

de la resistencia.

 

Hoy prescindiré de la compra cotidiana

y de las genuflexiones,

me daré el lujo de perder el tren

y de llegar a ningún lado

por arte de birlibirloque.

 

Me alimentaré de la lentitud

y del idioma del porvenir

por muy lisiado que lo presenten

los agoreros de la sociedad.

 

Amo al tigre manso que se esboza

en tus bohemios espejos

y mucho más a las variables

que adivinas sin rubor cuando

se para el tráfico

y nos vemos cara a cara.

 

Eres frondosa y todos los estados

de la materia, y yo me indulto

disimuladamente por los deseos

insaciables y por las horas

derrochadas.

 

Fotografía: Lucien Clergue

 

 

Aquella mirada como promesa

cristalina de una felicidad cierta

pero ignota, indefinida, para qué

más, ya desbrozaríamos el camino

o colocaríamos las piedras a medida,

o nos olvidaríamos de la arenisca que

vuelve a cubrirlo, formando esas

dunas sin memoria, móviles,

reptantes, un pasado añil y dulce,

un amor que reverdecía y mutaba

como una barrera de contención

de los estragos del tiempo, atentos

a las nuevas fisuras, rebajando

el caudal de nuestra sed siempre

que el deshielo del invierno lo

exigiera, elevándolo sin permiso,

brotando salvaje desde una

oscuridad subyacente, nutriendo

aquel jardín imaginario en los ojos

ávidos y tenaces, arrastrados por

una fuerza ciega hacia nuestras

entrañas, sin necesidad de aplazar

más la búsqueda del sentido, del

abrazo que exprime los dolores

más anclados en el silencio de la

infancia, sin temor a la necesidad,

siempre nuestro vaso de agua y

la irisación de las palabras y de

las turbulencias e interrogantes

que cuidaban del fuego, aspirando

el aroma de las encinas muertas,

probando tu fruta prohibida como

si sólo así tuviéramos un punto de

apoyo para leer el mundo, para ser,

para engendrar, para hacernos

partícipes de las minúsculas dosis

de dicha y azar que nos unieron.

 

Fotografía: Nan Goldin

 

 

 

A pesar de los contratiempos

y de las bajas temperaturas:

no claudicar,

no sucumbir

al vacío lúgubre

del desamor.

 

No dejar de ser el agua dulce

reunida en su extremo

con la lengua de mar.

 

Adherirse a las miniaturas

refulgentes que permiten

cruzar el mediodía

y la placidez

vespertina.

 

Admirar el magisterio

de los antagonismos

o de las inocuas

desavenencias:

siempre anhelar

formas más gratificantes

de un lúcido amor.

 

Fotografía: Henri Cartier-Bresson

 

 

Nadie nos enseñó

que había otras formas

de avanzar,

de ir.

 

Que no es mejor correr

sin tregua.

 

Que las líneas rectas a lo largo

de una esfera

tienden siempre

a la curvatura.

 

Que retroceder a tiempo

nos puede proporcionar

un impulso

o la armonía predicada

del paisaje.

 

Que los entes enamorados

vuelan contra natura.

 

Y que existen galerías

subterráneas

albergando

un resplandor.

 

Nadie nos advirtió

de esos otros destinos

flotantes que solo

se atraviesan:

 

aprender a no llegar

y aceptar la zozobra

como curso

de acción.

 

Fotografía: Nan Goldin