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ateo poeta

mis poemas y otros textos (provisionales)

 

Aunque el Rastro

ya no es lo que era

-te espeta ufano

cualquier gato de pro-

sigue concitando mi fascinación

y melancolía.

 

Ahora que su murmullo

asciende por mi balcón

cada mañana

dominical,

he pasado a formar parte

de sus alhajas

y marroquinería, de sus tinglados

y encurtidos,

de sus rostros

a tientas

y de los enseres

de segunda mano.

 

Me despiertan los primeros

hierros encajados,

los primeros sorbos

de cafés humeantes,

los turistas

madrugadores

sin resaca.

El caudal de cuerpos

se inflama

y arrastra la palabra

del mercado

por las aceras y calzadas

que se desdibujan.

Es tanto el barullo

que hay roces

y ósculos invisibles,

velos,

músicos apostados,

marcos vacíos.

 

Fisgones

y carteristas

que hacen su agosto.

Antiguallas

y libros amarillentos,

herramientas a la deriva,

inciensos,

oportunidades

que se aprovechan

de la aglomeración

y de la periferia.

Fotografía

pintoresca, inspecciones

policiales,

orfebres

del vivir a salto

de mata.

 

Se exalta el mediodía,

se ingiere el aperitivo,

se recogen

los bártulos y declina

el fervor

de la masa transeúnte.

Regresa el silencio

a mi estancia,

la anunciada rutina,

el personaje

que habita

una ciudad inasible.

No hay otro tiempo,

sólo este dulce

desorden.

 

Comprender la luz

y sus sedimentos.

 

 

 

 

 

Estrictamente hablando

aquellas preguntas retóricas

sobre la teoría no constituían

teoría alguna,

cómo podrían.

Suelo ser más exigente

con las premisas

pero también yerro la diana

con demasiada frecuencia

y no queda ni rastro

de las conclusiones.

 

Todo lo que he intentado

ha sido besar lo sublime

y lo inextinguible, besar

con los párpados cerrados

e inquietos por si esa bandada

de pájaros huía, al fin,

de su eterna primavera.

 

 

 

 

Hasta que nos desplacemos

con la levedad de las medusas

desafiando el oleaje.

 

Por una suerte de mímesis.

 

Fotografía: Harley Wir

 

 

¿Una teoría más sobre el amor tormento,

el amor cuento de hadas, el amor de hoja caduca,

el amor a sangre y fuego, el amor a horcajadas,

el amor a escote, el amor tanga y liguero, el amor

en bicicleta, el amor platónico y venenoso, el amor

pareja de hecho, el amor por conveniencia, el amor

como juego olímpico, carrera de obstáculos, inyección

en vena, el amor-amor o el amor a secas,

el amor reincidente, las palabras de amor redundantes,

el amor como renta básica y con derecho a roce,

el amor excesivo y recatado, para todos los gustos,

el pudor y lo suculento, el amor de anís, el amor como

matriz universal y como aleteo en el silencio,

el amor sin amo, el amor tirano, la estancia propia

y el teléfono ardiendo, el amor a raudales,

el amor coraje, artificio, espejismo, proyecto

de las bellas artes, el amor como potencia y quimera,

el amor confusión y el tráfico de amor, el amor

a plazos y el que subyuga, el amor convaleciente e

inflacionario, el amor místico y carnal, el amor

prescrito, la alucinación amorosa, la almendra amarga,

la rosa secreta, la ambrosía y el cielo dulce,

el amor enigma, el amor infiel, el amor acrobacia,

el amor seguro, políglota, necesario, sinuoso como

el hilo de agua permeando todo lo sólido?

 

Fotografía: Trevor Watson

 

Me convidaste a bailar en la seda del crepúsculo,

a entablar un extremo diálogo con la naturaleza inerte

del dolor, a resguardar con mimo los filamentos

de belleza que asoman entre la mugre.

 

Al objeto de suturar lo escindido.

En la misma brigada de resistencias al oprobio,

cercados por el mismo fuego.

 

A destilar la luz verde de la turbulencia.

 

 

 

Las cerezas entre los labios.

Las orquídeas blancas

surtiendo de luz.

 

Siempre buscando una evidencia

de ti.

 

Fotografía: Alexander Chanov

 

 

Has olvidado las primeras brazadas, la angustia,

la caricia del agua, las instrucciones

y, sin embargo, sabes nadar.

 

Te has sumergido en una vida anómala, en palabras

que no alcanzan nunca a atisbar lo inefable,

aunque emulsionan, ungen, aderezan

la equivocación.

 

Nadar o volar entre los pliegues inconscientes.

Reconducir la trayectoria, postular

la deriva propicia.

 

Fotografía: Trevor Watson

 

Un amor abundante que se derrama

como la espuma del vaso, álgida,

y que se luego se pierde y se entrega

a la composición del agua, del cuerpo,

del vacío.

 

 

 

¿Por qué nadie le exige a la brizna

que ceda su identidad volátil?

 

¿Por qué nos empeñamos en la incisión

y en la llaga cuando esa piel que muta

tan solo demanda nubes?

 

¿Por qué la transparencia

de lo oscilante y de lo voluble

despierta espadas como labios?

 

¿Por qué lacera el verbo al embrión,

qué fustiga a la crisálida amaneciendo?

 

Ilustración: José Noriega

 

 

Dar un paso atrás

puede ser un avance, un modo de recuperar

el espacio propio.

 

Volver al otro lado del estruendo,

de las quiromancias, preferir

esta placidez sonora.

 

Renunciar a traspasar barricada

tras barricada, a naufragar

en sueños adulterados.

 

Necesito este solaz, no las alegorías

de la efímera victoria. Reposar

vencido, inclusive.

 

Si residiera aquí, acaso, la ternura.

O la ausencia de ambiciones vanas, la llama

de las fracciones de tiempo

que reflejan la posibilidad de la muerte.

 

Regresar al azul y a la cúrcuma

del párpado cerrado, al paladar

lento del beso nuevo.

 

Fotografía: Edouard Boubat

 

 

Como si se acabase el mundo

y clavásemos nuestras uñas

en este lado, aquí donde restaba

tanto por conocer, donde la rabia

colosal ante la estupidez humana

se teñía de esas ráfagas de estupor,

de los destellos de la dicha, de los ojos

preñados de unas olas dóciles.

Como si nos despidiésemos para siempre

porque los calendarios se humedecieron,

porque las líneas rectas nunca nos agasajaron

con certeza alguna, porque viramos

el rumbo de nuestra peonza con el silbido

lánguido, porque los presagios,

porque la infancia, porque la luz

se cernían con sus enigmas.

Como animales heridos por el filo

de la trascendencia nuestro amor salvaje

escarbaba el alma, se adhería al infinito

que un cuerpo asible apenas musita,

tan entrelíneas, ultrasónico, ávido,

como el murmullo cauto de las algas

en su reserva frágil e inconsciente.

Porque el solsticio de la vida no sufraga

la equidistancia y el deseo se precipita

con violencia, muerde con sus incisivos

en el corazón y en sus intermediarios,

tala sin concesiones todo lo superfluo,

comba la chata ley, exige su viático

y rezuman sus labios el néctar de la naranja.

Porque tu pubis cósmico y tus baños de jazmines

y el tráfico de tus estrellas y tu prisa

y tu demora y el beso cáustico a carcajadas

y el ósculo cataclísmico y recorrer

el abecedario de tu piel buscando un verso,

una epopeya, una señal, un fruncido.

Porque sólo unas horas después,

ya te echo de menos.

 

 

 

 

Transitando

generamos

la luz.

 

**

 

Dotación

de la escala

perpleja.

 

**

 

Sólo arraiga

y envejece

lo híbrido.

 

**

 

Improvisar

el incipiente

naufragio.

 

**

 

A lo inhóspito

que nos sufraga,

nos debemos.

 

**

 

Intuyo poco,

pero qué arrebatos

de misticismo.

 

**

 

¿Por qué me miran

inconmensurables

tus piernas?

 

Fotografía: Alvaro Minguito

 

 

 

Una porción de espacio en la que conjugar

tu temblor,

tu sed,

tu resonancia,

tu penumbra,

tu tapiz,

tu probabilidad.

 

 

Exhortar al cuchillo a seleccionar con tino las cabezas

que merecen el sacrificio de acuerdo a estrictos criterios

de justicia distributiva y evitarle, así, a la mano ejecutora

tamaña responsabilidad.

 

Que la maleable historia de nuestra naturaleza deje

de amargarnos la cena.

 

Fotografía: Ruth Franken

 

 

 

Darnos tiempo y espacio para la mutación,

dejar de ser para ser, que nuestro rostro se enardezca

de nuevo.

 

Darnos transparencia a medida de la luz que somos capaces

de digerir.

 

Darnos la sucinta y leve forma de la libertad, la bandera

blanca.

 

Darnos música como flores, palabras como ternura,

soledad necesaria como el exilio de la mariposa

en el volcán dormido.

 

 

 

Lo que está completo, sin resquicios,

está muerto.

 

Hicimos muchos vacuos planes

y declinaron.

Fieles a su virtud.

 

Para converger momentáneamente,

para amarse:

lo inacabado,

atravesar

la tierra de nadie.

 

 

 

En la cumbre de tu tez

me has dicho tres veces:

precipicio,

precipicio,

precipicio.

 

No me salves,

arrójame a tu limonada.

 

Un orgasmo con antifaz sólo es una brisa violenta

que agita las espigas de la cebada.

 

No hay dinero que pueda pagar una dentadura

deseante como la tuya. Ni papel de plata ni crema

hidratante.

 

He escuchado el manantial de tu sexta sinfonía.

He meditado sobre tu plan B y la hora H

a la que siempre llegamos tarde.

He sembrado las amapolas mórbidas y ágiles

como las industriosas nalgas.

 

Disciplinados hacia la eclosión. Adheridos al vértigo

de esa alborada de calendario que nos quema

los ojos doloridos y náufragos.

 

Hallaremos los diamantes en la garganta púrpura,

succionaremos las olas derramadas después.

 

Ilustración: Alberto Mielgo

 

 

 

Fragmentado el tiempo hasta la saciedad.

 

Entonces colisionan como lenguas glaciares

los bloques que amalgaman los restos diminutos,

esas sedes sin nombre donde murió el beso,

 

el milagro del silbo en trance

revoloteando.

 

¿Por qué insistir en hurtarle un hueco

a esa poderosa avalancha?

 

Fotografía: Elia Costa

 

 

 

Vuelven

los verbos

cálidos:

 

Embriagarse.

Demorarse.

Endulzar.

 

 

Hasta que agonice la nieve

y el rocío congele el sueño en llamas.

 

Un sorbo

de profunda

quietud.

 

Ilustración: Armand Fernández